La vida secreta del Liceu

Esta es la histora de un aniversario, de unos enigmas y de 183.600 litros de agua, pero para conocerla es necesario recorrer la otra cara del coliseo lírico de Barcelona, que renació de sus cenizas hace 20 años con la misma ópera con la que ha abierto esta temporada, Turandot; sólo entre bambalinas se descubre ese hormiguero siempre ajetreado que se llama Gran Teatre del Liceu.

Un ser anda a cuatro patas por la mañana, con dos a mediodía y de noche con tres, ¿quién es? Quizá el enigma de la Esfinge dio alas a Puccini para su Turandot, la opera póstuma que dejó inconclusa y que tuvo que acabar Franco Alfano. La protagonista que da nombe a la obra es la hija del emperador de China, una princesa cruel y bellísima que plantea a sus pretendientes tres preguntas y castiga con la muerte a quien no las sepa. Contestar a la Esfinge es sencillo: el hombre gatea en la niñez, camina de adulto y cuando llega a la vejez se apoya en un bastón.

Contestar a la princesa es más complejo. ¿Qué nace cada noche y muere cada mañana? ¿Qué brota como una llama y no lo es? ¿Qué hielo se congela con el fuego? La esperanza, que siempre se renueva, es la primera respuesta. La sangre es la segunda: roja y ardiente como el fuego, aunque no quema. Y la tercera es la propia Turandot. Ella es el témpano que se congela con la fogosidad ajena, como descubre el noble Calaf, el único que derrite su gélido corazón.

La caja escénica se eleva 40 metros sobre la platea y se hunde 24 por debajo; ¡aquí cabría la torre de Pisa o la estatua de Colón de Barcelona!

Turandot ha regresado a Barcelona con una ambiciosa producción propia del Liceu, donde permanecerá hasta el día 25. Tras presenciar el sinfín de tareas previas al estreno, Magazine podría plantear otro enigma: ¿por qué la Font Màgica de Montjuïc tiene música? Ni un Calaf en estado de gracia daría con la clave, a no ser que también tuviera la suerte de recorrer las entrañas del coliseo con un cicerone de lujo. Su director técnico, Xavier Sagrera.

Hay algo paradójicamente perverso en el hecho de que la maravillosa y encantadora Lise Lindstrom sea una de las mejores intérpretes de la déspota y misántropa Turandot. Esta soprano estadounidense, la antidiva perfecta, acepta que la fotógrafa Ana Jiménez sea su sombra. La fama no le quita el sueño y fuera de los escenarios jamás toleraría que por su culpa nadie duerma (Nessun dorma, la archifamosa aria del último acto). Abre de par en par su camerino para la sesión de maquillaje a que le somete Susana Ben Hassan: “¡Oh, Susana, eres una gran artista!”, le dice.

Luego, ya caracterizada, se dirigirá a una sala anexa a la caja escénica, donde le han de colocar una diadema que reproduce las escaleras circulares y la pirámide del decorado. Entre operarios con casco que instalan el ciclorama, pisará por primera vez el escenario. El martilleo de los trabajos no resta majestuosidad al instante. Lise Lindstrom debutará con este drama en el Liceu. Iréne Theorin y ella se alternarán en el papel de la princesa de hielo, como harán con Calaf el español Jorge de León y el estadounidense Gregory Kunde. Pero no hubo que esperar al estreno para el flechazo. Antes de llegar a su destino, camino de las pruebas de vestuario, la soprano se detiene. Mira a los palcos del proscenio y sonríe. Es la misma sonrisa con la que Turandot descubrirá que ama a Calaf.

Este año se conmemora el vigésimo aniversario de la reinauguración del teatro, casi completamente destruido por el incendio de 1994. La añorada Montserrat Caballé –otra extraordinaria Turandot– fue la primera gran voz que compareció en la Rambla aquel aciago 31 de enero, con las ruinas todavía humeantes. “El Liceu renacerá de sus cenizas”, prometió ante un grupo de periodistas, atrincherada tras unas gafas de sol que no tapaban sus lágrimas. Cinco años después, su vaticinio ya era una realidad.

El cáncer acabó con Giacomo Puccini (1858-1924) antes de que concluyera Turandot. No es casual que esta sea la obra elegida para conmemorar los veinte años del vuelo del ave fénix. Este fue también el título que inauguró el renacido Liceu de 1999. La dirección escénica recayó entonces en otra leyenda, Núria Espert, que repitió el encargo en los cursos 2004-2005 y 2008-2009. 

Aunque el Liceu no se asienta sobre cisternas, como la Ópera de París, sus cimientos son tan profundos que obligan a drenar las aguas freáticas

El videocreador Franc Aleu le ha tomado ahora el relevo con una versión onírica y tecnológica, reforzada por el vestuario de Chu Uroz. La estética de los videojuegos y las dos realidades de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, cautivarán al público. El escenario, un actor más con sus imágenes caleidoscópicas, flotará entre rayos y se convertirá en un océano de diamantes o en una burbuja. Efectos visuales, trajes de luces led, gafas de realidad virtual, robots colaborativos o cobots… 

Una decena de personas rodea a Lise Lindstrom. Parece una dama de Elche del futuro o, como dicen Franc Aleu y Chu Uroz, “una cibervirgen”. La diadema y la túnica se iluminarán con distintos colores en función del ánimo del personaje: rojo cuando envíe al cadalso al príncipe de Persia,  azul cuando por fin se rinda al amor. El licor es el mismo, la copa no. Turandot aterrizó por primera vez en Barcelona el 30 de diciembre de 1928. La ópera de entonces y la de ahora son tan distintas como la era analógica y la digital. O como el teatro de entonces y el de ahora, que con la reconstrucción pasó de 15.000  a 36.000 m2. Una broma dice: “Este edificio nunca volverá a arder, pero ¿se inundará?”.

Es una ironía, por supuesto. Las medidas de seguridad son extremas. Cierto. Tanto como que la mayor amenaza ya no es el fuego, sino el agua. Nadie lo diría desde la Rambla, pero el Liceu tiene once plantas (cinco, subterráneas). La caja escénica se eleva 40 metros sobre el partio de butacas y se hunde 24 por debajo. ¡Aquí cabría la torre de Pisa o la estatua de Colón! La contrapartida está en el nivel freático, que se halla a ocho metros de la superficie y obliga a un drenaje constante.

Otras joyas arquitectónicas tienen este problema. El Palais Garnier, más conocido como la Ópera de París, se asienta sobre una laguna artificial, que se construyó para contener las filtraciones subterráneas del Sena. Las cisternas, que según una leyenda urbana albergan peces ciegos, son drenadas dos veces al año para que no rebasen el nivel permitido.

Pero si la Ópera de París es tan evocadora no es por sus misteriosas criaturas acuáticas, sino por Erik,  El fantasma de la Ópera, que viene a ser al Palais Garnier lo que Quasimodo a Notre Dame. El personaje creado por Gaston Leroux también podría haber errado por el Liceu. Es fácil imaginárselo en la plataforma secreta de los óculos, los medallones del techo pintados por Perejaume. Desde esta atalaya seguiría hipnotizado esas espigas mecidas por el viento que son Les grands ballets canadiens de Montréal, aún en cartel durante este reportaje.

Cinco de los ocho óculos son retráctiles para abrir paso a los cañones de luz, con cámaras de infrarrojos que pueden enfocar un punto minúsculo en la más completa oscuridad. ¿Se sentiría a gusto aquí un alma atormentada como la de Erik? No, porque no estaría solo. Cuatro técnicos de luminotecnia, invisibles para los 2.292 espectadores, pueden trabajar en esta especie de falso techo. Lo hacen sujetos con arneses por seguridad y para no moverse demasiado: sus pasos se oirían en las localidades más altas.

El primer título de la temporada es una versión futurista de Puccini, pero el pelo de los postizos se sigue comprando en una tienda de Madrid, como desde hace 50 años

Un ejército de 60 técnicos prepara el montaje de Turandot, sin contar con la orquesta del maestro Josep Pons, el coro de Conxita Garcia y el personal contratado para la ocasión. Esta es una maquinaria de movimiento perpetuo, una olla en ebullición. Los proyectos se suceden y simultanean. La temporada aún no había empezado y el Liceu, que tenía en la mesa Les grands ballets canadiens de Montréal, ya preparaba los siguientes menús. Es imposible deambular por los pasillos sin toparse con algún cocinero.

El visitante siente un cosquilleo especial cuando se cruza con la diminuta figura y la talla gigantesca de Jaume Tribó, maestro apuntador de la casa desde 1975. Mientras la ópera de Puccini se guisaba a fuego lento, se preparaban nuevos platos. Cuando el remolque con el atrezo y el vestuario de  la zarzuela Doña Francisquita llegaba a la Rambla, comenzaba la selección de los figurantes de Aida. Los candidatos son actores y sudaron de lo lindo para estar a la altura de las expectativas del director de escena Thomas Guthrie y el coreógrafo Angelo Smimmo.

Como desde hace medio siglo, el Liceu se abastece de pelo natural en una tienda de Madrid, la de Justino Delgado (calle del Aguacate, 54). El material se compra al peso. Los hay de todos los colores. Liso o rizado (también pelo chino). Una melena castaña de entre 40 y 50 centímetros cuesta  1.700 euros.

Liliana Pereña, la responsable del departamento de caracterización, dispone de más de 200 pelucas. La manufactura de una se lleva hasta 80 horas de trabajo. Por fortuna para el taller, en las funciones  de esta temporada no figura un tenor conocido por su extraordinaria voz y el no menos extraordinario diámetro de su cabeza. Antes, incluso el público de las primeras filas estaba demasiado lejos para poder detectar las pequeñas imperfecciones de un postizo mal pegado o de una costura que se deshilachaba. Ahora, el más mínimo problema flamea como una antorcha en la noche con las grabaciones de vídeo en alta definición.

¡Qué poco tiempo ha pasado y qué lejano parece todo!  Hace 25 años, Cristina Fortuny, la jefa de sastrería, era una principiante. Un fin de semana tuvo que inventariar el vestuario de Ramon Ivars para La Traviata. Aquella sastrería estaba en un sótano donde resonaban mil crujidos y ruiditos capaces de turbar el ánimo más templado. “Daba miedo, la verdad”.

Los sonidos del edificio que nació del  fuego son mucho más tranquilizadores. Algunos rincones de este Leviatán son modestos, como un despachito que atesora unas cajas con miles de botones, donadas por los dueños ya jubilados de una mercería del barrio del Raval. O un minúsculo habitáculo para teñir tejidos, junto a dos lavadoras industriales y un armario de ozono para higienizar complementos y prendas delicadas. Y del humilde lavadero a la soberbia galería de la maquinaria superior, el telar, con barras de luces y 13 líneas de motores, cada una de las cuales pueden alzar telones y un peso de 650 kilos, una fuerza indispensable para los cambios de escenario.

Una ópera exige una organización exquisita. Esta temporada se planificó al detalle hace mucho. Las licitaciones y el diseño técnico para la obra de Puccini comenzaron en el 2017. Antes del disparo de salida de la campaña en curso, ya estaba cerrada la del 2020-2021 y muy adelantada la del 2021-2022. La misma planificación exigen los ensayos. Joan Matabosch, durante años director artístico del Liceu y ahora del Teatro Real de Madrid, explica que “no te puedes comer un cruasán de un bocado”. Tampoco puedes ensayar una ópera de una vez.

Los 36.000 m2 del teatro dan para todo: desde la soberbia maquinaria de los telones hasta un despachito donde se guardan los botones donados por una mercería del barrio

Hay que ir por partes. El Liceu tiene catorce ascensores. Sólo uno va directamente a la planta sexta, donde está la sala Mestres Cabanes y trabaja una de esas partes: los integrantes del coro. En el ascensor sube el videoartista Franc Aleu. Está eufórico porque  “todo va como una seda”. Arriba, un centenar de personas podría transformar el ensayo en un guirigay.

Lo impiden dos sargentos de hierro: la codirectora escénica, Susana Gómez, y la regidora, Xesca Llabrés, que ya destapó su talento en la ceremonia inaugural de Barcelona’92. Ambas miden menos de 1,60. Rodeadas por los soldados de la corte imperial, parecen más bajitas, como Napoleón entre la Vieja Guardia. Y, como Napoleón, se agigantan cuando dan órdenes. Su oficio exige dominar idiomas, tener dotes de mando y saber en cada momento quién hace qué.

Por razones obvias, las escaleras y la pirámide, que se montan en la quinta planta del subterráneo, no se pueden trasladar hasta el último piso. Maquetas, dibujos y unas gafas de realidad virtual permiten a los cantantes ver y sentir lo que verán y sentirán en el decorado real. Parece difícil que esta parte del escenario se reutilice, como pasó con unas gigantescas estanterías de El holandés errante y que ahora se usan en el muelle de mercancías. Si no las reclama otro teatro, las escaleras y la pirámide irán a un almacén de 5.000 m2 que el Liceu tiene en un polígono de El Bruc, a unos 50 kilómetros de Barcelona.

Una tarde de ensayos, Xavier Sagrera, el director técnico, disfrutó con las gafas de realidad virtual tanto como aquella vez entre los motores del telar, el cielo del deus ex machina. Fue testigo de  una coreografía propia de la F-1 en un complicado cambio de acto de La Gioconda. “Los operarios tenían  que ejecutarlo en menos de media hora, pero las primeras veces tardaron una hora y 45 minutos. Antes de la noche del estreno ya lo hacían en un cuarto de hora”. Es la norma. Todo se repite  hasta que el rompecabezas encaje. Primero, el coro sin decorados ni caracterización, sólo con la música de un piano. ¡Pero qué piano: el de Véronique Werklé! Luego, a medida que se acerque el día D, se sumarán  los solistas, la orquesta, el decorado y la caracterización. Las pruebas sin orquesta culminarán en el ensayo antepiano. Y las pruebas con orquesta en el ensayo general, el preestreno...

El estreno, las ovaciones.

Este reportaje necesitó cuatro visitas, con una duración total de 17 horas. Durante ese tiempo sólo afloró una pequeña parte de la vida secreta del Liceu. Allí, al otro lado del escenario, brillan personas como las ya citadas. O como Míriam Pintado, Carles Berga, Soledad Revuelto, Javier Sanz, Alba Viader, José Vaaliña, Leticia Martín-Ruiz, Lluís Alsius, Irene Calvís, Martín Zaragüeta... Peluqueras, escenógrafos,  sastras, modistos, maquilladoras, técnicos de vídeo, adjuntas a la dirección artística, coordinadores del coro, responsables de imagen... Más de 330 personas componen la plantilla. Resulta imposible citarlas a todas, pero sin ellas no serían posibles los portentos que se ven. Y los que no se ven.

La profundidad de los cimientos es tal que cada año se ha de bombear una inmensa cantidad de caudales freáticos. Tres litros cada segundo, las 24 horas del día, todas las semanas. Casi cien millones de litros anuales, unas 40 piscinas olímpicas. Sólo durante las 17 horas invertidas para este reportaje se bombearon 183.600 litros. Más de 1.440  desde que usted leyó el inicio del enigma de la Esfinge, hace unos ocho minutos: “Un ser camina a cuatro patas...”.

Por fortuna, esa riqueza no se desperdicia y se canaliza para el riego de parques y jardines. Esta es también el agua que utiliza la Font Màgica de Montjuïc. Cuando se lo explicaron a los alumnos de un colegio de visita en el Liceu, un escolar dijo algo insuperable, a la altura del apoteósico final feliz de Turandot: “Ahora entiendo por qué la fuente tiene música”.