Sálvese quien pueda

Accidente nuclear, guerra bacteriológica, catástrofes naturales, terrorismo... las amenazas se multiplican, nos hacen sentir desprotegidos y nos vuelven cada vez más paranoicos. Desde los atentados de París, la demanda de búnkers se ha disparado. Algunos se construyen un refugio familiar, otros compran un ticket para poder acceder a una especie de gran Arca de Noé subterránea realizada por una empresa norteamericana en el corazón de Europa. Un lujo sólo apto para multimillonarios.

Un túnel de entrada al búnker de Vivos en Rothensteinn (Alemania)

No, no es el último filme post-apocalíptico producido por la fabulosa maquinaria de explotación de los miedos de Hollywood. Bajo una boscosa ladera del municipio alemán de Rothenstein se oculta un misterioso búnker. La entrada, una discreta puerta metálica camuflada entre la orografía y la vegetación, está protegida por una valla y cámaras de vigilancia. Como si se tratara de un almacén militar o un depósito de material sensible, aprovechando el refugio nuclear construido por los soviéticos durante la guerra fría en este pintoresco enclave de la antigua República Democrática de Alemania. Pero no es exactamente eso.

Al otro lado, en la oscuridad, el espacio se ensancha y da paso a un enorme corredor con sucesivas compuertas provistas de un sistema hidráulico capaz de soportar 40 toneladas. Una vez cerradas herméticamente, el lugar se convierte en una descomunal caja fuerte cuyo interior esconde una auténtica ciudad y que está preparada para acoger a un puñado de escogidos, capaces de financiarse un pase a la supervivencia en primera clase. Son nada menos que 21.108 metros cuadrados repartidos en diferentes niveles, que incluyen 34 apartamentos de cinco estrellas y una zona comunitaria con piscina, bar, restaurante, un pequeño hospital, sala de cine e incluso una capilla. Algunas de las estancias están provistas de falsos ventanales para evitar la sensación de claustrofobia. ¿El precio? A partir de 2,7 millones de euros por un apartamento privado de 235 metros cuadrados que, en función de las comodidades, alcanza fácilmente los cinco millones.

Puede parecer un porcentaje exagerado, pero no es el único empresario del sector que ha visto multiplicarse su clientela. “En los últimos dos años los encargos se han incrementado en un 100%, y desde la tragedia de París las peticiones de información se han disparado”, constata Ángel Castro, director de Valbeca, la principal sociedad española dedicada a la construcción de búnkers. Sus refugios son más modestos que los de Vivos.“La última solución en seguros de vida para familias de elevado poder adquisitivo”, anuncia en su página web la empresa constructora de esta fortaleza subterránea, bautizada Europa One y con capacidad para unas 500 personas. Se trata de una compañía norteamericana con base en California, cuyo nombre, Vivos, es toda una declaración de principios. Después de haber trabajado para la Administración de Estados Unidos, ha decidido aplicar al terreno privado una tecnología ­desarrollada en el ámbito militar. Y no le va nada mal. El director general, Robert Vicino, asegura que, desde los ­atentados terroristas ­ocurridos el pasado 13 de noviembre en París, la demanda de refugios “ha aumentado un 500%”.

La sociedad norteamericana Vivos planea construir en los Pirineos otro macrobúnker como el que tiene en Alemania

En general se trata de estructuras instaladas en el subsuelo de viviendas unifamiliares, y el modelo más habitual cuesta unos 300.000 euros. “Todos están hechos para resistir a un bombardeo de mucha potencia, una fuga radiactiva o un ataque químico o bacteriológico. El presupuesto varía mucho en función del espacio y del confort. No es lo mismo un búnker con las cosas más básicas, que permita sobrevivir unos días, que uno que esté provisto de un generador y cuente con determinadas prestaciones, como una luz diferente para el día y la noche a fin de poder mantener los ritmos biológicos”, argumenta.

En España, a diferencia de otros países, según Castro, hasta ahora “la población no veía la necesidad” de contar con una infraestructura de este tipo. En cambio, “en Suiza hay búnkers para todos y muchos de ellos son públicos, mientras que aquí casi todos están en propiedades privadas”.

Después de establecerse en el mercado norteamericano, donde posee al menos tres grandes refugios colectivos, y de poner en marcha el de Alemania, el siguiente objetivo de Vivos está en el sur de Europa. “No tenemos refugios en España, pero estamos planeando construir uno en los Pirineos”, informa un portavoz de la empresa, sin facilitar más datos.

¿Cuáles son las motivaciones de las personas que están dispuestas a pagar grandes sumas a cambio de una hipotética oportunidad de salvar la piel? ¿Es una paranoia? “Cuando contratas un seguro de coche, ¿significa que eres paranoico? ¡No! Pues con nuestros refugios es el mismo principio”, defiende Vicino, cuya empresa se encarga de recordar que vivimos en “un mundo peligroso” y que sus fortalezas subterráneas permiten escapar “virtualmente” a “cualquier catástrofe”. Desde “supererupciones volcánicas, terremotos, tsunamis, llamaradas solares o asteroides” hasta “un ataque nuclear, terrorista o una guerra química” e incluso a “una generalizada anarquía social”.

“Cuando contratas un seguro de coche ¿significa que eres paranoico? ¡No! Pues es el mismo principio”, sostiene el director general de la compañía constructora de refugios

En su web, la compañía admite, no obstante, que en caso del lanzamiento de un misil atómico, el margen de tiempo antes del impacto tan sólo es de 20 minutos, y que probablemente no se haga público, por lo que será difícil llegar a tiempo al búnker, incluso si uno lo tiene en su propio jardín.

Al margen de esta contrariedad, ­considera que el resto de las amenazas son lo suficientemente previsibles para que sus clientes se pongan a buen resguardo. Dado que se ha filtrado su ubicación, al Europe One sólo se podrá acceder en helicóptero para evitar que intenten entrar personas ajenas al exclusivo club de supervivientes de Vivos.

La empresa, que define este “épico proyecto” como “un Arca de Noé moderna”, tiene previsto hasta el último detalle, incluido un banco de semillas y un pequeño zoo con diferentes especies animales para repoblar la Tierra en caso de cumplirse los escenarios más apocalípticos. La modernidad la aporta el banco de ADN, un servicio que la empresa propone también al margen de los refugios para que los clientes puedan tener almacenado bajo siete llaves su código genético a la espera de que la medicina alcance el grado de sofisticación que avanzan algunas películas futuristas.

Un equipo de 150 personas se ocupará del mantenimiento de unas instalaciones que cuentan con los sistemas más avanzados de filtrado de aire y de descontaminación, reservas de agua y alimentos para subsistir bajo tierra hasta dos años. El concepto no está lejos del guión de la película 2012, protagonizada por John Cusack, donde unas modernas arcas construidas en secreto y a las que tan sólo tienen acceso los ultrarricos del Planeta permiten que una parte del mundo vuelva a renacer tras ser arrasado por la subida –provocada por el cambio climático– de los océanos.

Vivos parece haberse inspirado en el filme cuando previene: “Los gobiernos del mundo saben algo y construyen búnkers desde hace décadas. ¿Por qué nadie le dice que se prepare? ¿Cuál es su plan? ¿Su familia formará parte de las víctimas o de los supervivientes?”.

La identidad de los candidatos a supervivientes es el secreto mejor guardado de las constructoras. “Firmamos un contrato de confidencialidad. En la mayoría de los casos, ni siguiera sus familiares más cercanos saben que tienen un búnker en el sótano, porque la capacidad es limitada y no podrían acogerlos”, explica Castro. Vivos también se compromete a mantener en secreto los datos de sus clientes, y estos suscriben un documento aceptando cumplir una serie de reglas de convivencia y sufragar los gastos de mantenimiento del refugio.

Una persona que se hizo construir un búnker dice sentirse más protegida y cita como las amenazas que más le inquietan el terrorismo islamista, una bomba nuclear y el bioterrorismo

“Como parte de nuestra política de seguridad, nunca facilitamos quiénes son ni cuántos clientes tenemos. Podemos decir que hay más espacio disponible para aquellos que constaten que esta es una necesidad en el mundo de hoy y para aquellos que se lo puedan financiar”, precisa Vicino, que no tiene la mínima duda de que, si la empresa bajara los precios, “los compradores se atropellarían” para comprar una entrada al subsuelo prometido.

Ninguna posibilidad, pues, de contactar con alguno de los clientes de Vivos. En cambio, entre los de la empresa española, uno ha aceptado, bajo condición de mantener el anonimato, a comentar escuetamente las razones por las que ha decidido invertir en un refugio: “La principal motivación ha sido garantizar la seguridad de mi familia”, afirma este hombre de negocios, que confiesa sentirse “más protegido” desde que hizo instalar un búnker en su propiedad. Entre las amenazas que le preocupan, la primera que cita es “el terrorismo islamista” y en segundo y tercer lugar sitúa “las bombas nucleares” y “los virus” (bioterrorismo). Castro confirma que el mayor temor que expresan sus clientes es que los terroristas “utilicen armas químicas”.

En el turbulento contexto mundial, es fácil que cunda el pánico. Y que encuentre comprador el búnker nuclear puesto a la venta en Irlanda del Norte por 750.000 euros. Situado entre Belfast y Derry, se empezó a construir 1987, pero al poco de finalizar las obras cayó el muro de Berlín, y nunca llegó a acoger a las 236 personalidades para las que fue diseñado. Con sus 46.000 metros cuadrados, bien podría ser reutilizado ahora para vender seguridad a prueba de toda suerte de fenómenos de destrucción masiva a unos cuantos magnates. Esos que pertenecen al 1% de la población que acapara la mitad de la riqueza del planeta. Sálvese quien pueda (permitírselo).