Sri Lanka, la isla amable

Conocida como la Perla del Índico, Sri Lanka es una isla que se deja abrazar con facilidad. Empaparse de su naturaleza, cultura y paisaje es un placer, aunque para ello no hace falta ir en época del monzón, más bien al revés.

Pescadores en Welligama, en la costa sur de la isla

Una desordenada sinfonía de cláxones da la bienvenida. El autobús, pesadamente, entra en una estación repleta. No parece haber director que la dirija. Ni coreógrafo que ponga orden a este baile ensordecedor, en el cual los peatones que salen de aquí y de allí, cargados con todo tipo de equipajes, se mueven cual hormigas. Frenazos y resoplidos dan las notas altisonantes en este espectáculo. Esto es Kurunegala, lugar donde se cambia de autocar camino de Habarana. Allí espera lo que en las guías turísticas llaman “el triángulo cultural” de Sri Lanka. Y si bien hay que ser conscientes de que es prudente evitar esos lugares resaltados en negrita, lo cierto es que al visitar por primera vez este país, la tentación de poner los pies descalzos en templos budistas e hinduístas es mayor que la prudencia. 

El viaje propiamente dicho arranca en Polonnaruwa y lo hace por la puerta grande. Antigua capital de un reino cingalés, atesora pagodas, descomunales estatuas de Buda que empequeñecen hasta al más incrédulo, antiguos palacios, turistas despistados, monos despreocupados y sandalias que, pacientes, esperan fuera de cada templo. Su historia podría resumirse en una secuencia histórica que se repite infinidad de veces: invasión, derrocamiento, invasión, derrocamiento... Hay que remontarse a los siglos XII y XIII, cuando se disputaron y sucedieron los reinos de los Cholas –venidos del sur de India– con los cingaleses. Dicen que fue el rey Parakamabahu I quien llevó Polonnaruwa a su edad de oro, entre 1153 y 1186. Hoy, los únicos que sufren, penitentemente, son los pies descalzos del viajero cuando baja de la bici alquilada para recorrer la antigua ciudad.
Más al sur, Sigiriya se alza como un elefante solitario en un mar de árboles con los restos de lo que fueron, según la teoría más aceptada, antiguos monasterios budistas que se fechan en el siglo III a.C. Si se observa desde la cercana montaña de Pidurangala, se puede gozar del espectáculo de una puesta de sol sobre la roca digno de Instagram.

El templo del Diente, en Kandy, es lugar de peregrinaje de los que van a ver lo que dicen es un diente de Buda: un lugar preciosista y de recogimiento 

Kandy, el Hill Country y el té. Después de cinco horas de baches, frenazos, constantes adelantamientos, música a tope y calor, se avista –por fin– Kandy, la que se podría considerar capital cultural. El templo del Diente, a orillas del famoso lago artificial que, también, caracteriza a la ciudad, es lugar de peregrinaje por los budistas que van a ver lo que dicen que es un diente de Buda. Uno deambula boquiabierto y, evidentemente, descalzo por sus salas. Preciosistas estructuras de madera, acabados dorados, mármoles, budas, pero también paz fervorosa de los autóctonos que vienen a rezar y a encender velas. La fecha de máxima afluencia a Kandy es agosto, donde con el Kandy Esala Perahera infinidad de elefantes engalanados desfilan por el centro de la ciudad. Color, música y danzas en lo que es el festival cultural de primer orden en la isla.
De Kandy, la ruta gira hacia el sudeste. Un fantástico y más apacible viaje en tren conduce al viajero entre montes, bosques y pequeñas poblaciones, hacia las zonas más altas de la isla. Allí esperan las verdes alfombras de extensas plantaciones de té, punteadas por coloridos vestidos de las recolectoras que como mariposas van arrancando las hojas de té para depositarlas en grandes sacos de plástico, a veces, o en cestas. Son tamiles, una de las dos etnias (los veddas son la otra) que conviven junto los cingaleses tras un cruento conflicto armado que dividió la isla. A los tamiles está reservado este duro trabajo. En un paseo por los caminos que se entrelazan en las laderas del monte es fácil toparse con sonrisas que contrastan con la dureza del quehacer minucioso y mal pagado de las recolectoras. Lejos, aunque sea por pocos kilómetros, de los destinos turísticos, es fácil descubrir ciudades que, aparentemente feas, mantienen la esencia del día a día de una gente, tamiles y cingaleses, que parecen haber dejado atrás la guerra que arrojó un balance de decenas de miles de muertos y que acabó con la aniquilación, a finales de la pasada década, de la resistencia del Ejército de los Tigres Tamiles en el norte de la isla. 

Las secuelas del tsunami de hace casi 10 años se hacen evidentes en Hambantota, pero la vida se impone y, pese a los silencios, las familias siguen yendo a pescar

Hacia el sur. Allí espera la inmensidad del océano Índico. Parece que fue ayer, pero ya ha pasado una década desde que el mundo viera por televisión como el tsunami se les echaba encima. Las secuelas de la masa de agua que arrasó la costa este y sur se hacen evidentes en Hambantota. Casas abandonadas esconden historias anónimas de pérdidas. Familias truncadas y futuros rotos como en la mirada de aquel hombre a quien la gran ola se le llevó todo, hasta la cordura. Pero la vida se impone y, a pesar de los silencios, las familias siguen saliendo a pescar a lo largo de la costa. 
Con el sol apenas asomando, el viejo Seladuyin observa el mar. Sentado en el borde del gran mordisco que el tsunami dio a la playa, escruta el verde grisáceo en busca de indicios de algún banco de peces. Su experiencia, tan dilatada como su edad, ya no es garantía de nada. Con la arena que se llevó el mar al retirarse, parece que se fue también el pescado. Aun así, poco a poco van llegando hombres de aquí y de allá, con el tradicional pareo y con el sueño pegado aún en los ojos. Al cabo de dos horas ya son una treintena. La barcaza que arrastran hasta el borde del agua se adentra en el mar luchando contra el oleaje a golpe de remo, mientras un extremo de la red se queda en la playa. Cuando están lo suficientemente lejos, un hombre se lanza al agua y tras un rato y un impresionante esfuerzo llega a nado con el otro extremo que, desde tierra firme, irán estirando los brazos de hombres y mujeres que se han añadido al grupo. 

Elefantes, leopardos y abejarucos. El viajero no puede irse de Sri Lanka sin haber intentado, al menos, oír el rugido del leopardo. La isla alberga unos cuantos parques nacionales y reservas en las que el avistamiento del sigiloso felino puede convertir en perfecto este viaje al antiguo Ceilán. Pero a veces no hay suerte. Subidos en un jeep descapotable, unos visitantes de la reserva de Udawalawe se tendrán que conformar con la impresionante presencia de los elefantes, los búfalos refrescándose en charcas e incontables aves. La extraña sensación de acercarse a un águila o a un abejaruco asiático sin que apenas se inmuten por la presencia humana es algo que no deja de sorprender.
Sri Lanka, con una convivencia religiosa ejemplar, es una isla que se abre a quien la visita con una sonrisa inmediata y sincera. Paisajes, cultura, historia, religiones y naturaleza. Un país amable, donde abundan los ayubowan y los vanakkam (saludos en cingalés y tamil), signos de bienvenida, incluso en medio del caos de una estación de autobús, sea de la ciudad que sea

 

Las perlas de la Perla del Índico

• campos de té  En días lluviosos en las zonas montañosas de cultivo de té es más que recomendable tener a mano unas medias para protegerse de las pequeñas sanguijuelas.

• Cómo moverse Si bien el alquiler de un coche da más libertad, una buena red de autobuses (con conductores que van como locos) así como una red de ferrocarriles con un trayecto imprescindible, el de Hill Country entre Kandy y Badulla, son buena opción.

• Cricket Es el deporte nacional por excelencia. Cualquier descampado, campo o rincón lo suficientemente llano se convierte en un improvisado terreno de juego.

• Galle La antigua ciudad amurallada fue construida durante el dominio holandés en el siglo XVIII. El tráfico de especias y gemas fue la gran actividad comercial de la época, dominada por la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en gran parte del océano Índico.

• ‘Stilt fishermen’ o pescadores en zanco Este arte tradicional de pesca, icónica imagen de Sri Lanka, corre el riesgo de desaparecer para transformarse en una simple atracción para los turistas que pagan a cambio de hacerles una foto. Los encontramos en la costa sur, en Welligama. 

• Parques Naturales El parque nacional de Yala pasa por ser el lugar con mayor densidad de leopardos del mundo. Se encuentra en el sudeste de la isla. 

• Dónde alojarse Sri Lanka no es un destino barato en lo referente al alojamiento. En la costa sur, una pequeña cabaña de madera multicolor frente el mar hace las delicias del viajero. Es el hotel Happy Beach, en Hambantota.

 


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