Vidas cruzadas en la Viena de 1913

Durante unas semanas, la capital del imperio austro-húngaro cobijó a cinco personajes que marcaron el siglo XX. Entonces, sólo algunos se conocieron. Años más tarde, los caminos de Stalin, Freud, Trotski, Hitler y Tito se cruzarían en forma de guerra, exilio y muerte.

Viena, capital del imperio austro-húngaro, inicios del año 1913. Un joven llamado Stavros Papadopoulos sale de la estación de tren en dirección a la casa de los Trojanowski, en el 30 de la Schlobstrasse. En la maleta lleva apuntes para un manifiesto que se titulará El marxismo y la cuestión nacional. Papadopoulos es uno de los nombres falsos de Iósif Stalin, Iósif Vissarianovich Dzhugashvili, Koba para los amigos (pocos). 

En esas semanas de enero, Stalin conocería a un paisano. Lev Davidovich Bronstein, alias Trotski (apellido robado a su carcelero), había llegado a Viena en 1907, ya bien iniciado un periplo de exilios que abarcaría 11 países. Se hospedaba en el distrito 19; había relanzado el Pravda con éxito desde una pequeña oficina de Mariengasse. Leía, escribía y teorizaba. Le llamaban La Pluma. Su presencia en el Café Central, sito en el palacio Ferstel, la antigua bolsa de la ciudad, era más que habitual. Allí se reunió con Papadopoulos-Stalin-Koba: “Estaba en una mesa cuando se abrió la puerta de golpe y un desconocido entró (…) Era bajito, delgado, de piel grisácea y con marcas de viruela en la cara. Nada en sus ojos transmitía amistad”. Desamor a primera vista. 

Entre los cinco se tejería un laberinto de odio y muerte a lo largo del siglo XX. Stalin contra Trotski, Tito y Hitler. Tito contra Stalin y Hitler. Este contra Freud...

Todo el mundo acudía al Central, también un joven croata, trotamundos, obrerista y mecánico de coches. A veces, si podía permitírselo, un tal Adolf Hitler, aspirante a pintor sin éxito que malvivía desde 1910 en una pensión piojosa (literalmente) y de baja estofa en Meldermannstrasse, un edificio hoy en desuso junto al Danubio, cerca de la plaza Friedrich Engels. El chico croata se llamaba Jósip Broz. Había llegado a Viena a trabajar como probador de coches en la factoría que la marca Daimler tenía en Wiener Neustadt, una localidad al sur de la capital. 

Antes había sido un asalariado en la fábrica Benz de Mannhein (Alemania) y en la de Skoda en Pílsen, Chequia. En todas se había empapado de teoría marxista y práctica sindicalista, lecciones útiles para el futuro héroe de la resistencia al que los camaradas llamarían Tito, luego convertido en líder imperecedero de Yugoslavia y, al mando de la Organización de Países no Alineados, en contrapeso de soviéticos y americanos durante la guerra fría. Para la historia, el fragmento de la carta que le envió muchos años después a Stalin, cuando ya se habían convertido en enemigos políticos irreconciliables: “Deje de enviar personas a matarme, ya hemos capturado a cinco, uno de ellos con una bomba, y otro con un rifle (...) Si no deja de enviarme asesinos, enviaré uno a Moscú y no tendré que enviar un segundo”. 

En ese invierno del 13, Viena entrelazó los destinos de un puñado de personalidades que marcaron la historia de Europa, y del mundo, casi siempre a sangre y fuego, un Danubio de millones de muertos. Stalin encargó el asesinato de Trotski y toda su familia; intentó lo propio con Tito. Este, al frente de los partisanos, se enfrentó a los nazis con todas sus fuerzas. El Ejército Rojo fundado por Trotski y dirigido por Stalin acabó luchando contra Hitler y fue el artífice de su caída, pero antes existió un pacto de no agresión entre el antiguo aspirante a pintor y el chico cuyos ojos no transmitían ninguna alegría. 

En 1913, Hitler vivía en un albergue piojoso, sus zapatos tenían  agujeros y apenas vendía algún  cuadro: 25 años más tarde anexionaba el país 

Hitler, que había tenido amigos judíos en Meldermannstrasse, tenía entre ceja y ceja a Sigmund Freud, judío como Trotski, padre del psicoanálisis y tantas otras cosas. El psicoanalista moravo tuvo que huir con su familia a Londres cuando los nazis se anexionaron Austria. El 23 de septiembre se cumplirán 80 años justos de su muerte en Hampstead. 
No es porque quisiera llevar la contraria, pero Freud en 1913 distaba mucho de ser un buscavidas como el resto de protagonistas de esta historia. Acudía al Central, pero tenía predilección por el elegante y menos bohemio Landtmann, cerca de la universidad, donde daba clase. Su búsqueda iba mucho más allá del poder, pues perseguía el conocimiento y ya estaba muy bien instalado profesionalmente en sus estancias de Bergasse 19. He aquí un edificio modesto (a años luz del suntuoso y vecino Palais Festetics) que ofrece otra conexión improbable en este cinco en raya. 

Antes de Freud, el ocupante de Bergasse 19 no fue otro que Victor Adler, el notable líder del socialismo austriaco, que años antes, en 1902, ayudó a Trotski con el papeleo para que pudiera refugiarse en Londres. Una historia documentada por el historiador británico A.P.J. Taylor reproduce una conversación entre Adler y el ministro de Exteriores austro-húngaro de la época, el conde Berchtold. El líder socialista le apuntó que la guerra mundial supondría la revolución en Rusia a lo que el Conde preguntó: “¿Y quien la lideraría?”, a lo que Adler respondió, refiriéndose a Trotski: “Tal vez el señor Bronstein, el que se sienta en el Café Central”.

Desde hace meses, la casa museo de Freud está cerrada por obras. Una renovación a gran escala que no acabará hasta el año que viene. Adentro, mangueras, barreños, sacos de cementos y de yeso y paletas para enlucir las paredes. De la puerta principal van saliendo operarios que acaban la jornada. Están sudando a mares. Viena, la vieja y muy romana Vindobona (buenos aires en latín) tampoco escapa a la crisis climática. Para los seguidores del doctor, hay dos pequeños museos contiguos al ahora cerrado, donde se muestran objetos de su despacho, mobiliario, su cartera especial… La tienda del museo ocupa una antigua konditorei de los setenta.

Trotski conoció a Stalin en el Central; la primera impresión fue premonitoria y nítida: “Nada en sus ojos transmitía amistad”. Desamor a primera vista que luego fue a peor

Viena cambia constantemente pero con disimulo. En 1913 se intuía el declive del imperio y el burbujeo de la Viena Roja socialista que coparía el poder en 1919 y que ha ostentado casi ininterrumpidamente durante un siglo. En paralelo, la capital se regocijaba de una efervescencia literaria y artística sin parangón de la mano de artistas como Klimt, Schiele, Olbrich, Wagner, Gerstl o Loos y de las familias judías que ejercieron de mecenas o agitadoras culturales, como Berta Zuckerkandl. “La comunidad judía representaba el 10% de la población de Viena, de dos millones de habitantes. Los judíos simbolizaban la libertad, el liberalismo y la élite cultural, Mahler, Freud, Zweig, Joseph Roth, los grandes familias como los Epstein, Ephrussi… Lo que era católico era carrinclón.

En 1913 se percibe el principio del fin del imperio: por un lado existe ese liberalismo que se confronta con una corte supertradicional que no responde a las demandas sociales y por otro, una capa social paupérrima a la que pertenece Hitler”, explica Monika Fokkelman, que conoce la ciudad de pe a pa y que acompaña a Magazine por los paisajes, los cafés y antiguas viviendas de los protagonistas de esta historia. 

Casi todas las calles de Viena son rectas con muy pocas excepciones. Por Naglergasse se serpentea (siguiendo el límite del antiguo fuerte romano) para llegar a un Café Central que no se parece mucho al de hace 100 años tras ser bombardeado y remodelado en distintas ocasiones. Por entonces (y ese era el gran gancho de la cafetería) había diarios en 22 idiomas. Todos los expatriados acudían a ver qué sucedía en casa.

Se camine por donde se camine, la palabra Hitler está escrita (o más bien borrada) de todas partes. En el antiguo dormitorio de Meldermannstrasse donde hizo amistad con dos judíos, Eduard Löfner y Josef Neumann; en la Academia de las Artes de Viena donde rechazaron dos veces su ingreso como pintor; en el Balkon Hofburg, desde el que proclamó la anexión de Austria a la Alemania Nazi en 1938.

Un cuarto de siglo antes, en 1913, Hitler apenas tenía un céntimo. “Pedía papel y cartón en el asilo donde estaba y lo ponía de relleno porque no podía caminar de tan gastados que tenía los zapatos”, cuenta Fokkelman enfrente de la actual Biblioteca Nacional donde se halla el famoso o infausto balcón. “Esta es una plaza condenada todavía hoy. Se llama de Los Héroes por las dos estatuas ecuestres, el héroe que lucha y gana todas las batallas contra los turcos, el príncipe Eugenio de Saboya, y el Archiduque Carlos, que luchó contra Napoleón Bonaparte. El balcón no se puede abrir, está prohibido. No quieren que nadie lo pise –explica– porque está como profanado”. Dentro del edificio, junto a la puerta que da al Balkon Hofburg, una exposición dedicada a Alma Rosé, violinista, compositora, sobrina de Gustav Mahler, directora de la orquesta de mujeres del campo de Auschwitz. No sobrevivió.

Freud era el único establecido, tenía prestigio como Trotski. Tito era un  aventurero: probaba coches en la Daimler y antes lo hizo en la Skoda checa y la Benz alemana

Los historiadores recuerdan que la figura del Hitler de esos años se asocia más con la de un segundón acomodaticio que la de un líder capaz de dirigir un guerra y programar una matanza de millones de personas. “Iba en segunda fila, como dicen esos biógrafos, nunca se mezclaba activamente en algo, era una especie de parvenu”, recuerda. En la Schillerplatz, sede de la Academia de las Artes, reina el desasosiego y el vacío. El edificio también está cerrado por reformas y forrado de andamios en cuyas lonas una artista, Katharina Cibulka, ha cosido un mensaje en letras moradas: “Mientras el mercado del arte sea un club de chicos, yo seré feminista”.

La ya fallecida historiadora Brigitte Hamann, que ha sido quien mejor ha estudiado este periodo vienés de Hitler, escribió que el futuro Führer llevaba el pelo largo y parecía un vagabundo. Es en la capital del imperio donde se empapó de diarios antisemitas y cultivó un doble temor, a las enfermedades y a las mujeres. El año 13 fue crucial para Hitler. Su padre murió y recibió una pequeña herencia, 600 coronas. No era mucho, pero sí para alguien que rozaba la indigencia. En otoño partió hacia Alemania. 

Excepto Freud, el resto de personajes vivía en la periferia. Viena era una ciudad monumental y el poderío de los edificios levantados en la Ringstrasse lo atestigua, pero la calidad de las viviendas para la gente humilde era deplorable (ver información adjunta). Trotski vivió en varios apartamentos, casi todos en el distrito 19, según consta en los archivos municipales. En los primeros años ocupó estancias en Huttelbergasse, 55 (hoy en día no consta en el callejero), Weinbergasse, 43, Sieveringerstrasse y, a partir de 1911, en Rodlergasse, 25, una finca aún hoy en día finamente decorada en su exterior y en el hall, pero sin nada que recuerde su estancia. En la lista también consta el 40 de Friesgasse, más al sur, cercano al palacio de Schonbrunn, una de las residencias del emperador Francisco José y no muy lejos del posterior destino vienés de Stalin.

En el 30 de Schlobstasse se anuncia la Pensión Schonbrunn, tres estrellas. “Casi todas las habitaciones están situadas en zona tranquila, con vistas al jardín, lejos del tumulto de la ciudad”. No deja de ser paradójico que una ciudad que estuvo cerca pero nunca en el lado comunista del Telón de Acero mantenga una placa en honor a Stalin y, en vez de retirarla, añada otra para denunciar su genocidio. Eso, sin contar con el gigantesco mausoleo, con columnata incluida, dedicado al soldado soviético de Schwarzenbergplatz y que suele recibir ataques de protesta en forma de pintadas y de lanzamiento de botes de pinturas. Desde el año 2012 ha recibido cuatro. 

Desde el final de la guerra hasta que en 1955 recuperó su soberanía, Austria vivió vigilada por las grandes potencias y Viena se dividió en cuatro sectores, igual que Berlín. En el pacto en el que el país acata su futura neutralidad, los soviéticos ponen como condición que se cuiden y mantengan los símbolos soviéticos. De ahí que siga clavada en la fachada la placa de Stalin, colocada en 1949 (antiguo sector británico) y luego apareciera la más moderna, del Ayuntamiento, que se titula “En recuerdo de las víctimas de Stalin”. La placa se presenta “como un recuerdo no sólo de los millones de soviéticos que murieron y sufrieron bajo la dictadura de Stalin, sino de los centenares de austriacos arrestados y asesinados por el régimen soviético huyendo de la persecución política austriaca de 1933-34 y del terror nazi de 1938”. 

El jardín del viejo edificio está tapizado de plantas. Un cartelito pide silencio. Los vecinos van y vienen, algunos con caras de pocos amigos al ver a los intrusos. Algunos residentes dejan los zapatos fuera, en el umbral. Y, antes de que pregunten, sí, hay wifi.

En los buzones, apellidos alemanes, croatas, italianos, húngaros, checos... en eso la ciudad del melting pot paneuropeo no ha cambiado apenas. 

La Viena Roja cumple 100 años 

La caída definitiva del imperio austro-húngaro, que no dio respuesta a las demandas sociales de sus 50 millones de habitantes y el advenimiento de la república convirtieron a Viena (entonces dos millones de habitantes) en un laboratorio único de mejoras y políticas comunitarias. La mayoría absoluta del partido socialista en las elecciones locales propició la construcción masiva de cientos de bloques de viviendas, cuyas condiciones de habitalidad y de higiene eran sideralmente mejores que las que había habido hasta entonces. El proyecto iba más allá, buscaba crear una sociedad nueva en la que se incluían nuevos jardines comunitarios, tiendas cooperativas, guarderías, salas de baño (cada casa por fin ya tendría su lavabo), bibliotecas o espacios deportivos harían que los obreros progresaran, fueran más felices, sanos y cultos. El proyecto Wiener Gemeindebauten se inició hace justo cien años, todavía funcionando y es uno de los orgullos compartidos de los vieneses. En el proyecto se implicaron brillantes arquitectos y diseñadores del momento, muchos de ellos alumnos de Otto Wagner. Bloques como el Karl-Marx Hof, la célebre Hundertwasserhaus o la impresionante piscina art-decó de Amalienbad son sólo unos pocos ejemplos. La ciudad celebra por todo lo alto el centenario con exposiciones en el Leopold Museum (Leopoldmuseum.org), el Waschsalon del Karl-Marx Hof (Dasrottewien-waschsalon.at), el MUSA (Wienmuseum.at) o el Museo del Folklore de Viena (Volkskundemuseum.at), que recorre los cien años del sufragio femenino en el país.