Todos los hombres de Putin

Vladímir Putin se ha erigido en la figura que más condiciona la política internacional de Occidente. Para obligarle a cambiar su posición en la crisis ucraniana, Estados Unidos y Europa mantienen sanciones económicas contra Rusia y en particular contra el círculo más íntimo del presidente, políticos, altos funcionarios y presidentes de empresas estatales.

La relación entre aquel grupo de amigos se consolidó en una dacha, aunque según otros relatos los lazos se hicieron más fuertes en un restaurante de sushi en San Petersburgo. Uno de ellos se llamaba Vladímir Putin, un exagente del KGB soviético que, reintegrado a la vida civil, trabajaba en la alcaldía de la ciudad del Neva y quien, poco tiempo después, se convirtió en el presidente de Rusia. Catorce años más tarde, con la crisis ucraniana de fondo, es el hombre que más está condicionando la política internacional de las potencias occidentales.

La oposición liberal y extraparlamentaria rusa, la que en los años 2011 y 2012 organizó las protestas más importantes contra Putin desde que llegara al poder, denunció en el 2011 el rápido ascenso en los negocios y en los órganos del poder de un grupo de funcionarios y empresarios próximos al presidente. Parte de las sanciones económicas que Estados Unidos impuso a Rusia tras la anexión de Crimea en marzo del 2014 estaba dirigida contra ellos. Era un disparo quirúrgico para intentar derribar por la base la política de Rusia sobre Ucrania. La Unión Europea incluyó a algunos de ellos en su lista meses después.

“Sí, son mis amigos. Estoy orgulloso de tener tan buenos amigos. Son personas absolutamente patriotas, cuyos negocios se orientan hacia nuestro país”, reconoció el presidente ruso el pasado mayo, en el Foro Económico de San Petersburgo.


Andréi Fúrsenko. Exministro de Educación y Ciencia y hoy ayudante de Putin, miembro destacado del organigrama de poder del Gobierno ruso. Fúrsenko llevó su experiencia académica a la innovación y el desarrollo y así logró desempeñar su función política. En 1991 se convierte en presidente del Centro para la Excelencia de la Tecnología y el Desarrollo.


En ese grupo de íntimos, no sólo hay empresarios, sino también altos funcionarios y los presidentes de varias compañías estatales, como Ígor Sechin, que dirige la petrolera Rosneft, y Vladímir Yakunin, presidente de los Ferrocarriles Rusos, cuya relación se remonta a los primeros noventa en San Petersburgo. Igual que Andréi Fúrsenko, exministro de Educación y Ciencia y hoy ayudante del presidente, su inclusión responde a su posición oficial en el organigrama de poder del Gobierno ruso.

Pero han pasado los meses y Putin mantiene el rumbo. El mismo Kremlin ha negado que las relaciones de amistad se hayan mezclado con los negocios. Algunos de los empresarios que ahora no pueden viajar a Estados Unidos y cuyas cuentas y propiedades han sido o pueden ser congeladas han reconocido que se reúnen ocasionalmente con el presidente ruso, “pero no hablan de negocios”.

Borís Nemtsov, colíder del partido opositor RPR-Parnás, asegura que las sanciones están bien dirigidas. Pero es escéptico sobre un resultado inmediato. “También se aplicaron a Cuba y a Irán. Después de décadas, el régimen de los Castro o el de los ayatolás siguen en el mismo sitio”, dice en una entrevista en su oficina en Moscú. Su objetivo no es sólo que termine la guerra en Ucrania, sino un cambio del actual sistema vertical de Rusia. “Nuestra carrera para cambiar el régimen político será larga. No es un sprint, sino un maratón. Putin quiere estar por lo menos otros diez años en el poder. Trabajamos para que no sea así”.


Guennadi Tímchenko. A diferencia de la mayoría de los amigos de Putin, Tímchenko no tiene que ver con la sociedad de dachas que los unió a todos hace 20 años. Es el sexto hombre más rico de Rusia, con una fortuna de 15.300 millones de dólares. Cuando le inquieren por Putin y sus estatus, responde: “Yo ya era rico cuando Putin se convirtió en presidente”.


El politólogo Nikolái Petrov está de acuerdo. Según él, una de las consecuencias de la crisis ucraniana es el debilitamiento de la oposición no oficial. “Hoy por hoy no es posible que se repitan las protestas de hace tres años”. Yuri Nabutovski, miembro de la dirección del partido 5 de Diciembre, añade: “Sin una amplia participación de ciudadanos no afiliados, los partidos de la oposición no tienen posibilidades de influir en el ánimo de la gente”. El motivo, según los opositores, es la propaganda oficial. Pero la popularidad de Putin también es enorme, por encima del 80%.

A orillas del lago Komsomolski, al norte de la provincia de Leningrado, ocho personas crearon en 1996 una cooperativa de casas de campo a la que llamaron Ózero (el lago, en ruso). “Cuando Putin se convirtió en presidente de Rusia, los otros se hicieron de repente extremadamente ricos”, se lee en aquel informe de la oposición, firmado por Nemtsov, Vladímir Mílov, Vladímir Rizhkov y Olga Shórina.

“Han pasado cuatro años, y la situación sigue siendo la misma. Vemos que tiene un círculo de personas de confianza, amigos, que controlan los principales activos del país, reciben preferencia en cuestiones económicas y obtienen enormes beneficios”, añade el también líder opositor Rizhkov, diputado en la Duma entre 1993 y el 2007.


Vladímir Yakunin. Yakunin es presidente de los Ferrocarriles Rusos. Su relación con Putin se remonta a los primeros noventa, y con el presidente y sus más allegados formaron la sociedad Ozero (el lago). Llegó a ser viceprimer ministro de transportes (2000-2002), y acaba de ser reelegido presidente de la Unión Internacional de Ferrocarriles.


Cuatro de esos amigos de la dacha pasaron en el 2014 a formar parte de las listas de personas sancionadas por Estados Unidos y la Unión Europea, además de otros países occidentales.

Pero hacerse una dacha, un lugar de descanso en plena naturaleza, no fue más que una consecuencia normal en la vida de unas personas. La relación se fraguó años atrás. En los ochenta, tres de los sancionados trabajaban en el Instituto Físico-Técnico Ioffe de San Petersburgo, a las órdenes del famoso físico Zhorés Alfiórov, premio Nobel en el año 2000.

Se trata de Yuri Kovalchuk, Andréi Fúrsenko y Vladímir Yakunin. Según la prensa local, Kovalchuk era un científico brillante que recibió el premio estatal en ciencia y tecnología en 1988. El profesor Fúrsenko tampoco se quedaba atrás. Pero al parecer, los tres creían que había que llevar los conocimientos de la ciencia al sector real de la economía y tras varias diferencias con Alfiórov abandonaron el instituto coincidiendo con los últimos tiempos de la Unión Soviética.


Arkadi Rótenberg. Arkadi y Borís Rótenberg conocieron a Putin en su juventud, cuando practicaban judo. Desde el 2008, empezaron a comprar empresas subsidiarias de Gazprom. Su empresa SGM es líder en construcción de gasoductos, y el Gobierno la ha elegido como adjudicataria para construir el puente que unirá la Rusia continental con la anexionada península de Crimea.


Fúrsenko llevó su experiencia académica al campo de la innovación y el desarrollo. Así que en los noventa adquirió una sólida base para desempeñar su función como viceministro y luego ministro de Industria cuando Putin le llamó a Moscú.

El más activo en los negocios fue, sin duda, Kovalchuk. En 1991 se convierte en presidente del Centro para la Excelencia de la Tecnología y el Desarrollo, y luego, junto a Fúrsenko y Yakunin, fundó un centro de ingeniería llamado Semiconductores, que se dedicaba a la fabricación de láseres aplicados a la medicina.

Ese mismo año, Kovalchuk participa en la refundación de la mutua bancaria Rossiya, que se organizó en 1990 para dar servicio a las cuentas del Partido Comunista de la URSS y la dirección del KGB. La actividad del banco se suspendió tras el golpe de Estado de agosto de 1991, pero después el alcalde de San Petersburgo, Anatoli Sobchak, encargó a Vladímir Putin crear con esa estructura un fondo de estabilidad económica para la ciudad y su provincia con el fin de atraer inversión extranjera.


Borís Rótenberg. Junto con su hermano dominan la corporación Stroigazmontazh (o Grupo SGM), que es uno de los principales constructores en el campo de la energía. Aunque oficialmente no son de los hombres más ricos de Rusia, Borís, con un patrimonio de 1.700 millones de dólares, ocupa el puesto 62.º. Su hermano, Arkadi, con 4.000 millones, está entre los 30 más acaudalados (27.º).


En la década de los noventa, aquella entidad tenía relativa importancia en el mercado bancario ruso, y ni siquiera formaba parte de las cien más importantes. Pero en la era Putin todo cambia. En el 2003, Kovalchuk compra el 41% de las acciones del banco, según publicó años después el diario Védomosti, y en el 2004 ya es el accionista mayoritario. Ese mismo año, el banco compra acciones de Gazprom, en los sectores de la energía y los medios de comunicación, o la aseguradora Sogaz, que se convierte al poco tiempo en una de las más importantes del país al incluir entre sus clientes no sólo a Gazprom, sino también a Ferrocarriles Rusos y la petrolera estatal Rosneft. Según la oposición, a precios rebajados de forma artificial, algo que han negado el Kremlin y el banco.

A través del banco Rossiya o de empresas controladas por esa entidad financiera, los intereses de Kovalchuk alcanzan también a los medios de comunicación o la construcción. El segundo accionista del banco Rossiya, Nikolái Shamálov, con un 9,8%, y otro de los fundadores de la cooperativa de dachas, también está incluido en la lista de sanciones de la UE. Dentista de formación, entre 1993 y 1995 trabajó en la alcaldía de San Petersburgo, donde coincidió con el actual presidente de Rusia. Dueño de una red de clínicas dentales, también tiene negocios navieros y en la construcción.

El Kremlin, por su parte, niega todo conocimiento y asegura que las acusaciones de la oposición y las sanciones occidentales son equivocadas y contraproducentes. “Pensar que el presidente lo decide todo, que todo siempre depende de él, no es correcto”, dijo el propio Vladímir Putin en noviembre en una entrevista con la agencia de noticias Tass.

El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, afirmó entonces que “las sanciones unilaterales que se impusieron a Rusia no son legítimas, minan la economía mundial y no tienen nada que ver con el objetivo de paliar la crisis de Ucrania”. Durante una intervención en el Club Valdái de debate político, celebrado en Sochi, ciudad olímpica en el 2014, Putin acusó a Occidente de intentar “poner de rodillas a Rusia”.


Yuri Kovalchuk. En 1988 recibió el premio estatal en ciencia y tecnología. Tres años más tarde se convirtió en presidente del Centro para la Excelencia de la Tecnología y el Desarrollo, y luego junto a Fúrsenko y Yakunin fundó un centro de ingeniería dedicado a la fabricación de láseres. Muy activo en los negocios, Kovalchuk participó en la refundación de la mutua bancaria.


“Yo por supuesto lamento que haya sanciones, que dañan nuestra economía y a nuestros ciudadanos: devaluación del rublo, suben los precios de los alimentos. Pero comprendo los motivos”, explica Rizhkov. “Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia asumieron compromisos frente a Ucrania. Me refiero al memorándum de Budapest de 1994 o al acuerdo de amistad entre Rusia y Ucrania de 1997. Por desgracia, Rusia violó esas obligaciones, y los otros garantes de la independencia ucraniana debían hacer algo”, razona.

“Yo creo que las sanciones son efectivas. Han hecho más costosa la política de Putin en Ucrania, y han hecho que él actúe con más cautela. Ha comprendido que si sigue adelante, las consecuencias de las sanciones podrían socavar su autoridad dentro de Rusia”, añade el político.

El más destacado de los conocidos de Putin que en el 2014 llamó la atención del Departamento del Tesoro estadounidense no tiene ninguna relación con la dacha en el lago Komsomolski. Se trata de Guennadi Tímchenko, según Forbes el sexto hombre más rico de Rusia en el 2014, con una fortuna de 15.300 millones de dólares. Asegura que se ha encontrado con Putin “no muy a menudo” y que “nunca” han hablado de negocios. Cuando la prensa comenzó a vincular esta relación con su éxito en los negocios, respondió en los tribunales. “Yo ya era rico cuando Putin se convirtió en presidente”, dijo en una entrevista a esa publicación estadounidense en el 2012.

Según el empresario, en los encuentros con el hoy presidente siempre han hablado de deportes. De hecho, ambos formaban parte del grupo de personas que impulsaron la creación del club de judo Yawara-Neva, en San Petersburgo. Este fue el argumento para el encuentro de Tímchenko y Arkadi Rótenberg. “Vino a nuestra empresa (Kirishneftekhimexport). Nos propuso el proyecto, y así fue como nos conocimos. Él necesitaba dinero para el club, nosotros ya éramos empresarios ricos y acordamos ayudar”, dijo a Forbes.

Los hermanos Arkadi y Borís Rótenberg conocieron a Putin en su juventud, cuando practicaban judo. Junto con Tímchenko, pueden ser los empresarios más influyentes de Rusia hoy en día. Desde el 2008 empezaron a comprar empresas de Gazprom e incluirlas en su corporación Stroigazmontazh (Grupo SGM), que es uno de los principales constructores en el campo de la energía. Según Forbes, Arkadi tenía en el 2014 una fortuna de 4.000 millones de dólares. A Rótenberg le calcula 1.700 millones.

En una ocasión, la junta directiva del club de judo se reunió en un restaurante japonés, y comenzaron a discutir cómo llamar al club. “Fui a pedir consejo a nuestro chef japonés, él mismo un excelente yudoca. Dijo, llamadle Yawara, un antiguo nombre del judo que se puede traducir como ‘un camino flexible hacia la victoria”, recordó Tímchenko.

El empresario, que comenzó a comerciar con petróleo antes de que cayese la URSS, se especializó en la exportación del crudo ruso a Europa. En 1991 se trasladó a Finlandia, contratado por la empresa Urals Finland Oy, más tarde renombrada como International Petroleum Products Oy, que llegaría a dirigir en 1995. Dos años después creó con un socio sueco el Grupo Gunvor, una compañía dedicada al comercio y la exportación de hidrocarburos. En la era Putin, comenzó a ser el intermediario de Rosneft, Surgutneftegaz y Gazprom. “Como consecuencia, Tímchenko controlaba un tercio de la exportación del petróleo ruso, y naturalmente se hizo multimillonario”, señala Nemtsov, quien apunta que ese trato se debió a su relación con Putin.

Tímchenko lo ha negado. Según él, Gunvor comenzó a crecer al tiempo que crecían las petroleras. “Al principio, Rosneft producía veinte millones de toneladas, pero luego esa cifra creció a cien. La diferencia se repartió entre todos los exportadores”, argumentó el empresario.

Tímchenko vendió su participación en Gunvor un día antes de que su nombre apareciera en la lista de sancionados “para permitir que el grupo siga sus operaciones sin interrupción”. Sus negocios se desarrollan a través de Volga Group, un fondo de inversión que creó en el 2007 y que tiene intereses en el campo de la energía, el transporte, las infraestructuras y los servicios financieros, entre otros.

Los empresarios próximos al Kremlin de Putin no son, sin embargo, los hombres más ricos de Rusia. Tímchenko ocupaba en el 2014 el sexto puesto en lista de Forbes. Arkadi Rotenberg es el 27.º; Borís Rótenberg está en el puesto 62; Kovalchuk, en el 71.

El resto, los que tienen más millones, “tienen un papel pequeño, su influencia es menor y, además, no hay garantías de segu­ridad para sus negocios”, asegura el ­opositor Rizhkov. Como argumento señala el caso de Vladímir Yevtushénkov, principal accio­nista del holding Sistema, a través del cual controlaba la petrolera Bashneft. En septiem­bre del 2014 fue arrestado y acusado de lavado de dinero durante la operación de compra de acciones de la petrolera, en el 2012. “El Estado ha elegido esta empresa, así que el resto de los empresarios compren­de que en cualquier momento pueden perder sus negocios”. Las acusaciones contra Yevtushénkov no pudieron demostrarse, y fue liberado en diciembre, pero los tribunales ya habían declarado la compra de acciones irregular, y la petrolera pasó al Estado.

 Las sanciones se levantarán algún día. Pero la crisis no terminará, advierte la oposición. Para ellos puede ser una oportunidad. “La única forma que veo para que la posición del poder se debilite es que la economía en Rusia empeore, que crezca la inflación y aumente el desempleo. Ninguna estrategia influirá más que la economía”, asegura Nabutovski. No queda otra que esperar a que el nivel de popularidad de Putin baje, aseguran. “Nosotros lo que tenemos que hacer es explicar la situación a la gente y proponer alternativas. Trabajar a largo plazo”, dice Rizhkov. Los expertos auguran una nueva ola de protestas contra el presidente, pero distintas a las anteriores. “En el 2011 y el 2012 las manifestaciones eran políticas, en contra de la falsificación de las elecciones. La que ahora empieza a cobrar impulso tiene carácter social”, concluye el político opositor Borís Nemtsov.