Kumano Kodo, por el camino de los dioses

Los sitios sagrados y rutas de peregrinación de los montes Kii, a pesar de su belleza y de su larga historia, son de los lugares menos visitados de Japón. Patrimonio de la Unesco desde el 2004, están hermanados con el camino de Santiago y allí reside la fuente del misticismo japonés

El sol se pone en Santiago de Compostela y los peregrinos ya descansan en los albergues y se preparan para la cena. A casi 11.000 kilómetros nace un nuevo día y otros caminantes se desperezan y se sientan en el suelo frente a un desayuno kaiseki, con sopa de miso, arroz, pescado, encurtidos, tortilla, algas y ensalada, que les dará fuerzas para caminar, un día más, por la morada de los dioses. Están en las montañas de Kumano, la única ruta de peregrinaje, junto con el camino el Santiago, reconocida como tal por la Unesco.

Al santuario Kamikura se llega tras subir 538 escalones; el camino tiene ascensiones de 600 a 800 metros por terrenos cambiantes

Como en la Europa medieval en el año 1000, en Japón durante la última etapa del periodo Heian se creyó próximo el fin del mundo. Corría el siglo IX y era tal el pánico que los emperadores empezaron a peregrinar a Kumano para hacerse perdonar sus pecados. Vestidos de blanco, el color de los muertos, bajaban a Osaka desde las cortes de Kioto o Nara, bordeaban la costa hasta Tanabe y se adentraban en las montañas brumosas, en un viaje de más de 1.000 kilómetros para renacer al final del camino. Eran séquitos tan numerosos, de hasta un millar de personas, que nació la expresión ari no Kumano mode, la peregrinación de las hormigas a Kumano.

Las rutas que serpentean a través de la península Kii han sido consideradas desde entonces un lugar místico y sagrado, morada de los dioses sintoístas –una creencia basada en la divinidad de la naturaleza– y, más tarde, de las deidades budistas, ambas religiones conviven hoy en cordial sincretismo, una prueba más de la practicidad japonesa. En los tres grandes templos (taishas) de la ruta (Hongu Taisha, Hayatama Taisha y Nachi Taisha), reside el origen de la espiritualidad nipona, y las formas arquitectónicas únicas surgidas de este sistema de creencias original y mixto han servido de modelo para los más de 3.000 santuarios de estilo Kumano levantados a lo largo y ancho del país.

En el siglo XXI, los peregrinos llegan a Tanabe (a 100 km al sur de Osaka) en tren (una media de 20.000 de ellos pernoctan cada año en esta ciudad de 80.000 habitantes) y la mayoría opta por recorrer el camino imperial o Nakahechi, que es, de las siete rutas posibles, la mejor conservada, la única que transcurre entera por la naturaleza y la que cuenta con servicios para recorrerla: zonas de picnic, lavabos y, aunque parezca inverosímil en medio del bosque (si no resultan ya de por sí inverosímiles los sanitarios automatizados), máquinas expendedoras de bebidas y snacks como las que pueden encontrarse en cualquier ciudad japonesa.

De Tanabe, un viaje de 20 kilómetros en autobús por la carretera 311 lleva, siguiendo el río Tonda, a Takijiri-oji, la puerta al mundo sagrado de Kumano. Al cruzarla se entra en tierra de difuntos; muere el yo impuro y pecador, para renacer purificado y transformado al final del kodo, el camino. Como en todos los templos sintoístas, la entrada está señalada por una torii, una puerta en forma de letra π, pero antes de atravesarla se debe cumplir la primera misión: visitar el centro de peregrinaje de Kumano Kodo Kan, que ofrece detalles sobre la ruta y, muy importante, la credencial donde estampar los sellos de los templos, un carnet dual con dos caras: una para Kumano y la otra para el camino de Santiago, porque ambas rutas están hermanadas.

Este camino no se entiende sin el agua, sea la helada de las cascadas naturales o la caliente de fuentes termales, en la que los peregrinos descansan por las tardes

Si el peregrino, además, lleva monedas de cinco yenes en el bolsillo (cinco se pronuncia como relación y conviene llevarse bien con los dioses cuando se atraviesan sus dominios), ya está listo para cumplir con la tradición en los oji: donar una moneda, inclinarse dos veces y dar dos palmadas antes de rezar o hacer una petición.

Los oji, que salpican todo el recorrido, son pequeños santuarios dedicados a dioses menores levantados por los antiguos eremitas yamabushi (los que se ocultan en las montañas), ascetas seguidores de la doctrina shugendo, una suma de sintoísmo, taoísmo y budismo esotérico que tiene como ritual principal “entrar en la montaña”, en una progresión de lo mundano a un estado sagrado. Pueden ser una construcción creada por el hombre, pero también una piedra con una forma insólita, un árbol milenario o el perfecto sonido de una cascada… en realidad, cualquier elemento natural que transmita una cierta energía por su singularidad.

Tras el torii de Takijiri-oji se entra en un paisaje onírico de estrechos senderos jalonados con estelas votivas cubiertas de musgo, árboles de alcanfor, cedros milenarios, gigantescos bambús y gargantas tapizadas de cipreses hinoki y sugis que compiten por alcanzar el cielo, en unos bosques primorosos donde todo parece armónico y sereno. A ratos, la niebla se mece y descubre ríos y granjas, campos de arroz, castaños y albaricoques... Mariposas, ranas o unos pequeños cangrejos que uno no sabe muy bien cómo sobreviven en la montaña acompañan al caminante, que puede pasarse horas sin cruzarse con otro humano y soñando con toparse con el Yatagarasu, el cuervo de tres patas guardián de Kumano, y también del equipo nacional de fútbol de Japón, que lo luce en sus camisetas.

No hay lugar para la queja por el esfuerzo del camino y sí para maravillarse cuando se ve la agilidad de los ancianos japoneses que ascienden por los 538 escalones que llevan al santuario Kamikura y a la gran roca Gotobiki-iwa, en Shingu, pero lo cierto es que Kumano Kodo tiene un plus de dificultad respecto al camino de Santiago, hay ascensiones de 600 a 800 metros por terrenos cambiantes, de tierra o empedrados, y muy a menudo resbaladizos, con enormes raíces que huyen del subsuelo para formar escalones que ayudan en las largas subidas, pero que también se enredan en marañas que conviene no perder de vista para no tropezar. Las estatuas jizo, con sus gorritos y bufandas rojas, que van apareciendo aquí y allá, protegen al viajero, pero no hay que confiarse.

Para tener derecho a la Compostela de Kumano Kodo no es necesario hacer los 1.000 kilómetros que hacía la corte imperial, basta con llegar a Hongu Taisha, donde convergen todas las rutas, desde Takijiri-oji (40 km) o desde Nachi (52 km). Pero si el espíritu no está presto al esfuerzo se puede optar por recorridos más cortos en tren o autobús hasta lugares concretos del itinerario. Lo habitual es pasar en la zona tres o cuatro noches para poder hacer el recorrido entero, de Tanabe a Nachi.

Tradicionalmente, los peregrinos, tras visitar Hongu, se abrían camino por el río hasta Hayatama y seguían por mar para acceder a Nachi. Hoy, este trayecto fluvial es la única ruta de peregrinación no terrestre que forma parte del patrimonio mundial de la Unesco y aún se puede recorrer en un barco de madera tradicional como hacían los peregrinos hace siglos.

Además, aunque el río Kumano cuente con el estatus de sagrado, es totalmente legal y gratuito sumergirse en sus aguas turquesa. El viaje, de 90 minutos, comienza en el Kawabune Boat Tour Center de la ciudad de Kumanogawa y termina en Shingu, cerca del santuario de Hayatama. Desde allí, se llega en tren o autobús al templo de Nachi Taisha, con su pagoda roja y dorada y su famosísima cascada, donde dicen que la compasión fluye sin fin, y donde los ascetas practicaban la purificación del agua fría bajo su atronador velo de agua.

Porque el Kumano Kodo, camino de purificación, no se entiende sin el agua. Helada en las cascadas y ardiente en las fuentes termales, como las de Yunomine Onsen, una hilera de casas y hoteles tradicionales en lo profundo de un valle alineadas junto a un río humeante. Uno de los hoteles más antiguos, del siglo XVIII, es el ryokan Iseya, que se enorgullece de tener un onsen del que fluye agua pura caliente rica en yunohana o flores de manantial, depósitos minerales que flotan en el agua sulfurosa y donde reside su poder medicinal. El ryokan compite con la atracción de Yunomine Onsen: el Tsuboyu, una minipiscina termal situada en una cabañita donde siempre hay algún peregrino esperando turno vestido con yukata, porque otro de los placeres de esta ruta es deshacerse de las botas de caminante y pasearse al atardecer en bata y chanclas en busca del agua caliente.

Al tercer día de camino se empieza a presentir el mar al otro lado del bosque espeso. Hasta que el océano se ve y se respira en Hayatama Taisha, que tiene una localización clave en la desembocadura del río Kumano y une las montañas con el Pacífico. Aquí aún queda la penúltima dura prueba del camino, los 538 escalones mellados y desiguales que llevan al santuario, esos que algunos ancianos japoneses suben con presteza y que a los occidentales les dejan sin resuello. No queda otra que llegar arriba para sellar el carnet de peregrino y disfrutar de las vistas de la ciudad de Shingu y ¡ay! volver a bajar por los mismos 538 escalones hacia el siguiente destino, el Daimon-zaka, un camino empedrado enmarcado por cedros gigantescos que lleva a Naichi Taisha y su cascada, y que es una de las caminatas más fáciles y bonitas de toda la ruta.    

Acabar el periplo en la ciudad pesquera de Kii-Katsuura disfrutando de uno de los mejores atunes de Japón y nadar en la isla de Nakanoshima es una buena manera de reconectar con la vida mundana… O de sentirse bendecido por algún Dios glotón y sibarita.