Sudáfrica: cambiar un país jugando

Sudáfrica es un país con grandes desigualdades que trata de dejar atrás la herencia del apartheid y la estela de problemas que creó. Unicef, con la colaboración de la Fundació FC Barcelona, trata de cambiar la sociedad con un mejor sistema educativo, en el que el deporte y los valores que transmite son la piedra angular.

Catorce chicas juegan un partido de netball en Geluksburg, cinco horas al sur de Johannesburgo. El equipo local está propinando a su oponente una paliza de tal calibre que, si este fuera un deporte de élite, en el cuadro visitante dimitirían hasta los utilleros. Pero aquí no hay utilleros, y la victoria importa sólo relativamente. Lo verdaderamente importante es que esas catorce chicas, sin saberlo, están intentando cambiar una sociedad entera a través del deporte. Esa tarde, en ese lugar remoto y bajo una luz de belleza casi extraterrestre, posiblemente estén cimentando el futuro de su país.

Un país que tiene recursos para que ese futuro sea brillante. Los datos dan a Sudáfrica, con una renta per cápita muy por encima de la media de su continente, las credenciales de país rico que le han permitido entrar en el club de los BRICS (junto a Brasil, Rusia, India y China), las potencias emergentes globales. Pero esos indicadores son sólo un promedio entre extremos, entre la riqueza de las suntuosas mansiones protegidas por vallas electrificadas del extrarradio de Pretoria, mayoritariamente habitadas por blancos, y los barrios de chabolas que se extienden por todo el país y que están ocupados exclusivamente por negros.

Porque la herencia del apartheid ha convertido a Sudáfrica en uno de los lugares más desi­guales del mundo. El mes pasado, un informe de Bloomberg señalaba que el salario de los presidentes de las grandes empresas sudafricanas equivale a 541 veces el sueldo medio de los trabajadores (de los que tienen empleo, claro), la mayor desproporción entre las 24 principales economías. La desigualdad es una grieta que tiende a convertirse en abismo. La pobreza se agrava, y son los niños y jóvenes los que más pagan las consecuencias. En Sudáfrica, 20 millones de personas de 0 a 19 años, un 40% de la población, se juegan hoy su futuro.

Sudáfrica afronta un nivel extremo de desigualdad, y el 40% de su población tiene menos de 19 años

La lista de problemas a los que se enfrentan es larga. Este país es el segundo del mundo en número de portadores del VIH, con siete millones de personas (el 13% de la población), un problema especialmente sangrante entre los adolescentes, y aún más acusado en el caso de las chicas, cuya tasa de contagio dobla la de los chicos. Porque la realidad es que, en situaciones de pobreza, las mujeres tienden a llevarse la peor parte en todos los indicadores. Obviamente, en los embarazos de adolescentes: de las chicas de 15 a 19 años, el 30% afirma haber estado embarazadas al menos una vez.

Pero, junto a estos problemas, el gran lastre para esta generación es la violencia. El maliense Hervé Ludovic de Lys lleva ya décadas trabajando en el campo de la cooperación y ha sido representante de Unicef en varios países africanos, antes de ser nombrado, en el 2014, para ese cargo en Sudáfrica. Pese a su experiencia, asegura que “nunca antes había visto un nivel de violencia contra los niños como en este país”.

Según sus datos, el 57% de los padres utiliza el castigo físico con sus hijos; 5,5 niños por cada 100.000 mueren asesinados, el doble de la media mundial; el 40% de los casos de agresión sexual implica a niños, de los cuales la inmensa mayoría son perpetrados por familiares o conocidos, y, dentro de la escuela, el 12% de los alumnos ha sido amenazado con el uso de la violencia.

“Hay evidencias científicas –añade– de que la violencia afecta al desarrollo mental del niño”. El desarrollo del individuo, cierto, pero cuando las cifras son tan grandes, la violencia, sumada al resto de las dificultades y a la pesada herencia del apartheid, el problema ya no es individual sino social. Por eso, plantearse resolverlo es algo más que plantearse mejorar los estándares de vida, y, por tanto, la ambición debe ir unos peldaños más arriba: “El papel de Unicef en Sudáfrica –afirma– es transformar la sociedad por completo”. ¿Cómo? Entre otras cosas, con el deporte.

El problema es que, en un sistema educativo deficiente como el sudafricano, el deporte está en la última línea de prioridades. Para Unicef, la educación es clave, y por eso proporciona ayudas y programas para mejorar casi 26.000 escuelas en todo el país y para la formación de más de 400.000 profesores. La organización llega así a más de 12 millones de alumnos. Y dentro de esa estrategia, la práctica deportiva es uno de sus ejes, por lo cual se propone potenciarlo en todas las comunidades y escuelas del país dentro del programa Sport for Development (Deporte para el Desarrollo). Es obvio que el deporte mejora la salud física y mental, y sirve además para combatir la obesidad (un importante problema en Sudáfrica), pero hay muchos beneficios que no se aprecian a simple vista.

Unicef ve el deporte como el medio para paliar la violencia y transmitir valores a 12 millones de menores; la fundación del Barça es el socio ideal

“El deporte previene la violencia, porque sirve para reconducir conductas agresivas”, explica Mària Vallès, directora de la Fundació Futbol Club Barcelona, que participa en algunos de los proyectos de Unicef en Sudáfrica, Brasil, China y Ghana, y que, desde el año 2006, mantiene una alianza con la organización. “En Brasil –continúa– se han dado casos de que la celebración de un partido de fútbol ha interrumpido los enfrentamientos y la violencia en las favelas”. En una sociedad violenta, la dinámica de un partido hace que los jugadores entiendan la necesidad de cooperación con los compañeros de equipo y que los conflictos con los rivales se pueden resolver con normas y de forma ­pacífica.

Pero es que, además, el deporte ejerce un poderoso reclamo que frena el abandono escolar, combate la exclusión social y reduce las desigualdades de género. En definitiva, se trata de proporcionar a los niños y adolescentes habilidades para desarrollar su vida, más allá de las estrictamente académicas.

Lo sabe bien Mike Flockhart, coordinador de Sporstec, una oenegé que, desde hace una década y en colaboración con Unicef, intenta suplir esas carencias en Geluksburg, en la provincia de Kwazulu Natal. “Me atrajo esta zona, sus montañas, sus ríos, pero me di cuenta de que la gente de aquí era muy humilde. Había una contradicción: estas personas están entre las más pobres del país pero al mismo tiempo son muy ricas por el entorno y la belleza del lugar en que viven”, recuerda. “Desafortunadamente –añade–, aquí el sistema educativo, que debería ser un vehículo para mejorar y el billete para salir de la pobreza, está por debajo del nivel que debería por varias razones, entre ellas las largas distancias y la poca calidad de parte del profesorado”.

Y decidió que tenía que hacer algo, “no para traerles la forma de vida occidental, sino intentando entenderles, comprender sus necesidades y carencias”. Como el sistema educativo estaba fallando, explica Flockhart, decidió ayudar a mejorar las cosas a partir del deporte, tanto dando apoyo a las escuelas de la zona como desarrollando actividades en las propias instalaciones de su organización.

Allí, hoy, los niños y adolescentes practican deporte, pero también reciben formación en cuestiones relacionadas con la salud, los valores de la convivencia, las relaciones sexuales y, por supuesto, el sida. Luego, serán ellos los que transmitirán esos conocimientos a sus propias aldeas, algunas a decenas de kilómetros. “Para hacer eso posible hemos tenido que ganarnos durante mucho tiempo la confianza de estas comunidades”.

“Me gustaría ser piloto, informática o ginecóloga”, dice Ntombi, de 18 años; pese a los problemas, la mentalidad de las generaciones jóvenes parece haber dado un salto

La tarde en que las jóvenes del principio juegan a netball, un nutrido grupo de adolescentes asiste en un aula a la proyección de un capítulo de una telenovela a partir de la cual los educadores abren un debate sobre los riesgos y las precauciones que tomar en las relaciones sexuales. También hay de forma cotidiana charlas sobre la violencia o las drogas.

Beauty Khoza, de 14 años, es una de las jóvenes que han asistido a la charla de esta tarde. Sonriente, se explica con timidez. “Me ayuda mucho lo que me enseñan aquí, porque así puedo ver lo que ocurre con el alcohol, con el sexo… Me hicieron pensar y dejé a mi novio después de ver cosas que no me gustaban de él”. Beauty, de mayor, quiere ser contable, y valora mucho los conocimientos que recibe, tanto que los transmite a sus amigas de la aldea.

Esa transmisión es fundamental, porque la estructura de las organizaciones que trabajan en el país no puede llegar a todos los rincones de un país extenso y con una población muy diseminada. Sportstec tiene en sus instalaciones un pequeño centro de educación preescolar para 28 niños de entre 2 y 6 años, algunos de los cuales deben andar cada día ocho kilómetros para coger el autobús que les llevará a la escuela.

Sin la colaboración de estas organizaciones y de entidades como Unicef o la Fundació Futbol Club Barcelona, la financiación del sistema educativo en las zonas rurales, aun así precario, probablemente no sería posible. A poca distancia, un instituto de secundaria situado en mitad de la nada acoge a 160 estudiantes (diez de las 80 adolescentes están en este momento embarazadas). El presupuesto anual que el Estado destina a este centro no llega a los 4.000 euros, incluidos los salarios de los profesores, y hasta hace diez meses no tenía luz eléctrica.

Allí, su director explica que los jóvenes lo tienen todo en contra. Además de los embarazos o las distancias, en un mundo sin adultos (sólo una ­tercera parte de los niños sudafricanos vive con su padre y su madre), las chicas tienen que asumir responsabilidades que no les corresponderían. Pero también allí la práctica deportiva se ha hecho un hueco: “En tiempos, la disciplina en los centros se mantenía con el castigo físico, pero eso ya es historia, y ahora es el deporte el que enseña disciplina y ejerce como imán para los alumnos, entre los que intentamos fomentar cualidades como la puntualidad, la cooperación y el liderazgo”.

En el descampado que hace las funciones de patio de este centro, Fortune Sithole, 21 años –aunque aparenta bastante menos– admite que no es Messi. Le gusta jugar a fútbol, a pesar de no considerarse buen jugador, porque le interesa la colaboración y la comunicación que se produce entre los compañeros de equipo en el campo. Asegura, con vehemencia, que, como Beauty, quiere ser contable para trabajar en un banco. Pero necesitará mucha fuerza de voluntad para ello. Su caso encierra algunas de las dificultades con que se encuentran las clases más desfavorecidas para recibir una educación en condiciones. Tras la muerte de su madre, vive con su tía. “Ella no es una persona instruida, y he tenido que convencerla de la utilidad de venir a la escuela. Creo que finalmente lo he conseguido”, afirma. Otra cosa es lo que suceda en el futuro, porque su esperanza para cumplir su objetivo es recibir una imprescindible beca del Estado.

Pero Fortune está motivado para estudiar, y seguramente el apoyo recibido a través del deporte tiene un peso importante en esa predisposición, porque ejerce la función de un anzuelo para que los jóvenes asistan al centro educativo y no vayan a parar a las listas de fracaso escolar cuya tasa supera el 50% en el conjunto del país.

Las desigualdades en Sudáfrica, acentuadas por la herencia del apartheid, se perciben a simple vista. A tres horas de donde estudia Fortune se encuentra Embalenhle, un núcleo de población de casi 120.000 habitantes creado en 1973 sólo para negros, a diferencia de su vecina, Secunda, su hermana blanca, establecida en 1974. Veinte escasos minutos separan las calles residenciales de esta última de la ciudad de chabolas que es Embalenhle.

Allí estudia Ntombi Sobalisa, una joven de 18 años. Su centro de secundaria participa en un programa de Unicef para fomentar el liderazgo de los jóvenes a través del deporte. Los alumnos no sólo participan de forma activa en el diseño de algunas de las actividades, sino que además celebran debates acerca de todo tipo de temas educativos, pero también sociales. El objetivo es mejorar la cohesión en la sociedad y las habilidades de los alumnos para su vida futura.

Ntombi vive en una humilde casa de dos habitaciones hecha con planchas de metal que comparte con padres, hermanos –son cuatro en total– y sobrinos. Allí, en un sofá junto a su madre que la observa en silencio, asegura, sin solución de continuidad, que le gusta el lanzamiento de peso y que escribe poesía. “Veo cosas que los demás no ven, y por eso escribo poemas en los que lo expreso”. Esta adolescente señala como principal problema de los jóvenes de su generación “la mentalidad que hace que se enfoquen poco hacia los estudios; el abuso de sustancias y los embarazos no deseados”.

Pero ella tiene planes de futuro. Muchos. “Me gustaría ser técnica informática o ginecóloga. O piloto, y así podría ir a Japón, un país muy avanzado”, cuenta. Sin embargo, para estudiar es necesario disponer de dinero que su familia no tiene, de manera que su esperanza son las ayudas del Gobierno, que, aunque no alcanzan a todos, al menos sí “garantizan que blancos y negros tengamos las mismas oportunidades, no como sucedía antes”. Pero, eso es lo que dice la ley, ¿esta igualdad es real? “No lo sé –responde–, aquí todos somos negros”.

La vida en las zonas pobres de Sudáfrica no es fácil, y esta es una de ellas. La precariedad del barrio, el lodo de sus calles, la suciedad, las vacas pastando a las puertas del instituto, evocan las imágenes del subdesarrollo que hemos visto cientos de veces a través de los medios de comunicación. Las recomendaciones del encargado de guiar a estos periodistas para entrevistar a Ntombi –“mejor no le hagan fotos en la calle, esperen a la entrada del instituto, porque podrían llamar demasiado la atención”– recuerdan la inseguridad del lugar.

El entusiasmo y el optimismo de ella, no obstante, parecen poder con todo. Su generación, mentalmente, ya ha dado el ­salto tras el apartheid; ahora sólo necesitan suerte, y un poco de ayuda.

Barça-Unicef, la alianza infinita

¿Qué pinta en Sudáfrica, haciendo una labor social, un club de fútbol, como todos los de élite, plagado de millonarios? El FC Barcelona, a través de su fundación, colabora con Unicef desde el 2006. “El socio nos reclama este papel”, asegura Mària Vallès, directora de la fundación. Desde entonces, esta colaboración ha crecido: ambas partes prorrogaron el acuerdo hasta el 2020, con una aportación anual por parte de la entidad de dos millones de euros. Para Nacho Mestre, máximo ejecutivo de la fundación, “Unicef tiene que ser nuestro gran socio, es nuestra alianza natural. Por eso, son receptores de nuestra mayor aportación”. Hoy, el FC Barcelona colabora con la agencia en China, Brasil, Ghana y Sudáfrica, impulsando planes para el desarrollo y el deporte. Con su aportación, en este último país, más de 2.000 jóvenes han participado en programas de fomento del liderazgo que repercutieron de forma indirecta en 125.000, y, por ejemplo, un millar recibieron formación contra el sida y la violencia. La fundación quiere ampliar la colaboración. En noviembre, en Barcelona, el presidente del club, Josep Maria Bartomeu, y el director general mundial de Unicef, Justin Forsyth, proclamaron su deseo de prolongar el acuerdo de forma indefinida. Mestre dice que, en esta nueva fase, las dos partes tienen que definir los objetivos de forma conjunta y reforzar la presencia “afectiva” del Barça en esos países. Una relación infinita y, en palabras de Mestre, “en evolución”.