Tras los pasos de Malala

A los 12 años, Malala Yousafzai empezó a luchar por el derecho a la educación de las niñas de Pakistán. A los 17, se ha convertido en la Nobel más joven de la historia. Sin embargo, el suyo no es un caso aislado: el activismo es algo cada vez más habitual entre los jóvenes y, también, entre los niños y las niñas del siglo XXI.

Malala y Kailash Satyarthi, con quien compartió el Nobel de la Paz, saludan a la multitud congregada para festejar su premio el pasado 10 de diciembre en Oslo

 

En una sociedad donde parece que los jóvenes sean individuos desmotivados, ninis apoltronados en el sofá y adictos a las pantallas, personajes como Malala Yousafzai resultan extraordinarios. Una joven que, siendo una niña, decidió luchar por los derechos civiles en Pakistán. Que se enfrentó nada más y nada menos que a los talibanes para defender el derecho a la educación de las niñas, se hizo célebre gracias a su blog en la BBC y sufrió un atentado a los 15 años que por poco le cuesta la vida. Recibió días atrás el Nobel de la Paz, y este premio no sólo la convierte en la galardonada más joven de la historia de esta distinción, sino que además ratifica que la sociedad está dispuesta a tomarse a los jóvenes muy en serio, quizás ahora más que nunca.

Una oportunidad que muchos de sus coetáneos no están dejando escapar. Porque Malala no es la única activista precoz de este nuevo siglo. Ella misma quiso dar este mensaje, invitando a la ceremonia del Nobel a otras cinco jóvenes luchadoras. “Aunque sea una única niña recibiendo este premio, sé que la mía no es una voz solitaria”, declaró. Tiene razón: existen muchos jóvenes y muchos niños y niñas que creen que son capaces de hacer este mundo un poco mejor. Y, con esta confianza y unos medios más eficaces que nunca para difundir su mensaje, se lanzan.

“Si realmente quieres hacer algo, puedes”, ha declarado Fahma Mohamed, una chica de Bristol de origen somalí que lanzó en Gran Bretaña una campaña contra la mutilación genital femenina

Es el caso de Fahma Mohamed, una chica de Bristol de origen somalí que decidió liderar una campaña contra la mutilación genital femenina cuando, con 14 años, descubrió horrorizada que esta práctica se llevaba a cabo en su comunidad. Empezó a escala local, informando del tema en escuelas, a alumnos y familias. El pasado febrero, cumplidos los 17 años, pasó a la acción al ámbito nacional, creando una petición en la plataforma Change.org para que el ministro de Educación, Michael Gove, solicitara por escrito a todas las escuelas británicas que se tomaran medidas para proteger a las niñas de esta práctica.

La petición, respaldada por el diario The Guardian, recogió casi 250.000 firmas en pocos días e hizo que recibiera el apoyo del secretario general de las Naciones Unidas (ONU) Ban Ki Mun, y que Gove recibiera a Fahma y a otras compañeras activistas. “Después de una reunión que duró más de una hora –escribía The Guardian–, y ante la deleitada sorpresa de las chicas”, el político accedió a la petición de Fahma. Se comprometió a hacer llegar a todas las escuelas información para prevenir la ablación, además de facilitar material didáctico para tratar la cuestión en el aula.

No está mal para una joven que se define “tímida por naturaleza” y que asegura que, en clase, siempre se sentaba al fondo: “Nunca hablaba. Simplemente, no tenía la seguridad para ello”. Involucrarse en una oenegé local fue una de las vías para que Fahma se librara de su timidez y descubriera que existen formas de cambiar el mundo al alcance de todos: “Si realmente quieres hacer algo, puedes”, ha dicho.

A miles de kilómetros de Bristol, otra joven, la china Zhan Haite, también se ha convertido en un referente para millones de escolares como ella. Tiene 15 años y es la artífice de una protesta inusitada en el gigantesco país: quiere que se reforme el hukou, un férreo sistema de registro que impide que los hijos de inmigrantes tengan acceso a la educación secundaria pública. La familia Haite procede de la región de Jiangxi, en el interior, y se trasladó a Shanghai cuando Zhan tenía tres años. Allí cursó la primaria, pero, como la familia continúa obligatoriamente registrada en su lugar de origen, no puede seguir con sus estudios ni optar por ir a la universidad en la ciudad donde vive.

Zhan Haite lleva tiempo denunciando esta política, que priva a millones de chinos de sus derechos básicos. Empezando por ella: “Tengo el derecho a la enseñanza gratuita, pero ahora me está siendo arrebatado. Naturalmente, voy a luchar por él”, ha declarado. De momento, ha conseguido que los medios de comunicación se hagan eco de su denuncia y ha recibido un apoyo clamoroso en las redes sociales. La joven ha encabezado manifestaciones multitudinarias y ha visto como su padre ha ido a prisión. Su reivindicación se ha convertido en una cuestión política, y son varios los expertos que pronostican que la reforma del hukou es inminente.

“Me parece que los jóvenes hacen pronto otras cosas, como ir de botellón, pero nunca es pronto para pensar en los demás y tratar de mejorar un mundo injusto”, opina la pedagoga María de la Válgoma sobre el activismo precoz

Al Gobierno chino también le está causando dolores de cabeza otro activista precoz: Joshua Wong, un líder estudiantil de Hong Kong, con gafas de pasta y aspecto de niño, dotado de una determinación y una capacidad de convocatoria a prueba de todo. Con 18 años recién cumplidos, es el fundador del movimiento estudiantil Scholarism y una de las figuras clave de la llamada revolución de los paraguas: las recientes protestas en contra de los cambios electorales impuestos por el Gobierno chino a la excolonia británica.

Considerado un joven prodigio de la política, Joshua Wong ha sido incluido en la última lista de los 25 adolescentes más influyentes del 2014 de la revista Time. Sus primeros pasos como activista los dio a los 13 años, manifestándose contra la construcción de un tren de alta velocidad entre Hong Kong y China. Con 16 años, convocó a más de 100.000 personas para protestar contra la implementación de la “educación patriótica” en las escuelas. Wong, que ya ha sido arrestado, es un joven muy elocuente, nacido en una familia de clase media que le explicó lo que era la injusticia social, pero “que no es nada radical”, matiza.

El medio ambiente, una de las preocupaciones de las nuevas generaciones, es también el campo de jóvenes activistas como el holandés Boyan Slat, que ha ideado un sistema para limpiar el mar de plásticos. Su inquietud surgió a los 16 años, mientras buceaba durante unas vacaciones en Grecia: frustrado al ver más bolsas de plástico que peces, se preguntó qué podría hacer para remediarlo. Aún en la escuela, empezó a trabajar en el asunto e ideó lo que llama el “concepto de limpieza pasiva”: un sistema para limpiar los océanos de plásticos utilizando la fuerza de las corrientes.

La idea podría haberse quedado en una utopía, pero Boyan perseveró. Su proyecto, The Ocean Clean Up, ya es una realidad gracias a una campaña de crowfunding que recaudó casi dos millones de euros y al apoyo, entre otros organismos, de la ONU, que en noviembre le otorgó uno de los premios de su Programa para el Medio Ambiente. “Decían que era imposible, que no se podía limpiar... Y yo decía que sí era posible”, explicó al recibir el galardón. Hoy ya trabaja en la construcción de una barrera flotante de 100 kilómetros para atrapar los desechos plásticos.

También creyó que era posible mejorar la convivencia entre los inmigrantes y la población nativa de Roses, en Girona, Mohamed el Amrani, un joven marroquí que llegó a Catalunya de niño. Durante la adolescencia, detectó una serie de problemas entre las comunidades que le impulsaron a crear, con 17 años, la Red de Convivencia de Roses: “Es una asociación sin ánimo de lucro que representa a todas las personas y que busca, además de fortalecer las relaciones, ayudar tanto al colectivo de inmigrantes como a jóvenes en riesgo de exclusión social”, resume Mohamed. La Red de Convivencia ya ha cumplido cinco años, y él ha sido reconocido por la Fundació Príncep de Girona con el premio al mejor emprendedor social de 2014.

Mohamed el Amrani cree que sus ganas de implicarse son algo innato. Como los otros jóvenes activistas de este reportaje, tiene muy claro lo que esté bien y lo que está mal en este mundo. Una cualidad, el sentido de la justicia, que para la doctora en Derecho María de la Válgoma poseen en general los niños y los adolescentes: “Sí, tienen un sentido muy agudo de lo que es justo y de lo que es injusto. Y cuando algo es injusto, se indignan, se sublevan”. Para esta profesora de la Universidad Complutense de Madrid que ha dedicado su vida a la educación en distintos campos, este sentido de la justicia es algo bueno. “Los mayores sabemos que el mundo no es justo –señala–, pero, de alguna manera, nos resignamos. Sin embargo, ellos, por fortuna, no lo hacen, y eso es lo que provoca que muchos, como los ejemplos vistos, intenten luchar para suprimir la injusticia, ya desde muy pequeños”.

¿No son algunos de estos activistas demasiado pequeños para encabezar manifestaciones? La pedagoga cree que no: “Estamos en tiempos en que todos los niños son precoces, especialmente las niñas, pero, en este aspecto, no me parece que sea demasiado pronto, en absoluto. Me parece que los jóvenes hacen pronto otras cosas, como ir de botellón o salir hasta las seis de la mañana, pero nunca es pronto para pensar en los demás y tratar de hacer cosas para mejorar un mundo injusto”. Además, el activismo temprano “es bueno porque el niño se va a sentir mucho mejor”, agrega. “Luchar por los demás –dice– te da una dimensión que enriquece muchísimo tu vida y tu personalidad. Te das cuenta de que eres una persona útil, te da seguridad en ti mismo, y eso no puede ser mejor para un niño”.

“Creé la Red de Convivencia con 17 años y a muchos les chocaba que les hablara de cosas tan transcendentales como la cohesión social y la concordia. Pero es importantísimo que se entienda que no hay nadie mejor que un joven para ayudar a otro”, comenta Mohamed el Amrani

El activismo se da más entre jóvenes de entornos poco privilegiados, quizás porque cuanto más difícil es la situación de uno, más estímulos tiene para cambiar el mundo. “Claro, eso tiene lógica, porque son los más desfavorecidos los que padecen más la injusticia y los que tienen mayor necesidad de salir de ahí”, observa De la Válgoma. Es el caso de Kelvin Doe, un niño de Sierra Leona (uno de los países más castigados del mundo), que a los 10 años se propuso solucionar las graves carencias de suministro eléctrico en su barrio de Freetown, la capital. Kelvin iba cada día, después del colegio, a un basurero para recoger residuos tecnológicos y ayudar a la economía familiar. De esta actividad nació un interés por los aparatos electrónicos que hizo que se guardara algunos para experimentar en casa. Con este material y un par de viejos libros de ingeniería, fabricó un generador que permitió que su comunidad gozara de luz eléctrica durante varias horas seguidas. También diseñó una emisora de radio desde la cual transmite bajo el nombre artístico de DJ Focus.

El talento de Kelvin llamó la atención a un investigador del reputado Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y fue invitado para participar en su restringido programa de visitantes. Allí fue, con 15 años –todo un hito– y, aunque añoró muchísimo a su madre, no desaprovechó la oportunidad. Hoy, en Sierra Leona, prepara un proyecto para llevar electricidad y wifi a las zonas más remotas de su país mediante paneles solares y auspiciado por una compañía canadiense. “Creo que a través de la innovación podemos construir nuestra nación”, asegura Kelvin, que acaba de cumplir los 18 años.

Kelvin Doe, como Malala, es, además de muy valiente, una persona muy dotada, aunque para mejorar el mundo no hace falta tener una inteligencia fuera de lo común. Y, como apunta María de la Válgoma: “El activismo se puede educar, tanto en casa como en la escuela. Aunque hay niños con una sensibilidad especial o más solidarios, nadie nace activista”.

En definitiva, no se necesita ser Superman para ser un héroe. Los pequeños gestos también son clave. Estas son las premisas de la organización estadounidense The Giraffes Heroes Project, lanzada en 1984 por la maestra y periodista Ann Med­lock. Desde su fundación, la organización premia simbólicamente las iniciativas de personas que ellos llaman “jirafas”, porque “alzan sus cuellos para el bien común”. Aunque los galardonados son de todas las edades, el proyecto hace hincapié en incentivar a los escolares. Para ello existe un material didáctico gratuito, pensado para niños de a partir de cinco años hasta el bachillerato. La idea es cultivar conceptos como “la compasión valiente” y “la ciudadanía activa”.

En su base de datos, la entidad acumula centenares de historias, grandes y pequeñas, pero con el denominador común de haber tenido un impacto positivo en la sociedad. Como la de Jacob Crespo, un niño de Arizona que para su séptimo cumpleaños pidió a sus padres y amigos que regalaran comida a la perrera local –“Si cada niño renunciara sólo una vez en su vida a sus regalos de cumpleaños, el mundo sería un lugar mejor”, dijo–. O la de Ashley Black, una ávida jugadora de Nintendo que a los 10 años ­impulsó una campaña para ­prohibir un videojuego ambientado en un campo de concentración nazi. Lo consiguió, pese a que eran tiempos previos a Twitter, Facebook y plataformas como Change.org.

Fue en esta web donde Laura Zornoza consiguió, el pasado año, que el Gobierno español rectificara los recortes anunciados sobre las becas Erasmus. La madrileña de 20 años, estudiante de Periodismo, reunió más de 200.000 firmas en cuatro días para salvar las becas y se presentó cargada con tres voluminosas cajas con las rúbricas en el registro del Ministerio de Educación. No la recibió el ministro, como en el caso de Fahma Mohamed, pero sí el secretario general de Universidades, Federico Morán. Con él charló durante unos 20 minutos: “Es la primera vez que un alto cargo gubernamental recibe en España de forma inmediata a una creadora de una petición”, señalaron en Change.org.

Un gesto inédito en España, país donde, mientras que organismos como la ONU y el Instituto Nobel dan cancha a personas que aún no tienen edad de votar, se tiende a desconfiar de los jóvenes. “Sí, mi juventud ha sido un obstáculo para inspirar confianza”, corrobora Mohamed el Amrani. “Creé la Red de Convivencia con 17 años y a muchos les chocaba que les hablara de cosas tan transcendentales como la cohesión social y la concordia. Pero es importantísimo que se entienda que no hay nadie mejor que un joven para ayudar a otro”.

Tampoco existe en España una cultura arraigada de educar en aspectos como el activismo. Mientras que en Estados Unidos los llamados “servicios a la comunidad” en secundaria son obligatorios desde hace tiempo, Catalunya será el primer lugar donde, “de forma progresiva”, se implantará esta materia en la escuela. En los países más desarrollados también existen, sin que la tumbe el mandatario de turno, asignaturas similares a la suprimida Educación para la Ciudadanía, además de otras destinadas a educar el carácter, que ayudan a los niños a emprender acciones pero, sobre todo, a perseverar, a ser valientes. Que los escolares se involucren en proyectos medioambientales y sociales son puntos positivos para el currículum.

“No, aquí no hay esta cultura –corrobora María de la Válgoma–, en parte, porque somos mucho menos comunitarios”. Pero el individualismo no es el único factor. “En los últimos años –señala– hemos infantilizado a los niños, no les hemos exigido nada y, en consecuencia, tienen una falta de resistencia a la frustración absoluta: estamos haciéndoles un flaquísimo favor a los pobres”. Porque con el “a mi niño que no me lo toquen” por bandera, no se educarán ni activistas, ni emprendedores ni héroes. Una lástima, porque, como decía la canción de David Bowie, todos podemos serlo, aunque sea por un día.