¿Por qué hay quien odia las vacaciones?

Si una persona está acostumbrada a que toda su actividad vaya encaminada a conseguir objetivos, pasar a disfrutar por disfrutar, a pasárselo bien sin más, no resulta fácil. Y eso es lo que les ocurre a muchos en la sociedad actual, que incluso en vacaciones deben competir por ser el que más, y se frustran quienes no destacan sobre el resto.

En febrero de este año el Gobierno japonés anunció su intención de “tomar medidas drásticas acerca de las vacaciones de los ciudadanos”. Al leer ese titular, seguramente muchas personas pensaron que se trataría de hacer lo posible por limitar el tiempo de ocio de los nipones aumentando la productividad. Pero, sorprendentemente, se trataba de lo contrario: las leyes se promulgaron para obligar a los trabajadores a usar, al menos, cinco de sus días de asueto. La necesidad de imponer este tiempo de descanso había surgido después de que una encuesta del Ministerio de Salud y Trabajo llegara a la conclusión de que los ciudadanos de aquel país no llegaban a utilizar ni la mitad de sus vacaciones pagadas.

Experimentar placer en actividades que no tengan objetivos concretos requiere esfuerzo. Y nuestra sociedad cada vez fomenta menos ese hedonismo

La dificultad de los japoneses para disfrutar de su ocio llegaba a tal punto que el gobierno no pudo limitarse a hacer un llamamiento al disfrute para conseguir que los trabajadores desconecten. Para persuadirlos tuvo que elaborar una campaña en la que se recuerda que descansar un tiempo es necesario para ser más eficaz el resto del año. Paradójicamente, las autoridades intentaron convencer a los ciudadanos para que se autoobligaran a desconectar del trabajo con la excusa de que así, después… trabajarían mejor.

Japón no es el único país que tiene problemas para que sus ciudadanos disfruten de las vacaciones. En España se calcula que al 10% de las personas se las podría considerar “adictas al trabajo”. Y la cifra, gracias a (o por culpa de) las nuevas tecnologías, se está incrementando. Los móviles e internet han aumentado la dificultad para la desconexión.

Tendemos a pensar que disfrutar es fácil. Pero lo cierto es que experimentar placer en actividades que no tengan objetivos concretos requiere esfuerzo. Y la sociedad cada vez fomenta menos ese hedonismo.

En antropología es tradicional dividir las sociedades en función de su propensión a potenciar la responsabilidad o la despreocupación. Hay dos extremos en esa variable: por una parte están las culturas que fomentan que sus miembros actúen siempre en función de objetivos. Por otra, las que favorecen a las personas despreocupadas que viven en función del placer y la diversión. A las primeras se las puede denominar “apolíneas”, por el dios Apolo, el que ayudaba a los hombres a ser autocontrolados y conscientes de sus pecados. A las segundas se las etiqueta como “dionisiacas”, en honor a Dioniso, el dios del vino, de la locura ritual y el placer desenfrenado.

Las actividades de ocio hoy sirven también para alcanzar objetivos: vamos al gimnasio para esculpir el cuerpo, salimos para alternar con posibles clientes…

El sur de Europa, tradicionalmente dionisiaco, está adquiriendo cada vez más un carácter apolíneo. Se fomentan, cada vez más, la competitividad, el perfeccionismo, la medición del éxito vital en función de logros y el prestigio social. Incluso las actividades de expansión sirven también para alcanzar objetivos. Vamos al gim­nasio para esculpir el cuerpo, comemos para alimentarnos de forma correcta y sin excesos, aprendemos técnicas sexuales para mejorar nuestra vida erótico-afectiva, salimos para conocer a personas interesantes y alternar con posibles clientes… Cada vez se presume menos de las actividades que se hacen porque sí, para pasárselo bien. Nuestro lado dionisiaco está desapareciendo poco a poco. Dejamos de jugar partidos de fútbol para reírnos de lo mal que jugamos, comer algo porque está muy rico o salir para echar unas risas con personas absolutamente intrascendentes a las que tenemos mucho cariño.

De hecho, pocos expertos en educación, psicología y política (por citar tres campos diferentes) defienden en el mundo actual la “ley del mínimo esfuerzo”, el hedonismo inteligente, la ironía desapegada o la diversión como motivación vital. Sin embargo, todos pretenden que en vacaciones desconectemos del modo apolíneo y disfrutemos de placeres vitales. El resultado es el esperable: muchas personas son incapaces de experimentar la despreocupación estival y se sienten culpables de ello.

Desde la concepción apolínea, es difícil encontrar sentido a las vacaciones. Por eso a los adictos al trabajo les aburre realizar actividades sin un objetivo concreto y pasárselo bien en situaciones cuyo disfrute no se puede medir. Echan de menos las hormonas que generan los logros laborales (testosterona, adrenalina…). Y no encuentran placer en el disfrute de momentos que “no sirven para nada”. Son individuos que se sienten mejor en la vida laboral, donde pueden experimentar la alegría del logro consiguiendo éxitos mensurables.

El mundo moderno parece haber echado una mano a estas personas. Las nuevas tecnologías han producido, indirectamente, un fenómeno: la competición vacacional. Una gran cantidad de personas aprovechan las redes sociales para dar cuenta de su disfrute veraniego. Presumen de sus actividades colgando fotos de todo lo que hacen, contando en tiempo real cualquier actividad estimulante.

Y, por supuesto, siempre trasmitiendo una sensación de felicidad perfecta: lugares paradisiacos en los que solo está la persona y sus acompañantes –el resto de los turistas y los mosquitos han ido a otro sitio– y en los que la temperatura es ideal y los amigos y niños exhiben una sonrisa perpetua.

La velocidad en que se cuelgan en internet fotos y comentarios nos lleva a pensar que se trata de individuos que son incapaces de disfrutar de la actividad en sí misma, que necesitan convertir su goce en una competición. Lo cierto es que gracias a este fenómeno los apolíneos han entrado en una carrera para ver quién tiene más grandes… las vacaciones.

A los adictos al trabajo les aburre realizar actividades sin un objetivo concreto, pasárselo bien si el disfrute no se puede medir o son momentos que “no sirven para nada”

Presumir de un asueto perfecto parece que puede dar sentido a estas personas que necesitan logros para disfrutar. Pero es, en realidad, falso. El problema de buscar una felicidad hacia fuera, compitiendo con los demás, es que la mayoría de las personas parecen más dichosas que nosotros. En redes sociales sólo se cuelgan los momentos felices y se obvian los malos: la mentira en internet no está en lo que se dice, sino en lo que no se dice. Y los apolíneos que compiten contra las vidas idealizadas de los demás tienen siempre la frustrante sensación de que sus vacaciones reales quedan por debajo de las idílicas que aparecen en las redes sociales de sus amigos.

El disfrute dionisiaco del tiempo de descanso laboral no puede ser competitivo. Los que lo disfrutan son las personas que nunca han participado en esa carrera autoexigente por conseguir logros medibles. Es fácil para las personas indiferentes a la llamada de la fama, el poder, la riqueza o el prestigio. Para los más dionisiacos, el trabajo es una forma de conseguir el dinero suficiente para despreocuparse de lo material. Y, en todo caso, puede ser a veces una fuente de estimulación. Esos individuos desconectan con facilidad del trabajo y gozan del tiempo de asueto.

Son epicúreos: como demandaban los seguidores del filósofo griego, satisfacen los deseos naturales necesarios (alimento, sed, abrigo, seguridad…) con la mayor sencillez posible y se dedican a disfrutar de los innecesarios. Buscan la charla agradable, la sexualidad placentera, la aventura del viaje o el disfrute de la música, el cine y la literatura. Y lo hacen proactivamente, es decir: no esperan a que los placeres estimulantes lleguen a ellos, sino que dedican esfuerzos a encontrarlos.

De hecho, lo que les define es ese esfuerzo. El disfrute de los dionisiacos verdaderos no viene de la simple despreocupación. No basta con descansar: hay que hacer algo para disfrutar de la vida. La cuestión es que ese algo no sirva para nada.

El hardware del ser humano no es propenso al reconocimiento de las sensaciones positivas. Estamos más provistos de mecanismos psicológicos de detección de lo negativo –es lo que el psicólogo Nico Fridja llamaba “la ley de asimetría hedónica”–. Por eso es necesario buscar proactivamente el placer: disfrutar tiene que ver siempre con el cambio porque el gozo desaparece con la satisfacción continuada.

Lo fundamental para disfrutar de las vacaciones es experimentar frecuentemente y de forma prolongada estados de ánimo positivos

Los dionisiacos se conocen bien y saben qué placeres les hacen liberar endorfinas –el deleite es una cuestión individual, no tópica–. Saben que no sirve con “hacer lo que todo el mundo hace en vacaciones”. Y una vez que encuentran esas experiencias satisfactorias las buscan de forma activa y continua. Los verdaderos hedonistas saben que hay que tolerar la frustración, que el disfrute no llega siempre a la primera. Por último, los dionisiacos verdaderos saben que la felicidad se correlaciona con la cantidad de experiencias positivas, no con la intensidad. Lo fundamental para disfrutar de las vacaciones es experimentar frecuentemente y de forma prolongada estados de ánimo positivos.

El cambio de hábitos necesario para pasar del modo apolíneo al modo dionisiaco no es sencillo. Supone variar rutinas y modos de vida: pasar, por ejemplo, del simple descansar, suficiente en periodos laborales, al planificar el ocio necesario en momentos de vacaciones. Hay personas que lo intentan y no llegan a conseguirlo en todo el periodo de descanso.

Hay individuos que tienen una gran capacidad para entrar en modo dionisiaco en las primeras horas de las vacaciones. Y hay, también, quien no quiere (y quizás no puede) entrar en ese mundo de disfrute sin competitividad, de gozo vital sin objetivos. Aquellos cuya principal motivación es el logro, el perfeccionismo, el dinero o la fama funcionan en otro modo y no sienten ninguna necesidad de abrirse al hedonismo.

El problema es que estos últimos pueden acabar odiando las vacaciones. La presión para desconectar del mundo laboral y divertirse puede ser tan agobiante como la tensión de la vida competitiva para aquellos que no quieren entrar en ella.

A pesar de los intentos del Gobierno japonés, no es fácil obligar a la gente a disfrutar de las vacaciones. Quizás sería bueno asumir que lo mejor de la naturaleza humana es su diversidad de motivaciones… y que respetar las de los demás es factible aunque nos cueste entenderlas.