Vida y muerte en el subsuelo

Hoy Nord-Pas de Calais se ha convertido en un destino turístico, pero hace cien años esta región del norte de Francia era el escenario de la masacre cotidiana de la Primera Guerra Mundial. Las huellas de esta conflagración son allí bien evidentes, pero algunas de las más sorprendentes no se hallan en la superficie sino en el subsuelo. Escarbar en él revela, en toda su dimensión, la cara más dramática de la Gran Guerra.

Unos turistas entrados en años no pueden contener las risas en el hall del museo cuando aparece un grupo de visitantes provistos del antiguo casco del ejército británico. El casco no es una excentricidad: el grupo –del que forma parte este periodista– acaba de terminar la visita a la Cantera Wellington, un túnel excavado por el ejército aliado durante la Primera Guerra Mundial bajo las líneas alemanas, en el que se requieren ciertas medidas de seguridad no exentas de algo de atrezzo. Autocares, souvenirs, audioguías… Poco podían imaginar los soldados que hace 97 años se apelotonaban en las galerías, temiendo por sus propias vidas, que un siglo después aquel lugar atraería visitantes de una Europa en paz. Veinte metros por debajo de ese hall, un día de abril de 1917, 24.000 hombres esperaban, en un estado de tensión máxima, la orden para atacar. Para muchos de ellos, esa orden fue la ­última.

En 1916, la guerra, que, como todas, debía haber sido corta, se había estancado para dar paso a un conflicto de trincheras. Con la idea de terminar con este punto muerto, el ejército francés preparó la ofensiva Nouvelle, cerca de Reims, al norte de Francia, a unos cien kilómetros de la frontera belga. El objetivo era romper el frente alemán, en Chemin des Dames, y dejar sentenciada la Primera Guerra Mundial ni más ni menos que en 48 horas. El plan se completaba con el ataque de distracción que tenía que realizar el ejército británico un poco más al norte, cerca de la ciudad de Arrás.

“Cómo me gustaría que terminaran esta ansiedad y esta incertidumbre”, dice el soldado Swannell en una carta que su viuda llevó encima seis décadas; era lo último que le quedaba de él

El subsuelo calcáreo alrededor de la ciudad había favorecido que durante siglos se hubieran excavado kilómetros de galerías. Los mandos aliados vieron en ellos una opción de lanzar un ataque sorpresa contra el enemigo, excavando bajo sus propios pies, y lanzándose sobre él por la espalda. Las unidades de mineros neozelandeses trabajaron durante seis meses para ampliar las galerías y construir una verdadera ciudad subterránea que pudiera albergar a miles de soldados a la espera del Día D, con hospital, zona de descanso, cantinas y hasta un pequeño ferrocarril interno. La Cantera Wellington (información en explorearras.com) es la parte hoy visitable de aquella enorme red de túneles.

En un conflicto empantanado en las trincheras, las operaciones subterráneas no eran extrañas. Excavar túneles era una alternativa válida, aunque muy costosa, para sortear al enemigo, y ambos bandos se dotaron de unidades especializadas de ingenieros que trabajaban en condiciones penosas y contra reloj para sorprenderlo. Su trabajo estaba sometido a una tensión extrema, no ya por los riesgos de la propia excavación, sino por la posibilidad de encontrarse frente a frente con una unidad enemiga que estuviera haciendo exactamente lo mismo. Por eso, iban equipados con estetoscopios con los que podían captar el sonido de otro equipo abriéndose paso en su dirección. Si ese era el caso, la única solución era colocar una carga explosiva, huir con sigilo y esperar que el enemigo saltara por los aires. Se estima que sólo en Arrás murieron 41 mineros neozelandeses y otros 151 resultaron heridos en acciones de la contraminería alemana.

Para finales de marzo de 1917 todo estaba preparado, pero al quedar concentrados 24.000 hombres en los túneles, las condiciones de vida, que, al principio, eran poco salubres, se convirtieron en penosas. Faltaba espacio, la humedad lo empapaba todo, la oscuridad era omnipresente, y, sobre todo, el paso del tiempo era desesperantemente lento. Los soldados mataban las horas jugando a naipes, dibujando en las paredes imágenes que han superado el paso de los años o escribiendo cartas a sus familiares. Cartas... Recibirlas era fundamental para la moral de estos hombres; no tener noticias de sus familiares disparaba la ansiedad.

“No he tenido noticias tuyas desde hace una semana (aunque) yo te he escrito en varias ocasiones”, escribe con una letra vacilante el soldado Midson a su esposa en junio, cuando ya ha terminado la batalla pero la guerra sigue segando la vida de miles de hombres cada día. Y continúa: “Escríbeme y hazme saber cómo te va en casa. Yo no tengo ahora más que explicarte, (pero) deseo que no pase mucho tiempo antes de que vuelva a estar contigo, entonces te contaré”.

Una investigación iniciada por un profesor retirado permitió que en el 2007 se encontrara una fosa común con 250 soldados; hasta hoy 144 han sido identificados

En la madrugada del 9 de abril se inicia al fin la ofensiva. En las semanas previas la artillería aliada ha pulverizado las defensas alemanas con casi tres millones de proyectiles, algunos de ellos con gas; las trincheras germanas ya no pueden recibir tal nombre, y la moral de los defensores está por los suelos. Minutos antes del ataque definitivo una nueva cortina de bombas cae sobre las líneas alemanas y, poco después, las cargas explosivas hacen saltar por los aires las últimas rocas que bloquean las catorce rampas por las que saldrán las tropas británicas para sorprender al enemigo.

Una maniobra audaz para un resultado dudoso. La operación que debía ser un golpe de mano rápido contra los alemanes se acaba convirtiendo en una batalla, relativamente poco conocida de la Primera Guerra Mundial, pero tan sangrienta como Verdún o el Somme, con momentos en que se salda a razón de hasta 4.000 muertos diarios. El 4 de mayo termina la batalla de Arrás con un balance de 150.000 fallecidos británicos, sin que el ejército de la Commonwealth haya alcanzado sus objetivos y con el frente de nuevo estancado. La guerra que los aliados se habían propuesto sentenciar en 48 horas no terminará hasta finales del año siguiente.

“Estimada señora: –reza la carta que recibe la esposa del soldado Midson en agosto–. Lamento comunicarle que me ha sido encomendado informarle de la muerte de su marido”. La misiva, firmada por un teniente y datada en “las trincheras” (los emplazamientos exactos de las unidades no podían ser revelados por razones de inteligencia militar), añade que el fallecimiento fue “consecuencia de un proyectil caído en nuestras líneas. Espero que sea un pequeño consuelo para usted saber que no sufrió”.

Cartas. Para los soldados, que viven en ese mundo al revés que es la guerra, las cartas son el único vínculo que les queda con su vida anterior, con la normalidad. Y para las familias, ese vínculo se perpetúa durante décadas porque, en muchos casos, es lo último que les queda de su ser querido. “Te escribo tanto como puedo, pero dadas las circunstancias no tengo muchas ocasiones para hacerlo”, escribe el cabo Swannell a su esposa. “Cómo me gustaría que terminaran esta terrible ansiedad e incertidumbre, y que pudiera estar contigo y con nuestros pequeños, que están continuamente en mi pensamiento. (...) Si tengo suerte y salgo de esta, espero tener una vida feliz contigo y con nuestros hijos”. Su esposa, Ellen Swannell, falleció en 1981, a los 98 años. En el interior de su bolso, sus hijas encontraron esta carta, que ella había llevado consigo a diario durante más de 60 años, desde el día en que su marido fue declarado desaparecido en uno de los combates cerca de Arrás.

Los investigadores no sólo intentan identificar a los soldados de Fromelles, sino que también tratan de reconstruir su historia personal y las motivaciones que les llevaron a alistarse y participar en la guerra

Las condiciones del frente en la Primera Guerra Mundial eran horrorosas. El frío y la lluvia tenían un efecto terrible sobre las tropas; los tiempos muertos en las trincheras minaban la moral; y cuando los combates finalmente se producían, eran de una crueldad y de una mortandad inéditas hasta entonces. Muchos de los soldados que tomaron parte en aquel conflicto eran de reemplazo, pero muchos otros eran voluntarios. ¿Qué movía a esos hombres a participar motu proprio en esa conflagración y afrontar voluntariamente las penalidades de los crudos inviernos o la atrocidad del gas mostaza?

En Fromelles, 40 minutos al norte de Arrás, hace unos años que forenses, antropólogos, genetistas y arqueólogos se hacen justamente esa pregunta. En 1916, los aliados y las potencias centrales libraban la batalla del Somme, que terminaría por convertirse en la más larga y cruenta de la guerra, con más de 300.000 muertos. Pero al principio, en julio, el mando de la Commonwealth aún tenía esperanzas en una victoria más o menos rápida, y con ese objetivo ordenó un ataque para obligar a los alemanes a distraer tropas de la batalla principal.

Aunque, sobre el papel, la operación tenía sentido, el resultado fue un desastre, y las dos divisiones, una británica y otra australiana, que entraron en combate sufrieron el rigor de las defensas alemanas. Para los australianos, era su bautizo de fuego en el frente occidental, un debut que se saldó con un balance catastrófico: 5.500 bajas, de las cuales 2.000 muertos, en sólo 24 horas, uno de los pasajes más dramáticos de su historia. Tras la ofensiva, muchos de esos soldados no pudieron ser identificados y fueron enterrados en fosas comunes de cementerios militares, pero nada se sabía de una bolsa de más de 200 hombres que habían quedado aislados tras las líneas germanas. Sus cuerpos nunca aparecieron.

A finales de los años noventa, Lambis Englezos, un profesor australiano jubilado, decidió investigar por su cuenta qué había sido de los desaparecidos de Fromelles. Su investigación le llevó a estudiar todo tipo de material: fotografías aéreas de la zona tomadas días antes de la batalla y días después, los diarios de las unidades implicadas, los informes de los aliados en la posguerra… Hasta que dio con un documento del ejército alemán de 1916 con las órdenes para excavar una gigantesca fosa común. Era la pieza que faltaba.

En el 2007 un grupo multidisciplinar de arqueólogos, genetistas, antropólogos y forenses, siguiendo las indicaciones de Englezos, halló 200 cadáveres de soldados australianos y 50 británicos, y, junto con ellos, casi 6.000 objetos de todo tipo (ropa, equipo militar, artículos de higiene personal, monedas…). Una vez recuperados los cuerpos se inició la fase de identificación de los restos, para lo cual se extrajo el ADN del interior de la dentadura de los cadáveres y se cotejó con sus descendientes. La combinación del estudio genético con los objetos encontrados en la fosa común ha permitido identificar hasta la fecha 144 de los 250 cuerpos, 20 de ellos este mismo año. Se prevé una nueva campaña de identificaciones para el 2015.

Las autoridades han erigido en el lugar donde fue encontrada la fosa común un pequeño cementerio militar y un museo (Musee-bataille-fromelles.fr), que rinde homenaje a la unidad militar perdida y que presta una especial atención al aspecto humano de la guerra, a la identidad y los motivos personales de los soldados. En un conflicto que terminó con la vida de 17 millones de militares, las cifras, mareantes, tienden a despersonalizar las bajas, justo lo contrario de lo que se pretende en este lugar.

“Cada identificación es una historia”, explica Thomas Boucknooghe, arqueólogo y mediador del Museo de la Batalla de Fromelles. Historias a veces difícilmente comprensibles, al menos desde el punto de vista de las sociedades occidentales del siglo XXI. Historias como la de William John Howard, un soldado australiano de 47 años que mintió sobre su edad (el tope para alistarse era de 45 años) y se inscribió con un nombre falso para tomar parte en una guerra y luchar bajo una bandera que, al fin y al cabo, no era la suya. ¿Qué le llevó a arriesgarse a ser descubierto y terminar en la cárcel? ¿Qué motivos tenía para viajar desde una punta a otra del planeta en interminables trayectos en barco y en tren, para acabar muriendo en una trinchera frente a los alemanes?

¿Y qué llevó al soldado Thomas Albert Pemberton, del que se conserva en el museo una foto con su esposa, a alistarse y viajar a 18.000 kilómetros de distancia a pesar de que la dejaba en Australia con sus seis hijos, que no volvieron a saber nada de él? Son preguntas planteadas en 1916 y que buscan una respuesta casi un siglo después, algo extremadamente difícil de encontrar. Tal vez para empezar a entender haya que meterse en la mentalidad de la época: ¿huía el soldado Pemberton precisamente de algún problema familiar? ¿O fue a luchar en defensa del rey de Inglaterra, que, aunque Australia era independiente, era aún su monarca?

Los motivos, pues, podían ser tantos que cualquier respuesta queda en el terreno de la especulación. Para muchos, es cierto, luchar en la guerra respondía a un impulso ideológico o patriótico, pero, para otros, los motivos tal vez tuvieran más que ver con reforzar su autoestima, la sed de aventura, escapar a algún embrollo sentimental o incluso ganar popularidad entre sus vecinos. Podría ser esta última la razón que explica por qué un militar australiano, cuya foto se encuentra expuesta en Fromelles, se casó de uniforme con galones de cabo, a pesar de que era simplemente un soldado raso. En cualquier caso, los investigadores se mueven en el terreno de las conjeturas. “No tenemos respuesta para la mayoría de esos jóvenes y no tan jóvenes que decidieron alistarse en el ejército para defender un país que no era suyo”, reflexiona Boucknooghe.

Y de nuevo las cartas, que tal vez no ayudan a comprender el porqué, pero sí cómo fue aquella guerra. Como la del ­sargento Crewes, que en agosto de 1916 explica a sus padres cómo había sobrevivido, herido, durante un día y dos noches en tierra de nadie entre la trinchera alemana y la australia    na y cómo “un trozo de shrapnel (un explosivo relleno de balas de plomo típico de la Gran Guerra) pasó rozando mi cara para ir a parar a un saco de arena. ¿Tuve suerte, verdad?”. O una de las que escribió el cabo Holgate, tras la batalla de Fromelles, y que fue hallada por sus descendientes después de estar 73 años ocultas en el desván. En ella, este militar, desolado, le promete a su madre: “Cuando vuelva podré contarte cómo es la guerra, no la gloria que hay en ella, sino sus horrores”.