La fuerza del viento y de las mareas

Tulipanes, molinos o bicicletas son imágenes que vienen a la cabeza cuando se piensa en Holanda. Pero hay otras menos conocidas, como caballos trotando en la playa, focas tomando el sol y barcos varados en la arena. Son las islas Frisias.

El viento modela las dunas de la isla de Ameland

Es un pequeño secreto escondido entre los destinos más típicos de Holanda. El archipiélago de las Frisias hace de barrera natural entre la costa europea y el mar del Norte, formando un mar interior donde mandan los flujos de las mareas y que se ha mantenido casi intacto a lo largo de los siglos.

Las cinco islas holandesas del mar de Frisia (Waddenzee en holandés) concentran gran riqueza de flora y fauna, con miles de aves que habitan allí o que descansan en su migración hacia el sur, así como largas playas de dunas y marismas. Forman parte del conjunto declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en el 2009, con las cinco islas principales y varios islotes –las administradas por Holanda se llaman Frisias occidentales– repartidos, como perlas de un collar, a lo largo de 400 kilómetros de la costa de los Países Bajos, Alemania y Dinamarca.

Aislado históricamente, este archipiélago aúna naturaleza salvaje y pueblecitos marineros, que viven en verano su estación más animada. En invierno es más difícil caminar a gusto entre las ráfagas de viento que soplan ininterrumpidamente, haciendo temblar las plantas que se aferran a la arena de las dunas.

De hecho, hay muchos cafés en la playa, acogedores y coquetones en verano, que al terminar la temporada son desmontados, tablón a tablón, clavo a clavo, porque no aguantarían en pie el vendaval del invierno. Los habitantes de estas islas dicen que su principal patrimonio es su paisaje: un inmenso espacio abierto, dunas cambiantes, viento, aves y playas kilométricas que les hacen sentir el silencio y la paz.

Se calcula que en esta pequeña isla se encuentra la mitad de todas las especies de flora del país. Además, es la parada en tránsito de centenares de miles de aves en sus viajes migratorios. En ciertos periodos del año, hay rutas cerradas para proteger los nidos y los polluelos.Islas sin coches. La visita a estas islas holandesas parece a veces un viaje al pasado, como cuando se acude a Schiermonnikoog, la más apartada y también la mejor preservada. Con 16 kilómetros de longitud y cuatro de anchura, es un parque natural donde están prohibidos los coches. Sólo los habitantes de la isla pueden usar sus vehículos. Los visitantes deben dejar los suyos en el aparcamiento del ferry, en el puerto de Lauwersoog (en tierra firme), antes de embarcar. Y, una vez en la isla, pueden disfrutar del paisaje caminando, en bicicleta o en un práctico aunque limitado transporte público.

Los primeros pobladores de Schiermonnikoog eran monjes, en el siglo VIII, que vivían de la pesca. En el siglo de oro, el XVII, las islas adquirieron relevancia por las rutas de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales; mientras que en el siglo XIX fue el turno de la pesca de ballenas. Ahora, la principal fuente de ingresos es un turismo interesado en disfrutar de una naturaleza prácticamente intacta a media hora de un país en el corazón de Europa.

Windsurf, caballos y focas. La isla de Texel es la más cercana a la costa holandesa, a 20 minutos de travesía marítima. De hecho, es un destino popular para pasar un día en sus playas, paraísos del windsurf y las cometas. La especialidad gastronómica de la isla es el cordero, que tiene un sabor salado debido a que los pastos con los que se alimentan las ovejas son ­salobres.

La segunda isla más grande es Terschelling y también es la que cuenta con más infraestructuras turísticas. Pero ni así escapa a la atmósfera decadente que envuelve todos los pueblos de estas islas. El faro de Brandaris, un monumento de más de 400 años, es lo primero que ve el viajero cuando se aproxima al puerto de West.


En la isla de Schiermonnikoog, la mejor preservada, se calcula que se puede encontrar la mitad de las especies de flora del país

Aunque esta isla está considerada la más importante en cuanto a actividades recreativas y de ocio, especialmente en verano, se olvida rápidamente cuando uno se adentra en sus bosques, declarados reserva natural. Son bosques de dunas por donde corren ciervos, caballos salvajes y conejos cuyas madrigueras son tan grandes que por su entrada podría acceder un niño pequeño. El brezo lo inunda todo, así como el arándano, producto con el que se elaboran mermeladas, aceites aromáticos y un vino dulce.

Playas y mareas. Todas las islas ofrecen kilómetros de playas cuyo aspecto va cambiando conforme sube y baja la marea o sopla el viento polar. El flujo de corrientes va esculpiendo diferentes formas en el paisaje, tanto en las dunas como en las vastas llanuras formadas por los lodos del fondo del mar y los bancos de arena.

El equilibrio entre el agua salada del mar y la dulce ha propiciado una inmensa riqueza de fauna que vive en las marismas. Cangrejos que luchan por volver al agua entre navajas, estrellas de mar y ermitaños conviven con aves marinas y, por supuesto, con focas, que miran curiosas el paso de los ferris y, con suerte, se dejan fotografiar jugando en la arena. 

‘Wadlopen’. Los habitantes de las islas hacen de las mareas una forma de vida. Cuando baja el mar se organizan unas populares caminatas, el wadlopen. Con el agua hasta los tobillos o a veces hasta las rodillas, el viajero va vadeando por el lodo marino mientras experimenta la sensación de caminar por el fondo del mar.

En estas caminatas no se puede ir descalzo, porque las navajas y los cangrejos acechan. Aun así, los pies notan el cosquilleo del pequeño y activo mundo animal y vegetal a su alrededor. También hay que ir convenientemente abrigado. El sonido de las aves y el silbido del viento no cesan.

En verano, el viajero puede hacer el trayecto de una isla a otra en ferry, en una ruta de varios días; y para recorrer el interior, lo más recomendable es la bicicleta

En las oficinas locales de turismo se puede contratar excursiones guiadas para estas caminatas. No es recomendable hacerlas solo porque se pierde fácilmente la orientación y hay que tener en cuenta el flujo de las mareas. Hay diversos tipos de excursión, dependiendo de la época del año, de la dificultad y la longitud, las hay entre diferentes islas y hasta la costa continental.

Entre los holandeses, incluso entre los de muy tierra adentro, es una especie de reto hacer como mínimo una vez en su vida un wadlopen. Y si hace frío y viento, no hay problema: al llegar a destino, se recupera uno pronto, siempre hay a punto una sopa de lentejas, un bocadillo de arenque o una taza de chocolate humeante.

Dunas, faros y ferris. Trepar a las dunas más altas o visitar los faros son otras de las excursiones que se pueden hacer en las islas del Waddenzee. En Vlieland, a media hora en ferry desde Texel, se encuentra la duna más alta de todo el archipiélago, Vuurboets, de 40 metros de altura y a la que se puede subir para disfrutar de una panorámica de 360 grados.

Otra isla, Ameland, tiene una arquitectura marcada por su pasado ballenero, con edificios anchos y amplios embarcaderos. En Hollum se hacen demostraciones del salvamento marítimo de aquella época, con barcos tirados por caballos.

En verano, el viajero puede ir en ferry de una isla a otra, completando una ruta circular por las cinco a lo largo de varios días. Pero hay que recordar que para hacer el recorrido entero sólo se puede utilizar la bicicleta, ya que ni Schiermonnikoog ni Vlieland admiten coches.

Desde tierra firme hay varias conexiones a las islas, y en todas se puede alquilar bicicletas, con una amplia red de rutas señalizadas. En cuanto al alojamiento, el visitante tiene una oferta variada para hospedarse que incluye desde campings instalados en plena naturaleza hasta hotelitos de madera donde respirar el ambiente del siglo pasado.

Andar por el mar

www.wadlopen.net

Si se quiere hacer una excursión vadeando las marismas, hay que ponerse en contacto con las compañías que organizan las rutas guiadas, ya que es peligroso hacerlo solo –¡los guías se forman a lo largo de tres años!–. En casi todas las islas ofrecen esta popular actividad, que constituye toda una experiencia, con rutas de diversa dificultad y distancia.
 

El encanto de la decadencia

Hotel van der Werff. Schiermonnikoog.
www.hotelvanderwerff.nl

Alojarse en el hotel Van der Werff, en la isla de Schiermonnikoog, es volver al esplendor de tiempos pasados, cuando el turista pedía una habitación sencilla para dormir y salones imponentes, de madera, con chimenea y piano, para hacer vida social. A punto de cumplir 100 años como hotel oficial, aunque documentado desde el siglo XVIII, ha sido calificado como el “más encantador” de Holanda. Un autobús lanzadera recoge a los huéspedes en el ferry.
 

Paraíso de los surfistas
Surf, kitesurf o hasta hacer volar una cometa. La isla de Texel es el paraíso de los amantes de estas actividades donde el viento es un compañero de equipo. Al ser la isla más cercana a la costa es idónea para pasar el día. En las playas hay casi diariamente cursillos de surf y se informa de las mareas.
 

Sopa para entrar en calor
La erwtensoep o crema de guisantes es uno de los platos más reconfortantes después de pasear por las dunas azotadas por el frío. En todos los cafés y restaurantes la ofrecen, así como en puestos callejeros. Es espesa y se acompaña de salchicha ahumada y pan de centeno. Los postres son ricos en canela y azúcar.
 

Guardería para focas

Pieterburen. 
www.zeehondencreche.nl

Este centro de recuperación de focas heridas o enfermas, llamado “guardería para focas”, permite ver cómo se cura a estos animales y se les cuida hasta que están listos para volver al mar. Entonces se les libera en una operación emocionante. Se pueden hacer donaciones. El centro está en una localidad (Pieterburen), en tierra firme, frente a Schiermonnikoog.