¿Yo, me, mí, conmigo?

La extraña moda zentai es el último ejemplo de una sociedad que sitúa por encima de todo el yo. Incluso algunos comportamientos que se ven como espirituales y altruistas son ególatras. Y se cree que el egocentrismo aún puede ir en aumento.

La moda zentai se extiende por el mundo. Los que la practican se visten con un body de licra que cubre su cuerpo desnudo y salen con esa indumentaria a alguna fiesta. O, simplemente, a pasear por la calle. 

La idea proviene de Japón, pero ya se celebran actos zentai en Shanghai, Berlín o Reino Unido. En Francia se plantean si las leyes contra el burka pueden afectar a los usuarios. Y en cualquiera de esos ­lugares, los que ven a los zentai se preguntan por qué hay personas que se suman a esa moda. 

El spandex o licra permite respirar, pero, si es oscuro, apenas deja ver. Los aficionados dan muchas razones para ceñir todo su cuerpo (incluyendo ojos, nariz y oídos) y enfrentarse al mundo incomunicados. Los trajes zentai son útiles, por ejemplo, para meditar en el exterior y para estar en un lugar siendo, a la vez, anónimo. Pero, en todo caso, su disfrute tiene que ver con la privación sensorial, la sensación de aislamiento y el placer de sentirse ajeno al mundo. Se diría que esta moda es una metáfora del egocentrismo del mundo moderno.

El egocentrismo libra de la necesidad de agradar a los demás. O, por ejemplo, un factor que puede explicar el triunfo laboral de los egocéntricos es que no temen desobedecer a un superior o tomar decisiones que decepcionen a otros

Muchos estudiosos afirman que nuestra sociedad sufre una hipertrofia del yo. Usamos continuamente frases del tipo “lo importante es ser uno mismo”, “quiero sentirme realizado”, “tengo una crisis de identidad y necesito encontrarme a mí mismo”... que muestran que estaríamos encantados de conocernos.

La psicóloga Jean Twenge, en Generation Me (traducido habitualmente como Generación yo), retrató a los individuos modernos como personas inteligentes, arrolladoras y arrogantes. La autora repasa lo que ella considera consecuencias de la egolatría moderna: fenómenos como los “niños tiranos” (hijos que abusan egoístamente de sus padres) o el de los adultos completamente centrados en sí mismos a los que acusa de ser causantes de la corrupción y la crisis económica actuales.

Otro psicólogo, el estadounidense Roy Baumeister, ha estudiado los hitos cronológicos que nos han traído aquí. Según este investigador, el nacimiento del cristianismo, el Renacimiento y la Reforma protestante, la Ilustración, el movimiento romántico y finalmente, el impacto del capitalismo nos han dotado de los cuatro factores necesarios para el surgimiento del individualismo. En primer lugar, autoconocimiento: la práctica general de la confesión, que fue introducida por el cristianismo en el siglo XIII, es un ejemplo de acontecimiento social que cambia la psicología individual. En segundo lugar, el cambio en los criterios mediante los cuales nos definimos: a partir del siglo XVII, la identidad deja de asociarse con el linaje familiar. En tercer lugar, el tipo de relaciones entre el individuo y la sociedad: la rebeldía romántica, por ejemplo, aumenta la percepción de un yo en conflicto con el mundo. Y, por último, la necesidad de autorrealización que se fomenta, por ejemplo, a partir del surgimiento del capitalismo. 

Cuando estos autores analizan el panorama, parece que están pintando un paisaje muy sombrío. Cuando leemos la palabra egocentrismo la asociamos inevitablemente con términos como falta de empatía, egoísmo o insolidaridad. Pero muchos autores no están de acuerdo con ese análisis…

Los rasgos psicológicos asociados a los ególatras pueden conducirlos, paradójicamente, a conductas más altruistas. Un ejemplo: el egocentrismo nos libra de la necesidad de agradar a los demás. Edward Roberts, profesor de la MIT’s Sloan School (Estados Unidos), encontró un factor que explicaba el éxito laboral de muchos de esos miembros de la generación yo: son personas que no temen desobedecer órdenes de los superiores o tomar decisiones que decepcionen a los demás. Su tendencia a mirarse a sí mismos les lleva a buscar la satisfacción de sus propias expectativas y a ignorar las ajenas.

Y no hay que olvidar que el exceso de deseabilidad social, la tendencia a contentar a los demás, es responsable de muchos hechos perversos. En su libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, la escritora Hannah Arendt analiza la personalidad del oficial Adolf Eichmann, responsable de la muerte de miles de personas en campos de concentración durante la época nazi. Y llega a la conclusión de que, sobre todo, se trataba de una persona perfeccionista que necesitaba que su trabajo fuera aprobado por las personas a las que admiraba. Su dependencia de la opinión de los demás le llevó a convertirse en uno de los mayores criminales de la historia.

Tom Hadfield, sin embargo, es un ejemplo contrario. Cumple todos los estereotipos de la generación yo: con 15 años montó una empresa de internet, usando el ordenador de sus padres, que fue valorada poco después en 40 millones de dólares. Pero hace un tiempo que está retirado de los negocios. Al igual que otros representantes de ese grupo de personas supuestamente centradas en sí mismas, se dedica a la filantropía. Ha fundado, por ejemplo, MalariaEngage, una página dedicada a conseguir donaciones y difundir investigación para luchar contra la malaria. En uno de sus discursos se encuentra una frase que puede servir para resumir la ética egocéntrica: “Sólo se puede ayudar sinceramente a un colectivo cuando no se tiene necesidad de él”. 

Los partidarios de esta forma de entender la sociedad están contentos con las tendencias modernas porque asumen que la verdadera solidaridad parte del reconocimiento de nuestras necesidades. Científicos como Richard Dawkins, autor de El gen egoísta, niegan la posibilidad del altruismo total. Según ellos, sólo existe una pátina cultural que nos hace disfrazar nuestras propias necesidades. Pero las investigaciones muestran que ciertos comportamientos que consideramos espirituales y altruistas son, en el fondo, absolutamente ególatras.

El investigador Nick Epley, de la Universidad de Chicago, publicó un artículo en la revista Psychology Today en el que estudia este sesgo hacia el ego personal en las creencias religiosas. Este psicólogo recuerda que muchos creyentes hablan de su dios como si fuera un amigo imaginario al cual caen bien porque está de acuerdo con todo lo que piensan. Las personas interrogadas por Epley atribuyen al ser supremo de su religión sus ideas acerca de los asuntos morales. Por eso las zonas del cerebro que se activan cuando se le pregunta a los sujetos “¿Qué piensa Dios acerca de esto?” son las mismas que se utilizan cuando se les interroga acerca de sus propias opiniones. Es como si el cerebro usará a su dios como un álter ego de ellos mismos. 

Ese trasfondo egocéntrico de la religión explicaría, por ejemplo, cómo los creyentes pueden caer en actos de hipertrofia del yo tales como pedir a su dios que su hijo apruebe unas oposiciones (es decir: que las suspendan los hijos de los demás). O incluso, llevando al límite ese mirarse únicamente a sí mismos, cómo se puede creer que en una guerra alguno de los bandos tiene a un ser supremo de su parte. Es el egocentrismo que ponía de manifiesto el escritor Ambrose Bierce cuando, en su Diccionario del diablo, definía “Rezar” como “Pedir que las leyes del universo sean anuladas en beneficio de la persona que reza”.

La religión es sólo un ejemplo. Los argumentos científicos a favor de la preponderancia del yo en el ser humano parecen ser abrumadores. Y quizás por eso los autores que miran al futuro dan por descontado que esto seguirá siendo así. Robert Ettinger, el llamado padre intelectual de la criogenización, habla en su libro Youniverse de que la filosofía moral del hombre nuevo (aquel que llegará a superar el concepto de muerte) se basará en dos axiomas: “yo-primero” y “sentirse-bien”. 

El visionario escritor defiende que nuestro yo es la única parte del mundo que podemos percibir directamente y por eso cualquier comportamiento (incluido el comportamiento altruista) tiene que basarse en que ese yo se sienta bien. Si realizamos un acto por los demás, lo hacemos para estar más a gusto con nosotros mismos, es decir, por motivos egocéntricos. En su libro (subtitulado “Hacia una filosofía ­individual”) recopila datos que, según él, muestran hasta qué punto esto es algo cada vez más claro en la sociedad contemporánea.

El zentai quizás sea el síntoma del cambio que se está viviendo en muchas sociedades de una cultura de mentalidad colectivista a una psicología mucho más individualista. Para ciertos investigadores, esto supondrá un aumento del egocentrismo en el ser humano, con sus consecuencias positivas y negativas.

Para otros, sin embargo, sólo cambiará una cuestión: no habrá necesidad de disimular nuestro egoísmo. Sin necesidad de vestirse con ropa de licra, las nuevas generaciones podrán ser solidarias sin diluir sus propias necesidades. Vivirán en un mundo en el que todo el mundo admitirá que les importan más ellos que los demás. Una época en la que todo el mundo sabrá que, en realidad, la acusación de egocentrismo sólo la hacen los que están ofendidos porque no nos olvidamos de nosotros mismos para satisfacer sus necesidades. Como decía Ambrose Bierce en el antes citado Diccionario del diablo, llamamos egoísta a “una persona de mal gusto que se interesa más en sí misma que en mí”. Quizás en el futuro esa acusación ya no tenga efecto.