Croacia Corazón eslavo, alma veneciana

El aire vienés de Zagreb, la capital, el sabor italiano de Zadar, la garra mediterránea de la costa dálmata, la huella del imperio romano en Split, los parques naturales intactos, el vigoroso renacer de Croacia después de la guerra se palpa en cada uno de sus rincones.

Primosten, pueblo medieval enclavado en una península cerca de Sibenik, en la costa dálmata croata

Zagreb, la capital de Croacia, tiene al menos dos museos que se salen de la norma. Uno, dedicado a la pintura naïf. El otro, a las relaciones rotas. Ambos parecen hacer guiños a la historia reciente del país, tanto en lo que se refiere a cierta ingenuidad ajena al corsé de las normas como a lo de romper lazos, no en vano, la guerra de los Balcanes aún está presente en el imaginario colectivo. Son los croatas los que sacan el tema con naturalidad al hablar con los extranjeros. Sin duda, la bonanza del turismo ayuda a pasar página: el país, de cuatro millones de habitantes, recibe a 14 millones de visitantes al año. La belleza de la costa dálmata, los parques nacionales en el interior y el atractivo imperial de la capital son los responsables.

La capital croata mantuvo durante años una fuerte vinculación con Austria, de manera que cuando el emperador Francisco José I se acercó a inaugurar el Teatro Nacional, aprovechó para visitar el parque nacional de Plitvice, uno de los grandes atractivos del país. La estación de tren cierra un conjunto de plazas, bulevares y jardines conocido como la Herradura Verde y tiene por vecino el hotel Esplanade, alojamiento indispensable para los viajeros del Orient Express entre Estambul y París. Con 90 años a su espalda, sus salones retienen la atmósfera de exclusividad de antaño.

La guerra balcánica aún está presente en el imaginario colectivo; son los croatas los que sacan el tema con naturalidad 

El camino de la Ciudad Baja a la Alta es una sucesión de propuestas lúdicas que toman la calle. Ferias y conciertos se dan el relevo hasta llegar a la plaza de Josip Jelacic, el corazón de esta ciudad compacta que se recorre a pie con facilidad. La sombra de Hermann Bollé, arquitecto alemán que hizo fortuna aquí, está presente en muchos edificios, incluso en la catedral, reconstruida tras el terremoto de 1880. Las lámparas fueron donadas por un casino de Las Vegas.

Cerca de la catedral hay que visitar el mercado Dolac antes de llegar a la iglesia de San Marcos, muy característica por su techo cerámico con los escudos de Zagreb y Eslovenia y primera referencia veneciana que se encuentra en este recorrido por Croacia. En medio se encuentra la Puerta de Piedra. En la penumbra se conserva una pintura de María donde se detuvo un incendio en el 1731. Hay que ir con cuidado al cruzar el arco para no tropezar con los bancos donde rezan los fieles en medio de la calle. En la penumbra de las paredes cuelgan docenas de exvotos. Más mundana es la calle de Tkalciceva, donde abundaba la prostitución legal en el XIX y que hoy en día está repleta de terrazas.

En Zagreb abundan los turistas coreanos, atraídos por la fama de un programa de televisión rodado en Croacia. La marea se convierte en tsunami a las puertas del parque de Plitvice. Situado a mitad de camino entre la capital y la ciudad costera de Zadar, el parque nacional ocupa 30.000 hectáreas, por lo que superado el acceso, el público no tarda en dispersarse por los distintos senderos. Una buena manera de atajar desde la entrada principal es atravesar una cueva con escalones que desemboca ante la cascada de Milka Ternina, dedicada a una soprano croata cuya voz tronaba como el fragor del agua.

Plitvice tiene 16 lagos comunicados por cataratas, que han erosionado la piedra kárstica hasta crear un diálogo verde turquesa entre el agua y las hayas que se reflejan en ella. Por el lago Kozjak navegan transbordadores eléctricos que acercan a los huéspedes de los hoteles de la orilla sur. Cerca se encuentra un pueblo en el que viven en casas subvencionadas los guías del parque y su familias, concepto que recuerda los tiempos de la economía centralizada de la antigua Yugoslavia.

De Plitvice a Zadar hay poca distancia y una carretera en buen estado, pero las curvas y el denso paisaje de bosques retrasan el momento de llegar al destino. Zadar fue fundada por los ilirios, pero fueron los romanos quienes le dieron forma. Desde entonces, casi siempre ha tenido una fuerte vinculación con Italia, en especial debido al interés de la república marinera de Venecia en asegurar la navegación en el mar Adriático. El control véneto sobre esta costa se completó en 1420, poco después de que el rey Ladislao I vendiera Dalmacia a los Dux para resolver sus problemas de tesorería.

Zadar se ganó el triste sobrenombre de “la Dresde de Croacia” después de que Mussolini la bombardeara intensamente

La posterior simpatía de Zadar por Mussolini le procuró un intenso bombardeo que le valió el apodo de “la Dresde de Croacia”. Por eso la parte nueva exhibe funcionales bloques comunistas, en contraste con el centro histórico empedrado y brillante tras el paso de miles de pies. Sin embargo, el ataque puso al descubierto las ruinas del foro romano, situadas junto a la iglesia de San Donato, singular por su planta circular.

El tenor Josep Carreras quiso cantar en esta obra cumbre del prerrománico croata durante su gira de despedida. Su presencia despertó tanta expectación que al final dio el recital al aire libre, frente a la iglesia de Santa María. En el convento anexo vive una comunidad de monjas benedictinas de clausura, a pesar de lo cual disponen de una activa presencia en las redes sociales. La tecnología también está presente unos metros al sudoeste, donde mejor se disfruta del ocaso. Allí se encuentra el Saludo al Sol, círculo de células fotovoltaicas que al anochecer se convierte en un juego de luces cambiante, acompañado del sonido del Órgano Marino, que reproduce sonidos según el vaivén de las olas.

El centro histórico de Zadar era una isla que acabó por unirse a tierra firme tras sellar el canal que queda frente a la Porta de la Terra Ferma. A la pequeña población vecina de Nin le pasa algo parecido, aunque en su caso sólo hay un puente que la salve del aislamiento. Unas salinas romanas y unas playas de arena –algo extraordinario en un litoral de cantos rodados– son parte de su encanto. Una vez dentro de la población, es imposible no evocar islas de la laguna veneciana como Burano o Torcello.

Su templo más destacado es paleocristiano y es “la catedral más pequeña del mundo”, ya que aquí se situó uno de los más antiguos obispados croatas. Durante el solsticio de verano, hay un momento en que la luz de sus tres ventanas converge en un solo punto, como en las películas de tesoros escondidos.

Sibenik también era un tesoro oculto en una bahía tras un estrecho canal, pero no lo bastante para los turcos. Por eso la protege el castillo de San Miguel, renovado hace un par de años con fondos europeos. En lo alto hay un anfiteatro ideal para los conciertos de verano. Desde allí se divisa la catedral, la mayor del globo construida sin madera ni ladrillo. Su piedra blanca proviene de la isla de Brac, al igual que la del palacio de Diocleciano en Split y el edificio de la Casa Blanca en Estados Unidos.

El templo no evitó una epidemia de peste en el siglo XVIII que se llevó a casi toda la población un mes de mayo, motivo por el cual todavía hoy no se celebran bodas en ese periodo. También por motivos de salud los venecianos construyeron abrevaderos para perros y gatos en las calles, aún presentes en Tomislav o Kalelarga. En la misma calle hay unos faroles dieciochescos que recuerdan que muy cerca se inauguró la segunda central eléctrica del mundo, dos días después de la del Niágara; irónicamente, esta fue obra del croata Nikola Tesla.

Rodea la catedral un friso de cabecitas de vecinos de Sibenik realizado por Juraj Dalmatinac, que, con ser fascinante, palidece ante la monumentalidad del palacio de Diocleciano cuando se llega a Split. Este ocupa todo el centro del casco antiguo. La tumba del último emperador que persiguió con saña a los cristianos es ahora catedral, pero más allá de los monumentos, lo hermoso de Split es perderse por sus callejuelas venecianas al oeste y más allá, para trepar al monte Marjan, donde hay un cementerio sefardí y la mejor panorámica para llevarse de recuerdo.