Dubái, el emirato del ‘más’

En pocas décadas Dubái ha pasado de ser básicamente desierto y tratos comerciales con unos pocos vecinos árabes a erigirse en la séptima ciudad más visitada del mundo, un imán laboral a escala internacional y la sede de algunas de las más superlativas construcciones. Es, a un tiempo, el más tolerante y delirante de los emiratos, una singular mezcla de principios islámicos y sueños megalómanos.

Vista de la ciudad, con sus múltiples rascacielos, desde su techo, el hotel Burj Jalifa 

Si se vuela a Dubái con la aerolínea Emirates, uno ya podrá experimentar dos constantes que le perseguirán durante toda su estancia ahí antes de haber abandonado siquiera la cabina: el lujo –en el 2013 fue escogida la mejor compañía aérea del mundo, y su oferta de entretenimiento a bordo lleva nueve años consecutivos siendo la mejor valorada por clientes de 160 países– y la magnificencia. Dueña de la mayor flota aérea de Oriente Medio, la compañía fue absorbiendo tanto espacio del aeropuerto internacional de Dubái que en el 2004 decidió invertir 4.550 millones de dólares en construir una nueva terminal para su uso exclusivo. Esta consiguió ganarse el adverbio que ejerce de segunda piel para el emirato: “Más”. La terminal 3 es, en efecto, la más grande del mundo y, en cuanto a superficie, constituye el mayor edificio del mundo.

El aeropuerto se erige pues en perfecta metáfora de la trayectoria de expansionismo y éxito, de reconfiguración y aperturismo, que en medio siglo ha elevado a esta ciudad Estado a foco de interés para el resto de los Emiratos Árabes Unidos a los que pertenece, y para Oriente Medio, a ser en el 2013 el séptimo destino más visitado del planeta y la urbe de mayor crecimiento económico (10,7%).

Dubái es un país libre de impuestos, lo que atrae a empresas y particulares; hasta los míseros sueldos de la construcción son más altos que en los países de origen de sus trabajadores inmigrantes

Inauguradas oficialmente en 1960, cuando las reservas de petróleo comenzaban a aflorar, sus instalaciones pueden permitirse una constante ampliación por el comercio y, sobre todo, al atraer a un turismo masivo, puesto que los yacimientos de oro negro se hallan prácticamente exhaustos –los beneficios extraídos del petróleo y del gas natural suponen en estos momentos menos del 7% de las ganancias–. Se calcula que Dubái recibirá 15 millones de turistas en el 2015 y que, hacia finales del 2016, habrá añadido por lo menos 140 hoteles a la oferta actual de 612. Por cierto, un dato que ilustra la complejidad de haber tenido que domar ingentes cantidades de arena y agua para servir a los intereses humanos es que la faraónica obra que supuso el cableado de internet lo convierte en un servicio de pago en muchos hoteles. En cualquier caso, logros y cifras espectaculares para un país que, entre mayo y octubre, se sume en un largo periodo de hibernación con temperaturas sobre los 40ºC de media durante el día y picos que rozan los 50ºC. Pero, mientras la mayor parte del planeta yace estancada en una tenaz recesión económica, Dubái puntea su paisaje con centenares de grúas que levantan rascacielos y atrae a millones de extranjeros como fuerza de trabajo.

La apoteosis puede llegar en el 2020 cuando, bajo el lema “Conectando mentes, construyendo el futuro”, este mastodóntico oasis artificial acoja la Exposición Universal. El emirato ya ha sido bautizado como la capital del shopping de Oriente Medio y la Ciudad del Oro por los cientos de toneladas del metal precioso que cambia de manos anualmente dentro de su perímetro, pero su desmedido apetito da síntomas de tomarse estas conquistas como un mero aperitivo.

 

Lamborghinis bajo la arena

Lo que a principios del siglo XX era un activo puerto estratégico –que le mereció el calificativo de Venecia del Golfo– en el siglo siguiente es el más poblado –más de dos millones de habitantes, de los que sólo un 10%-15% son árabes, con una media de edad de 27 años– y atractivo de los siete Emiratos Árabes Unidos gracias a una atávica combinación de astucia comercial y hospitalidad entendida como oportunidad de negocio. Dubái es un paraíso libre de impuestos e, igual que a finales del XIX los mercaderes persas atracaron en masa en sus costas atraídos por la falta de aranceles, actualmente empresas y particulares se instalan seducidos por la oportunidad de ganar abundante dinero en poco tiempo –la excepción serían los incontables asiáticos, en especial pakistaníes y filipinos, que se juegan la vida en la construcción por sueldos de miseria que, sin embargo, son de tres a cinco veces mayores que en sus países–.

Tales facilidades económicas nacen en parte de contar al frente del país con un jeque, Mohamed bin Rashid al Maktum, con una fortuna tan astronómica que en el 2007 donó 10.000 millones de dólares a una fundación educativa –Dubái es líder en escolarización infantil entre el conjunto de los países árabes– y que, en tiempos de bonanza, acostumbraba a principios de año a condonar la deuda de súbditos y extranjeros. Semejante gesto de magnanimidad llegó a su fin tras la crisis del 2008, que también alcanzó al país, si bien de forma menos virulenta y por menos tiempo, aunque dejando estampas apocalípticas que hubieran emocionado hasta las lágrimas al escritor J. G. Ballard y sus distopías: Lamborghinis, Ferraris y otros vehículos de alta gama abandonados a docenas en el desierto, hundiéndose bajo un manto de arena (pese al risible precio de la gasolina). Al fin de la gracia también contribuyó el abuso de los foráneos, que huían del país amparándose en la imposibilidad de ser perseguidos judicialmente, mientras que ahora nadie puede salir teniendo un pago pendiente, por ridículo que sea el montante.

El comercio y el turismo sustituyen en la riqueza del país los yacimientos de petróleo que empiezan a agotarse

Que el emirato resulte un imán para el trabajador y el turista se explica igualmente por su grado de tolerancia en comparación con sus vecinos del golfo Pérsico. La apertura a los no musulmanes de la mezquita Jumeria para el Entendimiento de las Culturas algunos días de la semana, con visitas guiadas de cara a familiarizarlos con los fundamentos del islam; la posibilidad de consumir alcohol en los restaurantes y bares de los hoteles o de adquirir productos porcinos en zonas delimitadas de algunos supermercados –en los que ya hay un imaginativo surtido de sucedáneos– se encuentran entre los signos de apertura. Sorprende asimismo la falta de códigos de vestimenta en las playas privadas –hay que ir con más prudencia en las públicas, caso de las que se extienden a lo largo de la amplísima Marina de Dubái–.

Hay notas disonantes, por descontado, como las condenas a prisión por adulterio, la necesidad de que una pareja haya contraído matrimonio para poder convivir, la prohibición de llevar a cabo muestras de afecto en público o la censura en internet (nada de webs pornográficas, de citas, ni sobre homosexualidad ni sobre Israel). En lo que sí se parece Dubái al resto de los emiratos es en la desmesura de las sanciones que comporta la menor de las infracciones de la ley. Para un extranjero, por ejemplo, ser arrestado en estado de embriaguez o haberse visto envuelto en un accidente de tráfico puede acarrear la expulsión inmediata y el veto de por vida.

 

Alimentarse de récords

Si Dubái ha conseguido multiplicar sin descanso el número de visitas en la última década, ha sido gracias a que a sus promotores urbanísticos los poseyó al unísono lo que sólo puede calificarse de voraz sueño megalómano. El enclave que a principios del siglo XX fue bautizado como “terreno vacío” por sus protectores británicos ha conseguido en cien años transformarse en una salvaje aglomeración de rascacielos y centros comerciales, autopistas y gigantescas urbanizaciones verdes. Si China tiene en Hong Kong y Estados Unidos en Las Vegas la plasmación de su ideal de modernidad delirante, el mundo árabe presume de Dubái. Desde el principio rector del exceso y la excentricidad, se ha librado una lucha a muerte por desposeer al desierto y al mar de sus títulos de propiedad. Si se tratara de una persona, ninguna etiqueta le sentaría mejor que la del nuevo rico que vive obsesionado con batir récords como prueba indiscutible de estatus.

Es la fiebre del “más, más, más”. La ciudad concentra el edificio más alto del mundo –el Burj Jalifa, de 828 metros, con una aguja preparada, según cuentan, para el día en que algún otro ose desafiar su reinado–; el hotel más lujoso del mundo –el Burj al Arab y sus siete estrellas con una decoración interior mareantemente kitsch–; el centro comercial y de ocio más grande y transitado del mundo –el Dubai Mall y sus 65 millones de visitantes en el 2012, 13 más que la ciudad de Nueva York–; la fuente con la coreografía de cañones de agua y juegos de luces más espectacular y costosa del mundo –The Dubain Fountain, con la que los creadores de su hermana en el hotel Bellagio de Las Vegas lograron superarse–; el jardín floral más voluminoso con 45 millones de muestras repartidas en 72.000 metros cuadrados… y así se podría seguir un rato más.

En Dubái el cerebro es proclive a cortocircuitos, como los generados por divisar un sinfín de islas artificiales que revelan hercúleas labores de drenaje; toparse con pistas de esquí o parques de atracciones en grandes almacenes, o cruzarse con mujeres con niqab sacando un iPhone 6 de su bolso Gucci.

Nada mejor para recuperar la cordura que ir en busca de las raíces arábigas. Se puede cruzar la ensenada que divide en dos la ciudad a bordo de un abra, una pequeña embarcación local. Pasear por el sombreado y peatonal barrio de Bastakiya, el centro histórico y cultural, y admirar sus viviendas tradicionales de adobe, conchas, palmeras y yeso que, coronadas por las características barjeel (torres de viento), acogen hoy tras su restauración museos y galerías de arte –pequeña muestra de la efervescencia que ha experimentado el arte contemporáneo en los últimos años con la Feria Art Dubai dinamizando el fenómeno–, así como tiendas de artesanía e incluso un hotel. Dentro de las mismas coordenadas se hallan el Zoco del Oro, un laberinto de callejuelas a rebosar de joyerías con precios muy asequibles para el bolsillo europeo, y el Zoco de las Especias, postrero vestigio del mercado tradicional.

Dubái nació oficialmente el 9 de junio de 1833, cuando el jeque Maktum bin Butti al Maktum, un líder tribal, persuadió a ochocientos de sus hombres para establecerse en su inhóspita orografía. Parte de la arena que contempló y restos de su sangre que hoy circulan por las venas de su familia en el poder parecen ser lo único que no ha devorado el tiempo.

ALGUNAS IDEAS PARA EL VIAJERO

 

HOTEL BURJ AL ARAB 
JUMEIRA 
El icono arquitectónico de la ciudad es este hotel de siete estrellas con forma de vela que se adentra en la playa en el área de Jumeira. La decoración es muy kitsch. Si no se posee una pequeña fortuna para disfrutar de una habitación, se puede tomar una copa en la última planta y gozar de fantásticas vistas (hay que reservar).

 

CARRERAS DE CAMELLOS
Deporte nacional que despierta pasiones y brinda toda una experiencia sociológica. La temporada va de octubre a marzo. Exige madrugar, pues las carreras empiezan a las 7-7.30 h, pero el colorido y el ambiente lo compensan. Las apuestas están prohibidas, pero hay premios por adivinar qué camellos llegarán a la final.

 

AL OROOBA ORIENTAL
Centro BURJUMAN. C. SHEIK jALIFA BIN ZAYED 
Una auténtica cueva de Aladino en la que comprar alfombras de calidad, kilims, objetos de plata antigua (incluyendo janjars, los puñales torcidos), joyas beduinas, cerámica y bordados. Al estar dentro de un centro comercial no hay regateo.

 

CAFETERÍA ASHWAQ
DEIRA. C. SIKKAK AL JAIL
Si quiere huir del restaurante de hotel y disfrutar de comida étnica a buen precio entre gente local, puede acercarse a esta diminuta cafetería (y cruzar los dedos para que haya una mesa libre) y degustar un excelente shawarma y un zumo de mango.