Politólogo, profesión de moda

Los estudios de Políticas atraen el interés, y proliferan los analistas políticos en la televisión –en la ficción y en la realidad–, aunque entre ellos discrepan sobre el boom de su profesióan: para algunos, este protagonismo es coyuntural; para otros, es un reflejo de los cambios en la política y la sociedad.

El presidente Barack Obama charla en el despacho Oval de la Casa Blanca con varios de los integrantes de su consejo asesor económico tras una reunión

Politólogo es la persona que profesa la politología o tiene especiales conocimientos de ella, según la definición de la Real Academia. El Ilustre Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología, fundado en Madrid el año 1953, afina más: “Profesional de las ciencias sociales que estudia, analiza e incide en las diferentes relaciones sociales desde las relaciones de poder. Su formación en materias de Economía, Sociología, Historia, Derecho, Relaciones Internacionales y Administración Pública confiere al politólogo una visión global y crítica del entorno”.

Para la mayor parte de la ciudadanía, los politólogos eran casi desconocidos hasta hará unos cinco años. Se sabía de ellos que cada vez opinaban más en los medios de comunicación, hasta que ahora ya no hay programa de debate o de tertulia que no tenga un politólogo en su cartel. Otros eran y son personajes destacados en teleseries de ficción política, que están más de moda que nunca. Además, la cúpula de un nuevo partido político español la forman varios de ellos.

Un resultado de todo esto es que las universidades españolas registran un insólito aumento de estudiantes de Ciencias Políticas. Y parece que si la pregunta de finales del siglo pasado era: “¿Estudias o diseñas?”, la de ahora sería: “¿Trabajas o eres politólogo?”.

Diversos politólogos con años de experiencia creen que el fervor es pasajero porque va asociado a la crisis de confianza en la política derivada de la recesión económica

Josué Gutiérrez Barroso es politólogo de los de toda la vida y delegado del Colegio de Politólogos en Canarias, donde no hay ninguna universidad que imparta la titulación de Ciencias Políticas. “Nuestros estudiantes cursaban Sociología y Ciencias Sociales, y los interesados en la politología se iban a la Complutense de Madrid”, resume desde La Laguna. Le sorprende lo que llama “actual vorágine de las ciencias políticas”, y la atribuye a un fenómeno mediático coyuntural. “Si los medios han influido en negativo o en positivo aún no se sabe. Pero al igual que en las tertulias del corazón, se está pasando del análisis político a los gritos e insultos, que es lo que vende y da presencia hasta en espacios de zapping. Si nuestra profesión sabe cuidar la imagen y explicar bien nuestras competencias, no será un suflé pasajero, y algo positivo quedará”.

Parecida teoría sostiene Luis Arroyo, con más de veinte años de experiencia en la politología, presidente de Asesores de Comunicación Pública, profesor de la Complutense y otras universidades, que trabajó para la vicepresidencia, la presidencia del Gobierno de España y para varios ministerios y secretarías de Estado. “Que haya más interés en Políticas que en Sociología no significa que el país se haya politizado. Pasa que es una carrera que pide poca nota de entrada, los partidos políticos no la valoran y sus funciones no son nítidas”. Y avisa: “Ahora todo el mundo es analista, y las cadenas de televisión se retroalimentan a base de todólogos, que son especialistas en todo. Más que politización, es una fórmula barata para las cadenas y los partidos, que les sale gratis o a cuatro duros”.

Los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS)de que dispone indican que es un fenómeno pasajero. “Hay una relación directa de la situación económica con la política, y cuando mejore la economía, desaparecerá. Podemos canalizó esa efervescencia, ahora Ciudadanos salva la parrilla de programación”, compara.

En el mismo agnosticismo mediático se posiciona Lluís Orriols, profesor de Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid, en Girona y Oxford, entre otras. Escribe en revistas científicas especializadas, en varios medios de comunicación y en redes sociales, pero cree que el aumento del interés informativo por los politólogos “ha coincidido con la profunda crisis de confianza en los políticos derivada de la crisis económica”. “La atención me­diática ha pasado de los economistas a los politólogos, pero cuando se salga de la crisis, daremos paso a los sociólogos, que analizarán sus consecuencias. La crisis nos puso en el mapa”, resume.

Hay discrepancias sobre el valor de las redes sociales: para unos, acercan a opinadores, ciudadanos..., para otros, no influyen tanto como se dice porque no llegan a la mayoría de la población

Tampoco Antón Losada, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, tiene mucha fe en la continuidad del momento que viven los politólogos. Con experiencia en el periodismo y en el gobierno de la Xunta de Galicia, opina que su popularidad se debe a que los planes de estudios universitarios han hecho un gran esfuerzo para adaptarse a la demanda y competir con carreras como Derecho o Económicas. “Vivimos un pico coyuntural difícilmente sostenible en un mercado finito, limitado y agotable. Es previsible que caiga la demanda por saturación del mercado, pero eso es normal en cualquier tipo de enseñanza. De todos modos, un politólogo tiene muchos nichos de mercado a la hora de encontrar trabajo a pesar de la crisis, ajustes y recortes que ha sufrido el sector de las consultorías”, vaticina.

Antes de ser la actual asesora de comunicación de Entesa Catalans de Progrés en el Senado, Imma Aguilar dirigió campañas electorales del PSOE, y ya tenía larga experiencia como periodista. Profesora de la Universitat de València y de la Francisco de Vitoria de Madrid, cree que el descubrimiento mediático de los politólogos se debe “a la demanda de voces que interpreten la realidad a la que asistimos, inédita y sorprendente en muchos aspectos. Y también por contraste con un periodismo político de tertulia, anécdota, amarillismo y poca reflexión”.

En cuanto a si la efervescencia politóloga es coyuntural o estructural, se pregunta: “¿Es coyuntural o estructural el fin del bipartidismo?; los cambios son irreversibles, y nos adentramos en otras zonas de riesgo, como la excesiva banalización de la política, la política de bajo coste, la de usar y tirar, sin valores ni ideología”, advierte.

Más allá de su prestigio y su presencia mediática, lo que interesa a los nuevos estudiantes de Ciencias Políticas es su futuro profesional. Julia Rodríguez inició su carrera en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, se licenció en la Universidad de París 8 y ha vuelto a casa para estudiar un máster de Periodismo Avanzado en la Universitat Ramon Llull. “Ahora ya no basta con acabar la carrera, y hay que especializarse. He elegido Periodismo porque ayuda a explicar a la ciudadanía los temas de actualidad. Además, los másters son cada vez más necesarios para acceder a salidas profesionales como asesoramiento de políticos, de instituciones, en la diplomacia, en seguridad internacional, en organizaciones no gubernamentales, ayuntamientos y servicios sociales”, enumera.

¿Además de títulos universitarios, qué se necesita para ser un politólogo competente? Según los siete mandamientos del Ilustre Colegio Profesional, deben ser personas con: “Capacidad de negociación y resolución de problemas; dotes de observación; capacidad de análisis, de síntesis, de relación y de autoevaluación; espíritu crítico e imaginativo; curiosidad e interés por el entorno; capacidad de adaptación, polivalencia, trabajo en equipo, tolerancia y sociabilidad y buena memoria y gusto por la lectura”. A todo ello hay que añadir conocimientos expertos de la administración pública y del sistema político.

Tanto esfuerzo se compensa, según constata el profesor Luis Arroyo. “Nuestra carrera nunca había tenido tantas salidas como actualmente. Sirve para la gestión, relaciones públicas, asesoramiento de sociedades y empresas en el ámbito público y en el privado. Muchos puestos de trabajo incluyen politólogos porque un buen experto nunca es un especialista coyuntural, y cada vez se pagan más y mejor”.

El profesor Antón Losada amplía la lista de oficios y dedicaciones para politólogos: “Además de la docencia universitaria y de la teoría pura académica, que son muy impor­tantes, pueden dedicarse a con­­sultorías, gabinetes estadísticos, investigaciones y estudios de mercado, formación en el tercer sector… Y cada vez hay más colegas que trabajan en la Unión Europa dedicados a las relaciones internacionales”.

Lluís Orriols suma a esa lista la presencia de politólogos en “sindicatos, grupos de presión, organizaciones y plataformas sociales y políticas…”. E Imma Aguilar apunta a “partidos políticos, organizaciones profesionales y corporativas que comienzan a valorar las asesorías de expertos externos e independientes porque aportan valor añadido a la política formal”.

Todos coinciden en otros factores que han contribuido a la emergencia de los profesionales de la politología. Para Gutiérrez Barroso, “si alguien se dedica a la ciencia política, supongo que no es para dar mítines ni espectáculo mediático, sino para gestionar”, ironiza.

Lluís Orriols destaca que ha influido “la crisis de confianza en los políticos derivada de la mala gestión de la crisis económica, y los mejor equipados para interpretarla son los politólogos”. Algunos, como Imma Aguilar, aceptan que “el efecto Podemos” ha influido, “especialmente desde que la sociedad española se politizó a partir del 15-M y se ha instalado en un estado de ánimo que ha llevado a la actual situación de grandes incertidumbres y a un estado emocional colectivo respecto a la posibilidad de un cambio”.

De igual modo, hay casi práctica coincidencia en que “está todo por ver, ya que los grandes partidos tienen las manos atadas y para los nuevos emergentes no es fácil cambiar el estatus ni hacer una nueva política en un entorno internacional global”, añade.

Otro de los factores del cambio en la política, en sus analistas y en sus protagonistas se suele atribuir a las redes sociales. Y en este punto hay más discrepancias entre los expertos. La estudiante Julia Rodríguez prefiere no opinar al respecto, “porque, ya de entrada, no me veo opinando en las redes”. Antón Losada califica las redes de “leyenda urbana porque sólo influyen en un mundo pequeño y no representativo”. “La mayoría de la población sigue fuera de las redes, y las elecciones las ganan los partidos y los militantes que no están en ellas”, asegura.

Distinto piensa Imma Aguilar: “Son tan importantes como la calle, porque es un espacio donde están los ciudadanos y los electores. Son un canal de comunicación idóneo para la movilización y la dinamización de comunidades, para segmentar y relacionarse sin barreras y en condiciones parecidas políticos y activistas”. En una posición intermedia se ubica Lluís Orriols, para quien “las redes han ayudado a romper los vínculos tradicionales entre los medios de comunicación convencionales, los periodistas y los politólogos jóvenes, que han hallado una manera de contactar al margen de lo oficial”. Más escépticamente radical es Luis Arroyo: “No creo en la ciber-utopía. La redes sociales han aportado rapidez, pero el género humano es igual que antes de internet”.

Otra de las teorías que se estudian y barajan sobre la ascensión de los politólogos es si sus orígenes universitarios y académicos, teóricamente ajenos a los partidos políticos, les han aportado un plus de credibilidad y una especie de presunción de inocencia que ya no se otorga a los políticos profesionales. “La ciencia política se divide entre zorros y erizos. Los zorros son sinuosos, grises y van despacio. Los erizos se defienden con las púas y triunfan en televisión mediante categorías simplísimas que nada tienen que ver con la ciencia política”, lo ejemplifica Luis Arroyo.

“La carrera de Ciencias Políticas supone un valor añadido de formación, preparación y viajes internacionales en un momento de desprestigio de los políticos tradicionales. Eso da la sensación de que podrían ganar más dinero sin entrar en política y que si pasan a ejercerla no es para quedarse”, añade Losada. “Nadie pide el titulo para asesorar a un gobierno o a una campaña electoral, pero la experiencia debe asentarse en un conocimiento intenso de la ciencia, la historia y la técnica políticas. En este trabajo el asunto va de eficacia, y la limpieza deontológica no tiene nada que ver con estar dentro o fuera de los partidos”, defiende Imma Aguilar.

Queda, por último, la duda de si la ciencia política es una ciencia exacta y de cómo influye la ideología en el análisis científico. “Ninguna ciencia social es exacta, como tampoco lo son la física o la química. Todo paradigma sirve hasta que se rompe y la estadística no es una religión. Ojalá la política fuese como un laboratorio, pero las variables son infinitas. Y la ideología personal influye, aunque no hay que cegarse. Se trata de asumirla, explicitarla y dar soluciones, no de negarla”, opina Gutiérrez Barroso.

“Da igual que sea en Granada o León, en España hay poquísimos científicos puros y casi todas las universidades están políticamente marcadas o alineadas. Mientras que en Estados Unidos hay revistas muy especializadas maravillosamente escritas por profesores que nunca salen en la televisión, aquí esos ensayos son impensables y ni se huelen”, coincide Luis Arroyo. A esa constatación se suma Orriols, profesor en Oxford: “La política no es una ciencia exacta aunque robemos métodos de las ciencias exactas. Porque la sociedad no es como la física, el objeto de estudio es muy distinto y hay pocas o ninguna ley”.

También la estudiante Julia Rodríguez admite que “toda ciencia social intenta ser objetiva, pero es imposible porque no se trata de números ni de fenómenos, sino de personas”. La misma idea suscribe desde el Senado Imma Aguilar, “porque la política es viva, imprevisible y emocional”.

De ahí que haya politólogos más neutros y partidarios de análisis más sosegados, y otros con un fuerte compromiso político, “pero ambos son importantes”, insiste Orriols. Según sentencia Antón Losada, “a veces se crea una línea científica para proteger un pequeño reducto académico, pero con los politólogos pasa como con los economistas, que en cinco años de crisis no han acertado ni una. En todo caso, el error no es de la ciencia, sino del científico que usa unas herramientas y sólo ve lo que quiere ver, cosa que también pasa hasta en la medicina”.

Lo que está claro, según todos ellos, es que la política es una ciencia donde dos y dos no son cuatro.

Un auge que se refleja en la ficción

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?, ¿las audiencias de las teleseries políticas suman adeptos por el interés en la política o son estas las que han acrecentado ese interés por la res publica real? El ala oeste de la Casa Blanca fue la decana del boom, en 1999, y luego otras, como House Of Cards, han seguido la estela. En todas ellas, la figura del asesor, ideólogo o fontanero, tiene un papel fundamental.


House of Cards (EE.UU.)
El ya célebre presidente Frank Underwood (Kevin Spacey) no sería el mismo sin su hombre para todo, Doug Stamper (Michael Kelly, derecha). En pantalla desde el 2013.

 


House of Cards (Reino Unido)
La serie (1990-1995) que dio lugar a la versión americana. Allí, el hombre en la sombra del premier Francis Urquhart (Ian Richardson) es Tim Stamper (Colin Jeavons, en la foto).

 


El ala oeste de la Casa Blanca
En la serie (1999-2006) creada por Aaron Sorkin, el presidente Bartlet (derecha) tiene en Josh Lyman (Bradley Whitford, a la izquierda) a su hombre de confianza. 

 


Borgen
Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen), la primera ministra de la celebrada serie danesa (2010-2013), tiene su principal apoyo en su asesor Kasper Juul (Pilou Asbæk).

 


1992
En otro registro, la serie de la RAI (2015) retrata la época de la Tangentopoli, en torno al papel del publicista Leonardo Notte (Stefano Accorsi) en el rediseño del sistema político.