Sombras de Napoleón

De América a África, de los nativos de las grandes llanuras de Estados Unidos a los de Mbini, la Guinea colonial española. Así llamaron los aborígenes a los primeros fotógrafos. Uno de estos anónimos pioneros inmortalizó en 1859, 44 años después de Waterloo, a los veteranos que perdieron aquella batalla. Son las sombras de Napoleón. Su mirada rescatada del pasado permite juzgar los claroscuros del legado del emperador, de cuyo nacimiento se cumplirán 250 años este agosto

Julio César cruzó el Rubicón. Hernán Cortés conquistó México. Los dos entraron por la puerta grande en la historia. Pero no entraron solos. Qué hubiera sido del divino César (Suetonio dixit) sin los legionarios que derramaron su sangre por él e hicieron de Roma el ombligo del mundo. Hernán Cortés y su puñado de arcabuceros tampoco habrían podido sojuzgar un imperio tan grande sin la ayuda de miles y miles de nativos. Y sin el principio de divide y vencerás ni el juego de alianzas indígenas que luego también explotó Pizarro en Perú.

Hay nombres que brillan con luz propia. Pocos deslumbran tanto como el de Napoleón Bonaparte, de cuyo nacimiento se cumplirán 250 años el 15 de agosto. Pero incluso él es un perfecto ejemplo de que la  historia no se escribe en singular.

Hubo un Napoleón, del que lo sabemos casi todo, y un sinfín de napoleones, de los que no sabemos casi nada. Hoy les pondremos cara y ojos. Son los personajes secundarios, la carne de cañón de la epopeya napoleónica. Los grognards, los gruñones, como los llamaba su jefe, a quien ellos llamaban a su vez le petit Tondu por sus mechones rebeldes. El Trasquiladito.

Una universidad de EE.UU. rescata  imágenes de los albores de la fotografía y pone cara y ojos a los ‘grognards’, los  protagonistas de las guerras napoleónicas, que posaron con sus uniformes

Una miríada de cuadros refleja la transformación física del Napoleón con mayúscula. Del general de La batalla del puente de Arcola al emperador derrotado de Los adioses de Fontainebleau. Del joven delgado, de nariz aguileña y mirada penetrante, al hombre maduro, de rostro redondeado e incipiente barriga. Conocemos su letra, sus clases de inglés y sus faltas de ortografía (“hablo francés mejor que él”, decía el zar Alejandro I). Conocemos, incluso, la evolución de su rúbrica. Pero no su aspecto real.

Los pintores, grabadores y caricaturistas dieron de él una imagen épica, idealizada o sarcástica. Podemos verlo en un mismo acontecimiento histórico –cruzando los Alpes para librar la batalla de Marengo– a lomos de una mula y aterido de frío. O sobre un encabritado córcel y con una capa de superhéroe, como un moderno Aquiles. Existen varias copias de una máscara mortuoria supuestamente hecha cuando expiró, pero se duda de su autenticidad. Por razones obvias, no hay fotografías de él. Murió a los 51 años, en su segundo y definitivo destierro en la isla de Santa Elena, el 5 de mayo de 1821.

Las fotos aún no habían nacido. La primera que se conserva es de 1826 y la hizo el francés Nicéphore Niepce. A partir de esos primeros balbuceos, este arte se disparó. Ello explica que de los napoleones en minúscula sí haya imágenes. Entre 1859 y 1860, es decir, entre 44 y 45 años después de Waterloo, un fotógrafo localizó en Francia a 15 supervivientes de las guerras napoleónicas. ¿Por qué? No lo sabemos. Sólo sabemos que aquellos veteranos aceptaron posar con sus viejos uniformes.

Las 15 imágenes originales –diez de las cuales se reproducen aquí– se conservan en Estados Unidos, en la Universidad Brown de Providence, en el estado de Rhode Island. La colección Anne S. Brown de esta institución académica es una de las más relevantes del mundo sobre iconografía militar.
Ni siquiera sabemos el nombre del fotógrafo o del estudio. Y desgraciadamente han trascendido muy pocos datos de los modelos. Apenas sus regimientos y, en algunos casos, sus años de servicio, aunque con anotaciones poco fiables. Eso, y sus apellidos: Burg, Delignon, Dreuse, Dupont, Fabry, Lefebvre, Maire, Mauban, Moret, Schmitt, Taria, Verlinde, Vitry, Ducel y Loria. Fueron granaderos, sargentos mayores, húsares, cazadores a caballo, dragones...

En el grupo había cuatro veteranos de la Guardia Imperial, la unidad de élite con fama de invencible y cuya mera presencia galvanizaba a la Grande Armée y hacía temblar a sus enemigos. “¡La Guardia no se rinde, la Guardia muere!”, era uno de sus gritos de guerra. Napoleón sólo la hacía entrar en acción como último recurso o para dar el golpe de gracia. Muchos le reprocharon su renuencia, como su cuñado, el mariscal Joachim Murat, que criticó que estos temibles veteranos permanecieran al margen en la primera fase de la invasión de Rusia, en 1812. “No puedo arriesgarme tanto tan lejos de París”, contestó el emperador, que sabía que ese era el único as que guardaba en la manga.

Y tenía razón.

La ‘otra’ epopeya napoleónica se refleja  en Borodino, donde se efectuaron  110.000 cañonazos y 260.000 disparos de mosquetería: en diez horas se segaron más de 45.000 vidas

Si salió vivo de Rusia, su apuesta más desmesurada, fue en parte gracias a ellos. También ellos le salvaron en Waterloo tres años después, en 1815. Formaron en cuadro con él en el centro y evitaron que la retirada se convirtiera en una desbandada. Se marcharon del campo de batalla, derrotados, pero no vencidos, rechazando una tras otra las cargas enemigas. Como “un buque que avanzara majestuoso en medio del oleaje”, dijo el capitán Mercer,  de la artillería británica.

¿Cuántos de estos rostros rescatados del olvido estuvieron en Rusia? ¿Cuántos en Waterloo? ¿Cuántos hicieron de escudos humanos? ¿Acaso estuvo en Madrid el mameluco de la Guardia Imperial de la página siguiente? ¿Reprimió el 2 de Mayo a sangre y fuego? Parece un figutante de La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya, pero ¿era un militar francés que sucumbió a la pasión orientalista que vivió su país o lo reclutaron realmente en Egipto? ¿Ducel era su verdadero nombre o lo afrancesó? Ducel, du ciel. Del cielo. El guerrero celeste.

¿Y qué decir de monsieur Loria, que nos lanza una mirada retadora con su único ojo en la foto de la derecha de la página 34? Tendría unos 70 años cuando posó, pero con su sable, bicornio y uniforme aún resulta fiero. Sin duda, lo fue. De lo contrario, no tendría la Legión de Honor, una de las tres medallas que luce en su pecho. Sí, fiero... y muy afortunado, si de verdad combatió entre  1800 y 1815. Aunque fue a la guerra de principio a fin del sueño napoleónico, pudo vivir para contarlo. Marengo, Ulm, Austerlitz, Jena, Eylau, Friedland, Aspern-Essling, Wagram, Borodino, Berezina, Leipzig, Waterloo... Si fue así, participó en más combates que el mismísimo coronel Chabert, el protagonista de una nouvelle de Honoré de Balzac.

La belleza y el dolor de la batalla es un gran libro del historiador Peter Englund (Roca editorial). Trata sobre la Primera Guerra Mundial. Sobre todas las guerras, en definitiva. Quienes quieran quedarse sólo con el primer sustantivo del título deberían reflexionar. La invasión de Rusia, que marcó junto al avispero de España el declinar de Napoleón, fue un adelanto de las masacres industriales de 1914 y 1945.

Únicamente en el infierno de Borodino (o de la Moskova), el 7 de septiembre de 1812, los franceses efectuaron 60.000 cañonazos y dispararon 140.000 cartuchos; los rusos, 50.000 cañonazos y 120.000 cartuchos. La carnicería duró unas diez horas, lo que da una cadencia de tres cañonazos por segundo y más de 430 descargas de mosquetería por minuto. Hubo al menos 45.000 muertos, de uno y otro bando. Traten de imaginar, si pueden, 45.000 fotos como las de la biblioteca de la universidad Brown de Providence. Sólo entonces se harán una idea del dolor de la batalla.

Uno de estos personajes  parece salido de ‘La carga de los mamelucos’, de Francisco de Goya. ¿Estuvo en Madrid? ¿Participó en la represión a sangre y fuego del 2 de Mayo?

Se enfrentaban Napoleón y el zar Alejandro I, “pero quienes morían como moscas eran pobres de Francia y pobres de Rusia”, dijo Lev Tolstói, constructor de catedrales como Guerra y paz. La bibliografía sobre Napoleón es monumental. Sabemos infinidad de detalles sobre él y otros caudillos responsables de millones de muertes, pero ¿qué sabemos de las  45.000 almas de Borodino?

Jean Tulard es el presidente honorífico del Instituto Napoleón y uno de sus muchísimos biógrafos. Su Napoleón (Crítica) ya va por la tercera edición en castellano. Este estudioso explica que su personaje “ha inspirado más libros que días han transcurrido desde su muerte”. Alistair Horne, otro de sus biógrafos, asegura que “hace más de veinte años, la última vez que se contaron, había más de 600.000 títulos sobre él”.

Y no es un fenómeno exclusivamente francés, ni siquiera europeo: en 1837 Ozeki San’ei editó la primera biografía en chino. El último compatriota que le ha imitado es Li Yuan Ming, que publicó su obra en 1985. Y los ensayos no dejan de crecer, como acreditan los archivos de la Bibliographie Annuelle de l’Histoire de France.

Hay épocas que parecen eternas, aunque duraron “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, como canta Sabina. Desde que Napoleón llegó a las Tullerías hasta que puso rumbo a Santa Elena apenas transcurrieron 15 años. Se instaló en el palacio de Luis XVI el 19 de febrero de 1800, inicialmente como primer cónsul, después como cónsul vitalicio y más tarde como emperador. El 18 de junio de 1815 se produjo el desastre de Waterloo. Cuatro días más tarde, abdicó.

Fueron 15 años vertiginosos. Guerras, destrucción, muertes, cambios dinásticos, resurgir de nacionalismos, fronteras que avanzaban y retrocedían como olas…  Es difícil ponerse de acuerdo sobre este breve periodo que tuvo –y tiene– ­­enormes repercusiones para Europa. Napoleón sigue presente en nuestros días, y no sólo en Francia. El himno de Polonia, tan épico como La Marsellesa, es una evidencia. La Mazurka de Dabrowski, que se compuso en 1797, llama a los polacos a coger el sable: “El ejemplo de Bonaparte / nos enseña cómo vencer”.

Napoleón también aparece en el lenguaje coloquial. “C’est la Bérézina!” , dicen los franceses para referirse a un desastre sin paliativos. Es otro recuerdo de la desastrosa invasión de Rusia. El Berezina es un afluente del Dnieper, cerca de Studianka, cuyas aguas heladas se tragaron muchas vidas de la Grande Armée, o de lo que quedaba de ella. “La Bérézina”, así reflejó L’Équipe en su portada la sorprendente eliminación de la selección alemana en el Mundial de Rusia del 2018.

Algunas heridas siguen sin  cicatrizar en Francia, como se puso de manifiesto en el 2015, cuando las autoridades comunitarias francesas rechazaron los planes de Bélgica para celebrar el bicentenario de Waterloo. Los belgas querían acuñar una moneda de curso legal de dos euros, en cuyo reverso figurase una mención a la batalla “que definió Europa”, en palabras de Victor Hugo (que le consagró 19 capítulos de Los miserables). Francia utilizó  su capacidad de veto y se opuso a esta idea de “mal gusto”.

La cara: las reformas legales y administrativas, el sueño de una Europa unida, y la libertad de culto; la cruz: hizo de Francia un país “de viudas y huérfanos”, regó Europa con sangre y dejó a la militarista Prusia al frente de Alemania

No fue ni la primera ni la última vez que el pasado levantaba ampollas. En el 2012, a raíz de otro bicentenario de postín, el de la debacle de Rusia, un banco de París jugó con la polisemia de retraite (jubilación o retirada, en el sentido de repliegue militar) y lanzó una campaña para captar pensionistas con un lema muy criticado y rápidamente sustituido: “No haga como él y consiga una retraite cálida”, decía un anuncio con un cuadro del emperador en las gélidas planicies rusas.

Estas anécdotas demuestran que Europa aún no puede examinar a Napoleón con suficiente distancia histórica. ¿Con qué Napoleón nos quedamos? ¿Con el que luchó contra la Inquisición española, como refleja Poe en su cuento El pozo y el péndulo? ¿Con el que no quiso liberar a los siervos en Rusia? ¿Con el que restableció la esclavitud en las colonias d’outre mer? ¿Con el que prometió que buscaría la felicidad del pueblo francés? ¿O con el que se vanagloriaba de tener una “renta anual de 300.000 hombres” y ordenaba levas de reclutas sin pestañear?

¿Qué Napoleón enviamos al tribunal de la historia? ¿Al de la grandeur o al sumo hacedor “de viudas y huérfanos”, como lo calificaba Chateaubriand? El ciudadano Bonaparte salvó la Revolución Francesa y el emperador Napoleón la enterró. Liberador y tirano. Nadie refleja mejor estas contradicciones que ese capitán que, según el barón De Marbot, dijo en un pueblo castellano: “Os traigo la libertad, pero al primero que se me desmande lo fusilo”.

Hay un Napoleón militar, un Napoleón legislador y un Napoleón impulsor, con desigual fortuna, de las artes y las ciencias. Su figura ha seguido nutriendo en los siglos XX y XXI a una legión de académicos. Y de cineastas como Sergei Bondarchuk, Stanley Kubrick y Ridley Scott. O escritores como Anthony Burgess, Patrick Rambaud y Arturo Pérez Reverte.

Un personaje de la novela El monstruo de Longwood, de la estadounidense Staton Rabin (Ediciones B), explica que su principal legado fue “la creación de industrias, el nuevo Louvre, el suministro de agua de París, los desembarcaderos a lo largo del Sena, las reformas legales y administrativas...”. Esta escritora se quita el sombrero ante el Código Civil francés de 1801, o Código Napoleónico, “que sigue siendo el fundamento del sistema legal francés y en el que se inspiraron los legisladores de más de veinte naciones”.

Historiadores desapasionados,  como D. G. Wright o Geoffrey Ellis, añadirían que impulsó sociedades de socorro mutuo, un embrión de la Seguridad Social. E instauró la libertad de culto y concedió una autonomía a los judíos que deja en evidencia a regímenes posteriores. Nuevas generaciones de estudiosos han insistido en la importancia que dio a la propaganda y a la reescritura de su propia leyenda. Destacan Serge Cosseron, con Les mensonges de Napoléon (Las mentiras de Napoleón, de la editorial Perrin), y Les mensonges de Waterloo, de Bernand Coppens (Jourdan).

¿Gengis Kan o Carlomagno? ¿Un Trump avant la lettre (Francia, primero) o un pionero de la unificación de Europa? David Chandler, autor de la magna Las campañas de Napoleón (La esfera de los libros), lo califica de  “un gran mal hombre”. También se le puede reprochar, agrega este  especialista, que alentase involuntariamente el nacionalismo alemán y que contribuyera a que el estado con mayor peso específico en la unificación germana fuera la militarista Prusia, lo que tuvo terribles consecuencias en el siglo XX.

Murió a las 17.49 horas del 5 de mayo de 1821. Sus últimas palabras fueron: “France, armée, tête d’armée, Joséphine”. Sus restos fueron repatriados en  1840, cuatro años después de que falleciera Letizia Ramolino, madame Mère, la matriarca del clan Bonaparte, que no vio el renacer de su hijo. Una multitud se echó a las calles de París, al grito de “Vive l’Empereur!”.

No cuesta poner nombre a algunos de esos enfervorizados partidarios. El mameluco Ducel, el fiero y afortunado monsieur Loria... El cuerpo se halla en los Inválidos, en una muñeca rusa formada por seis ataúdes: uno de caoba, dos de plomo, otro de ébano y el quinto, de roble. Todos ellos están dentro de un sarcófago de pórfido, un mineral rojizo. Seis féretros para un muerto que sigue muy vivo.