La vida después de Uber

La aparición de empresas como Airbnb o Uber es sólo la punta de lanza de un movimiento más amplio que está cambiando de forma radical el modelo productivo y las relaciones laborales tal como las hemos conocido durante más de un siglo. Se trata de una sacudida que supone un reto jurídico y social que marcará la agenda política y económica de los próximos años.

Profesionales freelance que trabajan a través de plataformas en internet ofreciendo sus servicios, conductores que redondean sus ingresos transportando a particulares en sus ratos libres, propietarios que alquilan la habitación de su casa que no usan... Son sólo algunas de las facetas más recientes de la economía colaborativa, un fenómeno que ha llegado para quedarse y que ya está cambiando, tal vez para siempre, la manera de trabajar y de producir. Algunos han vaticinado incluso el fin del trabajo por cuenta ajena. A la espera de encontrar una regulación, ya se puede decir que nada será como antes.

Para entender de qué se trata, se acostumbraba a recurrir al clásico ejemplo de Rachel Bostman, una de los líderes de este movimiento, según el cual es mejor compartir un taladro en vez de comprarlo para usarlo solamente tres veces en la vida. En síntesis, hablaríamos de economía colaborativa cuando un particular comparte a través de una comunidad un producto ocioso. Pero ahora parece haberse pasado ya a otra fase, porque la filosofía original se ha ido transformando: si ese intercambio ocasional de ­servicios se hace a cambio de dinero y de manera continuada, como sucede hoy en muchas de estas iniciativas, entonces ­estaremos hablando de una forma de ganarse la vida. De una nueva manera de trabajar.

Lo que empezó hace pocos años como un intento de modelo colaborativo, similar al trueque de otras épocas, ha mutado en una fórmula de hacer dinero y ganarse la vida

“Las compañías no van a dirigir o supervisar el trabajo, sino confiar en la evaluación de los clientes; el fin del trabajador subordinado está a la vuelta de la esquina”, vaticina un experto

La misma Uber, que nació como plataforma para transporte de personas entre particulares, ya se ha convertido en un modelo de negocio perfectamente estructurado, en el que tal vez ya no mandan tanto los usuarios como al principio, sino la propia plataforma de gestión que centraliza la información y los intercambios, lo que ha sucedido también en otros servicios de este tipo.

Esa evolución ha encendido el debate. Otro de los pensadores influyentes de este mundo, Artur de Grave, editor jefe de Ouishare Magazine, escribió recientemente un artículo polémico: “La economía colaborativa se acabó. Hoy es un modo de organización del trabajo que tiene un denominador común: recurre de manera masiva al trabajo no asalariado”.

Carles Lloret, director general de Uber para el sur de Europa, explica el sentido de lo que algunos han llamado “uberización de la economía”. “Lo que hay que entender es que el antiguo statu quo se ha acabado: estudio una carrera, trabajo en la misma empresa 30 o 40 años y me jubilo. Aquella vida estaba predefinida. La globalización y la tecnología han cambiado esta ecuación. La han enriquecido”.

Las cifras hablan por sí solas. Sólo en Europa este sector movió en el 2015 unos 28.000 millones de euros, casi el triple respecto al 2013. El potencial colaborativo alcanzaría, según diversos estudios, los 500.000 millones de euros. En Europa, 900.000 personas trabajarán en este ámbito en los próximos años. En Estados Unidos también hay estadísticas muy interesantes. Un estudio llevado a cabo por los profesores Lawrence Katz y Alan Krueger, de las Universidades de Harvard y Princeton, ha estimado que, de los nueve millones de puestos de trabajo que se crearon en Estados Unidos desde el 2005 hasta hoy, la práctica totalidad procede de la rama económica colaborativa, que ya involucra al 15% de la fuerza laboral de Norteamérica. Pero además esta fuerza laboral alternativa es feliz: el 84% de ellos están encantados de trabajar por su cuenta.

Esta uberización no hubiera sido posible sin la tecnología, que conecta la demanda y la oferta en tiempo real. Detrás de algunas plataformas más conocidas (como Airbnb, Uber, Wallapop o Blablacar, por mencionar algunas) hay un mundo muy heterogéneo, al punto que los expertos ni siquiera llegan a ponerse de acuerdo sobre cómo definirlo. “Es la economía de las plataformas virtuales”, opina Adrián Todolí, profesor de Derecho Laboral de la Universidad de Valencia, que ha estudiado de cerca los problemas legales de la economía colaborativa. “Algunos de estos modelos arriendan bienes infrautilizados. Es decir, hay un bien en propiedad (un coche o una casa) y se quiere sacar rendimiento. Pero en otros casos, cuando los profesionales ofrecen sus servicios de forma estable, no se puede decir que las personas sean infrautilizadas”, destaca.

En este nuevo contexto, las líneas entre la esfera particular y la profesional se difuminan; y las que definen el tiempo de ocio y de trabajo, también. Uno puede recoger los hijos del cole y, una vez dejados en casa, convertirse, durante un tiempo limitado, en conductor de Uber para transportar personas; puede alquilar su propia casa un fin de semana mientras está de viaje de negocios, recibir unas clases de idioma en internet un día y dar clases de su lengua materna el siguiente.

“En el futuro, no se va tener tanto apego a las cosas físicas, sobre todo a la oficina. El consumidor preferirá consumir servicios en lugar de comprar productos. Querrá acceder, no poseer”, añade Lloret. Para el máximo ejecutivo de Uber, “con el esquema colaborativo, se trabaja cuando el cliente está disponible. El trabajo se adapta a tu estilo de vida, no al revés, como ahora. De hecho, yo creo que el concepto de encontrar un empleo podría incluso llegar a desaparecer”.

“Eso de trabajar en la misma firma 30 o 40 años y jubilarse se acabó”, afirma el director general de Uber

Los hoteleros opinan que el alquiler particular de viviendas ha pasado de ser “colaborativo a algo lucrativo”

José Antonio Zimmermann, director de AgMedia, cree que el término más correcto para definir el fenómeno sería “la revolución de las plataformas”. “Los autónomos han existido siempre, pero ahora todo es a escala mayor y con un efecto de red. Este modelo productivo no tiene por qué darse en una actividad económica concreta, sino en varias. Puedo ofrecer tiempo, energía, coche…, y compartirlo. Es un microempresariado. Los servicios se aprovechan de la tecnología para satisfacer necesidades”, explica. Estamos ante un cambio de paradigma. “En el contexto actual, el componente de seguridad laboral ha pasado a un segundo plano, y hay gente que ha resuelto emprendiendo, que hay que buscarse la vida”, subraya.

Es el caso de Louri Ferreira, que trabajó durante años en la empresa Michelin. Hasta que decidió reinventarse por completo y, tras comprar pisos antes de la burbuja, ahora se dedica a administrar los alquileres mediante Airbnb en Río de Janeiro, esencialmente a turistas. “Antes era consultor, ahora los rendimientos de estas casas me permiten vivir y he cambiado de profesión”, cuenta. La economía de las plataformas no sólo puede ser un buen complemento a la nómina habitual, sino que puede ser un negocio y estilo de vida alternativo: hay que tener en cuenta que, según los países, los ingresos por alquileres turísticos pueden doblar los que se conseguirían con alquileres a largo plazo.

¿Qué tiene de diferente este sistema productivo? Es la llamada desintermediación. Gracias a toda la información disponible y accesible, cada trabajador se construye su reputación a través de internet (si es buen conductor, si su casa está limpia, los usuarios lo valorarán de forma positiva). Y con este capital accede al mercado. “Me siento orgulloso de formar parte de una comunidad, y junto al resto de los anfitriones cuidamos nuestra reputación”, explica Ferreira.

En octubre, David Maniega decidió alquilar su coche a particulares, puesto que apenas lo usaba y estaba en un garaje de Barcelona. Mediante la plataforma Drivy en ocho meses ha conseguido ingresar unos 1.000 euros, con los que cubre ampliamente el coste de manutención del vehículo. Ha vencido, gracias al sistema de las reputaciones, las reticencias que el dueño puede tener al dejar su coche en manos de un desconocido. El sistema prevé ahora una tecnología en el smartphone que permite el alquiler self service. “No estamos ante una moda. Las transacciones mediante plataformas pueden extenderse a otros sectores. Me planteo incluso hacerlo con la moto”, cuenta.

El cambio de paradigma es evidente. Antes las empresas acercaban, con sus productos o servicios, la marca al lugar de las personas. Ahora la marca de la plataforma o de la aplicación sólo servirá para dar a conocer servicios y productos que ofrecen los diferentes individuos. Es el caso, por ejemplo, de Wallapop. En esta plataforma los particulares venden productos poco utilizados, nuevos o de segunda mano. Al alcance de un clic.

Los consumidores también muestran interés en estas plataformas. “No quiero saber quién llevó la ropa antes que yo o dónde se la pusieron. Lo único que quiero saber es que esté limpia y que la hayan cuidado”, decía Kathryn Duryea, consultora de marketing y exejecutiva de Rocksbox, una firma para alquiler de joyas.

“La tecnología, en los próximos años, va a modificar la forma en que las empresas interactúan en el mercado, haciendo al trabajador subordinado innecesario. Las compañías no van a dirigir o supervisar el trabajo, sino que confiarán en evaluaciones de sus clientes. No tendrán razones para formar a sus trabajadores, pues estos, si desean trabajar, tendrán que estar formados y listos para lo que van a ofrecer. El fin del trabajador subordinado está a la vuelta de la esquina” afirma Adrián Todolí.

Airbnb y Uber defienden que su negocio genera externalidades positivas: se construyen menos hoteles y se retiran coches privados de la carretera. Menos congestión urbana y más movilidad. Pero el sistema da lugar a muchas controversias. El rotativo The Guardian se preguntaba si de alguna manera no se estaría volviendo otra vez al siglo XVIII, según el modelo preconizado por Adam Smith, en el que los individuos, de forma autónoma, ofrecían sus capacidades a quien los necesitaba un día y recibían servicios de otro el día siguiente. Cuando no existían empresas propiamente dichas, sino que cada uno desempeñaba un oficio.

Se ha creado una dualidad curiosa: varios organismos, como la Comisión Europea, la Comisión Nacional de la Competencia o incluso el Tribunal Superior de Justicia ven con ojos favorables la economía colaborativa. Reconocen que su modelo fomenta la competencia y que, lejos de prohibirla, habría que regularla.

Sin embargo, en el otro frente, sindicatos, grupos de interés, gremios profesionales de hoteleros, taxistas y otras administraciones públicas, como ciertos ayuntamientos, miran estas actividades con recelo. Taxistas y hoteleros, por mencionar las categorías más afectadas, acusan a estas plataformas de competencia desleal.

Desde Airbnb, creen que hay que distinguir el profesional del particular. Porque en el estadio actual las plataformas agrupan a los dos. “Creo que debería distinguirse la sharing economy, la que lleva transacciones entre particulares no profesionales, y la on demand economy, en que se usa una tecnología para que una persona, gracias a sus competencias profesionales, ofrezca un tipo de servicio a alguien. Nosotros pedimos una regulación para los particulares, entendiendo que los profesionales ya la tienen. El problema son los profesionales que no están registrados. Pero las plataformas no pueden actuar como policías, no podemos verificar quién está dentro y quién está fuera”, dicen.

“Hay que fijarse en si la prestación de servicios es ocasional o regular y constante, que es cuando te conviertes en un pequeño empresario y en un operador económico”, destaca el consultor Miguel Ferrer. Porque hay plataformas que permiten actividades que pueden convertirse en planteamiento vital (por ejemplo, alquilando varias casas en Airbnb uno puede vivir de ello) y otras que simplemente aprovechan recursos existentes de forma aislada (compartir gastos de un viaje en coche no es un planteamiento vital, sino un ahorro). Es el argumento de, por ejemplo, la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos. “La realidad es que la prestación de servicios de alojamiento turístico en viviendas cada vez responde menos a los principios de la economía colaborativa y ha pasado a ser una actividad profesional, lucrativa y permanente”, escriben en un informe.

En concreto, el problema se presenta cuando las plataformas empiezan a exigir al particular que ofrece servicios demasiadas cosas: que cumpla horarios, le impone las tarifas, que su herramienta de trabajo sea de un determinado tipo, etcétera. Con todos estos vínculos, el trabajador deja de ser un autónomo en sentido tradicional, aunque tampoco está contratado en plantilla. Se queda en el limbo. “Somos empleados como contratistas independientes, pero esto es una estafa legal ridícula, que sólo permite a la compañía evitar sus responsabilidades”, contaba al diario The Guardian Tom, un chico que hace las entregas para la plataforma de entrega de comida Deliveroo.

Así que se ha vuelto necesario garantizar algún tipo de protección al trabajador. Es también por ello que los conductores de Uber en varios lugares del mundo han hecho huelga, pues se sienten desprotegidos y con un trabajo precario. Nadeem Iqbal es un conductor de Uber en Bradford, Inglaterra. Cuenta que cuando volvió a incorporarse después de vacaciones, las tarifas habían bajado de golpe. “Dicen que somos socios, pero estas plataformas nos dictan normas como empleados y no podemos controlar nuestras condiciones laborales”. “El derecho del trabajo entró en la fábrica. Pero ahora las fábricas se han vaciado”, sintetizaba el jurista italiano Umberto Romagnoli.

“El consumidor está interesado en este modelo, pero también debe recibir productos y servicios que tengan un mínimo de garantía. Es esencial introducir reglas que garanticen un trabajo digno y el respeto de los derecho laborales”, matiza Mari Carmen Barrera, responsable de políticas sociales y empleo de UGT. Con todo, el sindicato cree que no se puede dar la espalda a la realidad. “La sociedad evoluciona y no vale prohibir. Hay que aceptar que esto tiene que existir. En todo caso, esto no va a sustituir modelos anteriores, será complementario”.

Pero si se producen ingresos, hay que declararlos. Y el tema fiscal es otro asunto espinoso. Todo está en manos de los particulares, ya que son ellos, en última instancia, quienes deben cumplir con sus obligaciones. A título individual, no colaborativo. Las empresas responden que como todas las transacciones son electrónicas, hay trazabilidad. Otra cosa es que Hacienda tenga los instrumentos para investigarlas.

“Hay un mundo de economía sumergida que se aprovecha de la falta de regulación y de control. Ahora bien, si la administración lo reconoce y lo regula, una cosa llevará a la otra”, dice Barrera, que invita a superar el debate. “El modelo colaborativa tiene muchas facetas, también se ofrecen servicios de asistencia de forma gratuita en ámbito local, como asistencia a las personas mayores. Y esta es una vertiente muy positiva”. Beneficios sociales que revierten a todos.

Interés de las grandes empresas

Estas empresas tienen problemas legales en muchos países. Por ejemplo, en Italia y España, Uber no está autorizado a operar en modalidad de coche compartido entre particulares y sólo lo hace con vehículos habilitados con conductor. En ciertas ciudades, los alojamientos compartidos están sujetos a restricciones, como el haber conseguido la licencia para uso turístico. Por una razón u otra, son modelos de negocios que plantean incógnitas, por lo menos a corto plazo. Sin embargo, esto no ha impedido que las grandes empresas, incluso teóricamente sus rivales, hayan decidido invertir en ellas, convencidas de que su potencial es muy rentable. Uber está valorada 50.000 millones de euros, y eso que todavía no ha conseguido beneficios. Airbnb vale unos 25.000 millones. Ambas no cotizan (todavía), pero despiertan interés. Toyota, Hilton y el fondo soberano de Arabia Saudí han alcanzado sendos acuerdos con Uber. La cadena hotelera Hyatt también ha puesto un pie en la plataforma OneFineStay. En lugar de ver estas firmas como una amenaza, los grandes grupos han decidido invertir en ellas.

ALGUNAS PLATAFORMAS

Uber, Lyft. Las dos plataformas de transporte entre particulares más conocidas. El individuo pone su coche, las tarifas las decide la plataforma. 

Airbnb, Wimdu, Tripadvisor. Plataformas on line de alojamientos turísticos. Las aplicaciones forman una comunidad de usuarios, con valoraciones recíprocas. 

Sandemans. Plataforma de guías turísticas. Habitantes de la ciudad organizan tours gratuitos en varias ciudades de Europa fuera de las rutas habituales, a cambio de propinas. 

Helpling. Para limpiar la casa, con tarifas establecida de antemano. Basta mandar el código postal para que un trabajador de la limpieza llegue al hogar. 

FlyCleaners. Típico ejemplo de economía bajo demanda. Mediante una app, se contratan servicios de limpieza y de lavado de ropa en veinte minutos. 

Myfixpert. Plataforma que pone en contacto el cliente con especialistas en reparación de electrodomésticos. El cliente tiene acceso a valoraciones y presupuestos. 

Chefly. Cocina a domicilio. Se inserta el código postal y el usuario tiene a disposición varios platos preparados por varios cocineros, la mayoría de ellos particulares. 

SharingAcademy. El usuario puede recibir clases particulares de los estudiantes de su universidad, con la máxima transparencia de tarifas. 

Drivy. Permite a los usuarios alquilar coches de otras personas allá donde estén.

Deliveroo. La compañía, mediante una aplicación, entrega comida de los restaurantes en la puerta de casa. 

Wallapop. Plataforma que posibilita que usuarios particulares vendan artículos usados a otros usuarios.