Vidas flotantes

Días sin ver tierra firme, semanas y meses sin pisarla, pagas exiguas y condiciones precarias, ataques de los piratas, también soledad y camaradería. Así es la existencia de los marinos de los buques mercantes que surcan los mares del mundo.

‘La’ marinera
Isabella es la excepción que confirma la regla. Apenas hay mujeres a bordo de los buques mercantes. Ciertos indicios muestran que esta tónica mantenida a lo largo de siglos está empezando a cambiar de forma tímida. Ser mujer es muy difícil de sobrellevar en un mundo de hombres que viven aislados durante semanas o meses. 

Los contenedores son latas, y aquí se apilan a mares. Las mujeres son ladies, y aparecen en buques con cuentagotas. Los días se agrupan en meses, y las secuencias de los meses acostumbran a agruparse en nueve. Sólo que este es un universo de hombres. A secas. Hace falta una buena dosis de ánimo para trepar por segunda vez al Águila, un petrolero descomunal con bandera de conveniencia de las Islas Marshall. A bordo hay 22 marinos. Indios todos, incluido el capitán. La ascensión resulta todavía más difícil que horas antes. Vaciada la carga que llenaba de líquido negro la panza de las bodegas, la línea de flotación ha variado. La pasarela que une el buque al muelle ha adoptado una nueva posición, esta vez casi vertical. De tan delgados, los travesaños apenas permiten apoyar la punta de los pies, y al agarrarse con mayor fuerza a las cuerdas dispuestas como pasamanos para poder reptar, los dedos se pringan aún más con las grasas indelebles de las muchas travesías.

“Two ladies and a man” (dos damas y un hombre), anuncia por walkie talkie el marinero, apostado cual vigía. Debe hacerlo cada vez que sube alguien al buque. Para poder llegar al castillo de popa hay que avanzar antes por la plataforma especialmente habilitada para permitir el desplazamiento sobre el laberinto de tuberías orondas e interminables que cubre la cubierta. El chaleco reflectante de color amarillo pollito y el casco de plástico blanco son de uso obligado. Este es otro mundo, y toda precaución es poca. Aquí impera la otra ley: la del mar, de cuyos dictados ha sido testigo Magazine, que ha visitado distintos buques haciendo escala en varios puertos europeos a lo largo de un año.

“Llevamos ocho meses sin ver a nuestras familias, sin bajar apenas a tierra, dentro de un mes volvemos al hogar”

Al abrir el portalón, hay que cerrarlo de nuevo una vez queda atrás y avanzar por el pasillo hasta acceder, eureka, al comedor de la marinería. Lo primero que sorprende es descubrir un sol pintado con tiza y trazo infantil en la pizarra de avisos. El astro está provisto de una boca enorme que, además, sonríe. También tiene ojos. Uno de ellos, en forma de 0; el otro, de 8. Al preguntar por el sentido de ese 08, el cocinero responde: “Llevamos ocho meses en el mar. Sin ver a nuestras familias, sin bajar apenas a tierra. Hoy luce el sol: porque empieza la cuenta atrás, y dentro de cuatro semanas regresaremos al fin al hogar. Nuestros contratos vencen a los nueve meses”.

El Águila no es un caso aislado. La misma historia se repite en cada buque. El nombre del puerto es lo de menos. Son los mismos buques los que vienen y van por los dos hemisferios. La nave que hoy está en Hamburgo al cabo de los días llegará a Rotterdam, y en pocas semanas, a enclaves de África, América y Asia, y así las demás embarcaciones. La pauta siempre es la misma. Como el Eloísa, un ­portacontenedores celular con bandera de Panamá que transporta miles de latas. Hoy puede estar en Barcelona, mañana, en Francia, y así sin punto final. Sabah trabaja en él. Lleva seis meses seguidos sin pisar tierra ni un solo día. ¿Imposible? En absoluto. Máquinas de hacer dinero (y mucho) mientras navegan, los mercantes se convierten en tragaperras una vez detenidos en puerto. Atracar no sólo resulta carísimo, sino que además el armador apremia por realizar cuantas más singladuras mejor y obtener así pingües beneficios al cabo del año. Los mercantes apenas permanecen unas horas amarrados, y las operaciones de carga y descarga son tan rápidas que a menudo las tripulaciones no pueden siquiera darse un respiro ni para bajar al muelle.

Más del 90% de los bienes terrestres cruza los mares; ahora mismo, 100.000 buques mercantes surcan las aguas

Hablan las cifras. Más del noventa por ciento de los bienes terrestres cruza los mares. La pasta de papel, sofás y sillas, las partículas de la pintura… casi todo llega por vía marítima. En este preciso instante, cien mil buques mercantes surcan las aguas. La mayoría enarbola banderas de conveniencia: las de Panamá, Liberia e Islas Marshall son las más habituales.

A bordo viajan un millón y medio de marineros. Un tercio de ellos son filipinos, tal vez porque son los que mejor saben adaptarse a cualquier situación y porque maman el mar desde la cuna. También abundan los tripulantes chinos, rusos, ucranianos, indios e indonesios. Pese a la crisis mundial, la flota de mercantes crece año tras año. Capitanes y oficiales proceden de los países de los armadores. La marinería rasa, en cambio, es reclutada en agencias internacionales que operan en países pobres.

Los contratos son dispares. El alto mando acostumbra a viajar no más de tres meses seguidos; el resto, hasta nueve meses, si no más. El salario medio es de unos 800 €, siempre y cuando se esté en el mar. Una vez en el hogar, no se cobra un duro. Los dos grandes problemas son siempre los mismos: el incumplimiento de contratos por parte de armadores y el impago de salarios. Apenas nadie se queja: existen listas negras con nombres y apellidos, y las navieras cruzan los datos con el objetivo de reclutar marinería dócil que no dé problemas. Transportar cuantas más cargas mejor es el fin que justifica toda regla.

“Apareció un cayuco propulsado por un fueraborda con cinco encapuchados armados; se llevaron todo, hasta el dentífrico” 

El Cristal es un petrolero con 21 marineros indios y filipinos a bordo y bandera de Bahamas. Una vez deja Cartagena a sus espaldas, navega directo a Japón. Sin escalas. Treinta días seguidos en alta mar. “Lo más increíble –explica un marinero– es que pasaremos a pocas millas de nuestras costas natales, nosotros que siempre viajamos a miles de kilómetros de distancia, y ni aun así nos va a ser posible ver a nuestras familias”. No se queja: “Al menos, sabemos nuestro destino”. Al albur del mercado, de los caprichos de la oferta y de la demanda, la mayoría de las veces la tripulación deja puerto sin saber si quiera adónde se dirige.

“Una vez nos mandaron desviarnos cientos de millas y doblar de nuevo por el canal de Suez. Creí que se trataba de una carga importante. ¡Claro que lo era! Debíamos descargar un Maserati para un jeque árabe. Sí, un coche único. ¡Nunca mejor dicho!”, relata uno de los marineros a bordo del Neptuno, un mercante con bandera de La Valeta (Malta) y 20 tripulantes a bordo, griegos el capitán y los oficiales, filipina la marinería de a pie.

Es un ro-ro, un tipo de mercante que semeja una criatura monstruosamente panzuda. Tiene el francobordo muy elevado y suma varios niveles, todos ellos ocupados por bodegas que permiten transportar cualquier tipo de material rodante: coches, furgonetas, camiones, grúas, aviones… De aquí su nombre, que no es más que la abreviatura de roll-on, roll-off (rueda adentro, rueda afuera). Los hay capaces de transportar la friolera de 7.500 unidades, entre Mercedes, Porche, Volvo, Seat...

Los marineros del Neptuno posan alineados de frente en la bodega principal. Ahora está vacía. Verla llenarse de coches es toda una experiencia visual, no desprovista de peligro. Las rampas se convierten en autopistas, y los vehículos ruedan a toda prisa. Los conducen chóferes profesionales, contratados para la ocasión, en grupos de a ocho, seguidos siempre de una furgoneta que traslada una y otra vez a los pilotos hasta que la operación de carga (o descarga) finaliza, un par de horas después.

Isabella, estudiante de Ingeniería en prácticas, viaja con 18 marineros; el capitán los ha aleccionado, no quiere problemas

“Para dirigir una tripulación hay que tener temple. Las dotaciones son internacionales, y se mezclan gentes de diferentes países. El mismo gesto que para unos es un ademán cordial, a ojos de otros puede ser un insulto aberrante. Luego está la comida: no todos respetan las mismas tradiciones. Qué decirte de los piratas. Recuerdo con detalle un día. Estando en aguas de Mauritania, apareció un cayuco propulsado por un fueraborda con cinco encapuchados armados. Cuando reaccionamos, estaban en cubierta. Se llevaron de todo. Incluso la pasta dentífrica”, narra Juan. Tras años en alta mar, en mercantes y en pesqueros, ahora vive y trabaja en un buque sin salir de puerto. Es una gasolinera flotante que se desplaza por los muelles de la poza para que así puedan repostar los mercantes en sus escalas.

Al subir al Sloman, un petrolero con bandera de conveniencia de La Valeta, sorprende encontrarse a un marinero… mujer. Isabella es la excepción que confirma la regla. Es estudiante alemana de Ingeniería Marina y está en prácticas. Viaja junto a otros 18 marineros, todos ellos hombres. Los hay rusos, ucranianos y filipinos; el capitán los ha aleccionado a todos. No quiere problemas.

A bordo también está Michael. Es filipino y nos descubre el chabacano. Se parece al español, solo que suena algo diferente. Con razón: en esta lengua hablada en zonas de Filipinas predomina el vocabulario y las frases españolas sobre una estructura gramatical tagala o bisaya. Como sea, los marineros de las diferentes nacionalidades suelen hablar en inglés, la lengua universal del mar, de la misma manera que la divisa por excelencia es el dólar.

El portacontenedores Lagoa lleva bandera de Portugal. El capitán y los oficiales son también de ese país, y la marinería procede toda ella de Cabo Verde. Aquí, en este buque, es fácil entender el porqué de las composiciones nacionales en mercantes. No sólo porque se pone de evidencia el sistema jerárquico que impera en el mar, que conserva algo del antiguo sistema colonial, con una clara diferencia entre ricos (los que mandan) y pobres (los que obedecen), sino además porque refleja la geopolí­tica mundial. Hay marineros de países que jamás verás conformando una dotación junto a los de ciertas nacionalidades.

Que le pregunten si no a todo cocinero que se precie, como Mehmet. En el quimiquero en el que ahora trabaja no hay problema: son todos turcos. Pero hay barcos donde es necesario preparar dos y más menús diferentes. Como en el Federico, un buque de carga general en el que cada día hay que cocinar ración doble: rusa para unos y filipina para otros.

No sólo esto. La gran mayoría de los mercantes dispone de dos comedores: uno para los mandos y el otro para la marinería rasa. Visitarlos es toda una experiencia. Es el caso del Águila, el buque cuya tripulación ha dibujado en la pizarra ese sol de sonrisa enorme y ojos en forma de 08. De repente, entra por la puerta un marinero. Por la vestimenta, diríase que le ha tocado hacer la guardia de noche. A plena luz del día, choca que no vaya enfundado en el mono reglamentario de trabajo, sino que lleve pijama. Esto es el mar, y aquí el sol de verdad aparece solamente cuando se regresa al hogar.