La Haya, una joya que va de perlas

Corazón político de Holanda, ojos de la justicia universal, sus venas bombean vitalidad con una oferta pictórica que estos días aspira a desafiar a la vecina Amsterdam con una muestra gigante dedicada a Mark Rothko y con la mirada traviesa de la célebre 'Joven de la perla' de Vermeer, la estrella del remozado Mauritshuis.

Pasillo del Rijksmuseum de Amsterdam. Un visitante estadounidense se dirige al vigilante y pregunta algo así como “Perdone, pero no encontramos el cuadro de La joven de la perla”. Y el vigilante desenrolla su robótica chuleta mental: “Vayan a la estación central, el cuadro está en el museo Mauritshuis de La Haya, es media hora en tren”. La escena es habitual. A veces las dos ciudades se confunden. ¿Cuál es la capital de los Países Bajos? Según la Constitución, Amsterdam. ¿Cuál alberga el Parlamento, la residencia del primer ministro y la de los reyes Guillermo y Máxima? La Haya. ¿Incomparables? Tal vez. ¿Complementarias? También.

Con la de guerras y bombardeos que ha sufrido, es un milagro que la ciudad conserve intactos sus edificios estrella

Amsterdam hace sombra a La Haya, que va aprendiendo a salir de ella y brillar como lo que es, un arcón labrado en el que caben tres museos de primera fila, un centro histórico compacto y monumental y un pedigrí de urbe humanitaria, el que le confiere ser la ciudad mundial de la justicia con más de 180 organizaciones dedicadas al fomento de la paz. La Haya también tienen su encanto y su conjunto arquitectónico y cultural, un suave magnetismo. Calles sin prisas, gentes que viven al ritmo del paseo o del pedaleo, la ciudad es extensa, y se alarga hasta llegar a su playa, Scheveningen. Pero sus principales venas corren por el centro de la ciudad en un itinerario relativamente corto donde se entrelazan el museo Mauritshuis, la Pinacoteca Municipal (nombre muy modesto para un museo de campanillas), como el Museo Escher, pasando por Binnenhof, el centro del poder político neerlandés o el estanque que le abriga, el Hofvijver. La Haya no surgió de las aguas, pero fue en esas aguas calmas donde la ciudad echó sus primeras raíces en torno a un coto de caza.

En 1230, el conde Floris IV de Holanda compró unos terrenos alrededor del pequeño lago, su hijo los amplió y encargó la construcción de un palacio, el mismo que acabó llamándose Binnenhof y del que todavía se conservan partes originales. De esos terrenos viene el nombre de la ciudad, des Graven hage, el bosque del conde. El Binnenhof es una generosa plaza con un suelo empedrado, extenso y uniforme, que intenta captar los ojos del visitante, que se debate entre admirar el suelo y el cielo, de un azul rabioso y pinchado por las agujas del Ridderzaal, el Salón de los Caballeros, que data del siglo XIII y que está intacto, algo milagroso, teniendo en cuenta las múltiples invasiones a la ciudad (españolas, francesas, alemanas...) e incluso el bombardeo (mal calculado) de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial.

Del conjunto del Binnenhof destacan las estancias de un palacete que forman un quiosco que da al estanque y que son las oficinas del primer ministro. Justo al lado, se contonea el edificio más en boga de la ciudad, el museo Mauritshuis, que luce una reforma que ha costado dos años y 30 millones de euros que han servido para remozar la que fue la casa de Johan Maurits (1604-1679), conde de Nassau Siegen.

Recorrer la sala Dorada del museo Mauritshuis es lo más parecido a la felicidad, a flotar a los acordes de una serenata o un vals

Ahora mismo, el Mauritshuis es la gran atracción, el Joyero, apelativo justificado y no sólo porque albergue a su gran estrella, la archiconocida Joven de la perla, obra de Johannes Vermeer, sino también porque hay muchas más gemas pictóricas en sus paredes tapizadas con seda verde oliva y azul turquesa. Vista de Delft, obra también de Vermeer (pintor con sólo 35 obras), o el icónico Jilguero encadenado, obra de Carl Fabritius, son otros dos sorbos de genio de una colección que alberga trabajos de los dos Brueghel, los dos Cranach, Van Dyck, Giordano, Hals, Holbein, Jordaens, Rembrandt, Rubens, Potter, Memling o Maria van Oosterwyck. Aunque uno no sea amante de la pintura del siglo de oro holandés y de lo mejor de la pintura flamenca, un paseo por el museo, por su sala Dorada, es una experiencia reconfortante, cercana a la felicidad duradera, como caminar flotando a un palmo del suelo mecido por los acordes de una serenata, un vals... de lo que les guste.

La segunda gran parada museística (de las muchas que se pueden hacer en La Haya) es la del Gemeente Museum. El nombre de museo municipal puede inducir a una idea errónea, a una muestra con maniquíes de la vida local o a un puñado de pintores que nunca lograron hacerse un hueco en las enciclopedias del arte. De entrada, el edificio que alberga las colecciones es un tesoro proyectado por H.P. Berlage y construido en 1935 en estilo art déco, que mereció una reciente visita de Barack Obama. Si el continente es notable, el contenido es sobresaliente y variado. El Gemeente es el museo por excelencia de De Stijl, movimiento artístico que gira en torno a Piet Mondrian, y alberga más de 300 piezas del pintor. Obras de aspecto geométrico esconden las luces de neón, el jazz y el baile. En lugar privilegiado cuelga la obra de Mondrian más famosa. El director del museo, Doede Hardemann, recorre la tela y señala las pegatinas de colores provisionales con las que el artista jugaba para conseguir la mejor combinación cromática. Nunca lo acabó.

Los grandes maestros internacionales (desde Picasso hasta Kiefer, de Monet a Van Gogh y Bacon, a Schiele, a Von Jawlensky) están representados en un museo que combina lo último de la fotografía contemporánea (paisajes no necesariamente amables) con la delicadeza de la porcelana de la vecina localidad de Delft y su azul inconfundible. Ahora, y hasta el 1 de marzo, el museo está embarcado en una muestra monumental sobre Mark Rothko, la primera en el país en 40 años.

Más allá de su gran oferta artística, sus aires cosmopolitas pero relajados y su mezcla étnica (los Países Bajos rigieron los destinos de las Indias Holandesas, la actual Indonesia), La Haya presume de su condición real y de la relativa cercanía de sus monarcas. El palacio está en pleno casco urbano, pared con pared con cafeterías y tiendas de ropa. A veces por su puerta desfilan carrozas como sacadas de las películas de espadachines de Stewart Granger. Son los nuevos embajadores que van a entregar sus credenciales al monarca, estampa añeja en una ciudad que desdeña ser futurista, pero que brega por ser intemporal y única.

gemeente museum. Stadhouderslaan 41. Telf. + 31 (0) 70-338-1111

Bello edificio art decó con más de 300 obras de Piet Mondrian (incluida su primera etapa figurativa, en la foto), piezas única de cerámica de Delft, cuadros de Bacon, Kiefer, Picasso, Monet... y hasta marzo una muestra monumental sobre Mark Rothko.

 

 

 

scheveningen

La Haya tiene varios pulmones en forma de parques como el de Westbroek o el Haagse. El de Scheveningen, uno de los más grandes, es la puerta de la ciudad al mar, su extensa playa y su puerto, testigos de cruentas batallas. Scheveningen es la otra cara de La Haya, fresca, aireada y atlántica.

 

 

 

MUSEO MAURISTHUIS. Plein 29 2511 CS. telf. +31 (0) 70-302-3456

La joven de la perla, obra maestra de Vermeer, es, tan sólo, el gancho inevitable de uno de los mejores museos del mundo en formato reducido. Tras dos años de obras y 30 millones de euros, la pinacoteca luce en todo su esplendor además de crecer con un edificio contiguo. Un festival pictórico de la edad de oro de la pintura holandesa y flamenca.

 

 

 

 

 

 

efluvios de asia

Durante décadas, La Haya fue metrópoli colonial de las Indias Holandesas, la actual Indonesia. Su capital era Batavia (ahora Yakarta), y la huella del intercambio cultural no sólo permanece, sino que está enraizada en la ciudad, con una amplia colonia que celebra festivales como el Tong-Tong, un recorrido por las tradiciones de Indonesia, el Sudeste Asiático y el Pacífico.

 

 

 

 

 

 

 

 

de passage varios accesos

Muchos pasajes comerciales tienen un punto dejado y estudiadamente caduco. No es el caso de De Passage, unas galerías elegantes dentro de un edificio de blanco impoluto que tiene la característica única de que, como un árbol, al tronco central le van apareciendo pequeños pasajes adicionales como si de ramas se tratase.