Islas Feroe: otro espacio, otro tiempo

Aquí se suceden los riscos descomunales y miradores que engrandecen el alma. Nadie puede asegurar qué paisaje espera al doblar un cabo o al cruzar un túnel. Quizás arrecie el huracán, o se entre en la niebla más densa, o se encuentre calma chicha, o una aurora boreal.

No hay pérdida posible. Basta con partir de Escocia rumbo norte y navegar 200 millas. Si se zarpa de Noruega rumbo a Terranova, se encontrará a 300 millas, y a 600 de Dinamarca rumbo a Islandia. Vamos, en el centro del universo vikingo. El enclave ideal donde varar el drakar, repostar agua, asar un cordero y tomarse unas cervezas. Es lógico, pues, que fuesen aquellos feroces navegantes quienes poblaran las islas Feroe. De los ermitaños irlandeses que pudieron encontrarse allí, hasta el momento no se ha hallado prueba alguna.

El archipiélago está compuesto por 18 islas. Su superficie suma 1.400 km2, similar a la que ocupa la capital de México. Sin embargo, el número de habitantes se acerca más a las 50.000 almas de Portugalete. Dos quintas partes de su población se agrupan en la capital, Tórshavn. Quien visite estas islas, pues, sentirá que hay mucho espacio para correr. También contribuye a ello la presencia del océano con sus horizontes siempre a la vista, la ausencia de árboles y los anchos valles que roturaron los glaciares, dejando paredes verticales y un fondo llano. Por estos valles acaba entrando el océano, formando fiordos y separando islas. Entonces las paredes se convierten en épicos acantilados, imponentes, vertiginosos, mortales y, a la vez, cargados de tenebroso magnetismo. Además, las nieblas y el viento alteran este paisaje a cada instante. Los montes cazan todas las nubes que corren por el Atlántico y las amontonan en las vertientes de barlovento. A sotavento, mientras tanto, luce el sol. El paisaje se multiplica hasta convertirse en infinito.

El archipiélago está en el centro del que fue el mundo vikingo

El nombre danés se traduce como “isla de las ovejas”, animales que pueblan el paisaje

También el tiempo adquiere otra consistencia. Quizás contribuya a reblandecerlo la desidia con que pastan las ovejas. Son otra constante del paisaje. No en vano el nombre danés de las islas Feroe se puede traducir como “islas de las ovejas”. Pero obedece sobre todo a esa luz nórdica, la que estira las horas en verano hasta tragarse la noche y encoge el día en invierno, llegando a juntar el amanecer y el ocaso en un único drama. Porque las islas Feroe se encuentran en una latitud superior a la que su clima templado indicaría. Gracias a la cálida corriente del golfo de México, hasta en los meses más crudos del invierno, la media de la temperatura no baja de cero grados Celsius.

Con tales alteraciones del espacio, el tiempo y la luz, un físico podría concluir que allí es más fácil la comprensión de la teoría de la relatividad de Einstein. Sin embargo, una ecuación no puede expresar qué es navegar entre brumas oyendo el fragor de las olas contra los farallones, o la emoción de encontrarse envuelto por el vuelo patoso de cientos de frailecillos, o qué historia guardan esas casas de madera cubiertas de hierba, o cómo se siente un huracán en lo alto del acantilado del fin del mundo.

Quien alcance las islas Feroe en avión, si tiene suerte, las atisbará entre un mar de nubes. Sobresalen como escollos colosales, huesos que en sus caras verticales muestran descarnadas paredes de basalto. En cambio, donde se arrellana la orografía, se cubre de hierba tierna. Hasta puede que se distinga algún pueblo, asentado cerca del mar, con una calita o un puerto.

Las casas aparecen pintadas, de rojo, negro, blanco. Muchas continúan cubriéndose con panes de hierba, como han hecho desde tiempos ancestrales, y a menudo están desperdigadas. Ninguna es ostentosa. Hasta puede ser difícil distinguir la iglesia; hay que buscar un edificio con tejado a dos aguas y un discreto campanario. Su interior es igual de austero, parecido a una escuela antigua, con hileras de bancos, ventanas y, quizás, algún cuadro.

Los principales caminos que unían los distintos pueblos se inscribían en el mar. Todavía hoy, un buen número de transbordadores hilvanan el rosario de islas. Pero también se han horadado dos túneles que unen las islas de Vágar con Streymoy y Eysturoy con Bordoy. Y un puente salva el estrecho entre Streymoy y Eysturoy. En poco más de una hora, pues, se puede recorrer el trayecto entre el aeropuerto de Vágar y la ciudad de Klaksvik, a tres islas de distancia. Lo cual no implica que los feroeses hayan dado la espalda al mar; lo llevan en la sangre. Los colegiales aprenden a remar quizás antes que a montar en bicicleta. Y sus mayores saben que es allí, en el mar, donde se encuentra su principal sustento. Más del 90% de sus exportaciones salen del océano.

Los habitantes tienen en el mar su principal recurso

Aunque son territorio autónomo de Dinamarca, no pertenecen a la UE

Para sentir este mar, basta con embarcarse en una antigua goleta de madera en el puerto de Tórshavn y rodear la isla de Nólsoy: acantilados, faros, verde hierba, negro basalto, mar de plomo. Es un trayecto de placer, a diferencia del que une Sorvagur con la isla de Mykines. El pequeño barco carga suministros y pasajeros. Navega bajo altísimas proas de basalto, rodea farallones, bordea el litoral. Gaviotas, pardelas, petreles y págalos sobrevuelan las olas. De pronto, el barco entra en una estrecha calita. Aun con mar tranquilo, el desembarco entraña su riesgo. Con mar brava tiene que resultar imposible. Paquetes y bolsas saltan por la borda. Los pasajeros deberán todavía remontar una pendiente, mientras que su equipaje dispone de una montacargas, para alcanzar las primeras casas.

En invierno apenas diez personas permanecen en Mykines. En verano cobran vida las casas que han permanecido cerradas durante meses. Regresan los descendientes de antiguos habitantes; llegan turistas, fotógrafos y ornitólogos. Seguirán la obligada excursión que alcanza el faro más occidental del archipiélago.

El camino discurre en equilibrio por una estrecha península, cortada a pico. En sus prados, los frailecillos han horadado profundas madrigueras donde guardan sus polluelos. Miles de frailecillos otean, aterrizan, despegan. En los acantilados anidan gaviotas, elegantes alcatraces, el fulmar boreal. También, el negro paíño boreal, que pasa la vida en el mar, salvo cuando cría, y sólo regresa al nido de noche.

Durante la excursión se habrá tenido algún atisbo de cómo se vivía en estas latitudes, y no sólo las familias de fareros. Un monumento rememora a aquellos que el mar se ha llevado. En una cara se reseña a los que naufragaron. En la otra, los que se despeñaron intentando coger huevos o frailecillos o persiguiendo ovejas. Y los que se quedaban en tierra tenían que soportar largos inviernos sin apenas nada para quemar. Las casas más antiguas de Tórshavn son diminutas, para conservar el calor.

Durante siglos, la capital apenas ocupaba la pequeña península de Tinganes. Allí celebraban su Parlamento los primeros pobladores. En las rocas estamparon su firma los cabecillas, y allí se decidió cambiar los viejos dioses por el cristianismo. Corría el año mil. Poco después, el rey Sverre de Noruega tomó el poder y estableció en Kirkjubour, algo al sur, la sede episcopal. Sigue en uso una de sus iglesias medievales. Luego las Feroe pasaron a estar bajo el yugo del rey de Dinamarca. Cuando este adoptó el protestantismo, se apoderó de la residencia del obispo y cedió edificios y tierras a un granjero, cuyos descendientes continúan al cargo. La granja conserva un salón de madera con nueve siglos de antigüedad, algo insólito donde todo ha ardido tantas veces, por accidente o por ataques de piratas y corsarios.

Visitantes más tranquilos también se acercaban en verano desde Islandia, Escocia y Noruega; mercaderes de la Liga Hanseática e incluso pescadores vascos. Sin embargo, los intercambios terminaron al tomar la corona danesa el monopolio del comercio. El mercado volvió a abrirse a mediados siglo XIX, y la industria pesquera floreció. También crecieron las demandas de autogobierno. Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras Dinamarca era ocupada por los alemanes, las islas Feroe quedaban en manos de los británicos. Al terminar la contienda, se las dotó de una amplia autonomía. Los feroeses no pertenecen a la Unión Europea, carecen de ejército, pero tienen selección de fútbol propia. No faltan las extensiones de hierba donde jugar; más complicado resulta encontrar parcelas sin inclinación.

 

El viaje
Existe un vuelo directo semanal entre Barcelona y las islas Feroe desde mayo hasta octubre. Y, todo el año, son accesibles haciendo escala en otros aeropuertos europeos. Algunos cruceros amarran en ­Tórshavn.

Cuándo ir
Verano es la estación más adecuada. No sólo por el clima, que igualmente puede ser frío según dónde. También por la luz, puesto que el día se estira hasta casi 20 horas. En invierno, puede que sólo se goce de luz solar cinco horas al día.

Cómo desplazarse
Existe una red de transporte público, pero el medio más cómodo es en coche de alquiler. Sin embargo, hay islas que sólo pueden alcanzarse en barco y donde no hay un solo coche, como Mykines.

Dónde dormir
Hay pocos hoteles. Seguramente la mejor opción es pernoctar en Tórshavn, donde el viajero dispondrá de restaurantes y buenos alojamientos. Salvo las islas más alejadas, es posible salir y regresar cada día.