Youtube, el lugar donde ocurre todo

En una década, YouTube se ha convertido en mucho más que un popular agregador de vídeos: es la nueva ventana al mundo, su guía de funcionamiento, una poderosa herramienta empresarial, el mejor trampolín para el talento y la memoria visual de la humanidad.

Si un instrumento es capaz de cambiar lo que hacemos, cómo lo hacemos, cómo nos vemos, cómo contemplamos el mundo y cómo nos proyectamos en él, no es aventurado concluir que ha modificado lo que somos. A estas alturas ya pocos observadores sensatos se atreven a discutir que internet es la más trascendente revolución tecnológica (y, por tanto, cultural) que ha conocido el hombre como ser social desde la invención de la imprenta. De esa nueva red, YouTube no sólo se ha convertido en diez años en una de las herramientas más relevantes, sino que ha sido también uno de los principales motores de su crecimiento. Tanto o más que las famosas descargas ilegales o los archivos compartidos.

Tres jóvenes crearon la web para compartir vídeos en febrero del 2005; antes de acabar el año, ya tenía 50 millones de visitas diarias

La web, con sede en San Bruno (California), nació en febrero del 2005, creada por Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim, tres jóvenes exempleados del servicio de pago on line PayPal. Los propios inventores han dado versiones diferentes sobre cómo se les ocurrió la idea, pero el elemento común a todos esos relatos es que querían compartir vídeos de la manera como otros sitios web permitían compartir fotos.

Antes de acabar el 2005, el número de visitas diarias de YouTube ya había alcanzado los 50 millones. Y pocos meses después, Google, con olfato de sabueso, compraba la compañía. Desde entonces, no ha parado de crecer. Hoy, YouTube no sólo es el sitio web agregador de vídeos más popular, sino una nueva forma de ver y construir el mundo. Es el lugar donde ocurren las cosas. Su descomunal éxito y el cambio de escala sobrevenido ha modificado su propia naturaleza original y ha provocado un salto cualitativo en la forma en que el hombre del presente se relaciona con la imagen.

Empezando por su cometido original, el de un lugar donde usuarios anónimos comparten vídeos, YouTube, diez años después, ha sacado a muchos de ellos del anonimato, y la voluntad de compartir vídeos se ha convertido en una actividad económica de alta remuneración. La compañía paga hoy un porcentaje a los propietarios de un canal en YouTube en función de las visitas que genera. Los youtubers –de los que Magazine habló hace un año–, dedicados a las más variadas actividades, desde el videoblog hasta las clases de matemáticas, las recetas de cocina o los videojuegos comentados, se han convertido en otra forma de televisión que, por su naturaleza fragmentaria e inmediata, satisface las demandas del consumidor audiovisual contemporáneo de un modo en que la televisión convencional no puede permitirse.

Esta cualidad fragmentaria, breve e instantánea es en realidad una herencia del mundo del porno. Aunque hace unos años la sola mención del hecho era incómoda, hoy nadie duda del impacto de la pornografía en la expansión de internet, sobre todo hasta que la velocidad de navegación y los crecientes usos sociales, en la segunda mitad de la década pasada, tomaron el relevo. Pero hace unos pocos años, incluso por delante de las descargas de música de la era Napster, el verdadero catalizador del despliegue de la red fue la posibilidad de un acceso ilimitado a vídeos porno. De hecho, los sistemas de compresión de vídeo para su visualización en streaming son un desarrollo instrumental generado por la industria del sexo en los primeros años de la presente centuria, fórmulas que permitían reducir los paquetes de datos para que los precarios módems de entonces pudieran digerir imágenes en movimiento.

Pero YouTube no sólo debe al porno su tecnología y, parcialmente, la organización de sus contenidos. También ha heredado la peculiar naturaleza del hecho visual pornográfico. A diferencia del formato de la televisión, una corriente continua de contenidos, o del cinematográfico, una unidad narrativa completa y cerrada, YouTube ha absorbido la sustancia de la contemplación del porno digital. Lo explica de forma elocuente Jorge Dionisio López, periodista y analista digital: “La imagen pierde su contexto y, por tanto, su pertenencia al relato. No está editada ni pasa por el periodismo y sus filtros. Se presenta en bruto, como una eyaculación, como el porno anatómico, en el que da igual quién es quién porque apenas vemos el rostro”. Esta nueva forma en que se presenta la realidad desnuda también afecta de forma profunda a la contemplación. La recepción “suele ser igualmente pornográfica, porque es individual”, a menudo íntima, “y no conduce a la búsqueda de información o de contexto, sino simplemente de un shock. Zas. Y a otra cosa”, concluye.

Se ha convertido en una especie de memoria visual permanente de la humanidad y ha cambiado los mecanismos de la popularidad

Lo singular es que esa “otra cosa” a menudo es un vídeo relacionado con el anterior u otro que el motor de búsqueda de contenidos de YouTube deduce que será de nuestro interés. Así, a diferencia de la sesión de porno, las sesiones de YouTube son de extensión indeterminada. Como rascarse, una vez se empieza con una búsqueda, el usuario puede pasarse horas frente al ordenador de vídeo en vídeo. Y la potencia del fenómeno es tal que es perfectamente rastreable en los formatos televisivos: los programas llamados de zapping, y de forma singular, formatos de rastreo en los archivos como Cachitos de hierro y cromo (de La 2), no son sino una absorción televisiva del concepto YouTube, incluso aunque en muchos casos lo antecedan.

En este sentido, una de las utilidades más relevantes de YouTube es su condición de memoria visual permanente de la humanidad. Hace sólo 15 o 20 años, cualquier reposición, aun cuando se tratara de unas pocas imágenes de algún contenido impregnado de nostalgia, obligaba a correr al televisor para ver, por ejemplo, la careta de presentación de Mazinger Z, o fragmentos del Un, dos tres… responda otra vez. La memoria individual –con sus abundantes imprecisiones y maquillajes y su tendencia a construir sentido– ha sido hoy sustituida por los inmensos fondos archivísticos de YouTube. Cualquier actuación musical recordada, cualquier videoclip, cualquier testimonio audiovisual de un hecho histórico –desde la muerte de Kennedy hasta el 15-M, pasando por la dimisión de Nixon, la caída del Muro o el 11-S– está en YouTube. Esta alternativa a la memoria conduce a un fenómeno extraño y netamente contemporáneo que podría interpretarse de forma anfibológica: supone tanto una impugnación de la nostalgia, por vivir en un presente que contiene todos los pasados posibles, como todo lo contrario: un estado hipertrofiado de nostalgia permanente.

Y un cambio cuantitativo puede suponer una transformación cualitativa. Es decir, el cambio de escala conduce a una modificación de la materia. Así ocurre con la popularidad. Internet en general, pero YouTube muy en particular, han introducido el inmanejable concepto de la viralidad. Aunque hoy es común escuchar a los gurús del marketing o a las grandes compañías encargar “campañas virales” a sus agencias y gestores de identidad digital (los llamados pomposamente community managers), la viralidad es casi siempre accidental y no puede ser fácilmente fabricada.

La web de vídeos condiciona hoy muchas creaciones audiovisuales y ha permitido que cualquiera pueda emitir al mundo sus imágenes

Un caso español reciente que ilustra esta cualidad contingente de la viralidad es el de las campanadas de Nochevieja en Canal Sur. Coca-Cola patrocinaba con una sobreimpresión en pantalla la retransmisión. Sin juzgar cuál habría sido el impacto de esa publicidad, el caso es que una pifia (la continuidad de la cadena interrumpió dos veces las campanadas para emitir publicidad institucional) convirtió de súbito en viral el vídeo de las campanadas en Canal Sur. Perdió la cadena –al menos, en autoestima–, pero ganó el anunciante, que vio digitalmente multiplicada su audiencia.

La viralidad, como un breve momento de fama universal, afecta a muchos vídeos anónimos, singularmente, los relacionados con animales (el éxito de los gatos está pidiendo a gritos una tesis doctoral) y bebés, o con una combinación feliz de ambos, pero también puede constituirse en un trampolín hacia una fama permanente. El caso del cantante Justin Bieber, joven anónimo que comenzó a colgar sus vídeos en YouTube, donde se volvieron virales hasta llamar la atención de una discográfica, se está convirtiendo en el modelo que aplica la industria de la música, que ha encontrado en la exhibición voluntaria de talento en YouTube (y en MySpace, que también cumplió esa función durante unos años aunque con menor impacto) una inesperada oficina de audiciones y contratación. En España, Pablo Alborán es otro caso en el que internet sustituye a los obsoletos mecanismos de escalada en la industria musical.

Otro tanto ocurre con los creadores audiovisuales. Los cortometrajes, las webseries e incluso las fanfic (expansiones u homenajes creadas por los fans sobre obras muy conocidas, como las series de Star Wars o Harry Potter) no sólo son un mecanismo de popularidad y divertimento, sino también agencias de cazatalentos (headhunters, en lenguaje de los negocios): falsos vídeos de ovnis se han convertido en vehículos de contratación para pequeñas empresas de efectos especiales, lo mismo que los tráilers alternativos montados por aficionados han llamado la atención de la industria tanto como para contactar con sus autores con un contrato en la mano.

La importancia que YouTube ha alcanzado modifica los parámetros con los que se conciben incluso los productos audiovisuales cuyo destino principal no es la red. La aspiración de todo programa televisivo de entretenimiento o información es lograr momentos susceptibles de convertirse en piezas devoradas por los internautas.

Del mismo modo, hoy YouTube determina el éxito o el fracaso de piezas culturales promocionales como los videoclips o los tráilers de cine, bien a pesar de que el destino original de los primeros son los canales de televisión musicales, y el de los segundos, su proyección en salas de cine.

En una época como esta, de cambios acelerados y profundos, y por tanto, como diría Ignacio de Loyola, tiempos de tribulación, medran los mensajes apocalípticos sobre la ciencia y la tecnología. Por eso es importante subrayar las virtudes ciudadanas que aporta algo tan inocente como un agregador de vídeos. Al igual que otras herramientas de la red, YouTube es un arma potente de la libertad de expresión y el derecho a la información. También, es vehículo de provisión de contenidos para los informativos convencionales de televisión. Aunque en el caso particular del ataque contra la revista parisina Charlie Hebdo, el vídeo del asesinato del policía francés no salió del popular sitio de vídeos sino que fue facilitado por su autor a una agencia de noticias, su naturaleza de “vídeo de YouTube” es innegable, por sus cualidades formales y de contenido, lo que hizo que corriera como la pólvora a través de los servidores de la compañía de San Bruno.

Así, a pesar de los déficits relacionados con la protección de los derechos de autor, el control parental de contenidos, la difusión de ideologías totalitarias o actos de terrorismo –que a todo ello ha servido YouTube–, lo cierto es que este sencillo invento para compartir vídeos, sustituto de la maldita sesión de té con visionado del vídeo de la boda, ha cambiado no sólo la forma en que el mundo se nos presenta, sino el modo en que lo concebimos, interpretamos y entendemos. En una era genuina y hegemónicamente audiovisual, el acceso a los beneficios de su naturaleza –la voluble fama, sí, pero también un inmenso océano de información y memoria, o sea, conocimiento– ha permitido que la ciudadanía se haya emancipado de la jerarquía que imponen los grandes conglomerados multimedia. Es decir, ha contribuido, junto con otras muchas herramientas de la red, a que hoy vivamos, como afirma el filósofo Javier Gomá y ratifica cada día la ciencia, en el mejor de los mundos que la humanidad ha conocido.

 

2005 nike-ronaldhino 
Este vídeo fue colgado en la web de YouTube en octubre del 2005, cuando la compañía cumplía seis meses. El tráfico de la web se había empezado a disparar unos meses antes, cuando los usuarios de MySpace comenzaron a colgar sus vídeos enlazados desde YouTube. Pero la popularidad del spot del futbolista hizo que muchas grandes compañías repararan de súbito en las potenciales posibilidades de difusión comercial que ofrecía el invento de Hurley, Chen y Karim. 

 

2005 lazy sunday 
En diciembre del 2005, el grupo de comediantes The Lonely Island grabó un corto con la canción Lazy Sunday para el célebre programa de televisión Saturday Night Live. Un usuario colgó el vídeo en YouTube, y las visitas de la web, que por entonces rondaban los 50 millones al día, se multiplicaron por cinco. Fue el principio de un fenómeno hoy muy explotado: YouTube como vehículo para multiplicar el impacto de momentos televisivos célebres. 

2014 RETRIBUTION, A star wars fan film 
La combinación de las nuevas herramientas de rodaje digitales y los programas de posproducción domésticos fue un catalizador de la creación audiovisual de aficionados. Y YouTube, la plataforma. El fanfic (homenajes a producciones de éxito) rápidamente prendió en YouTube y no ha hecho más que crecer en ambición y calidad con los años. Esta producción que rinde homenaje a la célebre creación de George Lucas es un ejemplo del punto al que ha llegado la calidad de estas películas y series.

1982 fernando esteso en el festival de benidorm
En 1982, el actor y humorista Fernando Esteso se presentaba en el festival de Benidorm con una canción “en serio”. La final estaba estructurada de forma que beneficiaba las opciones del actor, lo que fue contestado por el jurado popular dejándolo en última posición. Este momento, difuso en la memoria, es hoy accesible en YouTube, web que se ha ido convirtiendo en una exhaustiva memoria tecnológica en la que están todos nuestros recuerdos televisivos.

2015 charlie hebdo
El disparo a bocajarro de uno de los yihadistas contra un policía herido es, sin duda, la imagen del mes de enero del 2015. Este vídeo de un aficionado no fue distribuido por YouTube en primera instancia, sino por una agencia de noticias, pero tanto su difusión posterior como su naturaleza formal hacen de él un ejemplo palmario de cómo las características de los vídeos de YouTube afectan a la forma en que contemplamos y comprendemos la realidad, incluso los periodistas.

 

2015 justin bieber 
Hoy YouTube es el lugar en el que los videoclips de este popular cantante son vistos por decenas de millones de seguidores, pero el propio Justin Bieber es uno de muchos ejemplos de cómo la herramienta sirve para darse a conocer. Bieber colgaba en la web vídeos en los que interpretaba sus primeras canciones en su casa. De súbito se convirtió en una celebridad digital de tales dimensiones que apareció una discográfica con un contrato. El resto es historia.

 

 

Las cifras del fenómeno Youtube

 

1.000 millones de usuarios mensuales


6.000 millones de horas de vídeo vistas al mes


Cada segundo se suben 1.40 h de vídeo, 100 horas por minuto (en el 2012 eran 60, y en el 2010, 24)


Más de un millón de empresas ya lo utilizan para su publicidad


Traducido a 61 idiomas


Se estima que más de un millón de usuarios obtienen ingresos regulares de Youtube


página más visitada del mundo


3,5 millones de páginas con enlaces a youtube


Un 40% del tráfico de Youtube procede en la actualidad de dispositivos móviles