Una generación olímpica

Son duros como los tiempos en los que les ha tocado formarse. Como si el año olímpico en el que nacieron les hubiera contagiado su carácter, los jóvenes de 25 años de hoy aceptan que van a tener que luchar por todo y no renuncian a ninguno de sus objetivos. Esforzados, individualistas, viajeros, tecnológicos, con conciencia de ser una generación puente, algunos de ellos cuentan aquí quiénes son y a qué aspiran.

Nacieron en 1992 en un país que se presentaba al mundo con la creatividad de La Fura dels Baus y Comediants, el brillo de la flecha del arquero Rebollo en los Juegos Olímpicos de Barcelona y la velocidad del AVE. Casi 400.000 bocas que tomaban biberones cuando Sevilla mostraba una era de descubrimientos que debían acogerlos y lanzarlos al futuro. Sus lloros despertaron a sus padres mientras otros gozaban las veladas de Madrid Capital Cultural Europea. Y aprendían a caminar ­cuando el 13 de mayo de 1993, el jueves negro ­trajo a España una crisis nacida en Japón que ya azotaba el resto del ­mundo hacía ­tiempo.

De aquello se salió en 1996 con una política económica diseñada para incentivar el crédito privado y la construcción, que por más de diez años creó riqueza, los hizo niños afortunados y los acompañó hasta el final de la ESO en una burbuja que estalló en el 2007. Hijos deseados de familias aún tradicionales, de parejas casadas por la Iglesia, con pocos hermanos, lo tuvieron todo y vieron llegar los teléfonos móviles, las redes sociales y la tecnología que hoy lo inunda todo. Tienen conciencia de ser una generación puente, que ha vivido en la abundancia y los recortes, en lo ­analógico y lo digital, en la tradición y en una nueva sociedad, con la vieja política, los ­fogonazos del 15-M y una situación distinta que miran con algo que no es egoísmo sino un individualismo inducido por sus circunstancias.

Magazine ha hablado con jóvenes que este año cumplen 25, de Barcelona, Sevilla y Madrid, las capitales del 92, para saber cómo piensa, siente y vive una generación que afronta sus dificultades con lucidez y empuje y sabe dónde tiene sus pilares.
 

Los estudios

“Lo son todo para nosotros. Sin ellos estaríamos muy limitados en el futuro”, dice Javier Agustí, ingeniero mecánico barcelonés que cursa en Madrid un máster en energías renovables. Lo que él proclama se repite en todos los entrevistados. Como el químico madrileño Diego Peralta, licenciado en Alcalá y con máster, en paro y encerrado a estudiar hasta que consiga una plaza de químico interno residente (QIR) en un hospital. O el ­ingeniero de telecomunicaciones sevillano Miguel Morillo, uno de los pocos con trabajo fijo que, aun así, reconoce que, en su generación, “con sólo una carrera no vas a ninguna ­parte”.

Han vivido la abundancia y los recortes, lo analógico y lo digital, la vieja política, el 15-M y una situación nueva que observan con un individualismo inducido

A una edad en que quien tiene estudios superiores (más de un 41%) ya ha podido acabar un máster, opinan que nada ­bastará hasta que alcancen sus objetivos vitales. “Los ninis funcionan sólo en lo ­periodístico”, reivindica Inés Martín-Borregón, graduada en Administración de Empresas que acaba de cursar un máster en moda en París. Más claro lo expone Susanna Pérez Solé: graduada en Integración Social, ­busca una plaza en Psicología para aspirar a un trabajo mejor que el actual, de monitora de comedor escolar. “Con los estudios –apunta–tenemos una relación de amor-odio: tenerlos y ­ampliarlos es necesario para ganar más o ­conseguir un trabajo que te satisfaga. Las circunstancias obligan a estudiar ­demasiados años para lo que luego conseguimos y dificul­tan alcanzar una independencia”. Y fuerzan a alargar la convivencia con la familia.
 

La familia

“Sigo viviendo con mis padres. Lo peor es que no atisbo la posibilidad de que mi situación cambie”, se queja la sevillana Estefanía Cuder, maestra con un máster en Psicopedagogía que no ha cotizado aún  “ni un euro” a la Seguridad Social. Es un caso extremo, pero pocos viven ­fuera del hogar paterno, y aun esos lo consideran provisional: por estudios o por un trabajo temporal. Sus ingresos no les permiten independizarse. Pero no se lo toman muy mal.

Por un lado, como describe Diana Borbón Muñoz, licenciada y máster en Derecho y cajera de supermercado, la comunicación entre generaciones es más fluida que en tiempos de sus padres porque estos “tienen la mente más abierta” que sus abuelos; por otro, hay un sentimiento de gratitud, como el de Javier Agustí, que ­reconoce el “esfuerzo y sacrificio” de sus ­progenitores, que le han dado “disciplina con afecto, más como confidentes que con autoridad”. Martín-Borregón señala que “hay más control familiar y a la vez menos: la familia no está tan cerca, pero si te llaman por teléfono y no respondes, ¡parece que has matado a alguien!”. Y este comentario conduce al punto de la tecnología.
 

La tecnología

El último Google Consumer Barometer Report, de febrero de este año, señala que un 93% de los españoles menores de 25 años accede a internet a diario en sus smartphones. Pero lo que diferencia a la generación 92 lo explica Javier Agustí a partir de su memoria: “Recuerdo cuando mis padres no tenían aún móvil. Siento que somos de las últimas generaciones que han vivido la era pretecnológica y han visto los cambios, como la llegada de WhatsApp. Somos conscientes de lo que implica y de que hemos de hacer buen uso de ello. En cambio, mi hermana de 15 años no usa la tecnología como herramienta: es su forma de vida. No habla por teléfono, usa WhatsApp o FaceTime. Tenemos que mirar atrás para ver cómo debería ser nuestra relación como seres humanos. La tecnología se hizo para acercarnos, pero casi nos aleja más”.

En la familia observan más control y, a la vez, menos: “No están tan cerca, pero si te llaman por teléfono y no respondes, ¡parece que has matado 
a alguien!”

Diana Borbón apunta la parte buena de esa hipercomunicación: el apoyo a ­distancia. Ella mantiene grupos de chat familiares que la ayudan: “Puedes hablar con tu tía constantemente, antes quizá lo hacías una vez al mes. La tecnología ayuda a ­relacionarse más, y yo lo vivo como un apoyo real”. En cambio, Pérez Solé es de las ­críticas: “Quizás ahora la sociedad real da más miedo: antes te caías en la calle y la gente te ayudaba; ahora, a lo mejor nadie te echa una mano o te graban y lo cuelgan en internet”. Juan ­Pablo Tornos Vidal, ­abogado, la secun­da en el comentario sobre la obsesión por ­grabarlo todo, lamenta la molesta presencia de aparatos electrónicos en cenas y reunio­nes sociales y reprocha a las redes sociales la banalización del concepto de amistad.
 

La amistad

Es un asunto en el que Tornos coincide con sus coetáneos, que observan con distancia y sospecha el uso, entre comercial y trivial, que se hace de la palabra amigo en plataformas como Facebook.  “Se ha confundido amigo con conocido… ¿con cuántos de tu ‘lista de amigos’ te irías de viaje?, dice. “Conozco gente que ha hecho amigos en redes sociales, pero no es mi caso, y en la mayoría de las personas que conozco, hay mucho aparentar”, añade Borbón. “Los likes tienen valor cero aunque se coticen como verdad”, tercia Agustí. “Nos cuesta poco hacer amigos, o más bien decir la palabra amigo; quizás otras generaciones anteriores le daban más valor”, admite Pérez.

Con la capacidad de análisis que le dan sus estudios de filosofía, el también psicólogo Lucas Benenti, nacido en plenos Juegos Olímpicos, recita los nombres ilustres que han ­advertido sobre “la caída de las grandes evidencias”: Zygmunt Bauman, Manuel Castells o el papa Francisco están entre quienes han avisado de las dudas que hoy se plantean, por ejemplo, sobre “si existe la verdadera amistad”. “Somos una generación más herida –explica Benenti–, con más necesidad humana, con todo más a flor de piel. Segui­mos necesitando que nos quieran y confíen en nosotros, pero eso ya no está en la calle”. Una calle en la que estos jóvenes se buscan día a día su futuro laboral.
 

El trabajo

Es la cifra de todos sus esfuerzos, la medida de su éxito en la vida. Esta “generación sobrecualificada, pringada, autodidacta y emprendedora”, según Martín-Borregón, ha aprendido a valorar el empleo como un bien escaso. Las cifras dicen que en España, un 39,3% de la población activa menor de 25 años está en paro. De los entre­vistados para este reportaje, seis trabajan (55%): dos con empleo fijo a tiempo completo; otros tres, a tiempo parcial, y el ­sexto, en precario; los otros cinco (45%) están desempleados; es decir, que el conjunto se acerca a la media y muestra distintos ­matices.

Cabe empezar por los testimonios de Peralta y Cuder. El químico madrileño ha apostado por el ­sector público para conseguir, vía oposición, “un trabajo bien pagado y estable” que no halla en el privado. Quizá cuando lea este ­artículo reflexione ante la experiencia de la maestra sevillana, que con sus oposiciones aprobadas se vio sin plaza debido a la política de recortes de la Administración andaluza.

Se reconocen impulsivos y frágiles, y a la vez, defienden que cuando se implican desarrollan una gran capacidad de emprendimiento: si quieren algo, son imparables

En la tierra media se halla, por ejemplo, la madrileña Beatriz Montejano, ­graduada en Turismo, que compagina un máster con un trabajo de comercial de media jornada. “Lo hago porque necesito sentirme independiente, no tener que pedir dinero a mis padres”; mientras encuentra algo más satisfactorio, explica, “no pienso en independizarme o en tener una familia… ¡Es que si no tengo trabajo, nada de eso es posible!”. No es la única que acepta ocupaciones transitorias a la espera de encontrar su oportunidad: Diana Borbón se ha pagado los estudios trabajando de cajera y constata con rabia el “clasismo” aún presente en la sociedad y la “diferencia de trato” que recibe de la gente según se presente por su título de abogada o por su empleo; Pérez Solé, que también tiene experiencia comercial, reconoce que no le importaría volver a trabajar en este ámbito si fuera ­preciso.

Junto a la inquietud por su futuro, late en estos jóvenes otro tipo de preocupación que Benenti sitúa entre “las preguntas que no encuentran respuesta”. Como, “¿cuál es mi valor como persona si estoy en paro?”. Quizás no tengan respuesta desde el punto de vista filosófico, pero sí desde el vital.

Queco Mayol es uno de los afortunados con trabajo fijo. Este economista que se quedó en la empresa donde hizo prácticas durante la carrera resume su visión del tema laboral: “Nuestra generación tiene ­asumidos tres principios: si hay que ir al extranjero, no es un drama; estudiar una carrera no implica trabajar en ella; la formación profesional a veces abre más puertas que la universidad. Quien se mueve siempre encuentra algo, aunque no sea en su campo, su ciudad o su país, o sea duro y exija muchas horas”. En línea con él están Pérez Solé (“a veces tienes que aceptar condiciones lamentables, pero si pones empeño, encuentras”) o Montejano (“no me he preparado todos estos años para trabajar de cualquier cosa”, por lo que no descarta marchar al ­extranjero “si aquí no ­encuentro nada”). Sin duda, la respuesta de esta genera­ción a la pregunta de Benenti es pasar a la acción. Y si eso exige marchar al ­extranjero, a menudo se juntan la necesidad y el gusto.

 

El viaje

De los datos fraccionados que proporciona la Encuesta de Turismo de Residen­tes del INE se deduce que más de un millón de españoles entre 15 y 29 años viajaron al extranjero en el tercer trimestre del 2016. Cruzar las fronteras, por turismo, formación o trabajo, es otro mantra de esta generación. Admiten que la falta de responsabilidades, la globalización y la bajada de costes de los transportes lo hacen más accesible que para sus padres. Mayol recuerda: “Hace 60 años la gente también marchaba y trabajaba muy duro, y no pasaba nada”. Y entre los inquietos que tienen en su programa vital ver mundo antes que, por ejemplo, formar una familia, se cuentan Pérez Solé y Agustí, que prefiere irse “con amigos, porque son viajes que dejan más impacto”.

 

¿Individualistas?

En el contraste entre empuje y fragilidad, sociabilidad y egocentrismo, implicación y hedonismo define su carácter esta generación. Son ­conscientes de lo que sus padres habían hecho ya a su edad y ellos no van a lograr aún: trabajo estable, emancipación, una familia, hijos en algún caso. Para muchos de quienes hoy tienen 25, según Pérez Solé, los hijos “son proyectos que se asumen cuando es posible hacerlo, ligados a la estabi­lidad personal, ­económica”. La pareja es un acuerdo entre iguales que se mantiene mientras ambos se sienten compensados por la relación y excluye ataduras y, por supuesto, ­violencia.

La religión y la espiritualidad son bastante ajenas a una generación ­volcada en ­asentarse en la realidad. Respetuosos con las creencias de cada cual, apuestan más por los valores cívicos. Se reconocen impulsivos y con un punto frágil. “Tenemos un listón muy bajo ante la decepción”, advierte Morillo. “Somos del primer impacto, de dejarnos llevar por la emoción, todo está siempre en primer ­plano, y el miedo al fracaso paraliza”, completa Benenti. Y a la vez, varios de ellos defienden que cuando se implican, desarrollan una gran capacidad de emprendimiento. Esta idea también es un sentimiento: si quieren algo, son imparables.

Los entrevistados muestran poco interés por la política, aunque Cuder exprese opiniones ácidas sobre la presidenta andaluza. La mayoría dice optar por sacarse ellos las castañas del fuego. No es indiferencia. “Soy consciente de que el sistema está podrido –indica Peralta–. Espero que algo pase. Seguramente yo no lidere el cambio, pero lo apoyaré”. Tampoco son pesimistas. Montejano lo explica al decir que sus problemas no le impiden sentirse llena de vida, luchar por lo que quiere y confiar en que un mundo y una España mejor son posibles. Al fin y al cabo, señala, “nací en el año al que Freddy Mercury y Montserrat Caballé dedicaron  esa canción tan poderosa y llena de fuerza, Barcelona, que siempre me acompaña”.

DE 1992 A HOY

Nacimientos en 1992

Total 396.747
Varones 204.727
Mujeres 192.020
Tasa de fecundidad (hijos por mujer en edad fértil, 15-49 años) 1,23 (menos de 2,1 no asegura la renovación de la población)
Edad media de las madres 29 años. 

Nombres más usados en la década de 1990

Niña María, Laura, Cristina, Marta, Sara
Niño José, Miguel Ángel, José Manuel, Juan, Marc

Matrimonios por 1.000 habitantes

1992: 5,51  2015: 3,59


Edad media al llegar matrimonio 

1992
Hombres, 28,15 años
Mujeres, 26 años
2015
Hombres, 34,8 años
Mujeres, 32,6 años


Nivel de educación entre 25 y 34 años en el 2016

• Inferior a 2.ª etapa de secundaria 34,7%
• 2.ª etapa de secundaria 24,3%
• Educación superior 41%


Carreras universitarias con más demanda laboral

2010 (año de acceso a la universidad de la generación del 92): 
• Administración y Dirección de Empresa
• Ingeniería Industrial
• Ingeniería Técnica Industrial
• Economía


2015 (año de teórica incorporación al mundo laboral de los licenciados)
•  Administración y Dirección de Empresa
•  Informática
•  Comercio y Marketing
• Ingeniería Industrial

Paro en menores de 25 años, abril del 2017

Total 39,3%
Hombres 40,2%
Mujeres 38,2%

Viajes de los españoles al extranjero, tercer trimestre del 2016

5.503.892
Porcentaje en la franja de 15 a 29 años en el tercer trimestre del 2015: 19,5%

Fuentes: INE, Instituto de Política Familiar, EPA, Infoempleo Adecco, Inem y elaboración propia