Una infancia cada vez más corta

Los niños y las niñas cada vez dejan antes la infancia y, con ella, el pensamiento mágico, lo lúdico y la capacidad de sorpresa. En un mundo que va a mil por hora, ellos quieren ir a la misma velocidad y con 8 años se comportan como si tuvieran 12 sin estar preparados para ello. ¿Es un fenómeno irreversible? ¿Y qué consecuencias conlleva apurar el espíritu de la niñez?

"Los 50 son los nuevos 40”, “los 40 son los nuevos 30”. ¿Quién no ha oído estas frases? Son algunos de los eslóganes de moda y provocan sonrisas porque son síntoma de una sociedad adulta cada día más rejuvenecida y activa. Pero tal vez la sonrisa se nos congelaría si nos dijeran que “los 8 son los nuevos 12”. Y es que los niños y las niñas cada vez dejan más temprano la infancia, una etapa del desarrollo caracterizada por el pensamiento mágico, lo lúdico, la inocencia y la capacidad de sorpresa. En un mundo que va a mil por hora, los pequeños quieren ir a la misma velocidad, abandonan las muñecas, los coches y otros juguetes y juegos tradicionales y se adentran en la adolescencia sin estar preparados para ello. Y casi sin que los padres se den cuenta.

Lo mejor que pueden hacer los padres por sus hijos es facilitarles tiempo y espacio para que jueguen con otros niños, defienden psicólogos y educadores

El espíritu de la niñez parece destinado al listado de las especies en vías de extinción en países tan diferentes como China, Costa Rica, Francia, Alemania, India, Venezuela, EE.UU. o España, según una encuesta a padres y madres de 20 países realizada por Ipsos, que muestra que el 84% de ellos considera que sus hijos están creciendo más rápido que las generaciones previas. Siete de cada diez progenitores creen que sus niños y niñas deberían tener más tiempo para comportarse como tales. Apena que los niños pierdan la inocencia, pero los padres también añoran el tipo de diversión que tenían cuando eran pequeños. De hecho, casi un 60% cree que no pasan momentos de “diversión despreocupada” en familia de forma diaria, y el 54% asegura que raramente experimentan sensaciones de alegría como en su infancia. Entonces, ¿por qué no alargar esa felicidad, por qué se está apurando tanto la considerada etapa más dichosa de la vida? ¿Y qué consecuencias conlleva este fenómeno?

“Los niños siempre han querido ser mayores, porque tienen a los adultos como un ideal y porque les empujan a ello estímulos sociales muy fuertes, pero la diferencia es que antes los padres podían poner límites y convencerles de que aún no tocaba”, explica la psicoanalista infantil Mercè Collell, que recuerda que si se queman etapas hacia la madurez muy rápido, estas no se cierran bien y puede dar lugar a una vida adulta infantilizada. 

Hace 20 años, el pensamiento mágico y lúdico duraba hasta los 13 años. Hoy desaparece entre los 8 y los 9, y cuando cumplen los 10, cada vez menos niños sienten placer por el simple hecho de jugar, de entretenerse sin más. Empiezan a imitar a sus actores, cantantes e instagramers favoritos; les preocupan cosas que a su edad no deberían, como la apariencia física; se visten con ropa que no corresponde a sus años y exigen un móvil que los conectará con el mundo sin salir de su habitación, un mundo adulto que los convierte en pequeños consumidores, que cada vez piden más y juegan menos. Entran en el espejo de una preadolescencia temprana que los ingleses, tan dados a inventar categorías, llaman tweenies o tweenagers (de teenagers, adolescentes, y wee, pequeñito).

Contradicciones
“La sociedad está acortando la infancia, ahora niños de 8 años te dicen que entretenerse con juguetes es cosa de ‘pequeños’”, explica la psicóloga Silvia Álava, autora de los libros Queremos hijos felices y Queremos que crezcan felices. Álava advierte que nos alarma que la infancia se pierda, pero señala una gran contradicción: muchos padres alientan a los niños a que hagan cosas que son más propias de la adolescencia, cuando su desarrollo cognitivo y evolutivo no corresponde a esa franja de edad. Desde pedirles algo tan contradictorio como que se diviertan en el parque sin ensuciarse, hasta vestirlos como adultos en miniatura –con ejemplos extremos como el corsé con el que Kim Kardashian vistió en verano a su pequeña North West, de 4 años, o los tacones que Suri, la hija de Tom Cruise y Katie Holmes, usa desde que cumplió los 3–. O dejamos que se entretengan con aparatos conectados a internet antes de que estén preparados para unos contenidos que se van a encontrar sin siquiera buscarlos, ya sean violentos o de carácter sexual… Y por otro lado, no les dejamos crecer, “no les damos –dice– responsabilidades propias de su edad o no les exigimos hacer aquello para lo que sí están preparados: les vestimos, les damos el desayuno cuando tienen edad para comer solos, les preparamos la mochila del cole... Lo hacemos por comodidad y para ganar tiempo, pero así no fomentamos su seguridad y autonomía”.

No es fácil saber cómo influye el acortamiento del tiempo de juego no tecnológico, pero se detectan problemas en los colegios que antes no había

En su libro Children at Play: An American History, Howard Chudacoff menciona la primera mitad del siglo XX como la “edad de oro” del juego libre de los niños. En el mundo occidental, los menores habían sido liberados del trabajo infantil y tenían mucho tiempo libre para jugar con otros críos. Pero paulatinamente, los adultos comenzaron a reducir esa libertad al aumentar el tiempo que los niños tenían que pasar en la escuela y, lo que es más importante, les acotaron la libertad para jugar incluso fuera del cole, correr, rebozarse en la tierra, trepar a un columpio por sitios por donde no toca... El deporte dirigido comenzó a reemplazar los juegos en que los niños pactan las reglas (escondite, pillar, los juegos de pelota); las actividades extraescolares se impusieron a los pasatiempos, y los temores paternos apartaron a los niños de las calles donde se encontraban con sus amigos y donde resolvían sus disputas por sí mismos, sin la intervención adulta.

Niños solos
Petra M.ª Pérez, catedrática de Teoría de la Educación de la Universitat de València y miembro del Observatorio del Juego Infantil, atribuye ese acortamiento de la infancia a la soledad, “en el sentido de que no pueden compartir sus juegos con otros niños. Y los niños, biológicamente, necesitan jugar para relacionarse, para crecer psicológica y socialmente”. Esta experta explica que, aunque se diviertan con sus padres, los niños tienen pocas posibilidades de jugar entre iguales, por falta de tiempo, pero también porque no tienen hermanos –o porque se llevan muchos años de diferencia–, porque no caminan solos hasta el cole con otros niños, por las actividades extraescolares, porque no siempre se puede cuadrar agendas con otros padres para llevar amiguitos casa… Si a ello se le suma que la vida de la nueva infancia se juega detrás de pantallas, donde todo está cuando y donde se quiere, desde los canales infantiles con programación ininterrumpida hasta los juegos electrónicos, que les enganchan todavía más que la tele, el conjunto explica la disminución del tiempo y el espacio que los niños dedican a desarrollar la imaginación y la creatividad. 

“Lo mejor que pueden hacer los padres por sus hijos es facilitarles tiempo y espacio para que jueguen con otros niños”, explica Pérez. Y si se les escucha, es también lo que reclaman los críos: una reciente encuesta del Ayuntamiento de Barcelona a 4.000 niños y niñas de entre 10 y 12 años –es la primera que pregunta directamente a los pequeños por su bienes­tar– apunta que el apartado de sus vidas en el que se sienten menos satisfechos, el que valoran peor con diferencia, es el tiempo libre de que disponen: más de la mitad respondieron que tienen poco, y el 40%, que no ­tiene el suficiente para hacer lo que le gustaría.

Los niños quieren jugar, pero además, el juego, sin que ellos sean conscientes, “es un poderoso incentivo para que cooperen y se respeten”, explica Pérez. Con el juego real aprenden que dar un empujón a otro niño tiene consecuencias; que si un peque no cumple las normas pactadas, lo apartarán, por tramposo, o que si la mandona del grupo intenta acaparar el juego y no tiene en cuenta a sus amiguitos, estos la dejarán de lado y comenzarán su propio juego. “Cuando los niños jugaban más entre ellos de forma espontánea, había menos problemas en el colegio porque fuera ya habían aprendido las reglas de interacción, el autocontrol y a dilatar la gratificación”, advierte la educadora.

Los niños necesitan a otros niños, pero también necesitan su propio tiempo para ellos, advierte Silvia Álava: “El mayor desarrollo del cerebro se da en el momento en que el niño juega solo y tiene tiempo para él. Cuando siente que se aburre es cuando puede desarrollar más su creatividad, y jugar solos desarrolla también la atención sostenida. Por eso son importantes los juguetes, porque son algo tridimensional que pueden tocar”. 

Si en el año 2000 los catálogos de juguetes tenían propuestas hasta los 15 años, explica Sònia Gimeno, jefa de compras de la cooperativa Abacus, y no había prácticamente juguetes para niños de entre 2 y 4 años, “porque se suponía que se entretenían con cualquier cosa”, ahora el gran nicho de mercado está justamente en esas edades, incluidos los juegos de mesa pensados específicamente para niños muy pequeños. Tal vez este nuevo mercado explique la paradoja de que las ventas de juguetes no paren de crecer (este año, un 7%), a pesar de que se reduce la edad en que los niños los piden. 

Según la última guía AIJU, que edita el Instituto Tecnológico de Producto Infantil y Ocio, el 90% de los niños de 2 años pasa más de cuatro horas a la semana jugando con juguetes, con 4 años esta cifra ya ha bajado al 53%; con 8, al 32%, y con 12 años únicamente el 9% de los niños y las niñas dedica más de cuatro horas semanales a los juguetes. A esa edad prefieren de largo los dispositivos tecnológicos. “Un niño no debería tener ningún acceso a las pantallas digitales antes de los 5 años”, recuerda Álava. 

A vueltas con la tecnología
¿Limitar el acceso a las tabletas, los smart­phones y las consolas? Tarea de titanes, cualquier madre o padre sabe lo difícil que es arrancar a un niño de las pantallas, que enganchan porque son muy rápidas y proporcionan estímulos constantes, “pero no les enseñan a dilatar la gratificación”, explica Pérez, lo que puede dar lugar a niños impacientes y que se frustren con facilidad, por lo que recomienda dilatar al máximo el momento en que se inician en su uso.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en España el 25% de los niños de 10 años tiene móvil, a los 11 años ya son el 45,2 %; a los 12, un 75%; a los 13, un 83,2%, y desde los 14 años, nueve de cada diez niños disponen de móvil. Y este, es sin duda uno de los temas que más preocupan a las familias. María Costa, directora de investigación infantil y de ocio del Instituto Tecnológico del Juguete, recuerda que “los padres y madres tienen un papel fundamental al ser los educadores y modelos de ejemplo e imitación, porque los niños repiten lo que nos ven hacer, y les estamos mostrando una continua utilización y sin límites de estos dispositivos”. La paradoja es que en Silicon Valley, el paraíso de la informática, triunfan los carísimos colegios sin ordenadores ni dispositivos electrónicos, y los ejecutivos de las empresas tecnológicas alejan a sus hijos de las pantallas todo lo que pueden, con la idea de que socialicen más y sean más creativos. 

Xavier Brinqué, profesor titular en Comunicación en la Universidad de Navarra, asegura que el niño no ha dejado de jugar, sólo cambian las formas de juego: “Un niño, desde que se levanta hasta que se acuesta, juega”. Considera un mito que a los niños sólo les gusten las maquinitas, pero reconoce que es difícil luchar contra el acortamiento de la edad de juego tradicional por la irrupción digital. Por eso “la industria juguetera diseña juegos más sencillos e inmediatos, que dan estímu­los rápidos, a imitación de los videojuegos, o que integran lo tradicional con la realidad aumentada, por ejemplo. Pero –advierte– igual que pensamos en los plásticos para que no sean venenosos, tendremos que pensar en las consecuencias de la tecnología en los juguetes, como las apps que requieren un teléfono móvil para jugar y por tanto conexión a internet. Es decir, habrá que hacer juguetes sensatos y muy jugables evitando los peligros, como los muñecos con electrónica que pueda ser hackeada”. Aunque, otra paradoja, los juguetes que tienen más éxito, dice Brinqué, “son los más sencillos, que permiten experimentar roles, imaginar, construir, destruir, compartir, competir”.

Las consecuencias
Que los niños jueguen diferente ¿significa que serán adultos diferentes a sus padres y sus abuelos? ¿Influye el juego en la clase de sociedad que conformarán cuando sean adultos? Petra M.ª Pérez explica que “no es tan fácil saber cómo influye el acortamiento del tiempo de juego, porque en realidad es muy difícil saber cuánto está jugando un niño, pero detectamos que hay problemas en los colegios que antes no había: cada vez más niños contestan y discuten a los padres y los profesores, crece el bullying –ahora además en las redes sociales–, algunos niños manifiestan falta de competencia emocional y social, son más impacientes (cuesta más convencerles de que no les vas a dar algo que dárselo), les cuesta superar la frustración y ponerse en el lugar del otro…”.

Kyung-Hee Kim, psicóloga educativa del College of William and Mary (Virginia), en su artículo “La crisis de la creatividad”, publicado en el Creativity Research Journal, también apunta que “los niños se han vuelto menos expresivos emocionalmente, menos enérgicos, menos habladores y verbalmente expresivos, menos graciosos, menos imaginativos, menos no convencionales, menos animados y apasionados, menos perceptivos, menos aptos para conectar cosas aparentemente irrelevantes, menos sintetizadores y con menos probabilidades de ver las cosas desde un ángulo diferente”. Es decir, menos creativos porque están dejando de comportarse como niños...

Qué hacer
“Siempre hay soluciones”, defiende la psicoanalista Mercè Collell, que considera que los padres tienen que recuperar el mando y perder el miedo a decir no a sus hijos. “Hay que aprovechar que los niños admiran a sus padres para recuperar la autoridad, y si hay que aguantar rabietas porque no les dejamos jugar con la tableta, pues habrá que aguantarlas”. Y no vale quejarse de que están enganchadísimos a los dispositivos electrónicos mientras los padres son los primeros ensimismados con el Facebook o el WhatsApp. Los niños necesitan jugar con algo tangible, tocar, experimentar –recuerda– y, sobre todo, tiempo para estar tranquilos y crear sus mundos imaginarios”. Y si dicen que se aburren, dejar que se aburran un poco más. Porque los niños a veces también se cansan de jugar.