El último espía de la guerra fría

Oleg Gordievski fue uno de los más importantes espías del último tercio del siglo XX, sobre todo por su contribución al fin de la guerra fría. El escritor Ben Macintyre cuenta en Espía y traidor (Crítica) la historia de este alto responsable del KGB, pero que trabajó para el MI6 británico. Un relato de peligros, secretos y persecuciones, pero también de lentas burocracias y errores garrafales

Qué lleva a alguien a andar continuamente en el filo, a llevar una doble o hasta una triple vida y a renunciar al bienestar emocional y familiar? ¿Por qué motivo arriesgarse a ser sometido a torturas o a la muerte? ¿Qué razón empuja a una persona a asumir que, en el mejor de los casos, el resto de su existencia estará sometida a estrictas medidas de seguridad bajo una identidad ficticia? ¿Por qué, en definitiva, alguien se hace espía, y, es más, por qué alguien se convierte en agente doble? Quien tal vez tenga las respuestas es Oleg Gordievski, el hombre que llegó a la más alta responsabilidad del espionaje soviético en Londres, pero que, en realidad, era un agente del MI6 británico, y que a mediados de los años 80 abandonó el KGB. Lo abandonó a pesar de la lapidaria frase que se atribuye a Vladimir Putin, integrante en su día de esos mismos servicios secretos: “El concepto de exagente del KGB no existe”.

El escritor y periodista inglés Ben Macintyre acaba de publicar Espía y traidor (Crítica) en donde cuenta la historia de, a su juicio, uno de los espías más importantes del fin de la guerra fría. “Muy de vez en cuando –escribe– los espías tienen un profundo impacto en la historia. Descifrar el código Enigma acortó la Segunda Guerra Mundial al menos en un año. Un espionaje exitoso y un engaño estratégico apuntalaron la invasión aliada de Sicilia y los desembarcos del Día D. (…) El panteón de espías que cambiaron el mundo es pequeño y selecto y Oleg Gordievski forma parte de él”.

El KGB tardó once años en saber que su agente trabajaba para los británicos; en ese tiempo, la contribución de Gordievski para derribar el comunismo fue muy importante

Hijo y hermano de agentes del KGB, formado en el espíritu más férreo de las élites comunistas, Gordievski (Moscú, 1938) fue un producto fallido del sistema. Sólo que el sistema lo desconocía. La tradición familiar era, ciertamente, ortodoxa, tanto que su padre Anton participó activamente, en la segunda mitad de los años 30, en las grandes purgas de Stalin, a quien algunos historiadores atribuyen aquello de “cuando talas madera, saltan astillas”, en referencia a los inocentes que cayeron víctimas de aquella caza de brujas.

Pero, a pesar de ese entorno (o tal vez por él) Gordievski empezó a desarrollar una postura crítica contra el sistema soviético. Y, cuando en 1968, con él ya como agente del  KGB, la URSS aplastó la primavera de Praga, tomó la decisión de iniciar una tarea ciclópea: destruir el régimen desde dentro. La mejor manera de ejecutar su plan, y la más audaz y peligrosa, era convertirse en doble agente y trabajar para el espionaje británico, algo que consiguió durante once años, entre 1974 y 1985.

¿Hasta qué punto logró su misión? “Él no destruyó el comunismo porque el comunismo se destruyó a sí mismo, pero socavó al KGB, el mayor puntal del estado soviético, que era su verdadero objetivo”, explica a Magazine Ben Macintyre, quien, a lo largo de 400 páginas, narra una historia de película, pero real.

Primera sorpresa, pues: Gordievski no se movió nunca por dinero ni por ego, ni siquiera por rencillas con sus compañeros o sus superiores; traicionó a la URSS por motivos ideológicos, porque llegó a la conclusión de que el sistema comunista en el que había crecido y se había hecho adulto era un gigantesco mecanismo de represión frente a la libertad que, a sus ojos, representaban las democracias capitalistas, una sensación que crecía a medida que era destinado a embajadas de Europa Occidental.

Gordievski se ganó paulatinamente la confianza de sus superiores en Moscú, lo que le permitió llegar hasta los niveles más altos del aparato soviético de espionaje y alcanzar el puesto de máximo responsable del KGB en Londres, cuando ya hacía mucho tiempo que espiaba para los británicos. La gran pregunta es ¿cómo la inteligencia soviética, formada por un ejército de agentes, confidentes, observadores y analistas, que sometía a una vigilancia paranoica no sólo a sus enemigos sino también a sus propios integrantes, no lo descubrió antes? Macintyre cree que “el KGB era una extraña mezcla de eficacia, brutalidad e ineficiencia”, un mastodóntico engranaje burocrático cuya magnitud algunas fuentes sitúan en medio millón de personas.


En la labor de los espías pesa sobre todo “la personalidad, el carácter, la emoción, el coraje y la suerte”, asegura Ben Macintyre

Ben Macintyre (Oxford, 1963) ha dedicado más de una década a escribir sobre algunos de los episodios más interesantes del espionaje del último siglo. Entre ellos, la traición de otro doble agente, el famoso Kim Philby, que se pasó al bando soviético y que reaparece en su último libro tambaleándose por los pasillos del KGB a causa del constante consumo de vodka en su retiro moscovita. Otra de sus obras relata la historia de la red de espías al servicio del Reino Unido que engañó a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y cuyas salidas de guion llegaron a angustiar a sus superiores: como la de la francesa Lily Sergeyev, que estuvo a punto de provocar el fracaso del Día D porque acusaba a sus jefes británicos de la muerte de su perro Dabs; o como la del célebre Joan Pujol, Garbo, cuyas trifulcas conyugales pudieron hacer embarrancar el desembarco.

Porque, al lado de las audaces misiones convive un factor omnipresente, lo humano, lo emocional. Por fría que fuera la guerra entre las dos superpotencias, no estaba exenta de ese condicionante. Macintyre asegura que entre los espías “el factor humano es vital. La inteligencia (el aspecto técnico) no funciona sin humanos, lo cual implica personalidad, carácter, emoción, lealtad, coraje y suerte, todos ellos aspectos de vital importancia”. “Creo –añade– que el espionaje es una manera de escribir sobre la guerra que no implica pistolas, bombas y balas, sino el comportamiento humano, la lealtad, el afecto y la traición”.


De entre la trayectoria de Gordievski llaman la atención dos momentos especialmente sorprendentes y que revelan su trascendencia en el peligroso entramado geopolítico de la primera mitad de los años 80. A mediados de 1981, el análisis del jefe del KGB Yuri Andrópov (que poco después se convertiría en máximo mandatario del país) le llevó a la conclusión de que Occidente se preparaba para un ataque nuclear contra la URSS. La idea fue creciendo como una bola de nieve que situó al mundo al borde de la catástrofe nuclear, para algunos analistas lo más cerca que se ha estado de una guerra atómica desde la crisis de los misiles de Cuba.

La paranoia con que la URSS seguía los movimientos de Estados Unidos y sus aliados occidentales –es cierto que la paranoia circulaba también en sentido inverso– llevó a que el KGB impulsara un programa de espionaje, conocido bajo el nombre en clave de RYAN, destinado a confirmar la existencia de esos supuestos planes de ataque. Pero no siempre es buena idea intentar confirmar un plan cuando se está predispuesto a ello: poco después, ya con Andrópov en la cúspide de su poder, los soviéticos interpretaron el tono y algunas bravuconadas militaristas de Estados Unidos e iniciativas como la famosa “Guerra de las galaxias” de Ronald Reagan como indicios inequívocos. Y en 1983, cuando, en ese clima, la OTAN organizó ambiciosas maniobras militares, los soviéticos las vieron como la señal que esperaban y temían.

La escalada de tensión entre el bloque occidental y la URSS en 1983 llevó al mundo al borde de la guerra nuclear

“La operación RYAN nació en la febril imaginación de Andrópov y no dejó de crecer hasta causar metástasis y convertirse en una obsesión para el KGB, que consumió miles de horas de trabajo y contribuyó a situar la tensión entre las superpotencias en unos niveles aterradores”, cuenta Macintyre. La URSS nunca presionó el botón nuclear, pero estuvo más cerca de hacerlo que nunca.

Cuando, a través de Gordievski los británicos y los estadounidenses, totalmente ajenos a lo que pensaba el Kremlin, se enteraron, su retórica y sus formas se moderaron, y el fantasma de la guerra nuclear se alejó. “En realidad –explica el autor– no creo que ninguna de las dos partes se diera cuenta de como de cerca estuvieron de una confrontación nuclear hasta que terminaron las maniobras. Muchas de las evidencias documentales permanecen clasificadas o en archivos de la era soviética”. Habrá que esperar, pues, a que nuevos documentos salgan a la luz para ver la trascendencia real  de la intervención del doble agente.

Un segundo momento particularmente llamativo se produjo cuando un aún desconocido Mijaíl Gorbachov visitó a Margaret Thatcher en 1984. Las palabras perestroika o glasnost todavía no tenían el significado que adquirirían tiempo después y la primera ministra quería sondear cómo pensaba uno de los aspirantes a ser el futuro líder soviético. Gordiesvki sabía qué le pasaba por la cabeza al Kremlin acerca de aquella visita y también sabía, a través de los británicos, qué pensaba Thatcher. Durante aquella visita, cada noche Gorbachov solicitaba al KGB un memorándum detallado con una previsión de lo que se podía esperar de los británicos al día siguiente. El KGB pedía la información a Gordievski y a él se la pasaba el MI6. De esta manera, Gorbachov preparaba las reuniones con la información que en realidad le había preparado el espionaje británico, o, para ser más exacto, se predisponía para los encuentros tal como el MI6 quería. El encuentro con el que un año después sería el líder de la URSS fue un éxito. Se iniciaba una nueva era.


Gordievski nunca contó a su mujer ni a ninguno de sus familiares que trabajaba para los británicos ni siquiera cuando estaba a punto de huir de la URSS y dejar allí a su familia. Fue capaz de guardar un secreto  que a muchos les hubiera resultado imposible mantener. Ni siquiera lo confesó cuando los servicios secretos soviéticos lo drogaron e interrogaron. ¿Cómo es Oleg Gordievski? “Lo conocí hace muchos años mientras investigaba para otro libro. En sus encuentros conmigo siempre ha sido muy profesional, paciente y preciso. Pero –y aquí Macintyre añade algo de misterio– hay algo insondable en él, como en todos los espías”.

Pocas personas lo conocen, de la misma manera que muy pocas personas en su día tenían noticias, dentro de los servicios de espionaje británicos, de sus actividades: sólo un reducidísimo  núcleo de personas clave dentro del MI6 conocía su identidad, y mucho menos los aliados norteamericanos.


La operación del MI6 para sacar a su agente de la Unión Soviética parecía condenada al fracaso; los servicios secretos británicos nunca habían hecho algo parecido

Pero, a pesar de sus éxitos, Gordievski caminaba sobre el filo. En 1985, pocos días después de ser nombrado jefe del KGB en Londres, fue llamado a Moscú para confirmar su nombramiento, algo muy extraño que le llevó a pensar que le habían descubierto. Aunque regresar al cuartel general podía representar su condena a muerte, decidió correr el riesgo como un jugador de póker ante la jugada definitiva: si el viaje obedecía a simples motivos burocráticos, su carrera de espía a favor del Reino Unido daría un gigantesco salto; si, por el contrario, había sido llamado porque sus superiores creían que era un traidor, era el final.

Y fue la segunda posibilidad. 

Sin embargo, los servicios secretos británicos habían elaborado un plan para sacarlo de la URSS. Un plan imposible, tan rocambolesco que sólo podía funcionar con unas dosis gigantescas de carambolas y suerte. Cuando los agentes del MI6 vieron a Gordievski en Moscú con una gorra gris y una vistosa bolsa de plástico de una cadena británica de supermercados, la señal previamente convenida, el mecanismo se puso en marcha. Era la primera ocasión en que el MI6 intentaba sacar a uno de sus agentes del interior de la URSS de forma clandestina. En su parte final, el libro narra la trepidante huida de Gordievski, con un grupo de agentes británicos, a través de la antigua Unión Soviética y Finlandia, y con el KGB pisándole los talones. Una fuga de película, pero una huida que aún hoy continúa. 

Porque este antiguo doble agente vive hoy en una vivienda protegida. Macintyre explica que “su vida es solitaria y extraña, aislada. No puede dejar la casa segura solo y vive bajo vigilancia permanente”. No es extraño, en su día la URSS puso precio a su cabeza y esa orden jamás ha sido revocada. En marzo  del año pasado, además, otro doble agente, Sergei Skripal, y su hija fueron envenenados en Londres con gas nervioso, aunque no se ha identificado a los autores. Pese a todo, Macintyre asegura que “nunca le he oído expresar una sola palabra de arrepentimiento.”