La vida ‘low cost’

Estos años de crisis, de rebajas salariales, trabajos precarios o peor aún, desempleo, han cambiado la manera de vivir de las clases medias. En las estadísticas de consumo de bienes y servicios diversos se constata una transformación social que no parece que vaya a tener por ahora vuelta atrás. Nos hemos vuelto más austeros y más cuidadosos en el gasto, sobre todo en aquello que se ve más prescindible o lo que tiene precios más elevados.

FOTO: XAVIER CERVERA

El Mercado Municipal de Abastos de Vallehermoso, en el muy madrileño barrio de Chamberí, da la justa medida de lo que les está ocurriendo a las clases medias españolas. Es una transformación profunda y sin vuelta de hoja. Se ve rápido en esta plaza antes gloriosa donde hoy, 80 años después de su construcción, sobreviven a duras penas los ocupantes de 25 puestos: la tercera parte de los 73 que el mercado mantuvo hasta los años noventa. Para no perder su sentido y no sucumbir a la crisis ni a los supermercados y los hípers, ahora la lonja adopta de cuando en cuando otros usos, como el de feria de artesanía en Navidad o el de mercado solidario de Cáritas cuando hace falta.

Pero los supervivientes de la plaza de toda la vida ahí siguen de momento. Uno de los más veteranos es Emilio Moreno, titular de la carnicería rotulada con su nombre, que sólo tiene 43 años pero lleva en esto desde los 18. De manera que sabe de lo que habla cuando se reconoce como “dinosaurio” del ramo –si bien orgulloso de serlo– y cuando subraya la profundidad de la herida del cambio en los hábitos y el consumo “de todo dios en este país, salvo los de siempre”.

Emilio cuenta que era un tipo consumista. Él, su mujer y sus dos hijos vivían con desahogo pese a la hipoteca que aún pagan por su piso de Fuenlabrada. La carnicería le dejaba unos 3.000 euros al mes, a los que su esposa sumaba unos cientos con su trabajo de limpieza en una casa. Él se daba de vez en cuando sus caprichos. “No me gustaba tener un televisor pasado de moda y cambiaba de coche cada cuatro o cinco años”, confiesa.

Todo eso acabó de golpe cuando hace unos seis años las ventas de carne se desplomaron en cuestión de semanas, justo en la misma época en que la mujer quedó en el paro. “Venían clientes, sí, pero muy de vez en cuando, como hoy”, se lamenta Emilio durante una plácida charla de media hora, que sólo una vez se ve interrumpida por la aparición de una clienta.

Lejos quedan aquellas colas que tanto agobiaban a Emilio y le empujaban a competir encarnizadamente con su vecino de al lado, el propietario de Carnes Miguel Alonso. Un día de finales del 2008, los dos decidieron de común acuerdo, “para no hacer el ridículo”, desmontar y guardar en un cajón los marcadores electrónicos y los soportes de las papeletas con los números de los turnos.

De repente, los ingresos familiares de Emilio se redujeron a la mitad o casi –entre 1.000 y 2.000 euros al mes en este momento–, sin que los gastos fijos bajaran ni un céntimo. Lo primero que la familia tuvo que cortar fueron las compras superfluas o innecesarias, esas con las que el carnicero disfrutaba tanto de año en año. “No recuerdo exactamente de cuándo es la tele que tenemos. Lo que sí sé es que, aunque sólo es de 32 pulgadas, me costó 2.000 euros y ahora la podría encontrar por unos 300. Pero no los tengo, claro. Sólo los libros y los materiales para el colegio de los críos –de 4 y 11 años– suben a más de 500 euros”, se lamenta. Repite casi lo mismo sobre su coche, un monovolumen Ford C-Max con 11 años ya: “Si las cosas no se hubieran torcido, me habría comprado otro; eso está clarísimo”, subraya. Y así con todo lo demás. Antes de entrar forzosamente en el nuevo estilo de vida low cost que hoy comparte la mayoría de los españoles, Emilio y su mujer salían cada fin de semana a picar algo y tomar unas cervezas con los amigos. “Ahora lo compramos todo en el súper y nos vamos con los críos al parque de la Solidaridad de Fuenlabrada. ¡Hacemos botellón. Como si fuéramos adolescentes! Y como mucho una vez al mes”.

A los Moreno les gustaba pasar unos días en la playa, como a casi todos los madrileños. Hace cinco años de la última vez. “Sí, fue en el 2009 y estuvimos en Benidorm”, dice con añoranza. Y admite que sus vecinos y amigos están “igual o peor” que él, con la salvedad de “uno que trabaja en la Citroën de Villaverde, donde están sacando más coches para la exportación”. Los demás, “a verlas venir”.


El carnicero Emilio Moreno explica cómo ha visto caer las ventas en el puesto que regenta en un mercado madrileño. Y sus ingresos familiares se han reducido a la mitad o casi

FOTO: DANI DUCH


El Instituto Nacional de Estadística (INE), así como todas las patronales y las organizaciones de consumidores a las que uno consulte, elevan a categoría de acontecimiento social lo que Emilio Moreno cuenta sobre el giro que su vida y las de quienes le rodean han dado en los últimos seis años. Un periodo en el que, según la encuesta de presupuestos familiares del INE, el gasto medio por hogar en compras de carne bajó un 9%. Pese a las quejas de Moreno y sus colegas sobre los problemas adicionales del sector –en especial se quejan de las continuas advertencias médicas contra la ingesta excesiva de carne–, ese descenso en su consumo es inferior al registrado en las ventas de pescado, de más del 13% entre el 2007 y el 2013.

Las cifras aún ganan interés cuando se comparan las caídas de consumo en función del carácter más básico o superfluo de los distintos productos. Los datos no sólo ilustran el proceso de austerización general a que nos ha condenado la llamada devaluación interna, sino también un cambio de gran calado en la forma de administrarnos y de vivir. De entrada, cuanto más prescindible y caro es un bien, mayor es el descenso en su demanda. Así, y frente a esos retrocesos en torno al 10% en el gasto en carne y pescado, el desembolso en verduras y demás hortalizas sólo bajó un 6% desde el inicio de la crisis hasta el año pasado. Pero el gasto en coches cayó en un 65%, hasta situarse en la tercera parte de lo que era en el 2007; el presupuesto familiar para periódicos y revistas pasó a la mitad (de 120 a 59 euros); y el destinado a joyas, bisutería y relojes bajó un 56%. En cuanto al ocio, tanto los consumos en restaurantes y cafés como el gasto medio en vacaciones disminuyeron algo menos de una tercera parte, mientras que los servicios culturales retrocedieron un nada desdeñable 25%, y los libros, el 23%.

Los fríos datos –algunos, más bien escalofriantes– se comprenden mejor si se tienen en cuenta algunas circunstancias y peculiaridades añadidas al hecho del empobrecimiento general. El relativo mantenimiento en la demanda de verduras no es sólo cuestión de precio sino también de la adopción de hábitos más saludables. El brutal descenso del gasto en prensa está vinculado al boom de internet y de los medios digitales. La recesión del consumo cultural no cabe siquiera citarla sin aludir a la contestada subida del IVA en el sector, del 8% al 21%. Y el recorte en la cantidad destinada a las vacaciones no sólo significa que se viaja menos sino también que los destinos son más cercanos, se recurre más a las casas de familiares y amigos, se moderan las compras, comidas y cenas durante las salidas...


Marta Maxé y Lorena Naranjo abrieron en Barcelona Kaizen Afterwork, un bar de copas para después del trabajo y la noche con clientes de 30 a 50 años, la mayoría. Su éxito contrasta 
con el declive de las discotecas y los locales tradicionales para los jóvenes.
FOTO: ÀLEX GARCIA


Son elocuentes los registros que contabilizan los movimientos de los españoles, y los clasifican según el destino y el motivo de los viajes. La información más reciente del Ministerio de Industria y Turismo recoge datos homogéneos del periodo 2009-2013. Por destino, y sin diferenciar si fueron por deber o placer, resulta que el número de desplazamientos cayó en ese tiempo menos del 7%: más en concreto, un 6,7% los interiores y un 6,4% las salidas al extranjero, porcentajes muy alejados del correspondiente al gasto efectuado en tales viajes, que cayó un 25% en esos cuatro años (el 30% desde el 2007). Pero lo más impactante viene cuando se analiza el número de movimientos según su motivación. Porque, mientras los viajes de “ocio, recreo o vacaciones” sufrieron un retroceso del 13%, los de negocios o trabajo se redujeron a la mitad. Y los que hicimos para visitar a familiares o amigos aumentaron un 34%, lo que implica una cierta recuperación de una costumbre que parecía en decadencia, como era ir a “pasar unos días con la familia” o con los amigos más o menos alejados.

Las estadísticas confirman también el apretón en los cinturones de las empresas en este capítulo, reajuste que sin tanta cifra pero con gran conocimiento de causa confirma Ennio Stevenson, uno de los responsables de una agencia especializada en viajes de empresa, congresos, convenciones y expediciones “de incentivo”. El establecimiento, cercano al mercado de Vallehermoso, ha sobrevivido –explica Stevenson– gracias a su adaptación a las circunstancias y a su máxima de ajustarse a un presupuesto dado “sin salirnos ni un euro”.

El agente de viajes resume en pocas palabras los cambios en el menú que quiere “el 90% de los clientes” que sigue contratando a su compañía: “Piden directamente ofertas. Quieren hoteles asequibles, correctos, limpios, bien situados y con wi-fi en todas partes; da igual que tengan tres o cuatro estrellas si cumplen esos requisitos. Casi nadie pide billetes de avión en preferente o business; ahora la pelea en vuelos largos es por la salida de emergencia, que siempre es más cómoda, aunque eso debe negociarse con las aerolíneas”, comenta Ennio, para quien, salvo excepciones, las “atenciones” con clientes y los estímulos a empleados y directivos consistentes en viajes “a todo trapo” forman parte del pasado. Todo eso “ya no está tan bien visto”, resume.

Otro ámbito donde los cambios económicos y sociales han creado una nueva realidad, quizás en gran medida irreversible, es el de la noche. El declive aquí viene de muy atrás, va por barrios y está determinado por factores tan diversos como la crisis y la subida del IVA; los nuevos modos de relaciones personales, menos presenciales por culpa o gracias a las redes sociales; la masiva emigración de jóvenes trabajadores, recién licenciados y universitarios; los más numerosos y estrictos controles de alcoholemia, y una pirámide de población en forma de botijo donde la gente en edad de salir mucho (18 a 34 años) es minoría, en contraste con lo que fueron las cohortes de los babyboomers cuando eran veinteañeros.

Todo ello explica que el promedio de salidas nocturnas por persona en dicha franja de edad más proclive haya pasado de las ocho veces al mes de los años ochenta y noventa a las dos de la actualidad, de acuerdo con las cifras que maneja el sector. Estos datos lógicamente no incluyen los números nada despreciables aunque muy difíciles de estimar cifras del botellón callejero: otro fenómeno al parecer menos pasajero de lo que pudo pensarse en sus inicios.

Dentro del consumo oficial y en establecimientos, según Gloria Cabrera, portavoz de la Federación Catalana de Locales de Ocio Nocturno (Fecalon), solamente los locales situados en ciudades o zonas turísticas en alza como ahora lo es gran parte de Barcelona funcionan relativamente bien y mantienen sus expectativas de supervivencia pese a registrar una bajada de facturación media del 30% en los últimos cinco años. “Las caídas de facturación de bares nocturnos, discotecas y salas de conciertos que sólo trabajan con turismo nacional rondan el 50%”, añade. Y en el resto de los casos, la situación se define en términos de “cierre” o “números rojos”. “Incluso en puntos emblemáticos de las costas Brava y Daurada, como Platja d’Aro o Salou, las discotecas, que hasta hace poco abrían todos los sábados, ya sólo funcionan en temporada alta”, indica. Y suerte que tienen de poder abrir, pues en ciudades como Lleida, la mayoría ha bajado la persiana definitivamente, según Cabrera.

En el conjunto de España, la crisis y los cambios de hábitos han cerrado 3.000 de los 25.000 locales nocturnos censados en el 2007, de los que 600 son discotecas. Pero, a cambio, se ha producido un bendito e inesperado crecimiento de los garitos, salas, pubs y “espacios de encuentro” para gente de mediana edad, lo que hasta un punto limitado ha venido a paliar el desastre: otro hecho que hace 30 años hubiera sido impensable y ahora forma parte de la nueva normalidad. “Los espectáculos, la música en directo, los gin clubs y el burlesque o los musicales son las nuevas fórmulas de ocio para los maduritos que aún salimos”, explica Pedro Serrano, presidente de la Asociación de Empresarios de Ocio Nocturno de Madrid.


En su Sastrería de Arreglos, Maida dice atender a clientes que piden reformas en prendas que han rescatado del fondo del armario o, a veces, de segunda mano, apaños que se antojan imposibles. Con la crisis, “todo ha cambiado”, dice. FOTO: DANI DUCH


“El sector se está reinventando y vuelve la vista al publico de entre 40 y 60 años, incluidos los solterones y separados que salen a darlo todo”, celebra Serrano, aunque con un matiz: “Por desgracia, esto sólo ocurre en las principales ciudades; en las pequeñas, la oferta para los maduros es todavía escasa, y en muchos lugares se juntan distintas generaciones, incluso padres e hijos”.

La organización de Serrano está embarcada en una gran campaña para la recuperación de las noches de los jueves, “otra costumbre que se ha ido perdiendo y que se basaba en la magia de un día especial: el preferido por los verdaderos noctámbulos”. Los hosteleros de Madrid estiman una pérdida del 50% en la facturación de los jueves. Todo lo contrario de lo que está ocurriendo con las tardes de los días laborables, momento que de unos pocos años a esta parte viene abriendo hueco a los afterwork: bares o pubs especializados en la copa, cerveza o café a la salida del trabajo.

Salir a picar y beber algo es –o vuelve a ser–, con todo, un pequeño lujo que pocos pueden darse con frecuencia en una sociedad donde la reinvención más factible y con los pies en la tierra no reside tanto en la creación de nuevas ofertas o productos como en la adaptación de uno mismo a una realidad más difícil. Y esto pasa por olvidar el “usar y tirar” para volver al “hágaselo usted mismo” y al aprovechamiento a ultranza de todo lo que uno posee. Pasa por la vuelta al taller de reparación de electrodomésticos, ropa, calzado y todo lo que pueda arreglarse, remendarse o apañarse. Y pasa por compartir el coche para ir y volver del lugar de trabajo o por aparcarlo y coger la bicicleta.

En Chamberí, tomado para este reportaje como paradigma de barrio de clases medias urbanas, Cristina abrió hace unos años un comercio de lanas, en cuya trastienda da clases de punto, ganchillo y costura. El negocio avanza a buen paso merced al revival de la auto-fabricación. Y a su propietaria, madre de familia casada con un pequeño constructor y con dos hijos en la universidad, la iniciativa le ha permitido salir del paro y de la cuasi depresión en que le había situado la pérdida, hace tres años, de su “bien remunerado” trabajo de business intelligence analyst (analista empresarial) en una multinacional farmacéutica. “Hago lo que siempre me gustó y, aunque de momento los ingresos de la tienda no se acercan ni de lejos al sueldo que tenía, sobrevivo y algo más. Hacerse la ropa es buen negocio, y alumnos de punto no me faltan”, señala Cristina. La constructora de su marido, Alfonso, también sobrevive, sólo que a costa de haber tenido que prescindir de los 25 empleados que tuvo hasta el 2007. Ahora están una secretaria y él.


Cristina, una exanalista empresarial, perdió su empleo y decidió abrir una tienda taller de punto, ganchillo y costura. Cuenta que está contenta con el negocio, aunque no gana lo que antes. FOTO: DANI DUCH


La tienda escuela de Cristina es la versión más contemporánea de pequeños negocios tradicionales como la vieja Sastrería de Arreglos de Maida, en la calle Donoso Cortés. En el momento de visitarla, su propietaria atiende a un joven padre que le encarga recolocar el botón de un pantalón para adaptarlo a su adelgazamiento y cambiar el elástico de una braguita de su hija pequeña. “Nos traen cosas que prácticamente no tienen solución, pero que cuesta un poco menos arreglar que renovar”, explica Maida cuando el señor se ha ido. “Vienen con ropa que tenían guardada y, a veces, con prendas compradas de segunda mano o con alguna tara. Todo ha cambiado. Antes cosía o arreglaba ropa nueva y era un no parar. Vino la crisis y hubo un bajón. Pero al cabo de un año o así la gente empezó a recuperar lo que tenían en el armario y a pedir apaños que no se hacían desde los años setenta. Eso sí, tuvimos que bajar los precios”.

Es la misma historia, cambiando de ramo, que la de Manitas y reformas: el establecimiento del Barrio donde Miguel Aulema, con ayuda de su mujer, Cecilia, se ofrece para chapuzas de fontanería, albañilería y pintura al tiempo que vende los elementos necesarios para todo ello. “Es una lucha constante –lamenta Cecilia–. Vas a una casa y te salen con que no te pagan porque no has hecho más que mover una llave inglesa. Por instalar un punto de luz o tapar una fuga cobrábamos hace unos años 40 euros. Ahora es imposible hacerlo por más de 10”.


Javier Reyero creó en el 2008 Bici con Alas, un taller de reparación de bicicletas con servicio a domicilio, y señala que el negocio le va muy bien, debido a que cada vez hay más ciclistas urbanos. FOTO: DANI DUCH


Igual de competitivo es el joven Javier Reyero con su empresa Bici con Alas, un taller de reparación de bicicletas con servicio a domicilio. Lo abrió en noviembre del 2008 a partir de un negocio casero basado en la compra y reventa por internet de piezas que adquiría tiradas de precio en China. Con unos gastos fijos de 800 euros al mes y unos precios muy bajos, Reyero está pensando ya en contratar a un ayudante. “La bici está en alza, desde luego, y a mí esto me va”, dice el despierto emprendedor de 24 años. Él iba para ejecutivo; estudiaba Administración y Dirección de Empresas, y de hecho sigue matriculado, pero un día decidió dar el salto “al mundo real”. Aprendió el oficio cuando, en épocas de vacaciones, entró a trabajar en la cadena Decathlon. Una de las claves de su éxito está en el aumento natural de la clientela. Porque en la España de hoy, y desde el 2012, se venden más bicicletas que automóviles: más de un millón el año pasado, frente a 722.700 coches. Es uno de los pocos productos, el de las dos ruedas, en los que los españoles gastamos más dinero (un 26% más) que en el 2007, aquel último año en que lo normal era ir en coche a todas partes y comprar uno nuevo cada cuatro o cinco años; aquel tiempo tan reciente pero tan remoto en que los españoles de clase media salían todos los fines de semana, se iban 15 o más días de vacaciones, cambiaban de ropa cada temporada y hacían cola para comprar carne o pescado.