Una vida para salvar los elefantes

Soraida Salwala dejó su vida acomodada para cumplir su sueño de la infancia de dedicarse a cuidar elefantes. Creó el primer hospital de paquidermos del mundo, que funciona en el norte de Tailandia, donde los elefantes, símbolo nacional, son uno de los reclamos turísticos.

Motala es una elefanta que tuvo la mala pata de toparse con una de las minas antipersona olvidadas sin explotar a lo largo de la frontera de Tailandia tras la guerra con Birmania. Pese a todo fue afortunada; no la dejaron desangrar ni recibió un tiro de gracia. Su mahout (los hombres de las comunidades locales a cargo de estos animales como entrenadores y guardianes por tradición familiar) la acompañó, arrastrándose a través de la jungla durante tres días, hasta el hospital de Elefantes de FAE (Friends of the Asian Elephant), fundado en 1993 por Soraida Salwala.

Es este el primer centro del mundo de atención exclusiva para paquidermos. Está ubicado en la Reserva Nacional Mae Yao de Lampang, cerca de Chiang Mai, a 600 kilómetros de Bangkok y en la que es la puerta de entrada a la región Norte, donde se concentran la industria maderera y las propuestas turísticas para conocer y disfrutar de los elefantes en Tailandia.

A Motola le amputaron una pata y, en el 2006, junto a Mosha, una cría de menos de un año que sufrió el estallido de otra mina, se convirtieron en noticia con repercusión internacional como los primeros elefantes del mundo en llevar prótesis.

El peculiar hospital nació en 1993 para tratar a animales tanto salvajes como en cautividad y en todos estos años ha atendido a unos 4.300 ejemplares

El acontecimiento contribuyó a dar dimensión pública a la fundación Amigos del Elefante Asiático (www.friendsoftheasianelephant.org) y a la compleja situación de este animal, convertido en símbolo nacional y de la casa real Thai pero incluido en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Su situación  es aún más crítica que la de su hermano africano.

El amor de Soraida Salwala por los elefantes aflora por cada poro de su piel. Recuerda que tenía ocho años cuando, en un viaje en coche con su familia, se toparon con un hombre que lloraba junto a un gran paquidermo tendido en la carretera, atropellado por un camión. “¡Deberíamos llevarlo al médico, papá!” exclamó la niña, a lo que recibió como respuesta que era imposible pues era demasiado grande. Retomaron su ruta y se oyó un disparo. El elefante no tuvo opción de ser tratado.

Ahí empezó todo para esta mujer luchadora, nacida en Bangkok hace 62 años y creadora de la fundación que, poco después, daría paso al hospital, que ofrece atención gratuita a sus pacientes heridos o mutilados. Además, son tratados también psíquicamente y la familia FAE ha adoptado a seis. También forma a veterinarios y demás profesionales relacionados con los elefantes y organiza unidades móviles veterinarias y da respaldo a investigadores.

La industria maderera

Según FAE, en la actualidad viven en Tailandia entre 2.000 y 2.500 elefantes salvajes y unos 4.000 en cautividad, cuando fueron cerca de 100.000 los gigantes madereros que trabajaban sacando troncos de la jungla durante el apogeo de la tala comercial del país, que ha vivido de sus bosques como principal recurso económico hasta hace apenas tres décadas.

Tailandia durante años vivió de la  industria maderera en la que los elefantes eran un elemento importante; al limitarse la tala, se les ‘ocupó’ en el turismo

La presión se agudizó hasta 1925 por el llamado “manejo forestal colonial británico”, un monopolio extranjero que el gobierno tailandés limitó al crear el Departamento Forestal Real. Así declaró los bosques propiedad del Gobierno, prohibió toda la tala sin pago previo y fundó la Organización de Industria Forestal (FIO), que adquirió muchos paquidermos para sus plantaciones.

“La situación de los elefantes  se volvió crítica cuando el Gobierno prohibió la tala en el bosque primario en 1989 y muchos animales se quedaron sin ocupación”, comenta Soraida. Esto ocasionó un gran excedente, pues suponían una carga para sus propietarios (la mayoría particulares). En 1993, la FIO creó el Centro de Conservación de Elefantes Thai (TECC), tras plantearse como única ocupación viable para sus animales su incorporación al creciente turismo. Hoy alberga a 80, que muestran al visitante la labor maderera y con sus mahouts han hecho de la “hora del baño” una de las imágenes más icónicas del norte del país.

En el mismo año y el mismo bosque se instaló ese vecino, el hospital de FAE. Son dos centros independientes el uno del otro, se apresura a indicar Salwala. FAE es un hospital que trata tanto a animales en estado salvaje como en cautividad. TECC se focaliza en los de cautiverio y abre al público como un “campo de exhibición donde los elefantes demuestran sus habilidades”, además de tener un hospital y clínica móvil veterinaria con atención gratuita, una unidad de rescate, una escuela de mahouts y fomentar la cría en cautividad.

Un pionero hospital

El punto de inflexión que llevó a Soraida Salwala a abandonar su vida acomodada y el negocio familiar de joyería a los 36 años, para dedicarse plenamente a los elefantes llegó al saber que una cría, muy malherida tras ser embestida por un camión, fue a parar al zoológico Dusit de Bangkok. Pese a proponer su cura sin costes, las autoridades consideraron que su destino era morir lentamente. FAE movilizó a la opinión pública y consiguió al menos paliar sus fuertes dolores. Durante los días que duró su agonía Salwala la acompañó susurrándole al oído para calmarla y dándole trozos de sandía. Se llamaba Honey, miel en inglés. 

“Hay que buscar un lugar para ayudar a estos animales y darles un futuro, para nunca más ver sufrir a uno así”, se dijo la activista y se marcó su objetivo. Sin apenas veterinarios especialistas en esa época, pidió ayuda al doctor Preecha Phuangkum, el principal paquidérmico de la nación y del Departamento Forestal Real, quien es, desde entonces, el veterinario jefe del hospital FAE y su mejor aliado, aparte de dirigir el Instituto Nacional de Elefantes.

Elefantes y auge turístico

Tailandia ha vivido un verdadero boom turístico desde el 2000, y con ello los espectáculos y actividades con elefantes. Según el Organismo de Turismo Thai, el país recibió 38,3 millones de visitantes en el 2018 (con un 7,5% incremento interanual). Es una poderosa industria turística que necesita de muchos elefantes, sobre todo, crías y ejemplares jóvenes, fáciles de entrenar y que tienen mayor éxito entre los visitantes. Dadas las serias dificultades para reproducirse en cautividad, la tendencia es arrebatar los nuevos fichajes al medio silvestre con el destete prematuro y hasta el frecuente asesinato de sus madres, para luego enternecer a las visitas con las crías huérfanas alimentadas con biberón. 

Ante las restrictivas leyes tailandesas, los cazadores furtivos y el tráfico ilegal se han mudado a la vecina Birmania, donde actúan bajo menor control quienes venden los animales tras domesticarlos por la práctica Pajaan, un duro adiestramiento practicado desde hace siglos para “romper el alma” del animal hasta su sometimiento mediante técnicas que tienen que ver con la tortura más que otra cosa.

Salwala no es partidaria de, por ahora, boicotear el turismo que usa elefantes, pues entonces los propietarios se quedarían sin medios para cuidarlos

Con todo, Soraida Salwala considera que boicotear el turismo que usa a los paquidermos no es la mejor solución, pues sólo perjudica a los animales al dejar a sus propietarios sin ingresos para cuidarlos. Dado que la mayoría ha vivido siempre en cautividad, con importantes secuelas, difícilmente podrían ser  reintroducidos en su hábitat natural. “El primer paso es que todos entiendan que pueden seguir haciendo negocio pero no maltratar al animal. Luego ya daremos pasos más allá”, dice la activista, que ve necesario un cambio hacia un modelo turístico ético y responsable.

Ya se están usando técnicas de adiestramiento de refuerzo positivo en centros con animales rescatados, donde el turista puede hacer tours a lomos del paquidermo, ayudado sólo de una cuerda, sin los pesados howdah o sillines. Los elefantes pueden llegar a pesar 5.000 kilos y diariamente comen el equivalente al 10% de su peso,  beben 100 litros de agua y viven unos 70 años. Así que, dado el elevado coste de su mantenimiento, llegan a trabajar con “horario de oficina” en algunos hoteles asociados de la zona y viven semilibres, como en las 65 hectáreas de bosque de la Golden Triangle Asian Elephant Foundation. Es esto una transición hacia los verdaderos centros de rescate y refugios, que llevan a cabo una gran labor comprando elefantes heridos o maltratados o cedidos por sus dueños y donde el visitante puede observarlos de la forma más natural posible o plantar y recolectar su comida, pero con apenas contacto con el animal.

Según el informe “Taken for a ride”, hecho por la organización World Animal Protection sobre los elefantes usados para el turismo, hay recintos elephant friendly de estos,  sobre todo en la región norte, como Elephant Valley Thailand, Mahouts Elephant Foundation y Boon Lott’s Elephant Sanctuary.

En el hospital FAE, Salwala y su personal han tratado a cerca de 4.300 elefantes entre el hospital y la unidad clínica móvil (760 hospitalizados). En el centro, Motala (51 años) y Mosha (14 años) tienen como compañeros adoptados a Bobo (15), con trastorno de estrés postraumático tras sufrir con cinco años una punzada severa en la cabeza; Dante (9), que llegó siendo un bebé raquítico y atrofiado; Boonmee (19), herida también por una mina, y Auan (56), que sufrió problemas de parto. Además de los daños por detonaciones de minas, atropellos y desnutrición, los males de estos animales están vinculados al cautiverio y a un exceso de trabajo sin suficiente descanso, a heridas y llagas por estar encadenados y ensillados toda la jornada, a la adición a fármacos para les dan para que trabajen más. También sufren artritis y malformaciones por permanecer horas y horas parados en pie, abrasiones en las almohadillas de las patas por andar en superficies duras, daños por un uso excesivo del ankus, el gancho metálico empleado tradicionalmente para dominarlos... Y, padecen problemas psicológicos, explican en el hospital.

Suelen ser los propios mahouts quienes avisan del mal estado de un animal. Las 18 habitaciones del hospital son macro habitáculos techados, distribuidos en torno a una gran plaza de tierra y rodeados por cinco hectáreas de bosque. Su taller de prótesis fabrica y repara patas de acero y polímero, que evolucionan con el crecimiento del animal sin las esperas ni costes de laboratorios externos.

Activismo y conservacionismo

Salwala es conocida por cualquiera que aprecie a los elefantes en Tailandia; también lo es por incomodar a sus detractores. “He recibido muchas llamadas anónimas, amenazas de muerte, hemos encontrado cobras reales en el hospital y he tenido accidentes en las carreteras que me causaron lesiones pero, a pesar de todo, no vacilaré”, afirma. Como cuando paralizó un conwoy que trasladaba a 80 elefantes en 2006 al aeropuerto y a un zoo de Australia.

Otro cometido de FAE es impulsar cambios legislativos y sociales profundos y permanentes con ayuda de alianzas nacionales e internacionales. Tras abogar durante años por un mayor control de fronteras, el endurecimiento de las leyes para frenar la caza furtiva y el tráfico ilegal, un censo de elefantes, una base de datos de ADN, un registro de nacimientos antes de las dos semanas..., desde el 2016 ha habido progresivas mejoras.

El gran sueño de Salwala es el proyecto Último Hogar, crear un refugio, lo más salvaje posible, donde los elefantes puedan jubilarse dignamente y en paz, que no deba abrir sus puertas al público para subvencionar los gastos que implica la compra de tierras y su alimentación. Por eso se demora el Last Home. “Nunca hay tiempo ni recursos suficientes”, se lamenta.

Los fondos para mantener FAE provienen de donaciones solidarias de todo el mundo. Cuenta con aliados incondicionales que les respaldan, como el proyecto artístico Elephant Parade o la actriz Brigitte Bardot, entre otras celebridades.