Irlanda del norte: el despegue

Tan bello como desconocido, el penúltimo refugio de Europa ha dejado atrás sus años de naufragios políticos y ha abierto puertas y ventanas para exhibir su naturaleza indomable, la alegría de su gente y las ganas de futuro.

Selfie en la Calzada del Gigante, gran atracción natural de Irlanda del Norte

Advertencia: viajar a Irlanda del Norte puede llegar a causar tortícolis de tanto mirar el cielo, una Capilla Sixtina en movimiento que se renueva sin descanso. Puede provocar vértigo al asomarse a los acantilados y, ante tanta belleza, también un poco de depresión por no haber nacido irlandés. Por lo demás, no hay ningún problema. Hay muy pocos rincones de la Vieja Europa cuyo paisaje esté tan bien conservado y, a la vez, sea tan desconocido. Cuarenta años de conflicto entre los partidarios de unirse a Irlanda y los defensores de mantenerse unidos a Gran Bretaña condenaron a estos seis condados del Ulster a vagar fuera de todo circuito turístico. La historia, sin embargo, ha cambiado, la paz se va asentando y los Wee Six (los seis pequeños) han abierto puertas y ventanas.

Belfast reverdece en cada esquina. De día danzan las grúas, de noche bailan los jóvenes en los pubs del siglo XIX y los ‘lounges’ del XXI. Incluso en las peores épocas de violencia, la noche siempre estuvo muy viva

Irlanda del Norte huele a hierba fresca, a tierra húmeda y a humo de carbón. También a cordero asado, a cerveza tostada y a whisky. A rugby, a música y a juventud con ganas de divertirse. Huele a alegría y a despegue, y eso que muchas veces supo a zozobra. Sus hundimientos históricos, el conflicto armado o la tragedia del Titanic, son ahora dos de sus grandes reclamos urbanos: un museo fuera de serie que cuenta cómo era y cómo se construyó el transatlántico en los muelles de Belfast y una ruta por los murales de los barrios más conflictivos desde finales de los sesenta hasta hace pocos años.

La capital reverdece en cada una de sus esquinas, y eso es mucho decir por estos lares, verdes a más no poder. De día danzan las grúas de la construcción, de noche baila la gente en los pubs y bares cualquier día de la semana. Después del verano, Belfast ganará un campus universitario entero, el que había antes en Jordanstown. Su fachada marítima parece otra. Sus barrios calientes (no go areas) son ahora visitables.

¡Qué tiempos aquellos en los que costaba comer bien en la ciudad! A mediados de los noventa, por ejemplo, era casi imposible. Todo ha cambiado.

Belfast es sólo el aperitivo de una ruta por Irlanda del Norte, como mucho un primer plato. Hay que dejar hueco para el resto del menú, que es contundente. Para continuarlo hay varias opciones: una es rodear el Lagan (o Lough Neagh) y luego enfilar al norte para disfrutar de las playas de Portrush, la buena mesa de Portstewart y dirigirse a Derry. Otra opción es dejar el Lagan para otra visita e ir hacia el norte para buscar la mítica costa de Antrim, uno de los balcones marítimos más engalanados de Europa, que combina paisaje, historia, gastronomía, la destilería de whisky más antigua del mundo (Bushmills), antiguos puertos pesqueros redescubiertos por la serie Juego de tronos (Ballintoy), castillos firmes (Carrickfergus) o achacosos pero impresionantes (Dunseverick, Dunluce) y erguidos en los mismos acantilados que vieron zozobrar a galeones de la Armada Invencible como el Girona.

Es en la costa de Antrim donde el visitante más se expone a la tortícolis y al vértigo... y a quedarse sin aire entonando el “si no lo veo, no lo creo”. Es lo que sucede cuando se contempla por primera vez la Calzada del Gigante, una especie de tetris en tres dimensiones formado por columnas de piedra basáltica y forma hexagonal que van modelando el horizonte.

Derry es una ciudad de desafíos y aventuras: un maratón de subir y bajar murallas, una regata de pubs, una procesión de museos y una ‘tournée’ de murales políticos

En un día de viento (es bien sabido que en Irlanda y cualquier día pueden desfilar las cuatro estaciones del año) la espuma de las olas levanta el vuelo como copos de nieve a la deriva, el cielo turbio se junta con el mar agitado. El conjunto merece ser patrimonio de la Unesco y lo que se tercie. Es de aquellos escenarios que hay que ver al menos una vez en la vida.

Lo más paradójico de la costa de Antrim es la densidad de atractivos que muestra o esconde. Entre los visibles, el puente de cuerda Carrick-a-Rede, construido para atrapar salmones y donde es mejor no mirar hacia abajo si no gustan las alturas. Entre los apartados, las cuevas de Cushendun o las cascadas de Glenariff, donde las colinas (o glens) ondulan el paisaje.

Desde allí, y en dirección a Derry siguiendo la línea marítima, los acantilados y las playas de arena fina y blanca pautan la orografía norirlandesa. Pasado Portrush, donde se extiende uno de los mejores campos de golf del mundo, futura sede del British Open, el majestuoso río Bann se rinde por fin ante el mar. La desembocadura se ve con nitidez desde Downhill, un montículo donde no hace muchos años se irguió un palacio del que aún se conservan las paredes y donde todavía resiste el Mussenden Temple, un elegante pabellón circular.

Desde allí todo es cuesta abajo hacia Derry o Londonderry o Legenderry..., ciudad que fue capital europea hace cinco años, lo que le ayudó a lavarse la cara y dejar atrás el desánimo de tantos años de violencia. El puente de la paz une mucho más que las dos orillas de la ciudad, es un símbolo de lo que la UE ha contribuido a la paz y la estabilidad en la provincia ahora que Irlanda del Norte tiene previsto abandonar el club europeo.

Derry es una ciudad de desafíos y aventuras: un maratón de subir y bajar murallas, una regata de pubs, una procesión de museos y una tournée de murales políticos. Las viejas pintadas políticas, violentas y militares van dando paso a otras que reivindican los casi 20 años de paz más o menos estable y que apuestan por el futuro, a veces valle, a veces río, a veces acantilado que da vértigo, pero siempre verde, que es lo último que se pierde.

VIOLINES, CASTILLOS Y MURALLAS

música... a todo gas  La vida nocturna de Belfast siempre fue intensa, incluso en sus peores épocas. Una ruta recomendada: The Perch, Rita Morrisson’s, Five Points y The Crown. Los dos primeros son más lounges que pubs; los tres últimos, clásicos populares. En Five Points hay música en directo cada día. The Crown se ilumina como en el siglo XIX, con lámparas de gas.

paisaje de tronos El antiguo puerto pesquero de Ballintoy es uno de los seis escenarios naturales de Irlanda del Norte que aparecen en la serie Juego de tronos junto a The Dark Hedges (una impresionante avenida de árboles), las cuevas Cushendun, el castillo Ward, el parque del Bosque de Tollymore y la abadía de Inch. www.discovernorthernireland.com/gameofthrones

costa de antrim Es casi un milagro que en tan pocos kilómetros de costa se acumule tanto atractivo turístico y natural: el puente Carrick-a-Rede, el castillo de Dunluce (en la foto), la destilería más antigua del mundo, uno de los mejores campos de golf de Europa y claro... la Calzada del Gigante.

 

turismo político Durante décadas, la violencia fue el peor lastre para el turismo. Ahora es un reclamo. Tanto en Belfast como en Derry se puede visitar los murales antiguos y modernos, belicistas y pacifistas, que explican la historia más dura de la Province. Touringaroundbelfast.com

derry: agua y murallas  El nuevo puente de La Paz es el símbolo de un nuevo despertar de la ciudad amurallada de Derry. Museos, edificios históricos, pubs y una cervecera local digna de mención: Walled City Brewery, sita en las Brevington Barracks, el antiguo cuartel del ejército británico. 

 

‘ss nomadic’ El nuevo museo del Titanic tiene una sorpresa final atracada en un dique seco. El SS Nomadic (en la foto, una maqueta) transportaba a los pasajeros del transatlántico a tierra firme. Hace unos años iba a ser desguazado, pero una campaña popular y el dinero de la UE ayudaron a restaurarlo.