Un ‘coach’ llamado Homero

Virginia Woolf declaró: “Cuando nuestros tiempos nos sumen en el cansancio o la confusión, acudimos a los griegos”. La cita no ha perdido vigencia; como muestra, el goteo de novedades editoriales que rescatan lecciones del mundo antiguo y que sirven para iluminar el presente y guiarnos en el laberinto del siglo XXI.

Igual que los científicos nos recuerdan la conexión entre nuestra respiración y nuestros orígenes más remotos –pues inhalamos moléculas ya presentes en la atmósfera primitiva de la Tierra, formada hace más de 4.500 millones de años–, los humanistas no pierden ocasión de recordar que la cuna de nuestra civilización se halla en la cultura grecolatina. En la introducción a su monumental e iluminador ensayo El descubrimiento del espíritu (Acantilado), el profesor y editor alemán Bruno Snell viajaba al mundo antiguo para poner el contador a cero: “Para seguir el proceso que va desde el mundo griego primitivo hasta el pensamiento europeo hay que comprender muy bien cómo nació el pensamiento entre los griegos: no sólo conquistaron nuevas materias de reflexión (por ejemplo, la ciencia y la filosofía) valiéndose de una forma de pensamiento previamente dada, y ampliaron algunos métodos antiguos (como el método lógico), sino que fueron los primeros en crear lo que llamamos ‘pensamiento’: descubrieron el alma humana como espíritu activo, inquisidor e investigador. Y la base de este descubrimiento fue una nueva concepción del hombre. Este proceso, el descubrimiento del espíritu, se manifiesta –agrega Snell– en la historia de la literatura y la filosofía griegas desde Homero: la epopeya, la lírica, el drama, los intentos de comprender de forma racional la naturaleza y la esencia humana son las etapas de este camino”.
La actualización y el reciclaje de estas bases intelectuales y culturales han sido constantes a lo largo de la historia. Si hablamos de filosofía, los intentos por exportar las lecciones del epicureísmo y el estoicismo a contextos modernos han conformado todo un subgénero editorial, derivando en ocasiones en una simplificación y deformación de los mensajes originales impelidas por motivos comerciales. Ahí está, si no, la industria de la autoayuda con títulos emblemáticos como Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff. 
Si hablamos de literatura, basta leer el ensayo La semilla inmortal (Anagrama) de Jordi Balló y Xavier Pérez para entender hasta qué extremos la épica y la dramaturgia grecolatinas están en la base de un sinfín de películas. De los 21 argumentos fundamentales de los que se ha alimentado el cine, postulan los autores, ocho beben de héroes y mitos del mundo antiguo. Expresado de otro modo: detrás de 2001: Una odisea del espacio del tándem Arthur C. Clarke- Stanley Kubrick o de varias aventuras de James Bond, está la travesía de Jasón y los argonautas que ya recogiera el poeta Píndaro en la oda Pítica IV en el 466 a.C. Del mismo modo que en Vértigo de Alfred Hitchcock o Blue Velvet de David Lynch resuenan los ecos del descenso de Orfeo a los infiernos que inmortalizaran Virgilio en la Geórgica IV y Ovidio en Las metamorfosis. 

Andrea Marcolongo, estudiosa del griego clásico, ha roto moldes con un libro que explora ese idioma, una generosa fuente para conocer nuestro interior


Varias novedades editoriales mantienen viva la tradición de mirar a los tiempos de Aristóteles y Homero para profundizar en esa labor infinita que es la interpretación de su legado y, de paso, procurar extraer lecciones útiles para conducirnos hoy en día. Andrea Marcolongo (Milán, 1987), estudiosa del griego clásico y exconsultora de comunicación de políticos y empresarios, ha obtenido un best seller inesperado en su país con La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego (Taurus). Vendido en 24 países, se trata de una exploración de la riqueza del idioma que invita a desparasitarlo de los malos enfoques académicos y asumirlo como una poderosa fuente de conocimiento de nuestro interior.
“Mientras lo escribía tenía claro que había algo de lo que deseaba huir como de la peste: transmitir la idea de que impartía lecciones de superioridad detrás de mi escritorio, machacando sobre la importancia de estudiar griego –comenta la ensayista a Magazine–. Mi libro habla de pasión, lo cual lo asemeja más a una novela que a un manual académico”.
Marcolongo cree que el propósito de su trabajo consiste “en explicar cómo los antiguos griegos veían el mundo a través de su lengua: un mundo que, por ejemplo, poseía un número especial para designar lo dual y un modo preciso de expresar un deseo o un arrepentimiento. Y esta forma de ver el mundo, a un tiempo delicada y libre de confusiones, supone una herencia valiosísima para nosotros. Hablando con mis lectores he advertido que el sentimiento más común que desprende la obra es el de una marcada nostalgia. Por descontado que no del griego o de los tiempos de Pericles sino de nuestra identidad”, aclara.
La autora italiana defiende que “los clásicos son una parte integral del modo en que nos pensamos a nosotros mismos y nuestra historia, despertando un entramado de emociones más complejas de lo que sospechamos y de lo que se está dispuesto a admitir en unos círculos académicos que prefieren centrarse en las carencias antes que en las presencias”. 
“Grecia no nos habla únicamente sobre un pasado distante sino que es el lenguaje cultural en el que hemos aprendido a comunicarnos, dialogando con nuestra idea de antigüedad y de raíces –precisa–. Esa nostalgia esconde pues el temor a no saber preservar este amor que llevamos mas de 2.000 años compartiendo maravillados”.

El multifacético Pedro Olella recorre Atenas en busca de las raíces de la democracia y reflexionando sobre la urgencia de restaurar una política justa 


Marcolongo lamenta que la desaparición de los estudios clásicos de colegios y universidades responde a la lógica político-económica que busca que preguntemos “para qué servimos y no qué somos” e invita a adentrarse en la lengua griega sin obsesionarse por la pronunciación ni la gramática, pues “lo crucial es absorber su forma de pensar, su acercamiento a los misterios del alma humana”. 
A su juicio, el griego antiguo nunca ha resultado más moderno ya que “el nuevo milenio se caracteriza por la desorientación: desde un punto de vista político nuestras certezas flaquean y hacen que nuestros miedos aumenten de forma proporcional, mientras que en lo personal nunca nos hemos sentido tan solos y desamparados”. “Estoy convencida –añade–de que uno sólo se puede descubrir de verdad a sí mismo enfrentando su mente a algo muy diferente. De aquí que el mundo antiguo, y por él entiendo el teatro, la literatura, la filosofía y la lógica, pueden ejercer la función de mapa interior para cualquiera de nosotros”. 
Entre las mayores satisfacciones de esta exprofesora de latín y griego en institutos está haber firmado un discurso que Matteo Renzi ofreció en el Parlamento Europeo donde intercaló un soliloquio de Telémaco, hijo de Ulises, sobre la necesidad del adulto de asumir responsabilidades. Un recordatorio simbólico de cuanto resuenan en el presente las palabras sabias del pasado. “La función de cualquier lenguaje es compartir (en latín comunicación significa poner en común cosas o pensamientos): me preocupa lo perezosos que somos hoy, nos despreocupamos de las palabras, estamos perdiendo curiosidad intelectual y recurriendo globalmente al inglés como un mero instrumento de trabajo”, dice.
Afincado en Atenas desde 1994, el escritor, profesor, traductor, fotógrafo y cineasta Pedro Olella (Oviedo, 1966) es uno de los principales divulgadores del helenismo en España. En su último libro, Grecia en el aire (Acantilado), recorre su ciudad de adopción en busca de las raíces de la democracia, poniendo su erudición al servicio de la reflexión sobre la urgencia de restaurar una concepción y una praxis políticas justas e integradoras, que nos devuelvan a la condición primigenia de ciudadanos.

El divulgador Luis Miguel Ariza analiza en sus páginas cómo algunos clásicos del cine de ciencia ficción han abordado preocupaciones existenciales
de calado 


“Las lecciones más útiles de la antigua Grecia son las que nos recuerdan la verdadera deontología de la política y de la democracia –responde Olella por correo electrónico–. Las que nos explican cómo y por qué, en aquel entonces, la demo­cracia nació como un sistema ideado para que el ser humano pudiera aspirar a realizarse como animal político; como un ­sistema que aspira a corregir las injusticias derivadas de la ­desigualdad económica y social usando como medio la igualdad política; como un sistema que propugna que el interés común sea definido y defendido por el conjunto de la sociedad; como un sistema pensado para tratar de conseguir ese interés común a través de la máxima identificación entre los gobernantes y los gobernados; como un sistema, en fin, racional y altruista que creó la política como arte de conciliar la voluntad de todos para combatir el egoísmo. Política y democracia –conceptos que los griegos crearon y fundieron en el de Politeia, la forma más virtuosa de gobierno– son hoy nombres vacíos de su significado original, palabras huecas que los poderosos utilizan como una bella máscara para sonreír con dulzura y ganar la aquiescencia mientras sirven tan sólo a sí mismos; juegos de palabras para legitimar con los votos de todos los intereses de unos pocos”.
Ente el abanico de fuentes documentales que podrían contribuir a regenerar la vida pública Pedro Olella se quedaría “por su relativa brevedad, por su concisión y por su brío, con Athenaion Politeia (El régimen político de los atenienses), uno de los textos más fundamentales para conocer la deontología de la democracia y los ingeniosos instrumentos que entonces se crearon y se utilizaron al servicio de aquellos ideales”.


Sin abandonar los textos fundamentales, La Ilíada es el objeto de estudio de la doctora en filosofía Aida Míguez Barciela en Mortal y fúnebre, ensayo que empieza por advertir de la imposibilidad de traducir el poema homérico “a nuestras lenguas modernas sin falsear su significado casi por completo”. La autora detalla los abismos lingüísticos, mentales y culturales que separan a los coetáneos de la obra del lector actual. Un correctivo erudito contra la tentación de trazar paralelismos inmediatos con nuestros ancestros que, sin embargo, no está exento de aspectos interesantes sobre los que reflexionar y de los que aprender. Por ejemplo, al hacernos tomar conciencia de la prioridad del texto por transmitir las cosas de madera irreductible –sin adjetivos ornamentales–, o de hasta qué extremo Aquiles encarna el ideal del héroe perfecto al entender como nadie que en la muerte radica el sentido de la vida.
Aunque su traducción al castellano ya tenga unos años, nunca está de más recomendar las excepcionales impresiones que el poeta, ensayista y dramaturgo polaco Zbigniew Herbert vertió sobre sus viajes por Grecia en El laberinto junto al mar (Acantilado), repleta de soberbias descripciones del paisaje y de datos curiosos, como que el empleo del álamo como único surtidor de la madera empleada en sacrificios explica en buena medida el aspecto salvaje y desolado del país.
Para acabar con una nota distendida, Vigilen los cielos. La filosofía de la ciencia ficción (Arpa) es capaz de enlazar las meditaciones profundas que heredamos de nuestros antepasados con el entretenimiento de los últimos dos siglos. Encomendándose a una cita de Asimov –“Cuando Aristóteles falla, inténtalo con la ciencia ficción”– el divulgador científico Luis Miguel Ariza analiza cómo algunos clásicos cinematográficos del género han abordado preocupaciones existenciales de calado.

BIBLIOGRAFÍA

El descubrimiento del espíritu. Bruno Snell. Traducción de Joan Fontcuberta. Acantilado. 552 páginas. 29 €.

La semilla inmortal. 
Jordi Balló y Xavier Pérez. Traducción de Joaquín Jordá. Anagrama. 384 páginas.
20,90 €.

La lengua de los dioses. Andrea Marcolongo. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda. Taurus. 208 páginas.
16,90 €.

Grecia en el aire. Pedro Olalla. Acantilado. 192 páginas. 14 €.

Mortal y fúnebre. Aida Míguez Barciela. Dioptrías. 204 páginas. 14,99 €.

El laberinto junto el mar. Zbigniew Herbert. Traducción de A. Rubió y J. Slawomirski. Acantilado. 288 páginas.
22 €.

Vigilen los cielos. Luis Miguel Ariza. Arpa Editores. 256 páginas. 17,90 €.