Un río de historias

A lo largo de sus más de 6.600 kilómetros, el Nilo recorre diferentes territorios en conflicto y en paz. Quienes los habitan cuentan historias de una realidad rica y diversa. Algunas de estas personas protagonizan el libro 'Hijos del Nilo'.

El Nilo es la esencia de África. A lo largo de 6.650 kilómetros, el gran río africano sortea montañas, pantanos y desiertos hasta llegar al Mediterráneo. En su viaje desde Uganda o Etiopía y a través de Sudán del Sur, Sudán y Egipto, el río es testigo de guerras, dictaduras y revoluciones, pero también de cultura, paz y progreso. Pese a sus cicatrices, el río es la cuna del mestizaje de grandes culturas africanas, árabes y mediterráneas. Estos cinco relatos son una ventana a esa diversidad de ayer y hoy y enlazan con algunos de los protagonistas que aparecen en el libro del autor, Hijos del Nilo (Editorial Península), recién editado.

 

1. El guardián del Sudd

Sudán del sur

Los guardianes del paraíso llevan un kaláshnikov. Varios kilómetros al norte de la capital de Sudán del Sur, el Nilo se derrama en un pantano inmenso y se rompe en ramificaciones de nombres exóticos como río de las Jirafas, río de las Gacelas o río de la Montaña. El resultado es el Sudd, un edén de aguas poco profundas que permanece prácticamente virgen e inalterado y da cobijo a hipopótamos, cocodrilos, antílopes y miles de aves. También oculta a miles de hombres y mujeres perdidos. En los momentos más crudos de la guerra de Sudán del Sur, miles de familias se escondieron en el laberinto de islas y canales del pantano.

Knol Nyok era uno de ellos. A sus 70 y largos años, hervía cabezas de pescado en una olla frente a una montaña de ramas y paja que le servían de refugio. Desde ese punto, escondido entre los juncos, con el agua al cuello, vio como unos hombres armados saqueaban las casas de su aldea junto a la orilla y mataban a sus vecinos. Por eso no le importaba demasiado que, al otro lado de la isla, unos chicos se pavonearan y mostraran con descaro dos kaláshnikov y unas lanzas. “Son buenos chicos –decía el viejo Knol–; si vienen los rebeldes, ellos les matarán. Nos protegen”. El grupo de adolescentes armados parecía cualquier cosa menos un ejército. Algunos llevaban pantalones cortos y el torso desnudo; otros, túnicas y sandalias, y uno de ellos vestía la camiseta suplente del Arsenal.

El cabecilla era Ayis Marah, que se autodenominó con chulería como “el guardián de las islas”. Si los ataques se repetían, decía, ellos les verían llegar desde lejos y acabarían con el enemigo. Ayis debía de tener menos de 20 años, era un chico alto y delgado y llevaba un pantalón azul chillón. A una distancia prudencial detrás de él, semioculto entre la maleza de la isla, un joven de su grupo escuchaba la conversación. De repente, otro tipo se escabulló sigilosamente detrás de él, se abalanzó sobre su espalda y le colocó una lanza cruzada delante del cuello. Al oír el ruido, Ayis se giró, vio la escena y sonrió relajado. “Sólo están jugando –dijo–; si no hay acción, nos aburrimos porque no hay nada que hacer. Para divertirnos sólo podemos disparar de vez en cuando a algún cocodrilo o a algún hipopótamo”.

 

2. Pirámides negras

Sudán

A sus 15 años, Mustafa había visto demasiadas veces las pirámides como para conservar la curiosidad o la pasión de la primera vez. Agarraba las bridas de su camello con una mano y con la otra trataba de llamar la atención de una pareja de estadounidenses jubilados que descendía por las dunas. Mustafa no veía nada más. Pero sí lo había: a las espaldas de los americanos, en lo alto de una montaña y semienterrada por la arena se levantaba majestuosa la Necrópolis del reino de Meroe, una colección de decenas de pirámides perdidas en territorio nubio.

En una década, la guerra y el yihadismo han casi destruido el turismo de desierto y arqueología en países como Libia, Argelia, Egipto o el norte de Mali, entre otros

“Hi, my friend, please, come here!”, gritaba Mustafa en un inglés imperfecto. Era todo lo que sabía decir. Había aprendido a chapurrear cuatro frases en lengua anglosajona para atraer a los pocos turistas que se acercaban a aquella joya arqueológica en el norte de Sudán. Sin suerte. Su camello era aún joven y pequeño, así que la pareja norteamericana escogió el animal de un colega, un bicho imponente y decorado con collares de colores.

Pese a su decepción momentánea, el contexto mundial quizá va a dar una oportunidad a Mustafá. En apenas una década, la guerra y el yihadismo han destruido prácticamente el turismo africano de desierto y arqueología en destinos anteriormente populares como Libia, Argelia, Egipto o el norte de Mali, Níger o Mauritania. Y eso aumenta las posibilidades del país de los faraones negros. Aunque las cifras de visitantes de Sudán son aún modestas –721.000 viajeros anuales en el 2015–, el Gobierno de Jartum, una dictadura implacable y poco amiga de los ojos foráneos en su salón, ha movido ficha hacia Extremo Oriente. El año pasado firmó un acuerdo con China para facilitar la llegada de turistas del país asiático. Según cálculos oficiales (y generosos), la cifra de visitantes totales en el 2019 será de cinco millones de personas. Si las expectativas se cumplen, quizás dentro de unos años Mustafá cambie su “Hi, my friend” por un “Ni hao, péng you”. Además, para enton­ces su camello habrá ­crecido.

 

3. El enigma azul

etiopía

Todos los enigmas del Nilo nacen de tres charcos que emergen del suelo, semiocultos entre la vegetación. En las afueras de la aldea etíope de Gish Abay, al final de una cuesta embarrada y detrás de un monasterio lúgubre que subraya la santidad del lugar, brotan las fuentes del Nilo Azul. Nada hace sospechar que ese débil riachuelo que rebosa por un extremo de la charca se convertirá después en una fuerza de la naturaleza que, durante 1.600 kilómetros, recogerá agua de más de veinte afluentes, tallará cañones de roca rojiza y atravesará las planicies del Sennar lleno a reventar hasta llegar a Jartum. Justo en ese punto se unirá a su hermano, el Nilo Blanco, para continuar hacia el mar, ya como un solo Nilo.

El viaje del Nilo Azul hacia el Mediterráneo está en el origen de civilizaciones milenarias como la egipcia o la nubia que, gracias a su contribución en agua y lodo lleno de nutrientes, pudieron asentar sus imperios en las tierras fértiles de las orillas del Nilo más al sur. El periplo del río de cuna etíope, que fascinó a intelectuales, estudiosos y exploradores, a Gebra Sadic no le decía casi nada. Sadic trabajaba desde hacía tres años como guardián de las fuentes de Nilo Azul y mezclaba una rigurosa fe heterodoxa con la humildad de la mayoría de la población. Vestía un sayo verde y roto y aguantaba su cansancio en un bastón.

Aunque la calculadora mundial aplaude el crecimiento económico del país y la construcción de infraestructuras y una red de carreteras generosa, la Etiopía rural y pobre aún es mayoría. El 80% de la población se dedica a una agricultura de subsistencia. Y en Etiopía se trata de una realidad visible en los detalles: en el tortuoso descenso por un camino de tierra de Gish Abay a Bahar Dar, la principal ciudad junto al lago Tana, las verdes laderas de las montañas estaban salpicadas de tocones. Aquellos árboles cortados para nutrir a la población de madera para cocinar o calentarse eran también un aviso de una bomba demográfica a punto de estallar: con más de 102 millones de habitantes, Etiopía ya es el segundo país más poblado de África y el decimocuarto del mundo.

 

4. Las llaves de Mamud

egipto

El sol aún no había salido por el horizonte y Mamud ya sostenía en el regazo la llave de la joya de Abu Simbel. Estaba sentado en un banco de piedra, justo delante de los cuatro colosos del templo de Ramsés II, y esperaba paciente a que llegaran los visitantes. Llegarían pocos: la primavera árabe egipcia, que significó la caída del dictador Hosni Mubarak, desem­bocó después en una época turbulenta. A un golpe de Estado que descabezó el gobierno islámico de los Hermanos Musulmanes siguió el regreso de un régimen militar ávido de venganza. Ese caos, unido al miedo por el creciente terrorismo yihadista y a la represión del gobierno del mariscal Abdul Fatah al Sisi, había vaciado los hoteles de Egipto.

“Fue increíble y maravilloso que salvaran los templos, pero ahora, que se pongan de acuerdo para salvar a los egipcios ¿no?”, comenta el guardián de Abu Simbel

Mamud, que vestía una chilaba gris, sandalias oscuras y tenía el pelo canoso, no recordaba nada igual en más de veinte años como guardián. “Cada vez vienen menos turistas, la vida es difícil; aquí todas las familias viven del turismo. Le afecta hasta a quien vende pan, porque nadie le puede comprar”, explicaba.

A finales del 2016, Abu Simbel era una maraña de calles vacías, hostales de oferta y tiendas cerradas. La ciudad languidecía, pero mantenía el orgullo de un pasado mejor, cuando aquel rincón del sur de Egipto fue ejemplo del respeto por el pasado. En el año 1968, en un giro de responsabilidad y colaboración internacional, varias naciones se pusieron de acuerdo para proteger y conservar el legado común de la antigüedad. Ante la construcción de la presa de Asuán río arriba, el mundo decidió salvar el templo de Ramsés II y el dedicado a su esposa Nefertari, condenados a desaparecer bajo el agua si no se hacía nada. Técnicos egipcios y extranjeros, auspiciados por la Unesco y 40 millones de dólares, cortaron en diversos bloques los edificios de 3.200 años de antigüedad y, piedra a piedra, trasladaron los templos 70 metros más arriba y a 200 metros de su ubicación original, en el actual emplazamiento de Abu Simbel. A Mamud, a quien el romanticismo se le perdía con cada rugido de tripas de sus hijos, le parecía enternecedora esa muestra de cooperación multinacional, pero le ganaba el pragmatismo: “Fue increíble y maravilloso que salvaran los templos, pero ahora que han salvado las piedras, que se pongan de acuerdo para salvar a los egipcios, ¿no?”.

 

5. La paz del Nilo Blanco

uganda

A Justin Oroma le tocó ser vecino de la historia. De una historia sangrienta, otra más, de Sudán del Sur: a principios del pasado mes de julio, la guerra estalló en la calle donde su familia vivía en Yuba, la capital del país. “Mi casa está al lado del campamento de Machar –el líder rebelde nuer–, y lo vi todo con mis propios ojos. Vi como los soldados tomaban posiciones, sacaban lanzagranadas y cohetes. Había armas por todos lados y muchos nervios. Yo estaba muy asustado”, contaba. A sus 18 años, Justin fue testigo de como, de un plumazo, el conflicto alcanzaba las calles de la capital y los combates entre el Gobierno dinka y los rebeldes nuer desparramaban el caos y la muerte por todas partes.

Uganda, donde nace el Nilo Blanco, recibía aquellos días de verano a miles de sursudaneses. El goteo no se ha detenido: desde aquellos días de julio, 2.200 refugiados llegan cada día a territorio ugandés, que ya acoge a más de 810.000 sursudaneses.Durante semanas, el asesinato de civiles y las violaciones masivas se convirtieron en norma en una nación a la deriva. Justin vio tantos cadáveres aquellos días, muchos de ellos de amigos o conocidos, que no se lo pensó. En cuanto la ensalada de tiros paró en una breve tregua, se embutió en un coche con otras 20 personas tan asustadas como él y huyó hacia el sur: a Uganda. “Aquí hay paz y yo sólo quiero paz, sólo eso”, repetía sentado bajo un árbol, aún con el miedo en el cuerpo, pocas horas después de cruzar la frontera.

Antes de contar su historia, Justin había permanecido en silencio mientras escuchaba las palabras tristes de dos ancianas exhaustas, también recién llegadas, que habían cruzado la frontera a pie. Las octogenarias contaban historias de horror y niños soldado, de caminatas nocturnas con el miedo en la garganta para poder escapar.

Cuando una de las mujeres exclamó que sólo quería ser enterrada en Uganda, porque ya no quedaba país al que volver, Justin no pudo reprimirse y la interrumpió: “Por supuesto que no. Ninguno de nosotros volverá a Sudán del Sur; allí la guerra siempre vuelve y sólo hay muerte. Ahora estamos en Uganda, aquí nos quedaremos, aquí hay paz, aquí hay seguridad. Uganda es nuestro hogar ahora”. Y alzó tanto la voz, sus palabras se amargaron tanto, que más que una elección, el nuevo hogar de Justin Oroma sonó a descarte.

Hijos del Nilo
Xavier Aldekoa
Ed. Península