Nepal, un destino de altura

Con sus cimas de 8.000 metros, ajenas al paso del tiempo y a los movimientos de tierra, el país se mantiene como meca de montañistas, mientras sus ciudades dejan atrás el recuerdo del terremoto del 2015.

Bakthapur es el núcleo mejor preservado del valle de Katmandú

La imagen idílica de Katmandú como capital de un reino de montañas fabulosas salta en mil pedazos bajo la presión de un tráfico infernal, que sólo remite a altas horas de la noche –la ciudad tiene un millón de habitantes–. Los peatones caminan por calles sin aceras, esquivando coches y motos, protegiéndose la cara con máscaras para mitigar los efectos de la polución mientras hablan por el móvil. La administración y las compañías telefónicas han hecho un esfuerzo para que hasta el más remoto rincón del país de los Himalayas tenga cobertura suficiente; sin embargo, amplias zonas urbanas siguen sin disponer de alcantarillado.

El paso de la bicicleta al motor de explosión ha colapsado calles y carreteras en pocos años, convirtiendo trayectos que antes se realizaban en 15 minutos en recorridos de una hora, como mínimo. No parece el mejor escenario para iniciar un trekking, pero, contra todo pronóstico, lo es: en cuanto se escapa de la ciudad, la naturaleza y los senderos empedrados imponen el silencio, el aire puro y la visión de los picos más gloriosos que existen sobre la faz de la tierra. Un viaje al Nepal de hoy incluye dosis de cielo e infierno a partes iguales. 

Quien haya viajado al país con anterioridad descubrirá que ahora, en el acceso a las plazas mayores o Durbar Square de las principales ciudades del valle de Katmandú, se cobra entrada. El importe se destina a la reconstrucción de los daños causados por el terremoto del 2015, pero los trabajos progresan con gran lentitud, al menos en la capital, donde los edificios de madera del siglo XII siguen formando una masa de escombros. En otros lugares del mismo valle, la recuperación es más evidente, ya que hay menos desavenencias políticas y de intereses entre los implicados. Esto no es inconveniente para que grupos de montañeros vuelvan a deambular por los alrededores de Thamel, el barrio bohemio y hippy de otras épocas, donde hoy se suceden las tiendas de ropa y equipo para trekking. Para huir del caos general, basta acercarse a alguno de los templos que puntean la geografía de Katmandú o bien esconderse en la calle peatonal de Samsara, en la zona de Sagarmata, donde hay un paseo con tiendas de gusto occidental, libre de tráfico.

Ahora, en el acceso a ciertas plazas se cobra entrada; el importe se destina a la reconstrucción de los templos dañados por el terremoto del 2015

La alternativa consiste en cambiar de vía: con sólo alejarse unos pasos del centro, aparecen las tiendas tradicionales con sus verduras amontonadas en la puerta o las farmacias que venden sus medicamentos a granel; bajo la superficie, Katmandú sigue fiel a sí misma. Lo mismo se podría decir de Swayambhunath, complejo budista “de los árboles sublimes”, si bien todo el mundo lo conoce como el templo de los monos, por los macacos que viven en los alrededores. Tras subir los 365 escalones que llevan a lo alto, se obtiene una gran panorámica del valle. A los pies de la gran estupa (la construcción budista) tienen lugar muchas muestras de devoción. El lugar está asediado por tiendas de recuerdos, pero sigue siendo muy sagrado para los devotos, que realizan ofrendas de comida. A veces sorprende la cantidad de viandas bien dispuestas a la sombra de los templetes. Al final del día, los monjes las consumirán.

Otro lugar del valle de Katmandú, igual de venerado o más, es Boudhanath, donde se alza una de las mayores estupas budistas del mundo. Declarada patrimonio de la humanidad, en sus alrededores viven decenas de refugiados tibetanos. Es imposible pasear por encima de la cúpula, siempre en el sentido de las agujas del reloj, sin sentir algo especial. El terremoto del 2015 abrió una brecha en ella, pero hace tiempo que no queda rastro.
Además de los fieles que andan alrededor de la imponente construcción al atardecer, haciendo rodar los molinillos de oración y musitando sus mantras, es habitual encontrar occidentales encaramados a la estupa, practicando meditación o yoga: hoy como ayer, siguen acudiendo a Nepal en busca de respuestas que no encuentran en sus hogares.

Para disfrutar de verdad de la esencia arquitectónica del país, hay que acudir a Patan o a Bhaktapur. En la primera, la plaza de Durbar resistió mejor el movimiento de tierra que la de Katmandú. Además, atesora infinidad de esculturas de gran valor en el museo local, ya que esta es la ciudad más antigua del valle: se fundó en el siglo III a.C. como primera capital del reino del Nepal. Su diseño urbanístico se definió durante la visita del rey Ashoka, impulsor del budismo en Asia Central y del Sur. Para celebrarlo, se construyeron cuatro templos en los cuatro puntos cardinales de la ciudad y un quinto en el centro, a la manera de los mandalas o pinturas de meditación.

En la plaza se alzan varios mandir, pagodas de varios pisos superpuestos que representan los siete estadios del hombre para alcanzar la iluminación. Sin embargo, la mas famosa es la que se encuentra en Bhaktapur, la ciudad más relajada de todo el valle. Llamada “ciudad de las bellezas”, fue lugar de paso obligado en la ruta entre China, Tíbet e India, y también es famosa por su tradicional fabricación de cerámica. Por eso sus calles y plazas están alicatadas con ladrillos de arcilla cocida. En Bhaktapur hay que perderse, tomar una calle secundaria y atisbar la vida cotidiana que se derrama en ella, descubrir el rincón donde se talla la madera, se trabaja el cobre o dónde los abuelos charlan al sol del atardecer, componiendo imágenes de otra época.

Tras dejar Katmandú y sus reclamos atrás, ocho horas de viaje lento, polvoriento y de conducción improbable cubren la distancia de sólo 200 kilómetros que separa la capital de Pokhara, al oeste del país. Años atrás, el viaje era igual de incómodo, pero más rápido; el asfaltado de la carretera no ha mejorado la velocidad, sino que ha aumentado el número de coches y camiones que se mueven arriba y abajo sin objeto aparente.

Para mitigar los efectos desesperantes de la ruta, se puede subir a un “bus turístico”, algo más caro y utilizado también por los nepalíes. La ventaja es que dispone de más espacio y, con suerte, el conductor no tendrá una música estridente sonando durante todo el trayecto. A orillas del lago Phewa, Pokhara es un buen lugar para aprovisionarse de cara a afrontar un trekking por la región de los Annapurnas, pero si ya se viene pertrechado, se puede obviar la parada y dirigir­se directamente a Nayapul, lugar del que parten la mayoría de los senderos que exploran la región.

Cualquiera con una forma física media será capaz de afrontar una ruta senderista de las que se proponen, ya que las hay desde tres días hasta varias semanas. Una de las más populares entre quienes disponen de poco tiempo es la de Poon Hill. Para el camino basta llevar una mochila con recambio de ropa, un saco de dormir y poco más, ya que se pernocta en tee houses, alojamientos sencillos donde también se sirven comidas. De este modo, es innecesario cargar con kilos de víveres. Además, estos discretos establecimientos han aumentado y mejorado sus condiciones en los últimos años, llegando a disponer de duchas de agua caliente y baños privados: no hace mucho, a lo mejor que se podía aspirar era a echarse por la cabeza un cubo de agua calentada en la hoguera.

El camino hasta Tikhedhunga permite el paso de vehículos junto a los caminantes. Más adelante, el único trasporte que se encontrará serán las reatas de burros. Desde allí, un fuerte desnivel de 700 metros se vence subiendo una infinidad de escaleras de piedra que llevan hasta Ulleri. Muchos de los pasos más complicados están empedrados del mismo modo, lo que en principio es una ventaja, pero resulta fatigante. El esfuerzo merece la pena, porque se atisba por primera vez el perfil del Annapurna Sur y el pico sagrado del Machapuchare. Luego se alternan la selva, los bosques de bambú con los de coníferas, los hitos señalados con piedras depositadas por los caminantes o con banderas de oración multicolor que esparcen sus plegarias en el viento. Así se llega a Ghorepani, desde donde, de madrugada, se asciende hasta Poon Hill, a esperar la salida del sol. Cuando los primeros rayos lamen la cúspide del Annapurna y el Dhaulagiri, se siente un escalofrío, y no sólo por la baja temperatura de primera hora de la mañana. 

Biretanti, Tadapani, Ghandruk… son los nombres de los lugares que se recorrerán en el camino de regreso, siempre disfrutando de la charla ocasional con otros montañeros que se cruzan en el camino, unidos por un instante por la emoción del paisaje, la visión de las labores del campo realizadas a mano o por el saludo de un niño que aparece de la nada para despedirnos, quizá con la esperanza de que caigamos fascinados por las gentes que habitan Nepal y que, por eso, un día queramos volver.

Guía práctica
Cómo llegar:
no hace muchos años que volar por poco precio a Nepal incluía 
una larga escala de conexión en algún aeropuerto de los Emiratos Árabes o en Pakistán. El aumento de las frecuencias hace que ahora se llegue antes. Algunas opciones son Qatar Airways (Qatarairways.com) o, más directo desde España, con Turkish Airlines (Turkishairlines.com)

Visados: para entrar en Nepal hay que obtener un visado turístico que cuesta 25 dólares por persona para 15 días (40$ si se requiere estancia de 30 días). El trámite se puede realizar directamente en el aeropuerto, donde hay unas máquinas que permiten rellenar los datos personales y realizar una fotografía.

En el destino: moverse por el valle de Katmandú no tiene secreto, basta con negociar el precio del taxi por adelantado. Si se quiere realizar un trekking, se puede ir por libre, pero sabiendo que hay que obtener un permiso especial para realizarlo y que en temporada de montañeros los alojamientos pueden estar llenos. Se puede confiar en empresas como Sansui Treks para simplificarlo (Sansuitreks.com)

Clima: los monzones, las lluvias torrenciales estacionales de Asia, descargan hasta principios de septiembre, momento en que empieza la temporada alta para montañeros y escaladores, puesto que el buen tiempo, aunque fresco, está garantizado. Al encontrarse siempre en altura, conviene llevarse un buen plumón o forro polar para las noches y un saco térmico para dormir en los lodges.