Profesiones de ciencia ficción

Piloto de drones, guardaespaldas digital, consejero energético, especialista en 'crowdfunding', agricultor urbano, ingeniero de 'big data'... Dentro de poco tiempo, estas profesiones formarán parte del vocabulario habitual. Los trabajos con mayor demanda en el futuro inmediato no tienen nada que ver con los que acaparaban las ofertas de empleo hace diez años.

Jesús Lanchas, ingeniero de big data

¿Tú qué quieres ser de mayor? Todos los niños –y no tan niños– se ven confrontados a esta pregunta. A las clásicas respuestas de médico, bombero, astronauta o futbolista se han añadido otras, como programador de videojuegos, policía científico o youtuber... Pero estas incorporaciones apenas reflejan la vertiginosa evolución del mundo laboral. Muchos ejercerán una profesión que hoy está en fase incipiente, en proceso de construcción, o que aún no existe siquiera.

“El 60% de los mejores trabajos de la próxima década aún no están inventados”, sentencia Thomas Frey, director del DaVinci Institute y futurólogo más seguido en el ranking de Google.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), ocho de cada diez nuevos empleos serán “para trabajadores del conocimiento”, que idealmente deberían ser “profesionales con capacidades técnicas, formación práctica, habilidades directivas y espíritu emprendedor”. En casi todos los ámbitos, la revolución tecnológica y digital ha transformado por completo el panorama laboral. Desde la agricultura hasta la medicina, las inmensas posibilidades que ofrecen el universo 2.0 o la emergente impresión en 3D que, a juicio de Frey, tendrá un impacto similar al de internet. “Dentro de unos años veremos la primera casa realizada enteramente con esta tecnología”, augura.

En España, de acuerdo con los datos del Instituto Superior para el Desarrollo de Internet (ISDI), la creación de puestos de trabajo digitales entre las pure players (empresas que sólo operan en la red) y las firmas tradicionales se sitúa ya en un 52% y un 48%, respectivamente. Y el 63% del empleo generado por las firmas nativas de internet corresponde a sociedades con menos de cinco años de antigüedad.

Entre ellas figura Verkami, una de las iniciativas pioneras  en Europa del crowdfunding, la actividad consistente en financiar proyectos mediante las donaciones de los internautas. “Las primeras plataformas surgieron en Estados Unidos para ayudar a artistas y creadores a hacer realidad sus ideas. Verkami nació de nuestra inquietud como consumidores culturales con un planteamiento muy amplio. Abarca desde películas, música, libros o escultura hasta diseño y proyectos científicos. Nuestro grado de éxito es del 70%, uno de los más elevados”, se enorgullece Jonàs Sala, doctor en Física y fundador de la start up junto con su hermano Adrià, historiador del arte, y su padre Joan, biólogo.

El ‘crowdfunding’ responde a una “nueva economía” y un profundo “cambio de mentalidad en los valores sociales y los hábitos de consumo”, sostiene Jonas Sala, fundador de la plataforma Verkami

La clave del éxito está en la transversalidad del servicio: “Ofrecemos asesoramiento personal para que el creador conecte con el público y lleve a cabo una buena campaña antes de recabar fondos”. ¿Una nueva profesión fruto de la crisis y sus demoledores efectos en el sector cultural? Sala admite que inicialmente el crowdfunding se percibió como “una alternativa” a pedir un crédito bancario u obtener una subvención, pero considera que en la actualidad es “un fenómeno al margen” de la coyuntura económica.

“Los artistas ganan en independencia, y se forma una comunidad en torno a su proyecto. Se crea un contacto directo, el consumidor se siente partícipe de algo singular, especial, realizado por alguien que admiran”, argumenta.

Por eso, está persuadido de que este tipo de plataformas responden al surgimiento de una “nueva economía” y un profundo “cambio de mentalidad en los valores sociales y los hábitos de consumo”. No hay marcha atrás. A medio plazo, Sala cree que el crowdfunding se extenderá “al terreno de las empresas”, siempre que estas aporten algo a la sociedad. 

En la red –“porque la universidad prepara a los estudiantes para los trabajos del pasado”, opina el analista Thomas Frey– también se han cocido profesiones como la de ingeniero de real time bidding (RTB). Un perfil muy innovador que consiste en gestionar espacios publicitarios que se subastan en internet y que funcionan como la bolsa. En menos de 100 milisengundos, distintas compañías pujan para proyectar su anuncio. La que es más rápida y hace la mejor oferta es la que logra que aparezca el suyo, que además es personalizado, según el usuario que en ese momento está navegando por el ciberespacio.

Ahí aparecen también figuras como el guardaespaldas digital, encargado de proteger la reputación de una empresa o un particular en el fascinante y al mismo tiempo proceloso mundo de internet, donde las redes sociales desempeñan un papel clave. “El guardián de la reputación debe velar por todos los aspectos que afectan a la imagen de una compañía y estrechar el vínculo de confianza con el cliente siguiendo el camino de la transparencia. Aquellas organizaciones que no trabajen en esta línea no sobrevivirán”, resume Maria Cura, directora general de Llorente y Cuenca en Barcelona y fundadora de la primera unidad especializada en este nicho del mercado.

A su juicio, el guardaespaldas digital “participará cada vez más en los procesos de decisión de las empresas” y, en el futuro, “su nivel de desarrollo será parecido al mundo de la abogacía”. Es decir, se especializará en terrenos como la diplomacia corporativa, la comunicación de crisis, la comunicación financiera, la responsabilidad social o la detección precoz de focos de conflicto.

Además de los ingenieros en
‘big data’, internet
y las redes sociales proporcionarán
una multitud de especialidades a las que dedicarse, como guardaespaldas digital,
‘coach’ digital, desintoxicador digital...

El boom digital está asociado a un profesional cada vez más imprescindible: el ingeniero de big data, experto en sistemas para manipular y analizar las cantidades masivas de datos que circulan por internet. “La empresa que no esté en esto tiene un problema”, afirma Jesús Lanchas. Trabaja en Acceso, compañía radicada en Madrid que gestiona más de un millón de contenidos al día, rastreando la red para ofrecer a sus clientes información “en tiempo real” sobre cualquier movimiento que se produzca en el ciberespacio y pueda afectar a su marca. Su perfil es uno de los más cortejados del mercado. “En el futuro todo estará monitorizado, la cantidad de información que esto supone cambiará la forma de tomar decisiones en cualquier organización”, vaticina.  

Los expertos apuntan que el marasmo de redes sociales, webs y aplicaciones de telefonía móvil favorecerá la aparición de profesiones como el coach digital –quien aconseja sobre el hardware, el software, las apps y las fuentes de información idóneas para el rendimiento profesional y el desarrollo personal–, el especialista en desintoxicación digital, el detective digital –detecta vulnerabilidades y organiza la seguridad del cliente en la red– e incluso el mánager funerario digital, que crea, gestiona y elimina contenidos tras la muerte del usuario. 

Por exótico que pueda parecer, el piloto de drones tiene el porvenir garantizado más allá de la carrera militar. “Igual que internet, esta tecnología va a marcar un antes y un después. Las aplicaciones civiles son inmensas: control y vigilancia de infraestructuras, cartografía, control del tráfico, vigilancia y detección de incendios, tareas de búsqueda y rescate, imágenes para el cine y la publicidad…”, sostiene Israel Quintanilla, director del máster de Pilotaje de Drones de la Escuela de Aeronáuticos de la Universidad Politécnica de Valencia, único centro universitario que ofrece ya esta titulación en España.

A Quintanilla no le cabe duda de que, más pronto que tarde, tendrán que crearse pasillos aéreos –y por tanto, controladores– para unas naves que acabarán sustituyendo al cartero y al repartidor de pizzas. 

Según un estudio realizado por la consultora británica Fast Future, en los próximos 30 años aparecerán igualmente nuevas profesiones que son fruto de la evolución científica. Gonzalo de Aranda es un claro ejemplo ya. Pertenece a la primera promoción de Ingeniería Biomédica de la Universidad Carlos III de Madrid. Como la mayoría de sus colegas, no tuvo problema para encontrar trabajo, aunque sí es de los pocos que han podido quedarse en España.

Este joven de 25 años trabaja en Aglaris Cell, sociedad de investigación biomédica de Madrid donde colabora en el diseño de una máquina que amplifica muestras de células madre, lo que supondría un avance en las terapias celulares mediante la recuperación de tejidos. Un proyecto con vistas a la futura fabricación de órganos mediante la tecnología de la impresión en 3D. El siguiente paso, la creación de seres humanos mejorados o de humanoides, es de película de ciencia ficción, pero está más cerca de lo que parece. “La tecnología va por delante de lo que la estructura social es capaz de asumir. Llegará un momento en que las cuestiones éticas se amontonarán y harán falta profesionales para responderlas. La de filósofo es también una carrera de futuro”, pronostica De Aranda.

“Llegará un momento en que las cuestiones éticas se amontonarán. La de filósofo es también una carrera de futuro”, pronostica un ingeniero biomédico

Esta opinión es compartida por Frey –augura la demanda de “nuevos filósofos de la ciencia”, cuya misión será ejercer de “conciencia y guía para los que toman las decisiones”–y por Alícia Casals, experta en robótica de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). “Los robots pueden aportar mucho a la humanidad, tienen un potencial enorme, pero su desarrollo no está exento de riesgos. Su evolución debe ir pareja a la del entorno social”, advierte. De lo que no tiene duda es de las expectativas laborales del sector. Desde la nanorrobótica, con infinidad de aplicaciones médicas y científicas, hasta el sector aeroespacial, pasando por los robots domésticos o terapéuticos. “Una especialidad de futuro es la robótica social”, afirma en particular alusión al envejecimiento de la población, que requerirá de lo que Frey denomina “proveedores de servicios para octogenarios”.

En un mundo amenazado por la degradación del medio ambiente y el cambio climático, surgen asimismo nuevos expertos capaces de hacer frente a los problemas ecológicos. Como el especialista en residuos urbanos. Al ritmo en que estos se multiplican –en el 2025, las ciudades producirán seis millones de toneladas de basura diarias–, la humanidad corre el riesgo de enterrarse en sus propios desechos. “Este profesional del futuro debe tener un perfil capaz de gestionar flujos residuales que van desde la contaminación atmosférica hasta la gestión de la movilidad, pasando por el tratamiento de aguas o de la basura electrónica. ­Tendrá un papel clave a la hora de repensar la ciudad”, sostiene Dolores Álvarez, profesora de Ingeniería Química de la UPC. “Quizá ahora no es percibida como una de las profesiones más glamurosas, pero en los próximos años generará muchos puestos de trabajo”, asegura.

De la necesidad de reducir las cada vez más abultadas facturas de electricidad, gas y agua, surge el consejero energético. Ingeniera de profesión, Ingrid Hogard ha decidido reconvertirse para entrar en este sector de mercado como autoemprendedora. “En los últimos diez años el precio del kilovatio y del metro cúbico de agua casi se ha triplicado. Utilizando la tecnología y siguiendo algunas pautas se puede recortar el gasto hasta un 35% sin perder el confort”, asegura Hogard, que realiza intervenciones en España y Francia. 

Dado el panorama medioambiental, la gestión de residuos o de recursos energéticos o el agricultor urbano serán seguramente opciones profesionales extendidas

Pronto, recurrir a un consejero energético será algo tan habitual entre las empresas y los ciudadanos particulares como solicitar los servicios de un asesor fiscal. “El objetivo es reducir el consumo por razones económicas y también medioambientales. A mi nivel, quiero ayudar a cambiar la mentalidad del consumidor”, subraya.   

Un consumidor que será cada vez más urbanita. En el 2050, se estima que el 80% de la población vivirá en las ciudades, y alimentarla mediante la agricultura tradicional requeriría una superficie cultivable del tamaño de Brasil. Julián Briz, profesor e investigador de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), tiene clara la solución. “Estoy formando a los futuros agricultores urbanos, una profesión nueva con un elevado perfil técnico”, asegura.

Aprovechar la superficie de las azoteas e incluso las paredes de los edificios para cultivar no sólo permitirá alimentar a una parte de la población sin coste de transporte sino también “reducir las emisiones de calor, la contaminación y reciclar las aguas grises”, señala. En un futuro cercano, estos profesionales serán tan imprescindibles como el aire que respiramos.