Velocistas, pies de antílope

Los velocistas parece que no toquen el suelo. Corren tan rápido que sus pruebas duran segundos. ¿Cómo se forja un atleta así? ¿Nace o se hace? ¿Cómo entrena? Magazine analiza esta disciplina deportiva.

El corredor de velocidad se viste por los pies. Sus pies deben ser reactivos, dinámicos, muy fuertes. Lo suficiente como para soportar fuerzas de 1.500 kilos sin apenas inmutarse. Esos 1.500 kilos son el peso de una zancada: si no aguantan ese lastre, el pie se vendrá abajo y el atleta perderá velocidad. Y ya se sabe: si el corredor no puede ir deprisa, ya no será un velocista.

Haga la prueba. Pestañee rápido. Muy rápido. Y luego, siga leyendo. En el tiempo en el que usted ha pestañeado, la punta del pie del velocista ha entrado en contacto con el tartán, ha cedido hasta tocar el talón y después ha vuelto a tomar impulso, hacia la próxima zancada. En total, el pie ha rebotado en el suelo en 120 milisegundos. Algo más de una décima de segundo. Más o menos, como el bote de una pelota de baloncesto. Un suspiro. La nada.

Fíjese en ellos, ahora que está de vacaciones y son los Juegos Olímpicos. Fíjese en estos fabulosos corredores de velocidad. ¿No le parece que flotan? ¿O que vuelan?

La diferencia entre un velocista y un fondista se vería en el porcentaje de fibras blancas y rojas de su musculatura: cuantas más fibras blancas, más velocidad

Pues, no. Ni flotan ni vuelan. Todo es un efecto óptico. Los pies tocan el suelo, eso seguro. En cada una de sus pisadas se acumulan fuerzas desproporcionadas. Un tam tam. Cuando los velocistas corren, vienen bisontes. La pista se tambalea. Hay ruido y violencia. Ese desgaste no puede prolongarse por mucho tiempo. 9-10-11 segundos en la carrera más corta, la de los 100 m. Hasta 24 segundos en los 200. Alrededor de 55 segundos en la vuelta a la pista, los 400 m. Más allá de ese lapso de tiempo y espacio no hablamos de velocidad. Ya es otra cosa (con la relativa excepción de los 800 m, una distancia intermedia entre la velocidad y el mediofondo).

Parece mentira, pero la clave está en el pie. O en la pezuña, que es como lo llama Ricardo Diéguez (58 años): él habla de la “pezuña de un antílope”. Diéguez, en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat (CAR), dirige los pasos de algunas de las mejores velocistas que hay en España, como Estela García, Cristina Lara o Jael Bestué. “Son chicas con pezuñas”, dice Diéguez, coloquialmente conocido como el Panter. También dice que, cuando los velocistas corren, su contacto con el suelo parece mínimo. “Sólo puedes apreciarlo si lo miras a cámara lenta. Ahí es cuando se distinguen los apoyos, cuando puedes corregir el contacto y el impulso, si pisan supinando (entran con el exterior, apoyándose en el dedo meñique) o pronando (con el interior, cargando la fuerza en el pulgar del pie)”.

Àlex Codina (52) opina lo mismo. Es otro sabio de la velocidad. Es el entrenador de Samuel Sánchez y Sergio Ruiz, otros dos importantes velocistas. Magazine ha conversado con ambos técnicos con la intención de deconstruir un velocista. Cómo se forja, cómo se entrena, ¿nace o se hace? 

Para diseccionar al velocista, hay que seguir hablando del pie. O de la pezuña. En contra de lo que se pudiera creer, el velocista no pisa de puntillas: si lo hiciera, se frenaría a cada paso. “No se equivoque: los velocistas apoyan con todo el pie. Atacan con el antepié (la parte anterior de la planta del pie, la que empieza justo por detrás de los dedos). Entran, pisan y soportan la fuerza de 1.500 kilos”, dice Codina.

El mejor velocista español apenas gana 20.000 euros al año en el atletismo, menos que en otros deportes,  “¿cómo le pides al atleta que lo dé todo?”, comenta un experto

Bajo esas fuerzas, el pie cede. “Pero se trata de que lo haga por el mínimo tiempo. De que ceda lo justo, toque con el talón y salga rebotado de inmediato. Cuanto más tiempo permanezca el velocista en contacto con el suelo, más tiempo estará perdiendo”, añade Codina.

Evidentemente, ese esfuerzo cansa. El pie no puede soportar la tensión por mucho tiempo. Cuando se agota, se viene abajo. A partir de ahí, el atleta pierde velocidad, entra en fase de deceleración. En la carrera de los 100 m, eso ocurre a partir de los 60 m. En los 200 m, a partir de los 150 m. En la vuelta a la pista, la agonía se produce en la última recta. Por ese motivo, la carrera de velocidad es breve. Nadie puede soportar el impacto de esos 1.500 kilos, zancada a zancada, durante muchos pasos. En contraposición, la pisada del fondista se encuentra en otra dimensión. Se prolonga por 230 milisegundos. Más del doble de tiempo. Además, el fondista entra de talón. Su estilo es más económico: el corredor de larga distancia necesita prolongar el esfuerzo por mucho tiempo. No se puede correr un maratón pisando con el antepié. 

“Si en una carrera de 400 m hay 200 apoyos, el corredor que pierda cinco milésimas por apoyo estará cediendo un segundo de tiempo total. Y en la vuelta a la pista, un segundo es un mundo”, dice Codina.
El pie reactivo es el que marca la diferencia. Cuando un entrenador tiene a uno de esos atletas en el equipo de trabajo, entonces su vida es mucho más fácil.

Y, ese pie, ¿nace o se hace? “Todos nacen, y también los fondistas –dice Diéguez–. De un burro no sacas un caballo de carreras. El factor genético es importante para todo, en todas las disciplinas. Hace falta talento. Una vez que lo tienes, hay que explotar este talento a base de trabajo. Por mucho que lo intente, Bolt nunca ganará el oro olímpico en maratón: tiene una pisada reactiva, demasiado agresiva, demasiado agotadora. Ese, precisamente, es el componente genético.

Para entenderlo, deberíamos abrir en canal a un velocista. Y luego, a un fondista. Descubriríamos que la diferencia se encuentra en el porcentaje de fibras blancas y rojas que hay en su organismo, una suerte de código genético que distingue la musculatura de todos nosotros. A más fibras blancas, más velocidad. A más fibras rojas, más resistencia. El velocista está inundado de fibras blancas.

Coja el cronómetro y cronometre un segundo. Tac. Tac. En ese tiempo, Usain Bolt, repleto de fibras blancas, habrá realizado 4,7 zancadas. Y se habrá desplazado durante más de 12 metros: a máxima velocidad, habrá avanzado 2,6 metros por zancada. En ese momento, va a 44 km/h. No está nada mal: seis segundos antes estaba en los tacos de salida.

Es difícil mejorar la frecuencia de un atleta. Es una cualidad innata. Si su máxima frecuencia se encuentra en las tres zancadas por segundo, ahí hay un límite. No habrá manera de acelerar el molinillo. “Lo que sí podemos hacer los entrenadores es mejorar su amplitud –dice Diéguez–: lograr que su zancada se alargue. Si lo logra, el corredor irá más deprisa, incluso aunque mantenga la misma cadencia de paso”. Si los pasos de un atleta de 1,90 m de estatura, capaz de lanzar casi cinco zancadas por segundo, ofrecen una amplitud superior a los 2,5 metros, entonces ese corredor irá muy rápido.

Diéguez habla de Bolt. Más o menos, la perfección hecha velocidad. Será difícil encontrar a un atleta de semejante estatura (1,93 m) y con esa frecuencia de paso. Con él, el ser humano vislumbra los límites de la velocidad: sólo otro atleta de características similares será capaz de superarle.

Según Codina, ese velocista perfecto existe. “En las universidades estadounidenses, el atletismo es el quinto deporte. Allí, los mejores deportistas se inclinan por el fútbol americano, el béisbol o el baloncesto, que es donde está el dinero. Al atletismo van las sobras”.

Diéguez se remonta en el tiempo. Habla de Reinaldo Nehemiah. Aquí penetramos en el terreno de la leyenda. Nehemiah fue un extraordinario vallista de los años setenta y ochenta. Batió el récord del mundo de los 110 m vallas (12s93), antes de retirarse del atletismo para dedicarse al fútbol americano. “Fichó por los San Francisco 49ers –recuerda Diéguez–, pero no triunfó en la NFL. No era tan rápido como creía. Pasó mucho tiempo en el banquillo: había otros tan veloces como él. Lo que pasa es que ninguno de esos talentos había decidido pasarse al atletismo. Se perdieron para nuestra causa”.

Ya ha salido a escena uno de los factores esenciales: el dinero. El mejor velocista español apenas gana 20.000 euros al año en el atletismo. Y eso mismo ocurre en cualquier otro país. Si no hay dinero, ¿cómo le pides al atleta que lo dé todo en los entrenamientos y luego en las competiciones? “Este es un deporte vocacional”, asegura Diéguez.

El ciclo de trabajo de un velocista europeo es largo. En la fase invernal, de octubre a diciembre, se encierran en el gimnasio y mueven pesos grandes. Trabajan piernas y tronco, combinándolo con ejercicios de multisaltos: algo así como correr saltando. “Mis corredores van al gimnasio tres días a la semana: hacen dos sesiones de piernas y una de tronco. Cada una de esas sesiones dura cerca de tres horas –dice Diéguez–. El resto de los días corren. Lo hacen suavemente, y en tiradas muy cortas, nunca superiores a los 20 minutos”.

Un velocista no debería recorrer largas distancias. Los rodajes queman la fuerza. Y para ellos, la fuerza es la madre del cordero. Un ejemplo: hace algunas semanas, Estela García le dijo a Diéguez que se sentía débil, sin tono ni fuerza muscular. El técnico le preparó una sesión de sentadillas y diversos multisaltos. El trabajo se prolongó un par de horas y dio resultados: aquella misma tarde, García ya corría golpeando el suelo, con el pie reactivo.

“Los atletas de raza negra mantienen mejor el tono muscular. Son capaces de sostener altos niveles de fuerza durante seis o siete meses sin tocar una sola pesa”, dice Diéguez. La fuerza se gana a base de sentadillas, saltos con peso, arrastres (correr con un chaleco de cinco kilos o con un lastre a la espalda)... De enero a marzo los velocistas penetran en la temporada de pista cubierta. Ahí se produce su primer pico de forma. Se foguean, no se lo toman particularmente en serio. En abril se acelera la puesta a punto. A partir de aquí se combinan los entrenamientos anaeróbicos con los de fuerza elástica. Hay que correr, por ejemplo, tres series de 150 metros. O una escalera: 300 m, 250 m, 200 m y 150 m. Son entrenamientos terribles, absolutamente agonísticos. “Más de uno y más de dos vomitan”, dice Codina. Hay un excelente vídeo que circula en YouTube. Se ve a Usain Bolt trabajando en Kingston, en Bahamas, levantando pesas, y luego saliendo a la pista a practicar diversas series de 150 m. El final es elocuente: Bolt aparece tumbado sobre la pista, vomitando…
Esa imagen rompe algunos tópicos. Suele decirse que el velocista nace, que dispone de una jerarquía especial, que no necesita entrenarse demasiado para ser el más rápido, que alguno de ellos elude los trabajos más intensos, que alguno fuma… “Quien lo dice será mejor que venga a vernos un día de estos”, responde Diéguez.

“Muchos entrenamientos son agónicos, de muy alta intensidad –corrobora Codina–. Y muchos velocistas los acaban fatal, mareados, sufriendo. Lo que pasa es que los necesitan: luego, en unos Juegos Olímpicos, deberán disputar una primera ronda, la semifinal y la final. Y a menudo doblan prueba. Corren los 100 m y, días más tarde, los 200. Si se da la oportunidad, incluso prueban suerte con el relevo”. 
Antes no era así. Casos como el de Pietro Mennea (ya fallecido y que reco­gió dos podios en México’68) o el legenda­rio Carl Lewis (oro en 100, 200, longitud y 4x100 en Los Ángeles’84) eran excepciona­les. Hoy, casi todos los velocistas disputan más de una prueba. Lo hacen Bolt o Justin Gatlin… Y entre las mujeres, pasa lo mismo. En estos días, en Río de Janeiro, veremos a Shelley Anne Fraser-Pryce y Dafne Schippers, por ejemplo, fajándose en más de una distancia.