Belice, sorpresa caribeña

Un país fascinante que se asoma desde el sur del Yucatán a las cristalinas aguas del Caribe. Un arco iris de gentes, culturas y paisajes que merece un alto en el camino.

Un intenso aguacero sorprende a la ciudad de Santa Helena. Los que están a tiempo se refugian con prisa bajo un toldo anclado en medio de una explanada sembrada de hierba recién segada. En el cielo sigue brillando el sol a pesar de la tromba de agua. Mientras, bajo el entoldado, la gente se acaba  mojando igual, debido a la fuerza con que descargan las nubes y al viento. El cobertizo estaba destinado a proteger del sol a unas reinas de la belleza beliceñas que, por el momento, no aparecen.

Los beliceños están acostumbrados a tormentas tropicales y a los huracanes  que dejan a su paso desolación y una tediosa vuelta a empezar

Tras el turbión, el tinglado cumple su cometido: llegan, glamurosas, las afortunadas jóvenes. La gente ríe, baila y contempla la prometida belleza caribeña.

Está a punto de comenzar el desfile del día de la Independencia. Esto es el Caribe, así que ni la lluvia ni el calor sofocante que le sigue detendrán nada. Y menos un acontecimiento festivo tan esperado. Belice cumple años cada día 21 de septiembre, desde su proclamación como Estado en 1981, cuando se independizó del imperio británico. Antes, estas tierras fueron mayas hasta que los españoles desembarcaron en sus costas. La resistencia maya primero, los ataques piratas después y la superioridad británica finalmente provocaron que los españoles cedieran el paso al imperio que convirtió este rincón caribeño en la Honduras británica, que pasó a denominarse Belice en 1973. Todavía hoy su reina sigue siendo Isabel II, y su forma de Gobierno, una monarquía constitucional parlamentaria.

La lluvia, que amenazaba infructuosamente el desfile, no le extraña a nadie de por aquí. Están acostumbrados a tormentas tropicales serias, que se repiten cada estación de lluvias. Huracanes en toda regla que dejan a su paso desolación y una tediosa vuelta a empezar para muchos beliceños. Así es esta tierra y no por eso sus habitantes la quieren menos o es menos bella.  Muestra de ello es la ciudad de Hattieville, denominada así por el huracán Hattie, que la destruyó en octubre 1961, acabando con la vida de más de 300 personas en toda la región, pero que hoy es un lugar sereno y recuperado.

Volviendo al desfile nacional, tras los discursos de los ministros y de las autoridades locales de Santa Helena comienza un desfile que durará casi toda la tarde. Tras la lluvia, el sol machaca las comparsas y también al público. Gentes de pieles y caras diversas que indican la amalgama racial, étnica y cultural que habita este pequeño rincón centroameri-cano.

Esa mezcolanza es  una de las mayores riquezas del país y quizás el aspecto que más llame la atención al visitante. Hindúes, chinos, rastafaris, mayas, mestizos, criollos, garífunas, europeos, estadounidenses, canadienses, sudamericanos, guatemaltecos y hasta inmigrantes africanos, sirios, coreanos y libaneses, todos tienen su espacio aquí. Para comunicarse entre todos tienen el idioma inglés como lengua oficial, o el español, ampliamente utilizado por razones geográficas obvias. Un arco iris étnico que acaba siendo la principal seña de identidad del país. A uno le cuesta adivinar donde está si no se lo dicen de antemano.

La mezcla es una de las mayores riquezas del país: hindúes, chinos, rastafaris, mayas, criollos, garífunas, europeos, guatemaltecos, africanos, sirios, coreanos y libaneses: todos tienen su sitio 

De entre toda esa transgresora mixtura, tal vez la más exótica e inesperada de las apariencias,  –paradójicamente– sea la de los menonitas, un grupo religioso de doctrina muy conservadora, pacifista y tradicionalista, originado en el siglo XVI. La colonia que se estableció en Belice pertenece a la rama de los conocidos como menonitas rusos, cuyo origen hay que buscarlo en la actual Polonia, desde donde emigraron a finales del siglo XVIII, cuando aquel territorio pertenecía a la antigua Prusia. Tras una época asentados en Canadá, la comunidad se desplazó a Centroamérica, y ya en los sesenta del siglo XX acabaron echando raíces en Belice. Se calcula que hoy en día puede haber unos 12.000 menonitas en todo el país, y que casi todos utilizan  el plautdiettsch, un dialecto del bajo alemán.

Si uno se acerca a la localidad menonita de Spanish Lookout, tiene buenas posibilidades de ver a algunos de ellos e incluso de entablar conversación. Normalmente son comunidades muy cerradas que apenas tienen contacto con el mundo exterior. El de Spanish Lookout es un grupo más abierto y moderno con el que es posible interactuar de forma comedida y sincera, con cuidado de no observarlos o tratarlos como una atracción turística.

La gasolinera-cafetería-supermercado que hay en la carretera que se adentra en esta comunidad granjera es un cuadro surrealista. Por la apariencia y por el tipo de parroquianos que la frecuentan podría estar perfectamente ubicada en algún lugar de Alaska, Samoa, Antillas, el Lejano Oeste americano, Caribe o Sudáfrica. A ojos del viajero, una extravagancia interesantísima.

Tierra Maya, corazón beliceño. Basta cruzar el puente Hawkes-worth, construido en 1949, para pasar de Santa Helena a San Ignacio, localidad donde uno no debería perderse el mercado diario, sobre todo si es el del sábado, día en el que está más animado y los menonitas acuden con sus carros a vender queso elaborado de forma artesanal. Si de allí uno continúa hacia la cercana frontera guatemalteca, se encontrará con un ejemplo de la huella dejada por los mayas en la región: Xunantunich. Este recinto arqueológico es uno de los que vale la pena visitar junto a El Pilar y Caracol, aunque menores los hay a cientos repartidos por toda la geografía del país.

Xunantunich se alza a orillas del río Mopán y traducido del maya yucateca significa mujer de piedra, un nombre que viene acompañado de una antigua leyenda. Se cuenta que el fantasma de una mujer de piedra vestida de negro, con ojos luminosos, se aparece en las ruinas y asciende por la majestuosa escalinata del conjunto conocido como El Castillo, para desaparecer de nuevo al atravesar sus pétreos muros.

William Miesch tiene 48 años y luce un poblado bigote a lo mexicano. Ejerce de encargado en la finca duPlooy, hoy dedicada al turismo de naturaleza. William es de origen maya yucateca. “Mis abuelos llegaron a estas tierras desde el Yucatán y eran puro maya”, relata William. Sus antepasados fundaron la pequeña localidad en la que todavía él habita hoy, San Antonio. “Un 70% de los vecinos todavía hablamos el maya yucateca, pero se está perdiendo poco a poco”, se lamenta. William no se siente extranjero en Belice a pesar de ser de origen mexicano. “Mi corazón es maya, y esta tierra es maya”, declara orgulloso.

William llegó a conocer a Ken duPlooy, que junto a su mujer Judy y sus cinco hijas dejaron atrás Carolina del Sur y se mudaron a esta selva en 1987. Cayeron enamorados de aquel pedazo de tierra, un flechazo. Y lo que iba a ser una breve visita se convirtió en un “para siempre”. Ken sufría del corazón, fue sometido a un trasplante en Sudáfrica y pudo disfrutar de su jungla durante 22 años antes de su muerte. Hoy su familia está repartida entre Estados Unidos y Belice.

Desde la finca duPlooy hasta Santa Helena hay dos horas en canoa río Macal abajo. William conoce bien esta tierra, sus sonidos, olores y vegetación. Asegura que si gritas en Xunantunich, el eco es sobrecogedor, y que sus antepasados mayas tuvieron que ser ayudados por los espíritus para poder construir semejantes templos.

La patria del Jaguar. Más allá del relativo interés que pueda tener una visita a la capital beliceña, Belmopán, o su ciudad principal, Belice City, este pequeño rincón mesoamericano es sobre todo jungla y naturaleza tropical. Un aspecto no siempre valorado y salvaguardado, a pesar de los programas de conservación gubernamentales. Al expolio de maderas como la caoba o de plantas como la palmera ornamental cola de pez, hay que añadir la caza furtiva de especies animales protegidas, sobre todo aves. Pero es aquella una selva de aspecto desaliñado que se resiste, aguanta y lucha por salir adelante. Todavía es posible contemplar al tapir, al jaguar, al yacaré o a las iguanas arborícolas y a especies de aves bellísimas como el tucán aracarí anillado o la simpática y sociable ave chachalaca. Las noches sirven para que el mono congo o aullador añada misterio con su aullido grave y arcano, y más allá de tierra firme, en sus aguas cristalinas nadan ballenas, tiburones y apacibles mantas rayas. El olfato se embriaga si el caminante tiene la suerte de toparse con el árbol ylang ylang. El aceite extraído de su bella flor es la base del perfume Chanel Nº 5. Este árbol es original de Asia, pero está muy extendido por todo el trópico, en especial en Centroamérica.

Si se tuviera que destacar una amenaza, probablemente sería la que sufre una de las especies más bellas del planeta: el jaguar. Un animal sagrado para los mayas, que tuvo en Belice el primer espacio natural protegido donde refugiarse. La reserva de Cockscomb es el único santuario del mundo para jaguares, un animal tan bello como huidizo.

No toda la naturaleza se tiñe de verde en Belice. El azul del mar Caribe es otro de los grandes regalos que ofrece este país. Toda la costa se encuentra flanqueada por los llamados cayos, es decir, islas y atolones coralíferos que forman una barrera de coral similar a la australiana –eso sí, más pequeña– que es considerada patrimonio de la humanidad. Suelen ser islotes paradisiacos poco habitados o destinados al turismo, pero que mantienen esa atmósfera de letargo que tanto se agradece a la hora de desconectar del resto del mundo. Una de las mayores atracciones de la zona es el conocido como Gran Agujero Azul. Un orificio o cenote marino, provocado por el hundimiento del techo de una cueva caliza de las que tanto abundan por la región.

El explorador Jacques Cousteau hizo famoso este lugar por sus investigaciones oceánicas en él y por declarar que era uno de los diez mejores sitios del planeta donde bucear.