El sol se pone en Japón

En 1975, era el más joven de los países desarrollados. Hoy en día, es el más viejo. ¿Hecho fortuito o desgracia? El archipiélago japonés responde a esta pregunta a su manera.

Pese a su salud frágil, cada día, Reiko Sato cruza con determinación las vacías calles de Yubari, una pequeña ciudad con una población de 9.000 personas en la isla de Hokkaido. El frío invernal le congela hasta sus huesos ya octogenarios, pero no tiene opción: su marido ha fallecido, y su pensión mensual de 730 euros apenas le da para sobrevivir. Así que esta exesteticista realiza algunos pequeños trabajos. La población, anterior capital del carbón, ostenta cierto número de récords. Es la población más gris de Japón: uno de cada dos residentes es mayor de 65 años, y por cada nacimiento registra ocho muertes. Tiene también la deuda más alta del archipiélago japonés desde la clausura de la última mina en 1990. Pero también se esfuerza por ser la ciudad más ejemplar de Japón.

Su alcalde, Naomichi Suzuki, carismático treintañero –el edil más joven del país en el momento de resultar elegido por primera vez en el 2011–, decidió que le pagaran un salario de sólo 2.000 euros al mes y, de este modo, ostenta el título de ser la persona con su cargo con menor paga del país. Su prioridad es ayudar a los ciudadanos de más edad a vivir sus últimos días con dignidad. A menos que se produzca un cambio radical, Yubari habrá perdido dos tercios de su población en un lapso de 25 años.

“Por primera vez en nuestra historia, la venta de pañales para adultos ha superado a la de niños”, anunció recientemente el mayor fabricante de productos de higiene del país, un dato ilustrativo

Yubari es un microcosmos de lo que será Japón en las próximas décadas: un encanecido país. En 1975, su población era la más joven de todos los países de la OCDE, con un 8% de habitantes de más de 65 años. En la actualidad, los mayores representan el 27% de la población y tal proporción subirá a un 41% hacia el 2050. “Por primera vez en nuestra historia, la venta de pañales para adultos ha superado a la de los niños”, anunció recientemente Unicharm, el mayor fabricante japonés de productos de higiene. El comunicado es sintomático del acelerado envejecimiento del país. Con un índice de natalidad de 1,43 hijos por mujer, no se puede garantizar la renovación de las generaciones. Y la esperanza de vida sigue aumentando.

Kenzi Shimazaki, profesor del programa de doctorado de la Escuela de Estudios Políticos de Tokio, da la voz de alarma: “La población activa que financia tales gastos sociales disminuirá de forma drástica, precisamente cuando el número de los mayores está en camino de subir como la espuma, Por el momento, hay 2,3 trabajadores por persona jubilada, pero en el 2050, habrá sólo 1,3”. Ante este riesgo de la edad avanzada, en el 2013, Taro Aso, el viceprimer ministro encargado de las finanzas, propuso una solución... radical: “El problema de los enormes gastos en geriátricos sólo se solucionará si se incita (a los ciudadanos mayores) a darse prisa y morir”, dijo. O eso, o que se las apañen.

En Tokio, no es infrecuente, a altas horas de la noche, cruzarse con gente mayor de uniforme agitando los brazos para indicar la circulación del último metro. En Kioto, el color del pelo de los taxistas hace juego con sus guantes blancos. En Nagoya, los guardias muestran músculos flácidos y necesitan operarse de cataratas. Poco importan la vista débil, la falta de destreza o los movimientos torpes… Entre los 126 millones de japoneses, una cuarta parte de la mano de obra ya tiene más de 65 años. Con una proporción de extranjeros que apenas representa el 1,4% de la población, Japón es uno de los países más cerrados en sí mismos del mundo. Así que a los mayores les toca trabajar, y a las empresas, fomentar su reempleo.

Tales medidas no hacen más que formalizar la situación actual, teniendo en cuenta que el 80% de los de más de 60 años prosiguen su actividad. De promedio, los japoneses dejan de trabajar a la edad de 69 años. Desde el 2014, MOS Burger, la mayor cadena japonesa de comida rápida, emplea burger abuelas en su restaurante del distrito de Gotanda en Tokio. Vestidas con su uniforme verde y con cabellos grises que sobresalen de su gorra, esas diez empleadas suelen hacer el turno de noche. Sus actitudes, su afabilidad y sus sonrisas tranquilizan a los clientes.

Muchas quieren también permanecer activas por miedo a la inseguridad financiera. “Dos terceras partes de la población japonesa no han pasado la totalidad de su carrera profesional en una empresa grande, y estas personas raras veces reciben una magnífica pensión”, señala Julien Martine, una investigadora especializada en población japonesa de edad avanzada en la Universidad Paris Diderot. “Continuar una actividad profesional, por tanto, se convierte en una necesidad”, añade.

En los geriátricos se quejan de que muchos empleados jóvenes renuncian por el duro trabajo; los robots de compañía se ven como una futura ayuda a los ancianos

Y más aún porque no pueden permitirse apoyarse en sus hijos y nietos, que en otros tiempos vivían bajo el mismo techo. La tercera mayor economía del mundo ha echado por la borda algunos valores confucianos, como la piedad filial, en beneficio de una dinámica social más individualista. “¿Por qué tendría que pagar por los que no hacen más que comer y beber sin mover un dedo?”, se quejó furioso Taro Aso ya en el 2008, a propósito del disparado gasto sanitario. El entonces primer ministro (hoy, con 76 años) no hacía más que expresar en voz alta las preocupaciones de cada vez más gente joven, expuesta a un sistema de retiro basado en la participación intergeneracional.

“Desde la industrialización de los años sesenta, la imagen de los ciudadanos mayores ha empeorado”, dice Julien Martine. “Con la aplicación del sistema de seguridad social, la sociedad ha desplazado a las familias en el cuidado de los mayores. Y la presión social es tal que los ciudadanos mayores se ven obligados a envejecer ‘de forma útil’”, añade.

A los que se encuentran en mejor posición siempre les queda la opción de ir a residencias, pero estas tienen largas listas de espera: 520.000 mayores esperan plaza. En cambio, quienes han de contentarse con ingresos más modestos comprueban que sus años dorados son menos tranquilos. En este país hay más suicidios entre sexagenarios que en otros grupos de edad. No pasa una hora sin un caso de kodokushi (muerte en soledad). Cada año, 30.000 cuerpos, dos terceras partes de este total, de personas de más de 60 años, se descubren semanas e incluso meses después de su muerte.

Otros se encuentran en la calle de la noche a la mañana. Abandonada por sus hijos al jubilarse, Kyoko Nishitani ya no podía pagar el alquiler. Desde hace siete años, esta septuagenaria vive en la calle. Acurrucada en una caja de cartón, envuelta en una parka que le sirve de colcha, espera ganar cada día 20 euros o una cantidad aproximada a cambio de las botellas que recoge.

En Tokio, ha crecido el número de personas sin hogar de más de 55 años (de un 58,8% sobre el total en el 2002 a un 73,5% en el 2012). En los parques de la gran ciudad, no es raro toparse con gente mayor que hurga en la basura. En la cárcel de Onomichi, no lejos de Hiroshima, siluetas encorvadas, apoyadas a menudo en un andador, se arrastran al taller. Así empiezan las ocho horas de trabajo diario, interrumpido sólo por una comida ingerida en profundo silencio. En las celdas sólo hay internos mayores. Desde el 2013, las cifras de delincuencia senil han superado las de delincuencia juvenil. En el 2014, el número de hombres y mujeres mayores de 65 años en prisión era de 2.283, frente a 274 en 1991.

“Es hora de poner fin a la negativa imagen de la edad avanzada”, dice Hiroyuki Murata, impulsor de servicios de vejez activa

El envejecimiento de la población explica parte de estas cifras. Sin embargo, la policía cree que la causa principal está relacionada con la falta de recursos y con el hambre. Como sucede, por ejemplo, en el caso de K., de 80 años, que dejó de trabajar hace siete. Detenido en la penitenciaría de Onomichi, ha pasado entre rejas casi todo el retiro.

Con sus dedos doloridos y uñas agrietadas, este exalbañil hace abalorios de cristal para una empresa que desea permanecer en el anonimato. La razón de su detención: robar un poco de sushi, de forma reiterada. “Aquí la gente es alimentada, alojada bajo techo y cuidada, de modo que la gente mayor comete a propósito toda clase de delitos menores para ir a la cárcel”, observa Akiko Sasaki, la asistente ­social de un correccional. “Pero también
para hacer amistades –añade–, sentirse menos sola y, sobre todo, recuperar cierta disciplina, un rasgo perdido al jubilarse”. El desafío estriba no en impedir la huida, sino en convencer a los internos de que se vayan… y no vuelvan nunca. La única solución para Akiko Sasaki es encontrarles una vivienda y, sobre todo, reintegralos en la sociedad mediante un empleo.

La pobreza en Suo-Oshima es ya paisaje familiar. En esta isla del sur de Japón, los mayores de 65 años constituyen prácticamente la mitad de la población residente, de 18.000 personas. La pensión de los expescadores o empleados en granjas raramente sobrepasa los 450 euros. “Tienen derecho a asistencia social, pero son demasiado orgullosos para solicitarla”, comenta Yasuo Matsumoto, director del departa­mento de salud pública y bienestar social. Sin embargo, pueden contar con la solidaridad entre la gente mayor. Hisahiro Abiko, de 80 años, bombero voluntario, se mantiene alerta. Kakuei Katagiyama, exprofesor de piano de 93 años, visita habitualmente a otros isleños de su misma edad. En esta parte de Japón, que experimenta un éxodo rural, el encanecimiento de la población es aún más espectacular que en las ciudades. En Suo-Oshima está afectando incluso al personal que trabaja en los centros geriátricos. “Los escasos empleados jóvenes renuncian pronto porque el trabajo es demasiado arduo y extenuante”, se lamenta Shozo Kobayashi, director de una residencia geriátrica y él mismo un joven retirado. “Me enfrento a una terrible carencia de empleados, pero no me veo a mí mismo comprando un robot. Un robot no sonríe”, añade.

Al menos, no por el momento. El Gobierno japonés, los científicos y las empresas privadas trabajan intensamente para que estas máquinas formen parte del futuro en provecho de la generación mayor japonesa. Y lo cierto es que la fisonomía de los robots adquiere rasgos cada vez más realistas. ¿Su trabajo? Suministrar atención médica o dirigir actividades de ocio.

En la casa de retiro Fuyoen, en Yokohama, los robots ya ayudan a los residentes a sentirse menos solos. Matsue Hidaka, de 95 años; Tokie Nakanishi, de 91, y Yoko Karasawa, de 83, ya no se las pueden arreglar sin su “terapia del abrazo” con Paro, una reproducción de una foca de piel antibacteriana que emite sus sonidos característicos, mueve su cabeza y cola y parpadea para que la acaricien. El precio de la máquina, ya en su versión 9.0: 4.000 euros. Parte del coste de la compra fue cubierto por las autoridades regionales porque “los estudios apuntan una significativa mejora de los pacientes con demencia senil”, según declara su creador, el profesor Takanori Shibata. “Paro favorece la comunicación y la sociabilidad y reduce los rasgos de la conducta inestable”, dice.

La casa de retiro de Togo, no lejos de Nagoya, prefirió el bebé Smiby: más atractivo, ligero y, sobre todo, siete veces más barato. La auxiliar sanitaria Harue Yamada valora este refuerzo. “Algunos residentes no quieren cogerlo en brazos porque les recuerda los problemas familiares”, dice. “Pero para otros, cuando Smiby pronuncia una palabra, ríe o llora, les anima a comunicarse…”.

Interactuar con robots para interactuar mejor con humanos. En pocas palabras, es el punto de vista del doctor Hiroshi Ishiguro, la estrella de la robótica e inventor de Telenoid, un robot que rompe el molde: medio niño, medio fantasma y a veces un cíclope con una cámara web para un tercer ojo. De su boca articulada sale la voz de la persona al otro lado de la línea; sus ojos sin párpados, sus apéndices de silicona y su cabeza de tono lechoso se mueven suavemente durante la conversación. Su misión: mantener un vínculo social con la familia, creando a la vez una similitud o parecido con el contacto físico.

El ministro de Economía, Comercio e Industria calcula que en el 2035 el mercado nacional de la industria robótica valdrá 80.000 millones de euros (diez veces la cantidad actual), de los que la mitad se destinará a robots de servicio. Se acabaron los entrenadores personales o la compañía doméstica: Pepper tanto puede dirigir una sesión de gimnasio como mantener una conversación. Olvídense de los robustos brazos de una enfermera: Robear, un osito complaciente, puede levantar a un paciente de 80 kilos sin someter a presión su espalda. Desechen los andadores: el Honda o HAL exoesqueleto mueve las piernas, caderas y brazos. “El último tramo; es decir, el camino de casa al metro o al supermercado, está a punto de cubrirse con robots de transporte”, confirma Jérôme Pigniez, fundador de SilverEco.fr, un sitio web francés dedicado a ciudadanos ­mayores.

Este mercado gerontológico es sólo una faceta del sector de la economía japonesa dedicado a la gente mayor, de un valor calculado de 692.000 millones de euros y que crece constantemente. En Toto, empresa líder en línea de baño, se dedican con especial atención a los módulos de asiento de WC con ducha para gente mayor, el Rolls ­Royce de los cuartos de baño que, entre otras cosas, analiza la orina.

En el 2014, según un estudio, el 80% de las personas mayores afirmaba que prefería “disfrutar de los pequeños placeres de la vida cada día en lugar de ahorrar e invertir para el futuro”. En la actualidad, sólo la gente mayor de 65 años representa el 40% del consumo del país. Nada es demasiado bueno, desde alta tecnología hasta lo más audaz con tal de distraerles. Desde hace cinco años, Aeon Co., el mayor grupo de distribución minorista de Japón, así lo ha comprendido y valorado en su justa medida. En su centro comercial Kasai en Tokio, se puede andar por amplios pasillos, las escaleras mecánicas van más despacio y los anuncios muestran modelos de cabello más fino y delgado. Si alguien desea preparar su viaje final, puede asistir a una conferencia especializada o contratar un trámite funerario. No obstante, también encontrará una librería, un jacuzzi, una tienda de robots y un gimnasio reservado a las ­personas mayores aún en forma.

“Es el momento de poner fin a la negativa imagen de la edad avanzada”, reitera Hiroyuki Murata, autor de ocho éxitos de ventas sobre empresas y servicios para la gente de edad avanzada y director de un centro para el estudio de las sociedades de estas características. Hace treinta años, este promotor del “envejecimiento inteligente”, un paradigma revolucionario si se compara con las actuales tendencias antiedad, importó de Texas el sistema Curves Concept de ejercicio integral destinado a mujeres de edad madura (sesiones de 30 minutos de ejercicio para fortalecer los músculos, fitness o perder peso). Con enorme éxito: Curves Japan ya tiene 740.000 miembros. “Si nos referimos a actividades mentales o físicas, estamos hablando de programas de estimulación”, observa el profesor Murata. “Y, de modo paralelo, se reduce el gasto médico”, añade.

En consecuencia, ¿se puede decir que el final de la vida es dulce y agradable en el país del Sol Naciente? Una comisión gubernamental trazó una imagen de Japón en el 2025: una abuela, curada de alzheimer, dará un paseo por su localidad con un microchip electrónico impulsado por su riego sanguíneo insertado en su tobillo mientras el abuelo, también curado de alzheimer, después de vigilar su salud con una cápsula ingerida la noche anterior y eliminada de forma natural, saldrá en bicicleta para impartir un curso en la universidad.¿Pura ciencia ficción? Una cosa es cierta: el tercer lunes de septiembre del 2025, como cada año, seguirá siendo Keiró no Hi, la jornada de celebración de la tercera edad, durante la cual las autoridades dan las gracias a las personas mayores de 70 años por su aportación a la grandeza de Japón. Aunque quienes les hagan regalos sean, de ahora en adelante, robots.