Veganos, la nueva revolución

En muy pocos años, los de la crisis, se ha fraguado una pequeña revolución de la mano de centenares de negocios de comida, ropa o cosmética que ofrecen productos que no provienen de los animales ni se han elaborado con su explotación. Algunos ya conocen el éxito.

No, estos no son los quince mandamientos oficiales del veganismo. Pero sí, el mensaje de esta postal resume los principios y estilo de vida de un movimiento que existe en España desde hace años, pero que ahora está emergiendo comercialmente de una manera incontestable. En cuestión de muy poco tiempo han aparecido por doquier supermercados, tiendas de comida, boutiques de ropa, zapatos y marroquinería (sin piel), empresas cerveceras, pastelerías, heladerías, carnicerías (sin carne, claro), puestos de mercado, tiendas de cosmética y jabones, bares, restaurantes, peluquerías, centros de artesanía y hoteles rurales que son o bien veganos o compatibles con esta filosofía. Es decir, que ofrecen productos que se han elaborado sin ningún tipo de producto (alimentario, higiénico, textil…) derivado de los animales ni en los que estos hayan tenido intervención alguna.

Muchos negocios han surgido ‘gracias’ a la crisis. Ante el panorama, sus impulsores se quedaron sin trabajo o no les gustaba el que tenían: se lanzaron al vacío sin nada que perder

Sin contar aquellos que son vegetarianos a secas, en España existen más de 315 establecimientos censados como veganos. ¿Muchos? ¿Pocos? Pocos si se compara con otros países (en España se calcula que hay unos 40.000 veganos y unos 400.000 vegetarianos, pero las cifras no son oficiales). Sin embargo, si se echa la vista atrás, esa cifra empieza a ser respetable.

Lo cierto es que una buena parte de estos negocios ha surgido de la nada en los últimos cinco o seis años, en los más duros de la crisis y, en parte, gracias a la crisis. La fractura económica española ha dejado a decenas de miles de desempleados que, ante la tesitura de seguir parados, decidieron cambiar de rumbo. Muchos de los emprendedores consultados (aunque lo más justo sería decir emprendedoras, mayoría más que absoluta en este reportaje) se lanzaron a sus respectivas aventuras comerciales cuando la economía española estaba por los suelos y la perspectiva de captar a un amplio sector de clientes (veganos, vegetarianos, o no) parecía una quimera.

Sin embargo, las estrecheces económicas también trajeron consigo una reflexión integral sobre nuevas maneras de comer, de trabajo colaborativo, de reinterpretar la manera de gastar el dinero, de dialogar con el medio natural. En apenas unos años se han normalizado etiquetas como bio y orgánico. El producto de temporada y de proximidad o el kilómetro cero. Ha aparecido la necesidad médica de acceder a productos aptos para celiacos o intolerantes a la lactosa o exentos de ciertas sustancias químicas. Ha arraigado, además, una cultura de respeto a los animales que se ha materializado incluso en opciones políticas contrarias a las corridas de toros o al maltrato animal en general. Y todo ello también ha servido de trampolín para que estos nuevos establecimientos no sólo se mantengan y cubran gastos, sino que empiecen a proporcionar salarios dignos, casi siempre autónomos. Con diferentes acentos y perspectivas, todos se lanzaron en su momento a la piscina y compraron la ventana esperando tener, algún día, una casa.

“Ha costado, he tenido muchos altibajos. Me embarqué en el 2009, abrí con el poco dinero que tenía y con lo poco que sabía”, cuenta Anabel Reyes, que montó Veganitessen, un puesto de pasteles en el mercado del Arenal, en el centro de Sevilla. “Fuimos la primera tienda en abrir en Valencia, pero en muy poco tiempo ha habido un cambio grande”, certifica Naty Rizzo, de la tienda de comestibles Gaia Vegana. “Cuesta”, todos los entrevistados, antes o después pronuncian esa palabra.

También Piluca Cervera, de San Sebastián, que hasta hace poco se ganaba la vida reparando porteros automáticos en el negocio familiar, se embarcó en una empresa de distribución de carne vegana. “Cuesta mucho, y más aquí en el País Vasco y Navarra, porque hay mucho chuletón y pincho, pero yo soy muy pesada”, asegura. En unos meses ha triplicado ventas.

“Nosotros nos arriesgamos. Pedimos un préstamo sobre la hipoteca. Abrimos en el peor momento posible. Ha sido muy difícil”, resume Fritz, dueño del supermercado Planeta Vegano, en Madrid, que se ha convertido en un referente.

“Estoy aguantando como puedo, voy tirando y no tengo un sueldo digno, pero por lo menos no he tenido que poner dinero después de la inversión inicial”, se sincera Raquel Passola, que abrió en Barcelona Amapola Vegan Shop, una de las primeras tiendas de España de ropa y calzado veganos, hechos con materiales sintéticos y con tejidos vegetales (lino sí, lana no, piel artificial sí, piel animal no, seda no, plumas no…)

El éxito ya asoma: una pastelería de Barcelona ampliará su obrador ante la gran demanda; una ‘carnicería’ vegana de San Sebastián ha triplicado ventas en pocos meses

“El trabajo lo haces por las noches y los fines de semana, mientras mantienes otro empleo”, cuenta Rosa Avellaneda, directora de Lujuria Vegana, una pastelería abierta en el 2010 en l’Hospitalet de Llobregat que ha alcanzado grandes cotas de éxito y ha conseguido distribuir a supermercados delicatessen en el extranjero como Whole Foods. La de Lujuria es una historia que demuestra que la iniciativa que han emprendido estas y muchas más personas tiene futuro en un mapa que se ha llenado de uves verdes, el símbolo del veganismo. Muy pocas capitales de provincia en España carecen de algún establecimiento de este tipo.

En realidad, menuda paradoja, Lujuria Vegana ha tenido tanto tirón en los últimos tiempos, gracias al toque sabio del pastelero Toni Rodríguez, que la empresa dejó de producir y distribuir sus productos hace cinco meses… y no piensa reabrir “hasta dentro de dos o tres”, según calcula Avellaneda. “El volumen de pedidos había aumentado tanto que hemos decidido habilitar un obrador más grande. Se nos ha quedado todo pequeño, el local, la web... El stock –confiesa– duró tres meses después del cierre. Cuando eso pasó, recibimos muchas llamadas y quejas de clientes pidiéndonos que siguiéramos con la producción… les decíamos que no es el fin del mundo, sólo son pasteles”, se defiende Rosa Avellaneda, que en su momento recibió el respaldo económico de varios allegados. A falta de obrador, esta higienista dental cita en la histórica pastelería barcelonesa La Estrella, abierta en 1825, donde ella de pequeña primero iba a comprar, ­luego despachó detrás del mostrador (era vecina del barrio) y donde, ya de mayor, ha vendido sus productos veganos. En las fotos aparece subida a la banqueta que de niña le permitía atender a la clientela.

Avellaneda constata que el panorama vegano ha cambiado de manera radical en España: “En muchas ciudades ya encuentras opciones veganas, también en restaurantes que no lo son. En cambio hace cinco años la situación era muy distinta”, recuerda. “Cuando abrí en el 2009, en Sevilla éramos cuatro veganos como quien dice”, apunta Anabel Reyes, que montó el puesto del mercado cuando renunció a seguir trabajando con sus padres, pescaderos, un trabajo que no veía compatible con su estilo de vida. “Y ahora –apunta– hay muchísima gente, veganos, vegetarianos o personas que comen carne pero se interesan, preguntan. Entre ellos, los que tienen intolerancias y los turistas, existe una clientela y yo estoy contenta”, cuenta Reyes, que se declara “autodidacta 100%”.

Se ríe cuando se acuerda de los gritos de los turistas extranjeros al descubrir su puesto en el mercado: “Es vegano, vegano”, les imita. Sevilla es una plaza muy cárnica, el jamón, el secreto ibérico, la pringá… Y San Sebastián no se queda corta, el chuletón, la tortilla de bacalao… Pilar Cervera empezó hace unos meses con su negocio de distribución de carne vegetal (a base de soja, trigo, lúpulo…) que importa desde Holanda, productos vegetales que imitan las hamburguesas, las gambas, el atún… “La gente me decía que era el peor negocio en el que me podía meter. Me he centrado en la hostelería tradicional, y los bares están abiertos a estos productos, es como un pequeño caballo de Troya, porque a mí lo que me gustaría es que la carne saliera de sus menús”, reconoce. Su proyecto, la Carnicera Vegana, arrancó hace medio año y en tan poco tiempo ha triplicado las ventas: “Empecé con tres arcones para el producto congelado y ahora ya tengo nueve”, comenta.

Para Anabel o Pilar dedicarse a esto y tener una parte de la clientela que no es vegana, pero que se acerca a este mundo sin prejuicios y con ganas de probar productos alternativos es un triunfo. También para Raquel Passola, que hace tres años abrió Amapola en el barrio barcelonés de Gràcia y ha visto como el negocio se ha ido consolidando. “Un negocio para seguir adelante, si quieres ganar dinero en la vida, mejor monta otra cosa”, aconseja. Su logro definitivo ha sido poder invertir parte de lo que ha ganado en una tienda on line, un paso básico de estos negocios que proveen a clientes sin acceso directo a este tipo de productos. Durante la visita a la tienda entran unos clientes de Zaragoza, unos turistas turcos y vecinos que no son necesariamente veganos pero que comulgan con sus principios.

Si hay algo que define a todos los entrevistados es su moderación, son veganos convencidos pero no se lanzan al proselitismo salvaje, simplemente explican los porqués de su dieta, de su modo de vida de respeto a los animales y de su inquietud por “normalizar la normalidad de ser vegano”, apunta Nati Rizzo, que aborrece la idea “de comerse a los demás (animales)”. Refuta además la idea de que “se tiene que comer carne para sobrevivir”, así como tener que “perpetuar la esclavitud” del resto de animales a manos de las personas.

Hay muy pocas capitales de provincia que no tengan ya algún negocio vegano. En España se cuentan más de 300: pocos si se mira a otros países, muchos si se observa el panorama hace apenas cinco años

La experiencia de Rizzo ejemplifica como ha cambiado el paisaje vegano en España en menos de una década. “Soy argentina –dice–, dejé de comer carne cuando vine a España, donde no había la dictadura del asado. Cuando les dije a mis padres que ya no quería comer carne, mi padre me dijo: ‘Pero si ya llevas seis meses sin probarla’. No me había dado cuenta”. Cuando Rizzo llegó a Valencia en el 2002, encontrar un litro de bebida de soja no era como ahora. “Tenías que ir a las grandes superficies y costaba mucho más. Optabas por hacer tú mismo las leches vegetales de arroz, de avena. Hoy en día hay de todo, tiendas como la nuestra, herboristerías, ecotiendas. Las redes sociales –destaca– también han ayudado mucho a conectar a la gente, a que el cambio sea más grande y a que los precios hayan bajado”.

En el terreno alimentario, los emprendedores veganos ya han recorrido un cierto trecho en España. En otros, como el de la ropa, el calzado o la marroquinería, aún están empezando a caminar. “Sí, es el siguiente paso, pero que llegue ya –desea Raquel Passola, que ha logrado un equilibrio casi imposible entre ofrecer un producto de calidad, a base de materiales resistentes, de diseño y con precios asequibles–. He querido huir del ecolujo, llegar a todo el mundo y a ser posible con diseñadores de aquí. A la gente, aunque no sea vegana, le gusta la estética y el concepto”.

Passola, que es socióloga y fotógrafa de formación, apunta una idea que no deja de ser curiosa, pues se puede decir que, en general, “el vegano, por ética, no tiende a ser consumista”, así que las ventas no pueden ser más que moderadas. Con todo, y eso también ayuda a entender este creciente fenómeno comercial, “la estética, el diseño y la calidad de los productos ha mejorado mucho”. En la tienda de Passola –y en algunas parecidas como Justoakí, en Bilbao y Madrid, Free and Wild en Zaragoza, o la última en abrir, Veganized, en Málaga– es imposible hallar algún tipo de piel animal. No hay edredones con plumas, ni plantillas de piel de cerdo, ni jerséis de lana.

En el supermercado de Fritz en Madrid tampoco hay cosméticos que se hayan probado con animales, ni brochas de maquillaje con cerdas de animal. Las seis marcas de preservativos que se pueden adquirir tampoco están testadas con animales ni fabricadas con una proteína derivada de la leche que sí llevan otras marcas. “Al final pensamos que montar un súper vegano te ahorra tener que estar leyendo etiquetas de productos a ver si contiene tal o cual cosa”, explica Fritz, quien asegura “que en el último año ha repuntado el interés comercial por el veganismo porque hay que satisfacer las necesidades de un colectivo que está creciendo, sobre todo, a partir de las redes sociales”.

“En el norte de España está habiendo un boom de establecimientos veganos, también en Tarragona, Girona, Zaragoza…”, apunta Rosa Avellaneda, de Lujuria Vegana. “En Alicante este año se va a volver a celebrar el Veganfest que tuvo mucho éxito el año pasado”, confirma Elena Arjona, responsable junto con Ángel Martínez de Biovegetalis, firma de cosmética artesana y vegana que también escarba en las fórmulas cosméticas del pasado (incluidas las andalusís) y que vende sólo por internet.

“Empezamos hace siete años, vimos que había un vacío y nos ha ido bien, no estamos estancados y tenemos un sueldo un poquito más elevado de lo que cobra un trabajador normal”, cuenta Ángel Martínez. Ambos son veganos. ¿Es lógico, no? “Bueno hay gente que no lo es y está aprovechando el filón para montar negocios de este tipo, lo que indica que la tendencia va al alza y que el público es creciente”, comentan ambos.

¿Cómo se traducirá la apuesta comercial vegana en el futuro? “Lo importante es que queda mucho terreno por recorrer. Poco a poco están apareciendo nuevos establecimientos y, lo más importante, los negocios tradicionales están haciendo un hueco a las opciones veganas”, apunta Arjona.

La oferta crece en cantidad, variedad y estética: toda clase de comida y ropa sin origen animal, complementos, zapatos de pieles especiales, higiene, cosmética, maquillaje y hasta preservativos veganos

Anabel Reyes, de Veganitessen, en Sevilla, insinúa que hay que diversificar la oferta para llegar a todos los públicos. “Al inicio arranqué con la pastelería y con el tiempo he ido introduciendo tapas saladas”. “La gente –interviene Naty Rizzo desde Valencia– se preocupa por comer bien, aunque no sean veganos, preguntan, se informan y eso también es una buena señal de futuro”. Para Raquel Passola, de la tienda Amapola Vegan Shop, el peso del turismo extranjero también puede aportar un toque de optimismo “el movimiento vegano está extendido en países como Alemania, Holanda, Gran Bretaña y ahora hay un boom en otros países como Israel”. Esos turistas en España ayudarán a fortalecer la red de establecimientos.

¿Hay alguien pesimista ahí fuera? Tras las dificultades que han pasado muchos de ellos en sus inicios, la mayoría de consultados ven el futuro de sus negocios con optimismo. Saben que una parte de sus clientes se apuntarán al veganismo por moda, acaso atraídos por la cura vegana de 22 días que llevó a cabo Beyoncé no hace mucho. O que el actor Samuel L. Jackson se pasó al veganismo, aunque lo tuvo que dejar al cabo de dos meses. Al fin y al cabo nadie dijo que ser vegano fuera fácil. Renunciar a la carne, bueno, al pescado… de acuerdo. E incluso a los huevos. Pero no comer queso… “Es verdad –reconoce Fritz con un punto de humor– el queso es muy adictivo”.

No, no como animales. 
, los peces también son animales.
No, no estoy en una secta.
, tomo toda la proteína que necesito.
, tomo calcio que proviene de las plantas.
No, la miel no es vegana.
, tengo vida social.
No, los vegetales no sufren.
, mi comida es gustosa y equilibrada. 
No, no estamos creados para comer carne. 
Efectivamente, ni huevos ni lácteos.
No, no soy extremista.
, estoy san@ y llen@ de energía.
No, no echo de menos el bacon.
, soy vegano.