Namibia, belleza desnuda

En esta África que se muestra tan agreste como cuando fue cuna de la humanidad, un despoblado país va desde el desierto de Kalahari hasta un Atlántico enfebrecido y se extiende por la sabana donde campan las gacelas, los elefantes, los leones y otros animales.

En ruta en Sossusvlei, en el desierto del Namib

Creo que hay un bed & breakfast en la carretera que lleva a la Cheetah Conservation Fund (Fundación para la Conservación del Guepardo)”, dice el conserje del hotel, después de pensar un poco. Su establecimiento, lo mismo que todos los de Otjiwarongo, está completo.

La carretera indicada es una pista de tierra que se dirige hacia el este, adentrándose en el desierto del Kalahari. Falta poco para el ocaso. Al cabo de bastantes kilómetros, un par de obreros responden que no conocen el alojamiento. Un lagarto gigante, o quizás un varano, se esconde entre la maleza. Pasan unos cuantos kilómetros más, antes de aparecer un cartel oxidado. Un camino apenas transitable se adentra entre las acacias. Los nidos de termitas se estiran como columnas roídas de templos muy antiguos. Al final, sobre unas rocas rojas, se levanta una casa.

Desde la galería, con una bebida fresca, se puede observar la sabana, unas gacelas springbok y la meseta de Waterberg al fondo. El cielo se cubre con todas la estrellas. “No se necesita nada más –dice el dueño–, esta es nuestra casa”. Es la tierra de donde salimos todos.

Sólo en Mongolia hay menos habitantes por kilómetro cuadrado. Pero es que la seca geografía del país africano no invita al asentamiento

Y qué tierra más bella regala Namibia al visitante. Basta con dejar Windhoek, la capital, para empezar a enhebrar maravillas. El paisaje pardo aparece cubierto de hierba seca. Lo puntean acacias oscuras. Se divisan las primeras gacelas, una familia de babuinos, ese oryx con sus altos cuernos como patas de un compás. Igual que hay animales que parece como si se hubiesen conjuntado aprovechando material de desecho, otros presentan una estampa noble: un oryx bien puesto puede convertir el lugar más anodino en una localización de prestancia mítica.

Sigue la naturaleza y muy poca gente. Sólo en Mongolia hay menos habitantes por kilómetro cuadrado. Pero es que la geografía de Namibia no invita al asentamiento. Basta con acercarse a Sesriem para darse cuenta: un seco curso de agua intenta clavar su puñal de frescor en el desierto del Namib. Un oryx y algunos springboks aprovechan la hierba rala. También una familia de avestruces, con un puñado de polluelos. Pero las dunas, que alcanzan los 200 metros de altura, atenazan la vegetación. El rojo de la arena estalla al atardecer. La sombra afila las aristas, y el cielo se pinta de un azul cobalto que duele en los ojos. Más al interior del desierto del Namib, aparecen las últimas lagunas estacionales cubiertas por una costra de sal cuarteada. Debajo se puede palpar algo de humedad.

Muchos kilómetros al este, la arena cae al mar. Apenas tres puertos se asientan en la costa: Lüderitz, al sur del desierto del Namib; Walvis Bay y Swakopmund, al norte. Por encima, el litoral toma otro nombre: la Costa de los Esqueletos. Allí, en Cape Cross, donde los portugueses plantaron una cruz, huele a pescado caliente y se distingue un montón de huesos. Pasan algunos chacales con andares ladinos. Se oyen gritos y estalla el fragor de olas descomunales que se estrellan contra la costa. A más de uno se le pondrán los pelos de punta hasta que distingue las miles de focas. Las que acaban de salir del agua brillan como esculturas de obsidiana; las que se han secado se confunden con las rocas. Las crías buscan a sus madres, y los machos se pelean por puestos preeminentes. Aunque desaparezcan todas, quedará su olor y los huesos.

La frontera entre la vida y la muerte puede situarse en un paso de más, en una gota de menos. La existencia se reduce a lo esencial: toma estrictamente lo necesario, de donde sea, y gasta lo mínimo. Como ejemplo, allí, en el límite donde la escasa vida de la costa da paso a la nada, crece la welwitschia, planta que aprovecha la humedad de las nieblas costeras. Puede sumar quince siglos y es como la Mona Lisa para los botánicos, aunque parezca piltrafa a ojos del profano.

Etosha dispone de tres campamentos, protegidos de las fieras. Cada uno tiene una charca a la que se acercan a beber los animales

Otra especie también ha sido capaz de sobrevivir aquí, y hasta se ha matado por ello. Lo prueban los restos de chatarra, latas de conservas y aquellas orugas metálicas de un tanque de la I Guerra Mundial. Namibia era colonia alemana, el África del Sudoeste Alemán. En su toma, habían procedido a exterminar gran parte de la población namaqua y herero. Pero al empezar la I Guerra Mundial, mientras la juventud europea se aniquilaba en los campos de Verdún o en las cimas de los montes Dolomitas, Sudáfrica se apoderó del África del Sudoeste Alemán. Y mantuvo Namibia como colonia hasta 1990.

La población humana es anterior. Los pueblos san dejaron ya impresa su huella en los petroglifos de Twyfelfontein o en aquella cueva del macizo de Brandberg donde pintaron una Dama Blanca hace veinte siglos.

Hoy Namibia conserva todavía amplias extensiones donde manda la naturaleza. La estrella, sin duda, es el parque nacional de Etosha. Un inmenso salar ocupa el centro. En su ribera sur, crecen los escuálidos árboles de mopane. Es un paisaje árido, en esa frontera difusa en la que el desierto deja paso a la sabana. Por allí avanzan unas jirafas que parece que cabalguen a cámara lenta. Una manada de ñus cruza el horizonte. Cebras nerviosas vigilan una charca donde sumergen las patas cuatro impalas y dos oryxs. ¿Dónde estarán el león o el leopardo? Dos elefantes machos trazan una recta perfecta hacia su destino. Van a rebozarse en arenas minerales y sólo quieren gastar la energía necesaria. Paso regular, mirada al frente. Si anduviesen sobre cojines, no harían menos ruido.

Etosha dispone de tres campamentos, protegidos de las fieras. Y cada uno tiene vistas sobre una charca a la que se acercan a beber los animales. Nadie puede prever cuándo. Pasarán horas, de la noche cerrada hasta el alba, a ese amanecer que es igual al del primer día de la humanidad. Y se alzará el sol, hasta que achicharre, ya a media mañana. Y sólo habrán aparecido cuatro gorriones. O puede que a medianoche se concierte una cita entre rinocerontes. Se acercará la hembra al macho, “señor rinoceronte, ese es su hijo”, parece que presente la cría que la acompaña. Y el macho dará media vuelta, si te he visto no me acuerdo. O a mediodía se acercará una manada de más de cien elefantes.

Avanzan por familias. El macho –¡y qué macho!– se coloca junto al agua. Sabe que su figura impone. Varias hembras se abrevan. Las crías, que apenas dominan la trompa, corren a la sombra de sus madres. Un grupo de impalas intenta encontrar un hueco, pero el gran macho empuja a una de sus hembras. Aquí no bebe nadie sin su permiso. Y la hembra bordea toda la charca hasta que echa a las impalas. Un elefante adolescente saca pecho y hace sonar la trompa. Termina por fin la familia, se aleja con parsimonia, y se acerca la siguiente, y ya hay otra esperando entre los árboles.

Si falla la charca del campamento, hay unas cuantas más por el parque. Los coches de los visitantes se comunican dónde han visto algún depredador, en cuál hay una manada de cebras, dónde se oculta el rinoceronte negro o el rinoceronte blanco, qué bosque habitan los dicdics, esos antílopes que apenas alzan dos palmos. La lista es larga.

Quien quiera acercarse a los escenarios donde manda el león y se ríen las hienas puede empezar por Namibia. Pero la naturaleza del país además guarda muchas otras joyas. Bajo tierra, esconde diamantes y otras gemas, además de oro, uranio, tungsteno... La minería aporta una cuarta parte de los ingresos del país. Hasta las estrellas le han regalado el mayor meteorito conocido. Se trata de un pedrusco de hierro que pesa casi 70 toneladas y se encuentra en las puertas del desierto del Kalahari. Es metálico, casi todo hierro. Tiene un tacto frío y, al acercarle la oreja, se puede oír su odisea por los abismos helados del universo.

Después de la cena, el viajero sueña con los regalos que le esperan al día siguiente. Están los guepardos, la meseta de Waterberg con sus damanes y babuinos, o un paseo por la sabana donde acechan el leopardo y la mamba negra. Pero el tiempo desaparece cuando se mira al cielo y se distinguen todas las constelaciones, las nebulosas, las galaxias y los meteoritos. Es el mismo cielo que, hace muchos años, iluminó nuestra primera casa.

El viaje

No existen vuelos directos entre Madrid o Barcelona y Windhoek. Deben calcularse aproximadamente unas 16 horas de viaje.

Cuándo ir

Hay que tener presente que el verano en el hemisferio boreal coincide con el invierno en el hemisferio austral. Ahora es verano allí, pero si se viaja en julio o agosto coincide con los meses más fríos en Namibia, en que el día es templado, hasta caluroso, pero por la noche puede llegar a helar. También son los meses con más visitantes, así que debe reservarse los alojamientos con la mayor antelación posible, sobre todo en el parque nacional de Etosha.

Cómo desplazarse

Quien quiera visitar el país por su cuenta deberá alquilar un vehículo. Si bien Namibia cuenta con algunas carreteras asfaltadas, la mayoría consisten en pistas en un estado considerablemente bueno. No es preciso el uso de un todoterreno, salvo que se prevea adentrarse por terrenos especialmente duros.

Dónde dormir

Namibia dispone de una amplia gama de alojamientos. Sin embargo, se recomienda reservar siempre antes y pensar que a veces las distancias que recorrer entre una localidad y otra son más que considerables.