La vida en el telón de acero coreano

En la península de Corea hay una franja de 248 kilómetros de largo y cuatro de ancho que separa el Norte del Sur, la Zona Desmilitarizada (conocida por sus siglas en inglés DMZ), una de las áreas más tensas del planeta. En teoría está despoblada, pero alberga una de las mayores concentraciones de soldados del mundo compartiendo geografía con la población civil.

Soldados en Cheorwon (Corea del Sur)

"Tierrapeligro, un bizarro parque temático sobre la cataclísmica muerte masiva”. Esto es Panmunjeon según el enviado del Washington Post que visitó aquella localidad surcoreana a 53 kilómetros de Seúl. Caravanas de turistas recorren a diario el pabellón de la Joint Security Area donde se firmó el armisticio y se trazó la línea física que aún divide a las dos Coreas protagonistas de la contienda que marcó el inicio de la guerra fría. Policías militares cinturón negro en taekwondo o judo de no menos de 1,77 metros de altura y armados con pistola mantienen marmóreas expresiones mientras sondean a sus homólogos del Norte, que les devuelven la mirada fría desde el otro lado de la frontera, a pocos metros. 

“Cada marzo es igual. Los americanos inician las maniobras, y los del Norte se ponen nerviosos. Las amenazas nos sirven para saber que llega la primavera”, cuenta un chófer surcoreano

Aunque las alambradas comienzan en la isla de Ganghwan, al oeste, Panmunjeon supone una casilla de salida obligada para entender la mezcla de exotismo y amenaza que rodea a la Zona Desmilitarizada. “Este país está técnicamente en guerra, y ese ambiente, esa tensión, se refleja en las empresas, en la casa...”, dice Ih-joon Chang, ejecutivo seulés que trabajó en inteligencia militar y ahora hace de turista. “Pero han convertido Panmunjeon en un circo. Hay que salir de aquí cuanto antes para ver la vida auténtica”. El puente del No Retorno, un pueblecito llamado Libertad enfrentado a otro norcoreano al que bautizaron Propaganda (si bien en Corea del Norte prefieren llamarlo Paz) o un campo de golf donde algunos jugadores pierden pelotas en el vecino campo de minas forman parte de la gracia del lugar. 

El viaje al fondo de la DMZ se emprende hacia el este. El autobús que parte de Jongok, a las afueras de la sofisticada Seúl, atraviesa un paisaje rural que afean desperdigadas montañas de chatarra polvorienta. El chófer conversa con los cinco pasajeros, todos mayores de cincuenta años, mientras se suceden las alineaciones de neumáticos que igual sirven de valla que de maceta. El aire huele a vegetal. Menudean las casas prefabricadas con tejados de color estridente, y los patios y jardines se abarrotan con objetos gastados y en desorden. Intermitentes hileras de soldados marchan por el arcén a la zaga de un convoy de jeeps, camiones de camuflaje y remolques con lanzamisiles. En la fronda se distinguen cinco tanques emboscados. 

“Una se acostumbra a todo. Yo ya ni los veo. Ni pienso en ellos”, dice una anciana del bus, en sintonía con la estadística que subraya la muy baja densidad de población en los territorios próximos a la DMZ... porque no incluye a los militares. ¿Y no les inquietan las amenazas de Corea del Norte? “Bah –interviene el chófer–. Cada marzo es lo mismo. Cuando los americanos empiezan las maniobras, los del Norte se ponen nerviosos. Las amenazas nos sirven para saber que llega la primavera”. 

Montañas semiesféricas se encadenan como olas formando un mar de bosques que a menudo riegan ríos. La iglesias rematadas por cruces y los invernaderos puntúan la ruta hasta Naesan-ri, en la provincia de Yeoncheon. Casas grandes y dispersas se tienden junto a la carretera. Jo-hong Sik vive en una con huerto, su ocupación cuando no maneja la grúa que le da el salario. Tiene un problema de habla, vocaliza regular, pero es de los que mejor dominan el inglés en una zona donde casi nadie sabe lenguas extranjeras. “Ayudo a mi padre, es una vida tranquila. No necesito más”. ¿Viviste de otra manera? “Trabajé en un banco de Jeongok durante seis años, pero aquello no iba conmigo. Mucho ruido, en la ciudad”. La carretera tiembla al paso de un convoy que se dirige literalmente a la vuelta de la esquina, donde un control niega el paso a los civiles. ¿Te gusta estar cerca de los soldados? “Los odio. Hice la mili en Cheorwon y... fue terrible. Estaba solo. Dos años. Todo el día con el fusil, la disciplina. Tengo 42 años. Quiero la paz en el mundo. Y tener un hijo. No me quiero casar, pero sí tener un hijo”. ¿Casarte, no? “Las mujeres y yo...”, dice con su voz gangosa.

El cristianismo ha arraigado en la DMZ como el café, sostenes  que ayudan a trabajar los cultivos de arroz en un región militarizada donde la palabra paz es omnipresente

El río que murmura a veinte metros le facilita comer pescado. El huerto le provee de frutas y hortalizas, si bien asegura que cuando se le antoja una hamburguesa debe conducir una hora hasta el restaurante de una cadena cárnica. Al anochecer, el racionamiento eléctrico dispara los generadores. Dicen que la DMZ se distingue muy bien en las fotos satelitales nocturnas porque es donde empieza la oscuridad. 

Jo “no es que tenga muchos amigos”, pero le gusta jugar al jok goo, una especie de fútbol-tenis que se practica con red. Después del partido, a veces se queda a tomar algo con unos compañeros enganchados al café. Cuando empiezan a pedir cerveza o soju, vodka de baja graduación, Jo vuelve a casa. “Demasiada bebida”, masculla, aludiendo a las borracheras que ha presenciado. 

Los tres alaskan malamut de la entrada mueven el rabo al verle. “Vigilan y cazan”. La frase, como la vida aquí, es primordial. Digna de un superviviente acostumbrado a la adaptación: muchos pobladores de esta Tierra Media son norcoreanos que quedaron “atrapados” en el Sur tras la guerra. 

Cheorwon es la ciudad que mejor explica la historia: nudo comercial, durante la guerra fue la capital del Triángulo de Hierro desde donde China y Corea del Norte lanzaron sus ofensivas contra Seúl hasta que, en 1951, el Sur y Estados Unidos reconquistaron la plaza. La antigua Cheorwon quedó devastada. Ahora sólo se puede visitar sus ruinas, a 10 kilómetros de una ciudad nueva cuya importancia geoestratégica aún satura las calles de soldados. Es viernes, y varios militares suben al bus sujetando bolsitas chic que contienen perfumes y pasteles. Los que se quedan el fin de semana se agolpan en los billares o en la bolera. “Es un buen negocio –dice el propietario del recinto de bolos–. Los soldados no se nos van a acabar. Tengo un proveedor que siempre se preocupa cuando se habla de acuerdos de paz. Suministra refrescos a cuarteles y dice que si los soldados se marcharan, su negocio se hundiría. Bah, en Cheorwon eso es imposible. Es una ciudad clave”.

Al umbral de la bolera llegan los cánticos de una iglesia. Durante el crepúsculo, en el skyline rural despuntan múltiples cruces rojas como faros en la llanura. El Reverendo –así le llaman– se saca un extra hospedando a viajeros en su casa a treinta pasos de la iglesia. Por la mañana, lee la Biblia. El cristianismo ha arraigado en la DMZ como el café, sostenes de ascendente occidental que ayudan a trabajar los inmensos cultivos de arroz de una planicie tocada por la paz, palabra omnipresente en la región, que tiene de un embalse de la Paz a un observatorio de la Paz... militar. 

Hay camiones con altavoces que emiten el último éxito pop a todo volumen: “Se trata de comerles la moral (a los del Norte), que sepan lo que se pierden”, dice un gasolinero en Cheondo-ri

Desde la cúpula del observatorio se divisa un enorme espacio escaso en vegetación flanqueado por muros, cercas y puestos de vigilancia: la DMZ. Minúsculos puntos lejanos identifican las torres norcoreanas. “Hace más de medio siglo que nadie atraviesa ese campo”, dice el oficial que dirige una visita guiada. Pero no es del todo cierto: patrullas de ambos bandos se internan periódicamente para corroborar que su rival no abrió brecha en la cerca ni está excavando un túnel de infiltración. De vez en cuando, algún soldado salta por los aires tras pisar una mina que nadie sabe cómo llegó ahí. “Hay especies de animales únicas. Flora virgen. Es un santuario para las aves migratorias”, añade el oficial, insistiendo en una visión romántica que la señora Kyung Hee, vendedora de nabos y madre de una bióloga empleada en Seúl, matiza en el mercadillo del sábado de Cheorwon. “Mi hija dice que el medio ambiente de la DMZ es anormal porque, primero, la guerra echó a un montón de animales y luego los soldados queman el bosque para ver mejor al enemigo. Ella dice que ese hábitat está devastado”. Así es. El año 2000 llegaron a arder 19 bosques, un 40 por ciento de la DMZ. Aparte de las duchas exfoliantes mortíferas para los animales, el uso de herbicidas y las minas. 

“Mi hija y yo estamos en un movimiento para la protección animal”, dice la señora Kyung Hee. El murciélago rojo, la nutria o el águila dorada se encuentran entre las especies amenazadas, si bien el regreso del buitre negro sugiere que el ecosistema se empieza a recuperar. La ausencia de humanos ha multiplicado las acacias, y se han detectado nueve especies vegetales nuevas y 88 raras, aparte de un champiñón único o un extrañísimo edelweiss que imprimen a la DMZ una fascinación inquietante. 

Bae es un guarda forestal estudiante de ingeniería informado sobre los planes del Gobierno para hacer de la DMZ “un cinturón ecológico. Quieren producir carbón limpio, abrir carreteras y trazar senderos de trekking. Por eso me piden que busque rutas turísticas”, dice el guarda, que ha invertido los últimos dos meses en caminatas de exploración. El Gobierno también proyecta abrir en Yanggu una universidad y un hospital para víctimas de las minas.

Rumbo a Inje, tejados de aire centroeuropeo asoman por un paisaje seudoalpino. Los jardines se ven pulcros. En la carretera hay líneas de bungalows de madera junto al río, cámaras de vigilancia, racimos de altavoces y un tendido eléctrico que cose unas montañas con otras. Superada Inje, arrecia la señalización castrense, desde caricaturas de ardillas vestidas de camuflaje hasta cintas de púas enrolladas en los arcenes, a la espera de desplegarse sobre el asfalto. El muro de un cuartel está grafiteado con imágenes bucólicas de pescadores, cervatillos, salmones, y hay garitas ocupadas por... muñecos.

En la gasolinera a la entrada del villorrio de Cheondo-ri, un empleado ríe al decir que “a veces se dan situaciones ridículas. Esta es la zona donde más se habla de paz con señales de guerra. En Corea hay todo un marketing del conflicto, desde tanques de juguete hasta muñe­quitos, calendarios, esculturas y... lo que quieras. Normal, hay que mantener la tensión. Esta zona exige responsabilidad”, afirma el empleado. “Lo malo es el aburrimiento. Pero para eso está este pueblo”, dice cabe­ceando hacia las cuatro calles que ofrecen alguna ­destartalada sala de baile y locales de copas que han cincelado insinuantes mujeres en las fachadas. El gaso­linero y su compañero ríen más cuando cuentan “lo de los altavoces rodantes”, una historia que corre de pueblo en pueblo sobre camiones del ejército nacional que transportan paneles de “al menos cien altavoces”. Periódicamente, estos camiones paran en puntos donde la DMZ se estrecha y proyectan contra sus enemigos el último éxito pop a todo volumen. “Se trata de comerles la moral, que sepan lo que se pierden”. En la oficina de la gasolinera, suena un cantante melódico latinoamericano de los ochenta. 

Hacia el sudeste, las montañas Seoroksan se levantan como una reserva silvestre que, en la imaginación del veterinario conservacionista Hang Lee, podría servir como corredor para reintroducir al tigre coreano. Hace años que desapareció de Corea del Sur, pero parece que en el Norte, o muy cerca, sobreviven ejemplares, y Hang Lee sueña con que ambas Coreas colaboren en “la recuperación de ese animal tan simbólico para un país que hasta lo hizo mascota olímpica. Su rescate se convertiría en ejemplo para una futura reunificación”. 

Sokcho aguarda junto al mar. Reino de los masajistas, el cangrejo y el sashimi, es el eslabón natural para alcanzar el último observatorio de la DMZ, el de la Unificación de Goseong. A una hora y media de viaje hacia el norte, las concertinas se reproducen a ras de agua mientras los soldados escrutan las olas desde playas cerradas. Recientemente se prohibió el acceso al observatorio a quien no pague lo que cuesta cruzar la nueva autopista y la entrada al recinto, convirtiendo a Goseong en la versión oriental, con lagos y costa, del “circo” de Panmunjeon. Pero hay un buen tramo que se puede recorrer a pie siguiendo la carretera antigua. 

Una colmena de abejas junto a la última estación de bus inaugura la surreal excursión. El camino cruza pueblecitos desolados con banderas coreanas en los porches. Una mujer orina en su jardín mientras se cepilla los dientes a cinco metros del pavimento agrietado. Al detectar una presencia, se ciñe la falda, escupe. “No sigan –advierte–. Aquí no hay nada. No pasarán del control militar”. “Nada” son los bosques y el río. ¿De qué viven? “Mi marido pesca caballa y espadán –señala a un hombre rodeado de gallinas negras–. ¿Les gusta apostar a los caballos? Él puede ayudarles”. El marido se expresa en corto. “¿Juega? ¿Juega? Ven, ven”, dice gesticulando, y camina hasta un picadero frente a la playa enrejada. “¡Caballos!”. 

En adelante, sólo avanza la autopista. Un peaje militar cede el paso a los buses turísticos y al Alfa Romeo ocupado por un alto mando. El cielo parece vibrar cuando tres avionetas apare­cen persiguiéndose en un simulacro con detonaciones que retumban sobre un espantapája­ros hecho con mazorcas de maíz. “Que el enemigo sepa que por ahí tampoco pasará –dice el veinteañero que impide el paso empuñando un fusil sin mirar al cielo–. Que sepa lo que le espera al final de la DMZ”.