Eslovenia, entre Centroeuropa y el Mediterráneo

Desde los escarpados Alpes Julianos hasta el Adriático, va cambiando el paisaje de este pequeño país, ahora tranquilo, tras siglos de ser tierra de paso y disputas.

El lago Bled, con la isla presidida por la iglesia de la Asunción

Noche de fiesta junto al lago Bohinj. Un conjunto musical toca éxitos de ayer y hoy sobre un pequeño escenario, y todo el mundo baila. En un quiosco, sirven bebidas. Una res da vueltas en el asador. Los altos árboles envuelven la fiesta. En las rocas que protegen el enclave, han dispuesto varias vías de escalada para que practiquen los críos. Luego habrá fuegos artificiales.

En verano, los eslovenos salen a buscar la naturaleza. Reman, se bañan o pasean junto al lago Bohinj, de origen glacial y que se adentra cinco kilómetros en el corazón montañoso de Eslovenia. Gente de todas las edades remonta escarpados caminos, que se pierden por los bosques que cubren las pendientes. Inspiran el aire tónico y descansan a la sombra de venerables hayas, alerces, pinos y abetos. Eslovenia es el tercer país más boscoso de Europa, pero no trata los bosques como material fungible destinado a la industria. Son bosques nobles, con historia, bien cuidados. Cobijan una fauna abundante: osos, linces, lobos, ciervos e íbices.

Jóvenes y familias, vestidos con ropa deportiva, buscan una de las pocas cascadas de estos confines. La excursión se sigue en procesión. La cascada de Savica parece que se esconda, pero el río que la alimenta es importante, nace al aflorar el agua de los neveros del monte Triglav. La geología calcárea se traga muchos de los cursos de agua y convierte los montes en un laberinto de simas y cuevas. Hasta 600 cavidades se cuentan sólo en el parque nacional del Triglav, que protege el lago Bohinj y los montes que lo envuelven.

Liubliana mira más hacia Europa Central que al Mediterráneo


En cualquier caso, los montes eslovenos no son montes cualquiera. Pertenecen a la cordillera alpina más oriental, los Alpes Julianos, que Eslovenia comparte con Italia y Austria. Y están protegidos por el parque nacional del Triglav, el único del país. El paisaje se ordena como una tarta, por pisos: al fondo, el lago; los bosques ascienden por las laderas hasta los 1.600 metros; encima se extienden los prados alpinos, y las cumbres rocosas los culminan.La magnitud del fenómeno se pone de manifiesto cuando el nombre de la región eslovena de Kras (Karst en alemán) se aplica a todos los paisajes similares del mundo. Y dentro del país, una de sus grandes atracciones son precisamente las cuevas de Škocjan, incluidas en la lista de patrimonio mundial de la Unesco. Se visitan con guía, en un recorrido que dura unas dos horas y recorre tres kilómetros. Hasta el Duomo de Milán cabría allí dentro, apunta el guía. Y el visitante piensa qué opinarían los milaneses, o qué harían los enanos y orcos que, dicen, habitan en tal cavidad con un templo de tal magnitud.

Para ahorrarse la cuesta, hay quien asciende en teleférico. Ya en las alturas, se dominará un horizonte de puntas escarpadas. Las cimas se levantan como afilados cristales. Destaca el monte Triglav, techo del país y de los Alpes Julianos con sus 2.864 metros. Su punta ejerce una atracción magnética y se ha convertido en emblema de Eslovenia: preside su escudo, tres puntas bajo tres estrellas, y con unas ondas a sus pies. Las ondas podrían representar el lago Bohinj o la estrecha salida al mar Adriático que la geografía política ha dejado a Eslovenia. Sea como sea, en un momento u otro de su vida, todo esloveno que se precie deberá ascender al Triglav.

Los antiguos conflictos quedan en el recuerdo; el país se declaró independiente en 1991 y en el 2004 ya pertenecía a la Unión Europea

Desde las alturas se divisa la llanura que se estira más allá. El río Sava, el de la cascada de Savica, alimenta el lago Bohinj y luego se pierde por esa llanura centroeuropea. Podría haber vertido sus aguas en el Mediterráneo, que se encuentra a un tiro de piedra, pero elige el recorrido más largo. A su paso habrá conocido a muchas gentes y se convertirá en un río imponente, confluirá con el Danubio en Belgrado y seguirá haciéndose el remolón hasta desembocar en el mar Negro. Habrá recorrido 2.000 kilómetros.

Mucho antes, se habrá detenido en otro lago. Apenas 30 kilómetros separan el lago Bled del Bohinj. También hay bosques a su vera, y un castillo medieval lo vigila, encaramado en un espolón vertiginoso. Y en sus aguas guarda una isla mínima donde manda la iglesia de la Asunción con su estilizado campanario barroco. El paisaje es de cuento. El clima fresco del verano, la llegada del tren y las virtudes de sus aguas lo convirtieron en un balneario afamado en el siglo XIX. Sigue atrayendo a turistas, y a unos cuantos glotones, que se sienta en las terrazas y piden el famoso pastel de Bled, que se funde en la boca. Un pastelero serbio trajo la receta a principios de la década de 1950. Consiguió dar con los tiempos y las proporciones exactas, equilibrando las capas de crema y de nata montada en su interior, y el hojaldre que lo culmina.

Ya más descansado, el río Sava sigue su curso, en el que hay sucesivos embalses. El paisaje cambia; los bosques siguen cubriendo las colinas, pero los montes se suavizan. En las riberas se extienden campos y prados. Las poblaciones crecen, y se alcanza la capital. El Sava la evita, pues Liubliana ya tiene su río, aunque más discreto y dócil; discurre por el centro, bien canalizado. Como una bufanda, envuelve la colina del Castillo y, puntuado por sus modestos puentes y permitiendo que las terrazas de los restaurantes se asomen a su curso, sirve de referencia a los peatones.

Liubliana es una ciudad de dimensiones razonables. Su población alcanza los 270.000 habitantes (como Gijón, por ejemplo). Y cuenta con un poco de todo, bien puesto, limpio, con ese aroma austrohúngaro que mira más hacia la Europa Central que hacia el Mediterráneo.

Dice la leyenda que allí Jasón y sus argonautas se enfrentaron a un dragón. De ahí que la bestia presida el escudo de la ciudad, aparezca en distintos formatos decorando edificios y dé nombre a un emblemático puente. Más evidencias hay de los pueblos que habitaron la zona antes de los romanos. Después fue saqueada por los bárbaros y en el siglo VI llegaron los eslavos. Existió un breve reino eslavo entre el sur de Austria y Eslovenia, antes de que el territorio cayese bajo el dominio franco. Luego se integró en el Sacro Imperio Romano Germánico y, ya bajo los Habsburgo, Eslovenia llegó a la Primera Guerra Mundial. Tras esta, el imperio austrohúngaro se desmembró, y Eslovenia se integró en el reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (luego, reino de Yugoslavia, de los eslavos del sur), e Italia se quedaba con su costa.

La Segunda Guerra Mundial se cebó con saña en los eslovenos. Al terminar, una República de Eslovenia se integraba en la República Federal Socialista de Yugoslavia. Tras la muerte de Tito, su presidente vitalicio, en 1980, los lazos entre las distintas repúblicas de la federación se fueron rompiendo. En junio de 1991, Eslovenia se declaró independiente. Hubo algunas escaramuzas con el ejército yugoslavo, pero terminaron en diez días. Nada que ver con las decenas de miles de muertos que se contaron en otros territorios de la federación. En el 2004 Eslovenia se había integrado ya en la Unión Europea y la OTAN.

Los antiguos conflictos quedan en el recuerdo. Nadie diría tampoco que Liubliana ha sufrido dos terremotos. El primero enterró la ciudad medieval. El segundo, en 1895, cubrió las ruinas con un notable elenco de edificios modernistas. Hoy parece más una ciudad balneario. Calles con adoquines y casas de arquitectura clásica y tonos pastel envuelven la colina del castillo. La cuesta es acusada, pero merece la pena, aunque sólo sea por las vistas desde la fortaleza medieval. Al fondo, el monte Triglav y los Alpes Julianos. Más cerca se divisan colinas arboladas, el río y casas, con las iglesias barrocas de los franciscanos y la catedral. No se ve todo el país, pero sí una gran parte. Con dos millones de habitantes, su retazo alpino, sus llanuras danubianas, su litoral costero con aire veneciano, su capital centroeuropea, Eslovenia lo tiene todo, y con unas dimensiones más que sensatas.

El viaje Existen numerosos vuelos desde la Península hasta Liubliana, normalmente con una escala intermedia. También es posible volar a Maribor (en el norte), aunque los precios se disparan. En coche, deben preverse unas doce horas desde la frontera de La Jonquera hasta Liubliana.

Cuándo ir Los veranos pueden ser cálidos en la costa mediterránea y suaves en el interior. En los montes pocas veces suben las temperaturas y, como siempre en alta montaña, se deben esperar cambios repentinos. En invierno, el interior es frío y no resultan extrañas las nevadas. Salvo en la costa, abunda la lluvia.

Dónde dormir Apartamentos, hoteles, albergues, campings... el visitante puede encontrar alojamiento a su gusto.

De los lagos
a las ciudades

Lago Bohinj
El mayor lago del país se estira envuelto por densos bosques y bajo los Alpes que protege el parque nacional del Triglav. El teleférico del monte Vogel asciende hasta el límite del bosque y regala espectaculares vistas de los Alpes Julianos. En la foto, la cascada Savica.

 

Maribor
Sobre el río Drava, cuenta con personalidad propia, un buen número de calles por las que pasear, iglesias barrocas y buenos vinos.

 

Lago Bled
Más pequeño que el Bohinj, la isla con la iglesia de la Asunción y el castillo sobre un espolón rocoso le dan un encanto sin par.

 

Cuevas de Škocjan
Declaradas patrimonio mundial por la Unesco, guardan estalactitas y estalagmitas, y una sala de más de 100 metros de ancho con el techo a 30 metros de altura, un puente colgante sobre el río Reka y una inmensa dolina (antigua cueva cuyo techo se hundió).


Piran 
En una punta que se adentra en el mar, el principal puerto esloveno del Adriático conserva la memoria de cinco siglos en poder de Venecia, con su campanario, las calles estrechas y las tejas rojas.

 

Liubliana
La capital ofrece numerosos paseos, junto al río, entre casas modernistas y el acceso al castillo. Además dispone de activos equipamientos culturales, como un afamado teatro de marionetas.