Una pareja, dos religiones

Las parejas islamocristianas afrontan a diario retos, esquivan prejuicios, tópicos e incomprensibles, educan con valores que buscan integrar y no separar, y sobre todo intentan ser felices. Así son los matrimonios formados por cristianos y musulmanas, por cristianas y musulmanes en España.

Estas son historias de varias parejas que viven en su día a día con conceptos como integración y respeto y que luchan contra los de fanatismo o terrorismo. Que se quieren y en las que una parte es musulmana y la otra cristiana, que existen y que no paran de crecer porque la coexistencia entre las dos comunidades es cada vez más grande. Se calcula que en España residen casi dos millones de personas de religión musulmana, en cifras del 2017, según la Unión de Comunidades Islámicas de España (Ucide) y el Observatorio Andalusí.

“Las parejas mixtas son un laboratorio social muy interesante, porque concentran en su vida cotidiana los grandes retos de la sociedad”, resume Jordi Giró, autor junto con Ahmed Benallal de Les parelles mixtes islamocristianes (Las parejas mixtas islamocristianas, editorial Claret), un libro muy completo sobre la complejidad de este tipo de parejas, que también se aborda en el trabajo Parejas de colores, de Patricia Moren (Océano Ámbar).

“Las parejas mixtas son un laboratorio social muy interesante, porque concentran en su día a día los grandes retos de la sociedad”, analiza el experto Jordi Giró

“La concepción del islam es mucho más comunitaria, aquí todo es más individualista –ilustra Giró–. Son dos puntos de vista que provocan muchos recelos. En los países de mayoría islámica, el matrimonio es una institución social, en los de tradición católica secularizados es más una opción personal. Sólo hay que ver cómo ha cambiado la sociedad española en conceptos como la sexualidad, la religión o el matrimonio para ver cuánto nos queda para entendernos”.
Los autores del libro explican que el mundo musulmán acepta el matrimonio de un hombre musulmán con una mujer cristiana o judía, pero no se permite que una mujer musulmana se case con alguien que no lo es porque la transmisión de la fe es por la vía paterna. Jordi Giró asegura que al final “todo es una cuestión de identidad cultural de grupo. Las concepciones antropológicas de lo que es un hombre y una mujer han cambiado mucho en los últimos siglos, y los musulmanes que quieren vivir el siglo XXI están haciendo la misma evolución que hicieron los católicos. Por ejemplo, Túnez acaba de aprobar que las mujeres musulmanas que viven allí se puedan casar legalmente con hombres no musulmanes. Eso es –analiza– una revolución en las costumbres”. Giró y Benallal lamentan que las parejas mixtas islamocristianas “no tienen ningún tipo de acompañamiento. Desde el grupo de trabajo GRIC queremos impulsar la creación de una asociación de parejas mixtas, en la línea de lo que hay en Francia, para concienciar a las autoridades civiles y religiosas y que haya más comprensión y ayuda para todos”.

Aroa Ortega, del Centre Euro Àrab de Barcelona, comenta que es “casi imposible encontrar casos de mujeres musulmanas casadas con hombres cristianos. De hecho, a menudo él se convierte al islam para poder seguir la relación, aunque a veces es una conversión un poco falsa o muy apoyada en costumbres culturales”. Ortega cree que el número de parejas islamocristianas crecerá, pero también que la historia no es la misma para el hombre o la mujer. “La inmensa mayoría de las chicas jóvenes musulmanas que viven aquí ni se fijan en los hombres cristianos, no dan pie a tener una cita. La presión social es muy fuerte, y optan por anteponer su familia y su religión a su amor”.

A continuación aparecen cuatro parejas, con sus historias y familias. Otras han preferido no ser fotografiadas ni citadas, pero han explicado su testimonio. Cristina –nombre ficticio como todos los que salen en este párrafo– estuvo viviendo con un pakistaní, se convirtió al islam, pero luego terminaron la relación. Pedro está casado con una turca, liberal y laica aunque sigue algunas tradiciones culturales del islam. Laura está casada con un senegalés y antes de casarse pactaron cómo plasmarían su práctica religiosa. Fátima se casó con un católico, pero, si explica su caso abiertamente, en Marruecos o Arabia Saudí la pueden detener y someter a un juicio por apostasía. Maite es profesora de religión católica y se casó, con dispensa canónica, con un musulmán. Cada casa es un mundo, y cada pareja contiene en su casa el mundo en miniatura.

Soumeya y Miguel

Soumeya Nibouche es de Argelia, y Miguel Pérez es español. Se conocieron el año 2000 en Oviedo, en un intercambio cultural que se organizaba para los estudiantes universitarios. Ella estudiaba medicina, y él, ingeniería industrial. Se casaron y tienen una hija de 14 años. Viven en Madrid. Al comenzar su relación, recuerdan que tuvieron que lidiar con muchos frentes: “Hay un gran desconocimiento de la cultura y la religión musulmana”, aseguran. Además, la situación política en aquel momento no ayudaba nada. Soumeya rememora: “Argelia estaba en plena guerra civil, y los medios de comunicación lo pintaban todo muy mal. Los padres de Miguel no entendían nuestra relación, y temían un lavado de cerebro o algo peor. Es totalmente comprensible, especialmente para una madre. Por esto tomamos la firme decisión de entenderles, respetarles y estar al margen unos años, pero sin que él cortara la relación con ellos”.

“A nuestra hija la hemos criado partiendo de una base en el respeto y el amor a los demás sin excepción; la diversidad es lo que más nos enriquece”, dicen Soumeya y Miguel

El paso de los años les dio la razón en esta decisión. “El tiempo lo cura todo –asegura Soumeya–. Al ver que su hijo no había cambiado en absoluto, sino todo lo contrario, que hacía todo para demostrar que nuestra relación no afecta al amor que les tiene, la postura de los padres cambió”. Miguel corrobora: “La relación entre mis padres y nosotros mejoró mucho, como debe de ser. La vida es muy corta y uno merece vivirla en armonía y con mucho amor”.
Respecto a los padres de ella, Miguel recuerda que el padre “se mostró un poco reacio, por no conocerme, hasta que pasó un tiempo. Pero la madre y la tía paterna me mostraron todo su apoyo”. Y los amigos de las dos partes les apoyaron sin problemas. Se casaron por lo civil y por el rito musulmán.

En la relación con los demás, Soumeya no deja de lado la pedagogía de su cultura. “Por desgracia, la ignorancia lleva a los mismos perfiles de gente a las mismas preguntas de siempre. Pero la mayoría de las veces les explico en pocas palabras qué es el islam, para quien quiera ir más allá de la anécdota del cerdo, el velo o el alcohol”. Y es rotunda sobre la necesidad de convivencia: “Nos queda mucho por recorrer: hay una gran falta de humanidad, de valores, principios y respeto al prójimo”.Si se les pregunta si creen que una pareja mixta tiene más problemas que otra que proceda de una misma cultura o religión, son categóricos: “Para nada. Eso va en la pareja. Y nosotros no hemos encontrado nada que nos impida estar juntos mientras nos queremos incondicionalmente y nos respetamos”. También consideran que el contexto cultural de Soumeya ha ayudado a que se comprendan mejor y a superar prejuicios.

“Yo he viajado desde pequeña a diferentes países europeos y convivido con diferentes culturas, ya que Argelia fue colonizada por Francia y desde los años setenta siempre hubo inmigración de búlgaros, rusos, españoles y franceses”. Cuando piensan en la educación de su hija, concluyen: “No ha podido ser mejor”. Explican: “La hemos criado partiendo de una base en el respeto, valores, principios y el amor a los demás sin excepción. Cada cultura es especial, y esa diversidad es lo que más nos enriquece. La mezcla de las diferentes creencias, costumbres, tradiciones y fiestas religiosas forma parte de nuestra vida diaria e influye en nosotros de muchas maneras positivas”.

Samyra y Luis

Samyra Lamarty, de Marruecos, y Luis Irastorza, de Bilbao, se conocieron cuando eran estudiantes universitarios. Vivían en la misma zona de Colegios Mayores en Madrid. Hace 32 años se casaron, y tienen tres hijos: Aida, de 28 años; Myriam, de 26, y Samir, de 25. Viven en Madrid. “Yo era una chica árabe normal, –rememora Samyra–. Mi plan era doctorarme y volver a Marruecos. Ese era el itinerario trazado para una muchacha de mi entorno social, con la posibilidad de estudiar en París y en Madrid. Ni se contemplaba la posibilidad de que yo pudiera conocer a alguien que se convirtiera en mi futuro esposo. Para la Umma (comunidad musulmana) sólo existe un matrimonio mixto: varón musulmán con mujer judía o cristiana, nunca con una mujer atea o agnóstica”. Samyra recuerda que esa norma, “que puede chocar en Occidente, yo la tenía absolutamente asumida. Hasta el día en que Dios puso en mi camino a Luis. Siento vértigo al recordar lo que para mí eso supuso, con 21 años”. Encontró rechazo y poca comprensión: “Todo lo que hasta entonces habían sido firmes y sólidos pilares de mi vida fue tambaleándose: fe, familia, círculo social, los ulemas que conocía. Personas a las que yo quería y admiraba por su sabiduría y ecuanimidad me negaron la palabra, por mi ‘desvío de la recta vía’”.

“Hemos tenido que desechar prejuicios que pesaban sobre nuestras religiones, culturas y tradiciones. Hemos tenido que echar mano de mucho cariño y paciencia”, cuentan Samyra y Luis

Samyra explica que con el tiempo fortaleció su desarrollo personal. “Al final uno tiene que apelar a su conciencia para dar el paso. Hoy intento vivir mi fe como un programa de vida y actúo en consonancia con él”. Tanto ella como Luis creen que a sus dos comunidades, la católica y la musulmana, “les faltó voluntad para un diálogo sereno y humilde. Prefirieron poner el acento en lo que nos separaba”. La existencia de dos religiones diferentes dentro de una pareja genera desafíos a los que hay que hacer frente. Para Luis, “es la convivencia íntima de dos cosmovisiones con profundas diferencias. Pero también es una enorme oportunidad para crecer y avanzar en el apasionante camino hacia la verdad y hacia Dios, porque no podemos aceptar que el amor esté limitado al estrecho marco temporal de nuestra vida”. Samyra reafirma que “el desafío real” en su caso fue que los dos eran “creyentes firmes” de sus religiones respectivas: “A mí me interesa el reto de las parejas que se planteen algo, que sean creyentes o practicantes en mayor o menor medida”. 

Ambos consideran que en su matrimonio han tenido “que desechar prejuicios y estereotipos que pesaban sobre cada una de nuestras religiones, culturas y tradiciones. Hemos tenido que echar mano de mucho cariño, mucha delicadeza y mucha paciencia. Para querer a una persona a lo largo del tiempo hace falta grandes dosis de voluntad, esfuerzo y renuncia”.

En cuanto a la educación de los hijos, Samyra explica: “Ingenuamente, mi marido y yo creímos al principio que lo mejor sería dejarlos crecer y luego cada cual eligiese de las dos creencias la que más le transmitía. A medida que fueron creciendo nos dimos cuenta de que uno no puede elegir si no conoce ni vive ninguna de las opciones. En algún momento llegué a ver a mis hijos como los trapecistas del circo que se tienen que tirar sin una red que los sostenga en caso de caída. Sólo el amor, la generosidad e incluso un planteamiento original y genuino del hecho religioso en sí ayudan a superar esta situación”.

Óscar y Samira

Samira el Ansari y Óscar Torres se conocieron en Lleida, donde eran vecinos. Ella es de Marruecos y musulmana. Él es español, católico, y se convirtió al islam para casarse con Samira y formar una familia. Tienen un hijo, Nidal, de 9 años. “Nuestra relación fue aceptada por todos, tanto los amigos como las familias, que nos aprecian muchísimo”, rememoran. Solamente una amiga de Óscar estuvo en contra de esa relación. “Textualmente, decía que no podía imaginarme con una mora. Pero cuando la conoció cambió su visión”, cuenta él.

“Muchos piensan que casarse con un musulmán es vivir atado y la verdad es que el Islam nos respeta, transmite paz. El gran problema es cómo mostrar al mundo esta religión si se identifica con el terrorismo”, explica Samira

Samira explica que ella nunca pensó en abandonar su religión. “Antes de que empezáramos nuestra relación, le quise dejar muy claro que no me casaría con un chico que no fuera musulmán. Pero tampoco quería que se convirtiera solamente para casarse conmigo. Nos casamos al principio por el ritual islámico, y después por el rito civil”. Óscar, por su parte, le quita importancia. “Desde que nos conocemos –revela Óscar– estoy haciendo el Ramadán y lo hago contento, y no como cerdo ni lo echo de menos. Son hábitos a los que cualquiera puede adaptarse. Los amigos y los familiares no musulmanes nos respetan muchísimo”. 

De hecho, lo que viven en su vida cotidiana es una suma más que una resta: “Nosotros celebramos tanto las fiestas musulmanas como las cristianas. Hay cosas que las celebramos más como factor cultural y otras más desde el punto de vista religioso. Por ejemplo, celebramos el Ramadán y la fiesta del Cordero, y también la Navidad y la Semana Santa, pero más como cultura”.

Así es también como están educando a su hijo. Le transmiten su fe y sus creencias y le enseñan a respetar. Samira es rotunda: “Mi hijo sabe claramente que sus padres son musulmanes, lo acepta y lo cree, porque los dos educamos en la misma línea. Al mismo tiempo, respeta la religión cristiana, porque vive aquí y tiene su familia y amigos que no son musulmanes”. Ambos coinciden en que es muy importante hablar al principio de la relación: “Si no, es evidente que con el tiempo saldrán los problemas. También es un factor de riesgo cuando una parte de la pareja acepta según qué cosa sólo para estar con el otro: enseguida chocarán”.

Consideran que los valores del mundo islámico y del mundo occidental no son tan diferentes: “Nosotros creemos que todas las religiones luchan por lo mismo, la paz y la tolerancia. La diferencia es cómo se vive, o si le llamas Alá o Jesús”. Denuncian que falta mucho camino por recorrer hasta la verdadera convivencia: “Mucha gente piensa que casarse con un musulmán es vivir atado, y la verdad es que el islam nos libera, nos respeta, nos transmite paz. El gran problema es cómo mostrar al mundo esta religión si se identifica ser musulmán con ser terrorista”.

En este sentido, están convencidos de que una pareja islamocristiana tiene que aguantar un plus de desconfianza, sobre todo la mujer. “Lo primero que quieren saber sobre una mujer es si lleva el pañuelo o no. No se preocupan por saber sus estudios, sus capacidades y sus intereses… La gente no sabe que la mujer musulmana es una mujer muy fuerte y luchadora. Al verla con un pañuelo la ven con un valor muy bajo. Antes de juzgar a una persona por su religión o por el pañuelo que lleva, hay que acercarse a ella y conocerla”, dice Samira.

Omar y Dunia

“Al principio todo es muy bonito, el enamoramiento es fantástico, pero la vida real es otra cosa”. Lo afirman rotundos Dunia Carulla y Omar Charah. Ella, catalana; él, de Marruecos, viven juntos desde hace 11 años cerca de Lleida y tienen tres hijos: Etna, de 20 años (de la primera pareja de Dunia); Issam, de 9 y Aïxa, de 7. “Hemos luchado mucho y parece que no avanzamos”. Cuando empezaron su relación, encontraron prejuicios y muchas sospechas. “Nosotros no tenemos ningún problema –dicen entre risas–, el problema lo tienen los demás”. Dunia explica que muchas de las personas de su entorno les aceptaron, pero que otras no tanto. “En cambio la familia musulmana me ha aceptado muy bien y no me han presionado en nada”. Omar asegura: “Como yo ya vivía aquí hacía años me decían: ‘Ah, este ya es nuestro’, como si se pudiera ser de alguien”. Por eso, tiene reticencias sobre el significado real de la integración: “La integración no existirá nunca. Sí la convivencia y el respeto. Si a un musulmán le dicen que para estar integrado tiene que hacer como un católico, lo va a rechazar. Pero sí hay que conocer el país donde vives, la cultura, las leyes, y respetarlo. Y con esto se puede convivir”.

“Cuando estás con un ‘moro’, porque así los llaman, tu nivel social baja al subsuelo. Más que racismo, es clasismo. Si mi pareja fuera saudí y estuviera forrado, sería árabe”, ironiza Dunia, pareja de Omar 

Pero esta pareja también es crítica con la comunidad musulmana. “El colectivo marroquí tampoco ayuda a que haya más convivencia. Sobre todo las mujeres tienen miedo de perder su identidad, y todo se complica con el mensaje radical salafista de algunas mezquitas. El problema de fondo es la poca relación entre las dos comunidades”.

Respecto a las parejas mixtas, creen que sigue habiendo muchas dificultades. Omar cree que “hay mucha presión social y mucha añoranza”. Y desde el punto de vista de Dunia el panorama tampoco es muy halagador: “Cuando estás con un moro, porque es así como los llaman, tu nivel social, de repente, baja a niveles de subsuelo. Más que racismo, es clasismo. Si mi pareja fuera de Arabia Saudí y estuviera forrado de dinero, dejaría de ser moro para ser árabe”.
Dunia escribió un libro sobre su experiencia, Un amor sense vel (Un amor sin velo, de Pagès Editors). Allí explica, por ejemplo, cómo vive el Ramadán Omar y cómo lo respeta ella. O cómo celebraron el adhà y el aqiqa, el ritual musulmán de bienvenida al mundo de sus hijos, algo que Omar vivió muy profundamente desde la perspectiva religiosa y Dunia como algo más cultural. “Yo soy muy creyente –asegura Omar–, pero practico a mi manera. Quizá no voy cada día a la mezquita ni me dejo barba, pero soy musulmán. A menudo la gente se queda en la anécdota y te dice: ‘Tú ya eres de aquí, ¿por qué no comes cerdo?’. Son estereotipos que pesan mucho: el cerdo, el alcohol, el velo… A veces se ponen tan pesados que acabo diciendo que soy vegetariano, y parece que eso lo respetan más”.

Respecto a la educación de sus hijos, Dunia explica que ha crecido en una sociedad católica, pero cree que la base de todas las religiones “es el amor” y es lo que les intenta transmitir, dice. “Cuando tuvimos hijos, Omar sólo me pidió que no comieran cerdo. Y yo se lo respeté”. Omar añade: “Claro que les explico que mi religión es la musulmana, es mi obligación como padre, igual que hablarles en árabe. Es un regalo para ellos contar con los dos mundos”. Como pareja, se refugian el uno en el otro: “Tenemos nuestros choques, pero nos respetamos mutuamente”.