El último día de mi vida: Manuel Gutiérrez Aragón “Me arrepiento de no haber pecado suficiente”

ILUSTRACIÓN: ORIOL MALET

Si pudiera reencarnarse, lo haría como un historiador experto en antiguas civilizaciones. Cineasta y escritor, escritor y cineasta, Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, Cantabria, 1942) tuvo la idea de ser periodista, pero al llegar a Madrid para estudiar una carrera se encontró con que no podía matricularse en Filosofía y Letras porque andaban de huelgas. Venía, ha recordado, del mundo de la escritura y de la lectura en provincias, que es, asegura, donde realmente se lee mucho. Alguien le dijo en aquél entonces que podía interesarle escribir guiones de cine... y acabó en la Escuela de Cinematografía. 

–¿Casualidades de la vida?
–Bueno, el azar está muy cuantificado. No hay casualidades absolutas.

Entró en la Escuela de Cinematografía y también en el Parti­do Comunista “porque era la máquina más poderosa que había contra Franco”. Causó baja cuando fue legalizado, en 1977. Debutó con el ­cortometraje El último día de la humanidad (1969) y anunció su retirada del cine en el 2008, tras lograr el Gran Premio del Jurado en el Festival de Málaga con Todos estamos invitados, su último filme, sobre los amenazados por ETA.

–¿Qué aprendió de aquella sociedad vasca?
–Que tener miedo resulta útil para defenderse.

Es el cineasta de la transición, dijo Manuel Vázquez Montalbán  de Gutiérrez Aragón, un título por el que se siente honrado y cuyo espíritu reivindica en estos tiempos de turbulencias políticas. El cineasta que dirigió con éxito las dos adaptaciones más importantes que se han hecho  del Quijote, una para Televisión Española y otra para el cine, y tiene en su palmarés, entre otros galardones, el Oso de Plata del Festival de Berlín a la Mejor Dirección y dos Conchas de Oro del Festival de San Sebastián a la Mejor Película,  dice que es más libre escribiendo que haciendo cine.

–Cuando confesó a Mario Vargas Llosa que no echaba de menos al cine, sino a los actores, este le respondió: “¡Claro, echas de menos tocar la vida!”...
–Una de las principales diferencias del cine con la literatura no consiste precisamente en el movimiento, como tantas veces se ha dicho, sino en la encarnación de los personajes en actores.
–Ahora acaba de publicar El ojo del cielo (Anagrama). ¿Qué nos enseña para la vida?
–Que es combate, a veces lucha a muerte. 

Miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ingresó en el 2016 en la Real Academia Española para ocupar el sillón F, vacante desde la muerte de José Luis Sampedro, y seguir así la estela de Fernando Fernán-Gomez y José Luis Borau, los cineastas que le precedieron. Ese año llegó para quedarse a la Real Academia, que ya había visitado un joven Manuel Gutiérrez Aragón con 18 años con un cicerone excepcional: el lingüista y académico Samuel Gili Gaya, su profesor de Lengua y Literatura en el instituto y con el que se inició en la escritura.
Gutiérrez Aragón prefiere no explicar si ha tenido o no alguna experiencia con la muerte y cuando le preguntas si le tiene miedo, responde con un escueto: “Pues ahora que lo dice...” 

–¿Cree que hay algo más allá?
–Sí, hay algo: un entierro.
–¿Cree que se puede estar muerto en vida?
–No nos daríamos cuenta.
–¿Qué es la vida para usted?
–...Esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir, en verso de Dámaso Alonso.

1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
Paseando y haciendo creer que aquello no va conmigo.

2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo?
Me hubiera gustado ser director de orquesta. Cosa imposible, porque tengo mal oído.

3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan?
Que se olviden de sí mismos.

4. ¿Cómo diría que fue su vida?
“Por delicadeza, he perdido mi vida,” dijo un poeta maldito.

5. ¿De qué está más orgulloso?
No estoy orgulloso de nada, se lo aseguro.

6. ¿Se arrepiente de algo?
De no haber pecado suficiente.

7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
Una vez soñé que asistía a mi propio nacimiento. Recuerdo ese sueño.

8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
Una tortilla francesa con jamón. 

9. ¿Se iría a dormir?
Claro, con una botella entera en el coleto…

10. ¿Cuál sería su epitafio?
Ni el hilo de un haba.