Woodstock y el tiempo de los hippies

El primer y multitudinario festival musical, hace 50 años, marcó el principio del fin del movimiento hippie de los sesenta, pero fue el icono de libertad de esa generación que quería cambiar el mundo.

Se cumplen 50 años del festival de Woodstock, el primer concierto multitudinario de la historia, que congregó a más de 400.000 personas durante tres días de paz y música. El evento supuso la mayor concentración de la contracultura norteamericana en un momento en el que el sueño hippy se acercaba a su ocaso. 

Los hippies habían nacido a principios de los años sesenta, hijos de una sociedad opulenta en la que abundaban el dinero y los recursos. No estaban excesivamente politizados. Como proponía Allen Ginsberg, poeta de la generación beat, la protesta política se sustituyó por la mística. El punto de partida no era Marx, como en la vieja Europa, sino William Blake, quien hablaba de abrir las puertas de la percepción.

Según Ginsberg, el campo de la conciencia humana estaba cubierto por la niebla. El círculo creado por el dinero, la máquina, el coche, el banco, la televisión, la familia y la oficina condicionaba a los jóvenes. El american dream había programado una vida perfecta que los hippies cuestionaron. Mente, ambición, capitalismo y tradición fueron sustituidas por cuerpo, amor, intercambio y revolución. Había que crear un mundo nuevo, y Woodstock fue el espejismo de esa ilusión hippy.

Los lugareños de Woodstock se opusieron al multitudinario concierto, que al final se celebró en Bethel, en una enorme granja al norte de Nueva York. La afluencia masiva de jóvenes desbordó todas las previsiones. Se esperaban 50.000 y casi llegaron al medio millón de asistentes. Los accesos se colapsaron, y la sobreocupación dificultó la alimentación y la sanidad, pero nada grave ocurrió, a pesar de una tormenta que convirtió el terreno en un lodazal. Sólo hubo una muerte. 

El impacto de Woodstock tuvo una repercusión mundial como icono y cumbre de una generación que quiso cambiar el mundo

El primer día del festival acabó con Joan Baez cantando We shall overcome (nos sobrepondremos), el lema que fue campaña de Obama hace unos años. 

La segunda jornada vivió los mejores momentos musicales con la enérgica intervención de Carlos Santana; la mítica Janis Joplin, rasgando con su voz en bellos temas como Summertime; los Creedence, y llegó el colofón con los Who, que tocaron 25 temas en un show que incluyó happenings como echar del escenario a activistas políticos o Pete Townsend rompiendo su guitarra. Cerraron la velada icónicos hippies californianos: Jefferson Airplane y White Rabbit.

Una tormenta sembró el caos, pero la música pudo seguir en una última jornada con un arranque histórico de Joe Cocker, realizando una clásica versión de With a little help from my Friends; siguieron Ten Years After o The Band, y los místicos Crosby, Stills & Nash ofrecieron un concierto mitad acústico y eléctrico con coros que penetran el alma en canciones como Guinnevere o Wooden ships. Jimmy Hendrix cerró con una versión excepcional de Purple Haze, que incluía la Star spangled banner, el himno americano tocado en un solo de guitarra, como el llanto de una generación contraria a la guerra de Vietnam.

Más allá de la música hubo sesiones de taichi, yoga, kundalini, apariciones de gurús como Satchidananda, partos, fiestas, orgías particulares y comunales, consumo de ácido, marihuana o mescalina. Se dieron situaciones de pánico, descontento y agobio por la falta de infraestructuras, pero en conjunto, fue un festival modélico donde sólo murió una persona por sobredosis. 

Después, Bob Dylan y muchos otros siguieron su estela en el festival de la isla de Wight, y los Rolling Stones, en Altamont, un concierto gratuito que acabó en tragedia cuando sus guardas de seguridad, los Hells Angels, dispararon sobre un espectador negro. El sueño hippy había entrado en el reverso tenebroso con episodios como este o el brutal asesinato cometido por el exhippy Charles Manson.

El impacto de Woodstock tuvo una repercusión mundial como icono y momento cumbre de una generación que quiso cambiar el mundo. La “nación Woodstock”, como Abbie Hoffman la llamó, fue un espacio de celebración y cooperación donde no había competencia, propiedad o dinero. 

El primer festival fue utópico, idealista y comunal, lo que vino después con sus distintos aniversarios ya fueron actos mediáticos corporativos. La marca Woodstock se explotó muy bien durante el siglo XX, pero al entrar en el nuevo milenio, las cosas cambiaron. En el 2009 sólo hubo un recital de Richie Heavens y la película de Ang Lee Taking Woodstock, basada en el libro de Elliot Tíber. 

Hoy, la empresa encargada de montar el 50.º aniversario ha cancelado el acto por no ser digno de la marca Woodstock. La página web recoge firmas y apoyos, pero, pese a que muchos ya compraron su entrada, parece que nada va a cambiar. Únicamente, en el Bethel Woods Center for the Arts, en la granja donde se celebró el festival, va a haber actos de conmemoración. Coincidiendo con los días del histórico festival (15-18 agosto) habrá conciertos de Ringo Star, Santana y John Fogerty. El día 14 se proyectará el histórico documental de Michael Wadleight Woodstock, tres días de paz y música, que ganó el Oscar en 1970 y que se conserva como patrimonio cultural en la Biblioteca del Congreso. 

Gracias a este documental en cuyo montaje colaboraron personalidades como Martin Scorsese o Thelma Schoonmaker, hoy podemos disfrutar de lo que fue Woodstock, un acontecimiento que trasciende lo musical por su valor testimonial de la cultura hippy. Durante tres días los jóvenes dejaron testimonio de una postura vital, libertina, hedonista y excéntrica, donde las relaciones eran abiertas, las orgías abundantes y el consumo de drogas natural. Amor libre, liberación del cuerpo, comunión con la naturaleza y la música como forma de expresión fueron sus señas de identidad. Las bandas de rock se erigieron en líderes de la nueva cultura como lo habían sido poetas, dibujantes de cómic o todos los que presentaban alternativas a la industria del entretenimiento. 

El legado de Woodstock pervive en los festivales de hoy y el creer que vendrán nuevas generaciones a crear un mundo mejor

Woostock fue la expresión de la libertad de unos jóvenes que plantaban cara al sistema sin armas y con una actitud pacifista y de retorno a los orígenes. 

Los hippies bebieron de los primeros colonos norteamericanos, los indios primitivos y de la influencia de naturalistas norteamericanos como Emmerson, Whitman o Thoreau, además del espíritu de rebelión de la generación beat. Su esplendor ocurrió a mitad de los sesenta; los mass media inventaron aquello del “verano del amor” (1967) y poco después, el sistema puso cerco a sus ilusiones.

1968 fue el año del cambio, con las muertes de Bob Kennedy y Luther King. Llegaron los disturbios en las universidades, duros enfrentamientos entre los estudiantes y el ejército (Kent, Berkeley). Siguieron juicios como el de Chicago contra quienes se manifestaron contra la convención demócrata y la corrupción política. Líderes de la psicodelia como Timothy Leary acabaron entre rejas, e iconos musicales y del pacifismo como John Lennon, deportados.

La droga empezó a llevarse a mitos como Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Brian Jones o Jim Morrison. Las estrellas del rock se hicieron millonarias, los jóvenes crecieron y la utopía desapareció para dar paso a unos tiempos bastante oscuros en los que Norteamérica sufrió una crisis de conciencia con la derrota en Vietnam o el escándalo Watergate. Por todo ello, el festival de Woodstock constituye el último bastión de lo que fue el esplendor de los hippies. 

Hoy su legado pervive en los conciertos multitudinarios que forman parte de nuestro cultura como el Live Aid, el FIB, Glastonbury, Primavera Sound, Sónar y los incontables que se celebran por el mundo, aunque los más cercanos al espíritu de Woodstock son el Womad (World of Music, Arts & Dance), creado por Peter Gabriel en 1982, y el Burning Man Festival, vigente desde 1986, un encuentro donde no se aceptan comercios ni marcas. Esta gran cita se autofinancia y sólo excluye a quienes no pueden pagar, aunque se conceden becas para artistas. Entre sus diez preceptos se incluye regalar, la inclusión racial, el esfuerzo comunal, la participación, la responsabilidad cívica o el leave no trace (no dejar rastro). Como Woodstock, se construye de la nada, en mitad del desierto de Black Rock (Nevada), una ciudad que se mantiene durante siete días de arte, música, creatividad y bastante locura. Este año será del 25 de agosto al 2 de septiembre.

Este podría ser el Woodstock contemporáneo, porque no hay que vivir de la nostalgia sino de la pervivencia de unos ideales que, aunque utópicos, pueden servir para complementar nuestra vida cotidiana. La lección de los hippies es no destruir el planeta, escuchar a nuestro cuerpo y no tanto a la mente, recordando que fuimos seres primitivos en contacto con la naturaleza, libres de ataduras y tradiciones, ajenos a la máquina y el mercantilismo, además de conectados con el espíritu y las emociones. 

La música no volverá, Woodstock será enterrado, pero debemos creer que siempre vendrán jóvenes generaciones dispuestas a plantearse el mundo establecido, llenas de ilusión, con el espíritu libre y listas para crear un mundo mejor. Es el legado de los hippies que no debemos dejar morir.°

En memoria de M.ª José Ragué Arias, mi madre, que fue hippy.