SOS: ciudades acorraladas por el turismo

¿Pueden morir los destinos turísticos a consecuencia de su éxito en la búsqueda de visitantes? Ciudades de tamaño medio como Venecia, Amsterdam, Praga o Barcelona tratan de lograr un equilibrio entre el ocio de millones de personas y la vida cotidiana de sus habitantes. Es una lucha muy desigual y, frente a un sector que supone el 10% del PIB mundial, ha nacido una nueva palabra: 'turismofobia'.

VENECIA. Hasta 100.000 turistas visitan cada día la plaza de San Marcos en temporada alta.

En el año 2016 se alcanzaron los 1.235 millones de turistas en el mundo (de estos, 600 millones hicieron turismo doméstico), y antes del 2050, con el creci­miento de China, India y otros mercados emergentes, la cifra se triplicará. El turismo ocupa el tercer puesto en los intercambios de bienes y servicios, por detrás de combus­ti­bles y productos químicos, y es el 10% del PIB mundial, y desde los más diversos rincones del planeta se alerta de los riesgos de su masificación.

Porque, si bien puede ser un orgullo provocar el síndrome de Stendhal entre los viajeros, ningún destino quiere para sí el “síndrome de Venecia”: hordas de turistas que poco a poco van expulsando a los vecinos del lugar, que se convierte en una ciudad de cartón piedra.

La ONU ha proclamado el 2017 año internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, entendido como aquel “que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”. Una gran metrópoli puede absorber con facilidad un flujo enorme de turistas, pero ¿cómo pueden garantizar la sostenibilidad ambiental, social y cultural ciudades en que los turistas llegan a multiplicar por 400 su población en un territorio que ya no da más de sí? ¿Qué hacer para estar en el mapa global y evitar a la vez que un salvavidas económico se convierta en un incordio? Ciudades de tamaño medio, como Barcelona, Amsterdam, Praga o la propia Venecia, el modelo del que todos quieren huir, se enfrentan al encarecimiento de la vivienda, a la sobreocupación del espacio ­público, a la sustitución de las tiendas de barrio por otras para turistas, a la pérdida de identidad... y tratan de encontrar la salida.

Venecia y Amsterdam tratan de crear circuitos alternativos para atraer a los turistas a otros puntos y aliviar la presión en el centro

Encandilar a los visitantes con atractivos fuera de los núcleos históricos, penalizar con tasas el turismo de bajo coste, limitar las plazas hoteleras o multar los pisos turísticos son algunas de las ideas puestas en marcha en esta lucha desigual.

En Venecia, el escaparate de la farmacia Morelli, en la plaza de San Bartolomé, recuerda constantemente su situación crítica: un contador actualiza la cifra de habitantes del núcleo histórico (las islas de ­Venecia y de Giudecca). En noviembre se bajó del listón psicológico de las 55.000 personas, y cuando el lector lea estas líneas, estará por debajo de las 54.400. Es un ­éxodo imparable, consecuencia ­directa del alud turístico que encarece la vivienda y expulsa a los ­nativos.

Diversas asociaciones luchan por frenar la despoblación, aunque sin éxito. “Venecia se está convirtiendo en una Pompeya, un bello monumento de piedra, pero sin nadie dentro”, se lamenta Matteo Secchi, fundador de Venessia.com, una red social muy activa. “Los venecianos nos estamos volviendo como los osos panda, una especie en extinción”, agrega Secchi. Siempre con espíritu carnavalesco, Venessia.com monta acciones de denuncia. Ya en el 2009 organizó el funeral de Venecia, un cortejo con ataúd incluido. Un año más tarde fue el turno de Veniceland, una pantomima en la que recibían a los turistas, en la plaza de San Marcos, como si hubieran llegado a un parque temático. El pasado noviembre hicieron una manifestación, con maletas, que sugería una mudanza en masa.

El descenso de habitantes en las islas principales adquiere proporciones dramáticas. Allí vivían 174.000 personas en 1951. Hoy no son ni un tercio. La inmensa mayoría se ha trasladado a la parte continental del municipio. La huida de los venecianos corre pareja a una presión turística cada vez menos sostenible. En el núcleo histórico se realizan casi 7 millones de pernoctaciones al año. Pero a eso se añaden los turistas de paso durante la jornada, lo que eleva a 20 millones los visitantes anuales efectivos.

La puntilla han sido los alqui­leres vía internet, como Airbnb. Si un propietario puede sacar por su piso 5.000 o 6.000 euros al mes, él mismo se mudará gustoso a la terraferma. “Por fuerza hay que buscar una solución para bloquear estos apartamentos, porque cuanto más se ofrezcan a los turistas, menos habrá para nosotros –subraya Secchi–. Nos es imposible encontrar una casa. Antes la encontrabas, aunque cara. Ahora, ni así”. Venecia está estudiando, con la región y el Estado (competentes en la materia), frenar los pisos turísticos, pero la concejal de Turismo, Paola Mar, explica que no es posible limitar de manera genérica y forzosa el acceso de visitantes porque iría contra la libertad de circulación en la UE y el tratado de Schengen. Un decreto municipal del pasado 27 de abril permitirá aumentar la vigilancia policial, mejorar la información previa (avisar de días críticos de afluencia, como se hace con el tráfico en las autopistas), la información in situ, y concienciar al visitante de lo sensible que es la ciudad al impacto humano. También se pondrán contadores de personas en lugares clave para gestionar los flujos, los servicios, la vigilancia...

En Praga, el grado de tolerancia con el turista es mayor que en otros lugares y la población rechaza las intervenciones restrictivas

Pero, sin embargo, en Venecia no sólo no se aplica un decreto que prohíbe el paso de grandes naves cerca de la costa (tras el accidente del Costa Concordia) sino que siguen adelante planes para excavar nuevos canales como vías alternativas para que los cruceros alcancen el puerto, un tráfico que contribuye en gran medida a esa descarga masiva de turistas y es un peligro para los cimientos de las casas. En junio, 25.000 venecianos dijeron no en un referéndum simbólico al paso de los cruceros y a los planes para dragar la laguna para facilitar este tráfico.

El caso veneciano es paradigmático, en Italia y en el mundo, de los peligros de la sobreexposición turística. Expertos en patrimonio, como la arquitecta Gisella Capponi, directora del Instituto Superior de Conservación y Restauración, creen que “es urgente valorizar otros desti­nos”, diversificar el flujo turísti­co y crear “circuitos de visita por el interior del país”, Sólo falta, claro, convencer a los turistas.

Este es, asimismo, el caso de Amsterdam, que también trata de derivar a los turistas a otros puntos para aliviar la presión en el centro, donde han ensayado medidas imaginativas como música clásica para calmar a las multitudes que hacen cola y se ha cambiado la forma de promocionar algunos puntos para hacerlos más atractivos. La zona playera de Zandvoort, fuera de la ciudad, pero fácilmente accesible en transporte público, ha pasado a llamarse Amsterdam Beach. Y el castillo medieval de Muideslot, a 20 kilómetros, se presenta como Amsterdam Castle. El Ayuntamiento también ha lanzado campañas para que los turistas se vayan a dormir a ciudades vecinas, como Rotterdam o La Haya, e incluso sopesa ofrecer billetes de tren gratis para incentivar la ­medida.

Amsterdam, con 850.000 habitantes, recibió el año pasado 17 millones de turistas, cinco más que un lustro atrás, y podría llegar a 30 millones en el 2025. Las pernoctaciones han pasado de cuatro millones en el año 2000 a casi siete millones en el 2015. “Amsterdam se está convirtiendo en una ciudad sucia, sórdida y demasiado llena”, denunció hace unos años el ­director del Rijksmuseum, Wim Pijbes.

Tras años de debate sobre los riesgos de la “turistificación”, el Ayuntamiento ha empezado a tomar medidas drásticas en todos los frentes para aliviar la presión sobre el centro y desincentivar el turismo de bajo coste que llega atraído por la oferta de vida nocturna, drogas legales y prostitución. “Queremos centrarnos en el turismo de calidad”, afirma Udo Kock, concejal de Finanzas. Se ha actuado primero por la vía regulatoria; luego, con medidas para sacar a los turistas del puro centro de Ams­terdam y, desde este año, por la vía fiscal. En el 2014, el Ayuntamiento limitó por ley el número de noches (60) y de personas (cuatro) a las que los particulares pueden alquilar viviendas desde plataformas como Airbnb, a las que obliga a cargar la tasa turística. Más de la mitad de los pisos anunciados entonces no cumplían las normas. Los dueños de un edificio en plena Kerkstraat han aprendido que la nueva política va en serio: el Consistorio les impuso en febrero una multa de 297.000 euros y también a la agencia que se ocupaba de arrendar los once apartamentos a turistas. Los particulares que alquilen sus propiedades por cortos periodos deben notificarlo al Ayuntamiento, que sopesa reducir a 40 el número de días al año que pueden hacerlo.

Barcelona ha decidido poner coto a esta invasión con la aprobación de un plan que busca el decrecimiento turístico pero focaliza en exceso el problema en la planta hotelera

La regulación también se dirige contra la apertura de nuevos hoteles en el centro, sobre los que pesa una moratoria desde mediados del 2015. El objetivo es acoger a más turismo familiar y de alto poder adquisitivo, porque el 28% de los turistas que pernoctan en la ciudad lo hacen en un hotel de bajo coste y paga unos 50 euros por noche.

El primer paso ha sido eliminar las excepciones al pago de la tasa turística a los establecimientos tipo bed & breakfast. Y el año que viene la tasa subirá en el centro (del 5% al 6% del coste de la habitación) y se reducirá en la periferia. Lo siguiente será sustituir la fórmula de cálculo de esta tasa por un siste­ma que combine un precio fijo por noche y una parte variable en función del precio del hotel. El cambio se sentirá especialmente en los hoteles con tarifas más bajas.

El Ayuntamiento de Amsterdam también ha puesto en marcha otras medidas surgidas del diálogo con empresarios, inversores y asociaciones vecinales, en general comprensivas con los beneficios del turismo, pero preocupadas por cómo el centro pierde autenticidad y ofrece menos calidad de vida a sus habitantes. Se han reforzado las inspecciones y clausurado heladerías que se aprovechaban de que esta actividad no precisa licencia para ofrecer servicios de hostelería no declarados, lo que alimenta el monocultivo comercial en sectores de escaso interés para los vecinos.

En Praga, el turista también es parte permanente del paisaje, y sus vecinos han ideado vías de escape. “En la Ciudad Vieja es tan importante lo que se ve como lo que se oculta”, opina Andrea Barcalová, una de sus guías en español más veteranas: “Lo que parece el portón de una vivienda es en realidad un pasadizo medieval sólo conocido por los vecinos. Estos atajos nos permiten evitar las hordas de turistas, especialmente en verano, e ir de un sitio a otro con rapidez”. Es un truco necesario, ya que el número de visitantes no ha parado de crecer desde la caída del comunismo. Sólo el año pasado experimentó una subida del 7%, casi 17 millones de pernoctaciones anuales.

Pero aun así, el grado de tolerancia del praguense con el turista es mayor que en otros lugares. El motivo, según la investigadora inglesa Fiona Simpson, está en las políticas de la era poscomunista, ansiosas por crear una nueva identidad más abierta y cosmopolita. Esto ha derivado en una actitud condescendiente con el turismo, el negocio y el cambio de mentalidad que trae aparejado… aunque implique ver cómo los ­neones anuncian un salón de masajes en una fachada modernista. Lo confirma Marieke Verwaaijen, de la facultad de Geociencias de Utrecht, que ha analizado la gentrificación de los barrios de Zizkov y Karlin, algo alejados de la Ciudad Vieja. Los nuevos comercios son percibidos como una forma de revitalización. Si el vecino ­tradicional siente la gentrificación del barrio como un modo de mejorar su estatus, se entiende que sea reticente a las políticas turísticas restrictivas: todo lo que huela a intervención pla­nificada es instintivamente ­re­chazado por el praguense.

Sin embargo, el continuo aumento de llegadas también ha atraído al inversor inmobiliario, lo que unido a los pocos permisos que se conceden para obra nueva –mientras se espera un plan de urbanístico que no llega–, ha llevado los precios al máximo del último lustro. Tal y como señala Real City, en el 2016 se superaron las 60.000 coronas checas por metro cuadrado, lo que equivale a gastar el 78% del sueldo medio mensual en la compra de la vivienda. De ahí a convertir el centro en un espacio tematizado habitado sólo por turistas y personajes disfrazados que reparten folletos de conciertos de Mozart hay un paso.

Ante esta situación, se promocionan desde hace dos años rutas que derivan parte del flujo hacia atractivos periféricos, como el citado Karlin, los monasterios de tradición cervecera de Brevnov o los jardines que bordean el Moldava. Por su ­parte, empresarios de la Asociación de Hoteleros de Praga como Otakar John creen que la solución pasa por fijar precios más altos para discriminar al turista como en Londres o en París, donde se ha reducido el número de viajeros, pero se mantienen los ingresos.

En el caso de Barcelona, probablemente, la onda expansiva de su boom turístico no tiene parangón con el de las otras ciudades que le disputan los primeros lugares en el ranking de destinos europeos. Si bien el tópico de que los Juegos de 1992 la pusieron en el mapa mundial tiene una base real, también es cierto que ha sido en la última década cuando el turismo ha acelerado el pulso de la ciudad. En aquel año olímpico, los hoteles de Barcelona (33.000 plazas, menos de la mitad que en la actualidad) albergaron a 1,8 millones de clientes y registraron 4,3 millones de pernoctaciones. En el 2016, esas cifras se habían multiplicado por más de 4 (7,5 millones de clientes y casi 20 de pernoctaciones). Suménse 2,7 millones de cruceristas y un número indeterminado de ­perso­nas que se alojaron en apartamentos legales o ilegales, domi­ci­lios particulares y ex­cur­sio­nistas (visitantes de unas horas) para hacerse una idea de lo que representa el turismo (oficialmente, en torno al 15% del PIB) para una ciudad de 1,6 millones de habitantes. Algunas estimaciones sugieren que cerca de 40 millones de turistas, desde el que busca el superlujo hasta el que celebra su despedida de soltero low cost, pasan por Barcelona a lo largo del año.

Una encuesta encargada por el Ayuntamiento revela que nueve de cada diez barceloneses consideran que el turismo es beneficioso para la ciudad. Efectivamente, en la larga noche de la crisis que estalló en el 2008 la continua afluencia de visitantes ha sido el maná que ha permitido a la capital catalana sobrevivir. Sin embargo, la masificación de barrios como la Barceloneta, el Gòtic o la Sagrada Família, que en muchos casos está hinchando una nueva burbuja de precios de la vivienda y provocando el riesgo de expulsión de los vecinos de estas zonas tan codiciadas por inversores que buscan rentabilidad inmediata, ha hecho que un difuso sentimiento de turismofobia, alimentado en gran medida por el discurso del actual gobierno municipal, haya cuajado entre los barceloneses. Así se explica que, en el mismo sondeo, la proporción de ciudadanos que opinan que Barcelona está a punto de superar el límite de visitantes que puede asimilar se haya igualado con quienes sostienen que aún caben más.

El Ayuntamiento de la alcaldesa Ada Colau ha decidido poner coto a esta invasión con una iniciativa de más que dudosa eficacia: la aprobación de un plan que busca el decrecimiento turístico, pero focaliza en exceso el problema en la planta hotelera, con la prohibición de abrir nuevos establecimientos en una amplia zona central. Una medida que difícilmente frenará la llegada de más visitantes a una Barcelo­na que pulveriza récords año tras año, no sólo por sus ­encantos para el forastero (cuatro de cada cinco turistas proceden del extranjero) sino también por la inestabilidad en la que el terroris­mo global ha sumido a muchas de sus competidoras. Más difícil le resulta combatir la oferta de pisos turísticos que están fuera de los cauces reglamentarios, aunque Barcelona pasa por ser la única ciudad que ha intentado hacer frente con multas, y no mediante el pacto, a la extensión de plataformas de alquiler como Airbnb o Homeaway, con las que hasta el momento no ha sido posible alcanzar un acuerdo.

Pruebas de ensayo-error en una lucha de David contra Goliat y con el tiempo en contra: en el año 2030 habrá 1.800 millones de turistas, 600 millones más que ahora, ¿habrán sucumbido para entonces estas cuatro ciudades y habrá empezado el problema para otras tantas?

 

► Información elaborada por Eusebio Val, Beatriz Navarro, Josep M. Palau Riberaygua, Ramón Suñé y Begoña Corzo