República Checa. Praga y Moravia, melodía histórica

Dicen que al menos una vez en la vida hay que ir a Praga. Pero más allá de su capital, Chequia tiene mucho que ofrecer. La región de Moravia es uno de esos regalos que hay que saber agradecer como merecen.

Edificio de Frank Gehry, llamado La Casa Danzante, en Praga

Al visitar Praga, el viajero puede pensar que sus edificios, de estilo románico, gótico, barroco, renacentista, modernista, cubista o de vanguardia, son, a través de sus diseños y líneas, como notas musicales que encuentran su armonía al suave compás que marca el río Moldava. La vista no deja de emocionarse o de exaltarse con cada nuevo rincón, callejuela o fachada. 

La ciudad ha sido el escenario de grandes acontecimientos de la historia, y su huella forjó una atmósfera y un carácter que no se dejan achicar por el turismo masivo ni por los comercios impersonales que manchan abundantes calles y edificios de forma incoherente. Como notas discordantes de esa melodía arquitectónica.

La plaza de San Wenceslao es lo que antaño fue la plaza mayor de la ciudad nueva medieval, y la estatua de San Wenceslao, a las puertas del Museo Nacional, preside ese anfiteatro que ha visto pasar a nazis, aliados y revolucionarios de terciopelo. El hotel Yalta guarda todavía un búnker en sus sótanos, construido en los años cincuenta, cuando el miedo a las guerras aún permanecía y ocupaba el lugar que hoy está destinado a la admiración que sienten autóc­tonos y foráneos por la ciudad.

Pese a la belleza y el carácter de la capital checa, que no se deja achicar por el turismo masivo, no se debería visitar el país sólo por Praga

Señal de que los tiempos han cambiado es la estatua de San Wenceslao con su montura colgada boca abajo en las antiguas Galerías Lucerna, a la entrada de un viejo cine. Dicen que su autor, el polémico artista David Cherni, le dará la vuelta si algún día regresa la monarquía como forma de Estado. 

A poca distancia y tras cruzar la calle Národní, se llega a la ciudad vieja, un museo arquitectónico de dimensiones monumentales. Recibe al viajero, majestuoso pero sobrio, el Teatro Nacional Nostitz, donde un ya experimentado Mozart estrenó su ópera Don Giovanni, en el año 1787. Praga siempre fue la niña mimada del músico. Un amor recíproco, cuentan. 

De allí uno deambula hasta la plaza de la Ciudad Vieja para observar los autómatas del reloj astronómico del Ayuntamiento. Justo enfrente se halla la ventana del café que frecuentaba Kafka, y a poca distancia, su casa natal, y no mucho más allá vivió Einstein. Entenderá el lector lo de la melodía histórica cuando en cada rincón de la ciudad suena un crescendo con nombres de esta categoría.

Cruzar el Moldava utilizando el puente Carlos es casi una obligación, sobre todo de noche. Alcanzar el castillo, fotografiarse junto al muro de John Lennon en el barrio de Malá Strana u observar como una pareja en forma de edificio firmado por Frank Gehry baila la melodía praguense a orillas del río son sólo otros movimientos de la sinfonía. Praga es eterna y también amada, por todos pero en especial por su madre, Chequia.

El Moldova a su paso por Praga está punteado de lugares muy frecuentados

Para extender la visita a la República Checa y dejarse sorprender por algo menos conocido que la archifamosa capital, hay que tener en cuenta Moravia. Esta región sureña es uno de los lados del triángulo geográfico que conforma la historia de Chequia, junto a Bohemia y a Silesia. Tierras que acompañan la grandeza de la capital. Se podría decir que no se debería venir al país para visitar sólo Praga, pues es tanto lo que se recoge más allá, que acaba siendo un complemento indispensable recorrer alguna de sus regiones históricas, sino todas.

Moravia podría ser la sublimación de una ruta por estas tierras centroeuropeas. Desde Praga, la carretera atraviesa grandes extensiones cultivadas, sobre todo viñedos, suaves colinas tapizadas de bosques y pueblos tranquilos, dominados por iglesias de puntiagudos campanarios. En Olomouc, las calles y plazas empedradas son aún más evocadoras tras la lluvia. La columna barroca de la Santísima Trinidad, o también Columna Mariana de la Peste, se yergue en el centro de la plaza. A su alrededor pivota la que dicen es la ciudad más bella de Chequia, que suma a sus 104.000 habitantes unos 35.000 estudiantes, juventud que compensa la vejez de sus muros. De entre todas sus iglesias, conventos, fuentes y palacios, como una oveja negra entre las blancas del rebaño, destaca el reloj astronómico gótico y su estética de realismo socialista con la que se transformó en la época de la posguerra. 

Olomouc es el punto de partida para un par de visitas interesantes a algo más de 30 kilómetros. Una es a las cuevas de Javoricko, que más allá del laberinto pétreo que supone recorrerlas (en un frescor constante de siete u ocho grados centígrados) cuentan historias. Como la de los restos fosilizados del rinoceronte que fue encontrado en sus entrañas, la de las sectas paganas que realizaban sus rituales o la de los lugareños que ayudaron a descubrirlas a los exploradores y que luego, al convertirse en partisanos durante la ocupación nazi, fueron fusilados por el Tercer Reich.

Paseo por un bosque de abedules en Moravia, en Javoricko

Entre bosques de abedules se llega a la segunda visita, el castillo de Bouzov, que fue residencia del Gran Maestre de la Orden de los Teutones, Eugenio de Habsburgo, así como hogar de Miguel y Andrés, dos osos que habitaban el foso hasta que fueron sacrificados en 1964 por, dicen, mostrarse violentos con sus cuidadores. Hoy sus pieles se muestran como tristes alfombras en una habitación de la fortaleza.

La región está salpicada de palacios y jardines barrocos y renacentistas. En los del palacio Arzobispal de Kromeríž, el arzobispo de Olomouc se hizo construir una gran glorieta circular con diferentes habitáculos que representaban grutas habitadas por faunos. En cada una deleitaba a sus invitados con ingeniosos y sorpresivos juegos de agua. En verano, se puede observar como el péndulo de Foucault que cuelga del centro de la glorieta constata el movimiento giratorio del planeta.

El palacio de Lednice y sus gigantescos jardines son otra joya. Pasear hasta el Minarete para admirar la vista o hasta el Castillo de Juan, un pabellón de caza en realidad, son una alternativa a los salones barrocos y a los dormitorios de madera y terciopelo.

La pequeña villa de Mikulov es otro tesoro escondido, no sólo por su impresionante castillo o por su sinagoga, sino por la ciudad en sí. Vale la pena realizar el camino de Vía Crucis que asciende hasta la cima de la Colina Sagrada. Al regreso se puede descansar en la plaza Mayor o en uno de los cafés que hay en la calle principal.

El puente de Carlos sobre el Moldava y el castillo de Praga

La milenaria ciudad de Brno podría ser el final de ruta. Por si sola merecería protagonizar este reportaje, pues es la segunda villa más grande del país, además de la capital de Moravia. Su relevancia nacional queda reflejada, entre otras cosas, en que es la sede de la autoridad judicial y alberga los diferentes tribunales del país y otros organismos relacionados. Es una ciudad vieja, habitada por jóvenes universitarios de toda Europa, que alberga a casi 400.000 personas (cifra que se duplica si se contabiliza el área metropolitana).

Cuenta con dos castillos, el de Špilberk y el de Veverí, además de la catedral de San Pedro y San Pablo y un centro histórico memorable, donde destacan el edificio del antiguo Ayuntamiento –que ya se menciona en 1343– y el tétrico osario, a los pies de la iglesia de San Jaime, uno de los mayores de Europa. Otra experiencia aún más sobrecogedora que la del osario se puede vivir en los sótanos del convento de los Capuchinos. Se trata de la visita a las momias de numerosos monjes y ciudadanos del lugar. Brno también conserva diferentes factorías y lugares de la época de la revolución industrial que atestiguan su importancia en el progreso del país. En el monasterio de Staré, George Mendel estudió y concibió sus leyes sobre el estudio de la genética.

DATOS PRÁCTICOS
En la República Checa rige la misma hora que en España. Para entrar basta con el DNI, y la moneda es la corona checa, cuya equivalencia es 1 € = 26,5 CZK. El nivel de los precios es un poco inferior a los españoles, sobre todo fuera de Praga.
Cualquier época del año es buena para visitar el país. El otoño es espectacular por el color de sus bosques.

Dónde dormir
En Praga, se puede optar por el hotel Exe City Park, justo delante de la estación central y a un paso del centro histórico. La ubicación es tranquila, alejada de la masa de turistas. El personal es muy amable, y todos hablan español. 
Opletalova, 33. www.exehotels.co.uk 

En Olomouc se halla el hotel NH Collection Olomouc Congress, a escasa distancia del centro y en un edificio premiado arquitectónicamente, en la calle Legionnárská, 1311/21.
www.nh-collection.com/hotel/nh-collection-olomouc-congress

El hotel International Brno se halla en Husova 200/16, cerca del centro de la ciudad y muy bien situado para la visita al castillo de Spielberk.
www.hotelinternational.cz/en/