Salvar la meseta, la Laponia del sur

El mundo rural se desangra: pierde cinco habitantes por hora. Sólo el 5% de la población en España vive en un 53% de un territorio cada día más vacío, con densidades insólitas en Europa salvo en algunas áreas de los países escandinavos. Pero quienes allí resisten creen que aún hay una posibilidad para la vida en el campo y que internet podría contribuir a su salvación

Cada sesenta minutos  el mundo rural pierde cinco habitantes. Sí, está ocurriendo ahora, en este momento. La España rural se desangra ante nuestros ojos, poco a poco, minuto a minuto. No es una exageración. El 95% de la  población española vive en el 47% del territorio, mientras que en el 53% restante vive solo un 5% de los ciudadanos, con una densidad media de 9,35 habitantes por kilómetro cuadrado, apenas por debajo de la cifra de 10 hab/ km² que en geografía humana se denomina “desierto demográfico”. Así lo explica Pilar Burillo, investigadora del Instituto para el Desarrollo de la Serranía Celtibérica que ha  cartografiado la despoblación de España por agrupación de municipios. El páramo demográfico afecta a 4.375 municipios, que ocupan 273.232 km² y en los que viven 2.556.075 personas.

Pero aún no está todo perdido. En esos minipueblos hay personas que luchan con todas sus fuerzas para revertir la situación. Gente joven y menos joven que cree que es posible eludir la muerte anunciada y que reniegan del pesimismo que, a su juicio, dificulta que su voz se oiga y que los que mandan actúen. Son emprendedores que tienen claro que el mundo rural tiene mucho que ofrecer y que hay posibilidades económicas suficientes para sobrevivir. Sólo necesitan, aseguran, que las administraciones crean en ello…y que de una vez por todas se extienda el servicio de banda ancha a 30 megas.

“Nuestra supervivencia pasa por garantizar la conectividad”, reivindica María Ángeles Rosado, representante de la asociación agraria Asaja en el seminario Despoblación y cambios demográficos: los retos de la Política Europea, organizado en otoño en Zamora por la Oficina del Parlamento Europeo en España. La clave, insistieron una y otra vez los representantes de la España despoblada que asistieron a ese encuentro, está en internet, el garante indiscutible en los tiempos actuales de la conexión con el mundo en su dimensión más amplia. Y, por su puesto, las comunicaciones viarias.

Varias décadas

Esta sangría demográfica no es un problema de ahora en absoluto. El despoblamiento que se registra en gran parte del territorio, aunque especialmente en la meseta, es consecuencia de un prolongado proceso histórico que se remonta a mediados del siglo XX, explica José María Delgado Urrecho, profesor de Geografía Humana de la Universidad de Valladolid, en el artículo Más allá del tópico de la España vacía: una geografía de la despoblación, publicado en el Informe España 2018.

Según Delgado, los intensos desplazamientos migratorios de aquellos años se explican por la industrialización “políticamente dirigida y espacialmente concentrada”, no sólo concentrada a escala regional sino, principalmente, urbana y capitalina, de escasa implantación en ciudades del medio rural. Y también por  la mecanización de las actividades del campo y, con ella, el incremento de la productividad y la liberalización de la mano de obra agrícola.

A medio plazo, las consecuencias fueron más nacimientos en las ciudades (población joven) y más defunciones en el campo (envejecimiento). “Cuando las perdidas de población causadas por el éxodo rural se atenuaron al reducirse el potencial de quienes en él participaban, se sumaron a ellas, con ritmo creciente, las derivadas del decrecimiento vegetativo”, explica este profesor.

Y, claro, menos población, menos servicios por falta de rentabilidad. Sin colegios, sin consultorio médico, sin bancos, sin conexión a internet, sin  residencias para mayores, sin tiendas, sin transporte…, la existencia de estos núcleos de población quedó a merced de unos pocos que, sin embargo, no se resignan. Es el caso de Delfín Martín, un madrileño que hace una década decidió, con su mujer, dejar la ciudad para ir a vivir a Sayago, una comarca de Zamora que ocupa un territorio de 1.484,6 km², en gran parte flanqueado y aislado por profundas gargantas, hoces y tajos excavados por el Duero y el Tormes, lindando con Portugal. En el 2017, su población era de 8.184 habitantes,  una densidad de 5,51 hab/km², una de las más bajas de España.

Irredentos

Delfín Martín se asentó en Gamones –un pueblo en el que están empadronados unos 100 vecinos pero donde en realidad sólo viven 50– con su mujer y sus dos hijos, entonces pequeños. “Los dos somos de Madrid, nada que ver con el campo. Pero llevábamos una vida que, sencillamente, no nos gustaba nada”, explica este experto en marketing que, entonces, trabajaba de directivo en una multinacional. En una escapada de fin de semana, conocieron esta comarca y, tras hablar con su jefe y llegar a un acuerdo para hacer teletrabajo la mitad de la semana y regresar a Madrid la otra mitad, decidieron que su nuevo hogar se ubicaría en Gamones.
Su mujer, escultora, era feliz.

“Vienes a vivir al campo porque la tecnología lo permite y dicen que integrarán el medio rural a la sociedad digital pero no es verdad”, dice un residente de un pueblo

El acuerdo con su jefe no duró mucho. “No se acostumbró a que mi despacho estuviera vacío tantos días. La cultura del presentismo es aún muy fuerte”, explica. Pero tuvo claro que no regresaría a la gran urbe. “Ya no podía. La vida aquí nos gustó, creímos (y creemos) que tiene muchísimas posibilidades en todos los sentidos y decidí seguir llevando las cuentas de mis clientes con viajes esporádicos a Madrid. ¡Oye! Que vivir en un pueblo no implica que me haya olvidado de conducir!”, explica.

El gran problema que encontró este publicista, que también gestiona una casa rural, es el de la conexión a internet. “Eso sí que nos aisla y nos mata. Porque ahora puedes hacer mil cosas a través de la red, gestiones, pagos, entrega de trabajos, vender tus productos, estudiar…No tener conexión es la puntilla para que la España rural muera definitivamente”, relata.

Desde su llegada a la comarca, Delfín Martín no ha cesado de luchar por disponer de una conexión rápida. Recuerda las veces cuando estaba enviando un trabajo al cliente y se cortaba la conexión. Entonces cogía corriendo el coche para subirse al punto más alto de la zona y poder transmitir. Muchas veces no funcionaba y cruzaba la frontera  para engancharse a la operadora lusa. “¡De locos!”, dice.

“Te vienes a vivir al campo porque ves que la tecnología lo permite y porque estás oyendo declaraciones institucionales de que hay un  compromiso para incorporar el medio rural a la sociedad digital. Discursos muy bonitos que no son verdad. Te encuentras con que has hecho una apuesta por vivir en un medio distinto y no puedes ni crear una página web de tu empresa. Es muy frustrante”, se lamenta.

¿Es más importante tener una buena conexión a internet que contar con servicios sociales? La respuesta para la mayoría de los habitantes de las zonas escasamente pobladas, entre ellos los representantes de la Serranía Celtibérica, una de las áreas con más baja densidad de población de España y el sur de Europa, es que sí.

Esta interregión se extiende por las comunidades autónomas de Aragón, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Comunitat Valenciana y La Rioja y, pese a ocupar 65.825 km² (dos veces más que Catalunya o Bélgica), su censo en el 2017 era de 467.308 habitantes y su densidad de población de 7,09 hab/ km², baja cifra por la que se la llama “la Laponia del Sur”.

Conectividad

En palabras de Francisco Burillo, uno de los mayores expertos en despoblación, catedrático universitario y presidente del Instituto de Investigación y Desarrollo Rural Serranía Celtibérica, “es imprescindible que la banda ancha llegue hasta el último rincón del medio rural y se mejoren las vías de comunicación todo lo posible. Por regla general, la incomunicación viaria de gran parte del territorio rural ha sido una de las causas de su despoblación al alejar la implantación de empresas, y ahora lo es internet”.

La sangría demográfica arranca a mediados del siglo XX con las migraciones a las nuevas zonas industriales y la liberalización de mano de obra agrícola


“Cuando piensas en las razones por las que la comarca de Sayago no tiene un desarrollo adecuado, con todas las posibilidades que ofrece, llegas a la conclusión de que falta lo más importante, que es la comunicación. Y es la física, a través de las carreteras y la telefónica, internet, la señal de televisión, la radio”, insiste Delfín Martín, quien reconoce que para él, que sus hijos tuvieran que recorrer algunos kilómetros para ir a la escuela no fue nunca un problema. “Veníamos de Madrid, donde todo está como mínimo a media hora o más de distancia. ¡Y eso si vives en el mismo Madrid y no en algún municipio de la periferia!”, dice entre risas.
El gobierno de Mariano Rajoy presentó en marzo del 2018 un plan de impulso a internet en zonas donde actualmente no hay conexión de alta velocidad o es muy débil. El plan, llamado 300x100, tiene el objetivo de extender la banda ancha, con una inversión de 525 millones de euros, a todos los municipios hasta el 2021, lo que supone el 95% de la población española. El plan sigue adelante, tal y como anunció la Comisionada del Gobierno para el Reto Demográfico, Isaura Leal, quien rebajó el plazo para que los municipios con menos de 5.000 habitantes tengan banda ancha a antes de enero del 2020.

Leal cree también que la extensión de la banda ancha con una velocidad de 30 megas es una  de las medidas  para conseguir reactivar un territorio. La orden fue publicada el pasado noviembre en el BOE por el  Ministerio de Economía. Las dudas de los moradores de estas tierras es si las empresas de telefonía “harán caso al requerimiento del Gobierno por la escasa rentabilidad de la inversión”, explican desde Asaja.
En este sentido, Leal asegura que las operadoras de telefonía móvil obtuvieron la concesión del servicio con determinadas prestaciones que debían cumplir “y en la orden del BOE se les recuerda precisamente que cumplir con esa concesión implica dar cobertura con una adecuada velocidad también a los ciudadanos que viven en territorios no urbanos”.

Esta primavera, la Comisionada Leal preveía presentar la Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico, con medidas para paliar la despoblación. Según indicó en un encuentro con asociaciones de Soria, la área española más despoblada, una de las líneas de trabajo de la estrategia es abordar también una adecuada financiación y medidas fiscales de apoyo a los emprendedores. Y, por supuesto, las ayudas europeas.

Problema europeo

Iratxe García, eurodiputada del Grupo Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo (S&D) y presidenta de la delegación socialista española en dicha cámara, recuerda que la despoblación no es sólo un problema español, sino de Europa en su conjunto: el 80% de los europeos viven en el 20% del territorio. Y como tal se está trabajando en Bruselas para hacer frente a este reto. Así, su grupo defiende que a la hora de hacer el reparto de fondos europeos se tenga en cuenta no sólo la renta per cápita de los territorios, sino también otras cuestiones como lo criterios de despoblación o dispersión geográfica.

Pero los moradores del páramo demográfico español no pueden esperar ni a lo que decida Bruselas ni a la estrategia nacional frente al reto demográfico. “Nos estamos muriendo”, urgen. Por ello, representantes de  los desiertos demográficos de España y el sur de de Europa, la Serranía Celtibérica  y la Franja fronteriza con Portugal, solicitaron el pasado mes de noviembre al Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, su mediación para que sea reconocida la situación de “catástrofe demográfica” de ambas interregiones.  “No nos queda tiempo. Cada día que pasa se muere un pueblo”, explicaron a Marugan.

Pocas mujeres

Además de apoyo económico, las soluciones pasan por atraer mujeres. Porque uno de los mayores problemas del campo es la falta de féminas, como reconocía la eurodiputada García: “Relegadas históricamente a un segundo plano, las mujeres de los pueblos se han marchado. Las más jóvenes han estudiado para poder escapar de ellos”, indica.

El profesor Delgado Urrecho, en el capítulo del Informe España 2018 relativo a la despoblación, señala que las cohortes fértiles en los territorios más afectados por la despoblación –considerando como tales todos aquellos con una densidad inferior a los 10 hab/ km²– han quedado reducidas a un 34,1%, en 534 municipios no llegan al 20% y en 614 no hay más de cinco mujeres en ese grupo y su edad media es de 37 años. Y sin mujeres fértiles, no hay niños. No hay futuro.

Y eso, hay que unirlo al  envejecimiento: el promedio en España es de 42,9 años, ya elevado, pero las diferencias entre ámbitos territoriales resultan abrumadoras. En el medio rural sube a 44,8 años y, cruzando el límite del inicio del proceso de despoblación, allí donde la densidad es inferior a 30 hab/ km², a 48,9 años. La media sube a  58,2 años en los municipios inferiores al centenar de residentes y con menos de 5 hab/ km².
El desequilibrio entre personas mayores y jóvenes presenta datos aún más extremos, pues si la población española muestra ya un envejecimiento preocupante, con 1,3 mayores de 65 años por cada menor de 15 –sólo en las áreas periurbanas y en las suburbanas costeras el índice de envejecimiento se sitúa en torno a 1–, en el medio rural la tasa es de 1,6 y en los municipios amenazados por la despoblación, de 2,3.

“No es una situación anecdótica: hay 1.455 municipios en España donde el índice es igual o superior a 10, sus residentes tienen una edad media de 60 años, el 45% superan los 65 y los menores de 15 no son ni el 3%”, señala Delgado Urrecho.

Un panorama desolador, pero que puede revertirse, al menos en muchos municipios (en otros, ya no hay solución, reconocen los expertos). El ministro de Agricultura, Luis Planas, cree que las soluciones deben ser transversales y, entre ellas, señala a la inmigración. En su opinión, hay que decir alto y claro que España necesita a los inmigrantes para el mantenimiento de los servicios.

De paletos, nada

Isaura Leal puesta, además de por medidas de fomento de empleo, ayudas fiscales y mejoras de la comunicación y de la conectividad, por cambiar la imagen que rodea al mundo rural. En su opinión, no colabora en nada mantener la imagen de población poco formada, sin inquietudes, de un mundo aburrido… En absoluto es así, clama Iratxe García, quien coincide en que es el momento de combatir unos estereotipos “muy injustos”. Leal estudia llegar a acuerdos con las productoras de series televisivas para erradicar esos tópicos de paletos que muchas veces se proyecta sobre la gente del campo.

Es algo contra lo que también se rebela María Ángeles Rosado, ingeniera agrónoma nacida en un pueblo de Ciudad Real, quien conoció al que sería su marido en la Universidad Complutense de Madrid. “Hicimos el camino inverso, del mundo urbano al rural”. Decidieron abrirse futuro en Sayatón, un pueblo de Guadalajara de 48 habitantes, sin médico (va un día a la semana), sin  bares, sin tiendas, sin cajero automático y sin colegio (sus hijos van a Pastrana, a 15 kilómetros). Rosado reconoce que tienen muchas dificultades, pero también que es “maravilloso”. “Veo la Vía Láctea desde mi ventana”, dice.

Cree que una parte de lo que ha ocurrido en el mundo rural es porque se ha denostado el trabajo agrícola “y no lo entiendo, de verdad”. “Y han sido los propios padres –señala– los que animaron a los hijos a marcharse en vez de decirles, estudia, por supuesto. Estudia mucho. Hazte etnólogo, ingeniero… y trabaja tu tierra. Quedarse en el pueblo no es un fracaso”.

“La mujer en el campo sigue siendo un complemento del hombre. El mundo rural no se puede desarrollar sin mujeres”, comenta una empresaria agrícola
 


Sí lo es, sin embargo, el conjunto de dificultades que afrontan a día de hoy las mujeres rurales. “No se permite la titularidad compartida, pese a que trabajo igual que mi marido. Y eso me impide hacer la PAC (política agraria de la UE) porque yo no puedo firmar. La mujer en el campo sigue siendo un complemento del hombre. No se dan cuenta de que el mundo rural no se puede desarrollar sin mujeres. Es un auténtico despropósito”, apunta.


Rosado y su marido han conseguido recuperar 30 hectáreas para aceite ecológico, algo de lo que se siente profundamente orgullosa. “El perfil del campo –continúa–ha cambiado mucho, por favor, no nos denigren. Somos gente que luchamos con uñas y dientes, gente que estamos importando a todo el mundo aceite ecológico. Sólo en Guadalajara y Cuenca hay 11.000 hectáreas de este producto. Otros tienen maravillosos campos de lavanda… Hay innovación, creatividad, mucha fuerza… Como dijo mi hija cuando cumplió los 7 años y sopló sus velas, por favor, sólo deseo que no se muera el pueblo. Yo también lo pido, ¡no nos dejen morir!”.