¿Por qué se quema el planeta?

Arden los bosques de manera pavorosa en todo el planeta, en Estados Unidos, Portugal y el noroeste de España, por citar tres de los casos más recientes. ¿Tienen explicación estos grandes incendios? Los expertos apuntan al cambio climático y a una menor gestión forestal como dos de las causas. ¿Se podrían prevenir?

Bomberos intentando apagar el fuego cerca de Vilarinho, en la región portuguesa de Coimbra, en la oleada de incendios del mes pasado. Foto Pablo Blázquez Domínguez / Getty Images

Los satélites de la NASA mostraban entre los días 13 y 16 de octubre imágenes simultáneas de grandes focos de incendios en el noroeste de la península Ibérica y, simultánea­mente, en Serbia, Rumanía y Bulgaria. Era como si un mismo pistoletazo hubiera prendido fuego en zonas de Europa alejadas y sin aparente conexión. De la misma manera, en los últimos años, extensas regiones del planeta (desde Canadá hasta Australia, desde Chile hasta Indonesia) han padecido pavorosos incendios que parecían regidos por un mismo patrón o factores que confluían. Como si el fuego fuera el síntoma de una grave enfermedad que sufre el planeta. Esta es una fiebre que crece y que tiene causas conocidas, casi todas ellas alimentadas por la propia mano y las actividades del hombre.

“Hemos llegado a la tormenta perfecta que ya predijeron hace 15 años los científicos”, sentencia Marc Palahí, director del Instituto Forestal Europeo, un organismo científico que asesora a la Comisión y al Parlamento europeos en políticas forestales, con sede central en Joensuu (Finlandia) y en el que trabajan 150 especialistas. Lo que los expertos vaticinaron hace unos años está ocurriendo. El cambio climático, que ya está aquí, junto con el crecimiento de un bosque sin gestionar y un desarrollo urbanístico que no segrega las masas boscosas de las edificaciones –al ser abandonadas extensas áreas agrícolas que actuaban de cortafuegos– conforman el cóctel letal.

El cambio climático, que se traduce, por ejemplo, en una mayor sequía, junto a otros factores, como una menor gestión forestal, explica los grandes incendios del planeta

Tradicionalmente, el efecto más conocido del cambio climático es el aumento de temperaturas, los deshielos o la subida del mar. Sin embargo, los fenómenos climáticos extremos son los de más impacto: incendios, sequías, olas de calor y huracanes se sitúan en esta categoría. “Las zonas templadas del planeta están sufriendo más drásticamente el cambio climático. En las zonas de clima mediterráneo, las temperaturas han aumentado más que la media global” y las precipitaciones se han hecho más erráticas e impredecibles, destaca Palahí. 

No es casualidad que grandes siniestros se repitan en zonas de clima mediterráneo (o parecido) repartidas por todo el mundo: sur de Europa, California (EE.UU.), Australia, Sudáfrica o Chile. Es como si en ellas se hubiera superado el punto de inflexión en que las temperaturas extremas se superponen a sequías estructurales, factor que también se repite en todos estos lugares.

“Estos bosques viven en climas que no son en los que se generaron y no están adaptados a ellos. Ya no es el bosque adecuado para que se desarrolle”, dice Marc Castellnou, jefe del Grupo de Apoyo de Actuaciones Forestales (GRAF) de los bomberos de la Generalitat catalana.

Una imagen de los incendios que hubo hace un mes en Galicia, en este caso, en Vilamarín (Ourense). foto Brais Lorenzo / EFE

El segundo factor que incide en esta proliferación de incendios es el abandono de las zonas rurales y la despoblación (en paralelo a la urbanización), lo que ha comportado una expansión de espacios forestales sin manejo silvícola. ¿Resultado? Impresionante aumento de la biomasa forestal. La superficie forestal ha aumentado en España o en California entre un 30% y un 40% en los últimos 40 años, y los stocks de biomasa-combustible forestal se han duplicado en las zonas del Mediterráneo europeo en este periodo. La falta de gestión forestal coincide además con un hundimiento de la rentabilidad del sector silvícola, algo común en el arco mediterráneo (Portugal, Grecia, Italia o España).

El desorden urbanístico se ha sumado a todos estos factores y ha dado como resultado la mezcla del mundo rural y urbano, de lo cual son sus mejores exponentes esas urbanizaciones en mitad del bosque, algo especialmente sorprendente en California, donde las casas construidas con madera son las primeras en ser pasto de las llamas. En la costa gallega, por ejemplo, pastos, bosques, infraestructuras y áreas habitadas se encuentran perfectamente imbricadas y conforman reiterados ejemplos de solapamiento de los espacios urbanos y forestales.

Es algo común también en el resto de España; pero en el noroeste peninsular adquiere más gravedad pues va unido a la dispersión de la población en el territorio. “Estamos ante un modelo territorial que complica extraordinariamente la extinción”, dice Eduardo Rojas, decano del Colegio de Ingenieros de Montes. 

El origen de los grandes incendios tiene causas diferentes. En Sudamérica, se provocan para abrir espacios y crear haciendas ganaderas. En Indonesia, se emplean para sustituir bosques primarios por cultivos de aceite de palma (muy productivos), con la particularidad de que se trata de suelos con ingentes cantidades de carbono acumulado en las zonas de turbera. Los incendios registrados en este país en el 2015 provocaron más emisiones de CO2 que las generadas en un año en grandes potencias económicas, como Reino Unido o Japón.

De este fenómeno global no se han librado tampoco países y regiones de latitudes septentrionales (como Rusia en el 2010, Suecia, Noruega o Irlanda). “Europa se está mediterraneizando cada vez más”, argumenta Palahí. Un problema que antes sólo afectaba al Mediterráneo ahora es común a gran parte de Europa. El cambio climático ha generalizando estas crisis catastróficas.

La despoblación y el abandono de las zonas rurales han reducido la gestión silvícola y por ello ha aumentado mucho la biomasa forestal; en España, un 30% o 40% en los últimos 40 años

“Los incendios queman más que nunca porque tienen más combustible que nunca; y eso no sólo se debe a la falta de gestión, sino a que el clima está alterando la proporción de combustible vivo y muerto”, añade Marc Castellnou. “Tras esas oleadas de incendios, los bosques estarán adaptados al clima, estarán menos enfermos y se quemarán menos”, pronostica este especialista.

El Grupo Intergubernamental de Expertos de Cambio Climático de la ONU estima que las emisiones de CO2 generadas por los incendios forestales (unos 7.000 millones de toneladas) equivalen al 20% de todas las emisiones generadas por el transporte.

La virulencia de algunos de estos grandes incendios es inu­sitada. En el fuego que arrasó la ciudad de Fort McMurray (Alberta, Canadá), registrado en mayo del 2016, ardieron casi 2.000 kilómetros cuadrados y obligó a evacuar a más de 90.000 personas. Los últimos siniestros de Portugal han causado 106 muertos en dos oleadas mortíferas, que han dejado un país conmocionado. Castellnou fue testigo de los incendios de Las Máquinas en Chile (enero del 2017), que llegaron a propagarse a una velocidad de 8.000 hectáreas por hora. 

“Estos incendios prueban el desajuste que hay entre el tipo de bosque que tenemos y la velocidad del cambio climático”, dice. Su potencia es tal que son capaces de alterar el clima y provocar temporales de fuego.

 Plantaciones de pino americano en Brasil rodean una casa. La edificación en zonas forestales ha crecido en los últimos años .foto Scott Warren

En Galicia y el norte de Portugal, el factor climático (sequía rematada con la estela de calor de un huracán atlántico) se añade a incendios que se explican habitualmente por el uso del fuego como herramienta tradicional en el mundo ganadero o agrícola, recuerda Xosé Veiras, de Ecologistas en Acción. “El 96% de los incendios tiene un origen humano, ya sea por una negligencia o con clara intencionalidad”, confirma Raúl de la Calle, secretario general del Colegio de Ingenieros Técnicos Forestales.

En su cuadrante del Noroeste (el 75% de los incendios en España) los siniestros tienen causas en una raíz cultural, que nace de su matriz celta (que además del noroeste de la península Ibérica incluye las islas Británicas o la Bretaña francesa). Durante siglos, el fuego se empleaba para regenerar los pastos y abrir nuevos pastizales, mientras que ahora es una manera de eliminar el matorral, el sotobosque o los residuos agrarios.

Pero este uso atávico tiene hoy efectos devastadores, pues se da en un contexto de sequía y cambio climático, abandono de bosques, crisis del mundo rural, pérdida de aprovechamientos tradicionales (leña...) o menor capacidad de detección y extinción por la población rural, dice De la Calle.

Al haberse emboscado el territorio, el uso ancestral del fuego se hace peligrosísimo. Los riesgos y los efectos de estas prácticas no tienen nada que ver con la que tenían en el pasado, cuando la extensión y carga de biomasa de los montes era menor. “Además, estos siniestros los suelen protagonizar personas mayores que no tienen ni los efectivos ni la agilidad ni la fuerza de antaño para controlar el fuego”, añade Rojas. 

¿Somos incapaces de hacer frente a estos siniestros tan devastadores? “Las políticas de extinción no pueden ser ya locales, requieren una escala continental. Nadie era capaz de prever incendios como los de Portugal. Toda Europa debe cambiar la manera de gestionar los incendios tras lo visto en Portugal”, sostiene Castellnou.

Lo mejor es un paisaje diverso, en lugar de grandes extensiones continuas de bosque. También influye en generar más o menos masa forestal el tipo de árbol, y los bosques jóvenes ofrecen mayor riesgo de fuego

Los incendios forestales suponen un coste creciente para los gobiernos. En 1995, el 16% del presupuesto del Servicio Forestal norteamericano se destinaba a la lucha contra los incendios. En cambio, este año más del 50% del presupuesto de este departamento se dedicaba a combatir los incendios. Y se espera que en siete años superará el 70%.

“Desde los años setenta, el número de días con riesgo de incendio se ha incrementado en 78 días”, asegura Marc Palahí. En EE.UU., apagar los diez grandes incendios del 2015 tuvo un coste de 320 millones de dólares. Lo peor de toda esta tendencia es que las partidas destinadas a combatir los incendios se sustraen de los fondos dedicados a la gestión y la prevención. Si no se actúa preventivamente, los recursos y la atención van a remolque de las urgencias y catástrofes, indica Rojas.

Por otra parte, el combate contra las llamas esconde otra paradoja. Cuanto más eficaces resultan las campañas de extinción, mayor aumento se produce de las masas forestales, de manera que cuando llegan los años con un impacto más brutal del calentamiento, los bosques se convierten en un polvorín, con lo cual se generan incendios para los que no hay ni habrá medios suficientes para extinguirlos.

Así, ¿cuál sería el bosque más adecuado para mantener a raya el fuego? “Lo mejor es tener un paisaje diverso, porque eso lo hace más resiliente, en lugar de las grandes extensiones continuas de bosque”, dice Marc Palahí. El roble (cuya leña calienta más y tiene mayor poder calórico) es más difícil de prender que otras especies (aunque toda vegetación forestal es propensa a arder). “Los robledales, en comparación con otras formaciones, ponen, en principio, mayores dificultades al fuego, ya que son menos inflamables y mantienen más humedad bajo sus copas, especialmente si se trata de bosques adultos y maduros”, concreta Eduard Plana Bach, jefe del área de Política Forestal y Gobernanza Ambiental del Centre Tecnològic Forestal de Catalunya.

Los usos tradicionales, como quema de rastrojos, se han convertido hoy en mucho más peligrosos. Foto Corbis via Getty Images

En cambio, el eucalipto, al acidificar el suelo, genera pocos arbustos pero mucha materia muerta seca y trozos de corteza que, al desprenderse, pueden viajar a grandes distancias, lo que genera focos secundarios en caso de incendio, señala este especialista. Si los cultivos más favorables a la propagación del fuego ocupan grandes extensiones continuas, el paisaje se hace más vulnerable a los grandes incendios, expone Plana.

Un estudio del director del Instituto Forestal Europeo sobre los incendios de Portugal registrados los últimos 30 años concluyó que las áreas que más se han quemado son, por este orden, las zonas de matorral, las de del pino y finalmente las de eucalipto. Es decir, las que más ardieron fueron las abandonadas, las menos gestionadas (pinares) y las más intensamente gestionadas (eucaliptares).

La consideración general es que un bosque más joven es más denso, tiene más biomasa acumulada y matorral, mientras que el bosque maduro tiene menos sotobosque y árboles con copas cerradas donde entra menos luz, todo lo cual le ofrece más protección o resiliencia ante el incendio.

¿Hasta qué punto sirve la idea de aprovechar (extraer) la madera para reducir riesgos? En Chile, se han dado siniestros que han superado por diez la extensión de los mayores incendios conocidos. No se puede decir en estos casos que la extinción haya fallado.

Es duro aceptar que lo que ha pasado se ha escapado al control. Decirlo es políticamente poco correcto. Pero también hay que reconocer que las políticas de gestión forestal –para aprovechar los excedentes de biomasa o reducir la carga de combustible– no han tenido hasta ahora gran recorrido.

Pero, además, este tipo de actuaciones tienen sus limitaciones. El cambio climático tiene una capacidad de generar fuego que supera lo previsible. Por eso, “la solución no es defender el paisaje de ahora, sino prever el paisaje que tendremos mañana”, asegura Castellnou. Como se ha visto, los incendios que trae el cambio climático están afectando a regiones que se transforman en áridas. 

Los expertos destacan que los aprovechamientos forestales (extracción de madera) reducen la biomasa y eso hace que disminuya la cantidad de combustible. Pero esa no es la solución definitiva. Intervienen otros factores. Tanto las masas densas y continuas como el aprovechamiento de pinares para postes –un clásico de la Catalunya central, por ejemplo– pueden generar tipos de bosques permanentemente jóvenes, muy vulnerables a las llamas. La consideración general es que un bosque más joven es más denso, tiene más biomasa acumulada y matorral, mientras que el bosque maduro tiene menos sotobosque y árboles con copas cerradas donde entra menos luz, todo lo cual le ofrece más protección o resiliencia para el incendio.

De la misma manera, encinares y robledales adultos, que conservan la humedad del sotobosque y frenan el crecimiento de los arbustos bajo la sombra de los árboles, limitan la propagación de los incendios. “Hay que adaptar las estructuras forestales a las nuevas condiciones. Hay plantaciones forestales que arden más; no especies que se queman más. Puede haber pinos o eucaliptos con estructura abierta que resistan los incendios”, dice Castellnou. Ni la gestión forestal ni la bioeconomía (que anhela proveerse de recursos, materiales y energía de bosque) se han desarrollado aún lo suficiente para salir de este bucle infernal.

SOLUCIONES
La respuesta a los incendios requeriría políticas estructurales para mitigar el cambio climático o una gestión forestal capaz de evitar que las grandes masas boscosas acaben en mero combustible.

PLANIFICACIÓN. Una buena gestión supone ordenar bien el territorio y crear espacios para usos diferenciados agro-silvo-forestales para romper la continuidad del paisaje, disponer de franjas barrera y reducir el riego de grandes incendios. La extracción maderera de forma racional en zonas con superávit de biomasa resta combustible.
PASTOREO. Puede ser una herramienta tan determinante como el aprovechamiento de la madera. Combinado con este, ha eliminado incendios destructivos en zonas semiáridas, incluidas las mediterráneas. 
OTRO MODELO DE GESTIÓN. Gestionar un 10% del territorio con un modelo alternativo (fragmentación de espacios, aprovechamiento forestal, incentivos estratégicos a la ganadería) puede tener un impacto. 
QUEMAS CONTROLADAS. Pueden también contribuir a la reducción de la biomasa, de modo que, en caso de incendio, este tenga poco potencial destructivo. 
TIPO DE BOSQUE. Evitar los bosques jóvenes que, una vez que prenden, se conviertan en regueros de llamas. Los claros de masas jóvenes aceleran el proceso hacia masas adultas más abiertas. 
PREVENCIÓN. Habría que revertir la actual situación, en que los presupuestos se destinan sobre todo a la extinción, para equilibrarlos más hacia la prevención mediante la gestión forestal (sin abandonar la extinción). Hoy, en España se invierte el 75% de los recursos en extinción y sólo el 25% en prevención y gestión forestal.
BIOECONOMÍA, OTRO PARADIGMA. Gestionar los recursos forestales puede ser el nuevo petróleo. Ya es posible utilizar la celulosa y la lignina, por ejemplo, para obtener productos textiles (algodón o poliéster) y tejidos resistentes. Con la lignina se puede fabricar fibras de carbono (para fuselaje de aviones), mientras que otros productos de madera pueden suplir a materiales para la construcción (en lugar de hierro u hormigón). Así se genera empleo y revierte la despoblación rural, se reducen las importaciones de petróleo y se combate el cambio climático.