Tánger-Tetuán Laberintos al otro lado del Estrecho

Donde se unen el mar Mediterráneo y el océano Atlántico, en la orilla marroquí, ciudades con ajetreadas historias esconden sus hipnotizantes medinas azules y blancas.

Dos montes velan el estrecho de Gibraltar desde una y otra orilla. Son las Columnas de Hércules. Se debate qué monte correspondería a la columna africana, pero nadie discute que el paso es estratégico. Toda potencia que se precie ha querido poner pie en sus orillas. Fenicios, romanos, bizantinos, árabes, portugueses, españoles, ingleses o franceses, se han disputado sus costas. Coincidieron allí tantos intereses que en 1925 la ciudad de Tánger tuvo que ser declarada zona internacional. Se gobernó en condominio de varios países hasta 1960, salvo el periodo de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue ocupada por tropas españolas.

Coincidieron tantos intereses en el estratégico Tánger que en 1925 fue declarado zona internacional hasta 1960, aunque durante la Segunda Guerra Mundial la ocuparon tropas españolas

De aquellos años han quedado edificiosa art decó que puntúan la ciudad nueva. Las distintas colonias construyeron sus lugares de encuentro, un teatro, la plaza de toros. También sus templos, como la iglesia anglicana de San Andrés. De estilo morisco y envuelta en jardines, el gran Matisse la pintó desde una ventana del cercano Hotel de Francia. No era el primer artista, ni el último, que pisó la ciudad. Sólo por citar algunos: Eugène Delacroix, Mariano Fortuny, Paul Bowles, Jean Genet, Orson Welles, Truman Capote, Mohammed Chukri. Expatriados, espías y buscavidas también ocuparon sus calles. La colonia extranjera siempre fue numerosa y variopinta.

Hoy Tánger permanece abierta al norte. Mira hacia la costa de Europa y sus barcos repasan constantemente el zurcido que une ambas costas. Pero conserva su alma marroquí. Para confirmarlo basta con acercarse al Zoco Grande, la plaza donde las campesinas venden sus frutas y verduras. Unos pasos más y se cruza Bab al Fahs. Esta puerta da acceso a la medina antigua.

Tras esa puerta se abre el infinito. Sus calles se retuercen, acaban sin salida, aparecen abarrotadas de gente o más vacías que una playa de Marte. La luz queda tamizada, el sol apenas pinta las terrazas más altas. Pronto se pierde el sentido de la orientación. Es un laberinto. Hasta puede que se encuentre a faltar el aire, que el paseante agobiado convierta la busca de una salida en su único propósito. Se escapa, pero la simiente ya está sembrada. Y la segunda visita es la peligrosa. Entonces la medina te pilla de verdad. Quedas preso de su encanto. El objetivo deja de ser cómo salir.

La medina es un reto con regalos en cada recoveco. Además, tiene sus trucos. Los comercios se acumulan en las calles concurridas, las calles sin vida no tienen salida. Bastan unos pocos puntos de referencia para guiarse: las puertas de la muralla, las cuestas, las tres calles principales, la Alcazaba. El ovillo toma sentido. Y se llena de imágenes: los hiladores, las tiendas de alfombras, las de chilabas y babuchas, ese café, las escaleras, la perfumería, el surtido de encurtidos y olivas, la pastelería y los vestidos de boda.

Tetuán fue arrasada, reconstruida, tomada, capital del protectorado español, restituida a Marruecos...  y pese a todo tiene una de las medinas menos alteradas

Las casas de la medina de Tánger se pintan de azul, amarillo, rojo, blanco, naranja. De pronto se desemboca ante la tumba del gran viajero Ibn Battuta, quien partió de la ciudad en 1325 para peregrinar a la Meca y tardó casi 30 años en volver. Había pisado la mayoría de los países musulmanes y había alcanzado China. Hay que rendirle homenaje. Después, los pasos quizá lleven hasta la Alcazaba, con sus jardines, o al palacio de Dar es Shorfa, donde Venus y Cupido navegan entre sirenas, en un magnífico mosaico procedente del yacimiento romano de Volubilis. 

No debe olvidarse la visita a la antigua legación americana. Marruecos fue el primer país que reconoció a los recién independizados Estados Unidos. En justa recompensa, la Legación fue la primera adquisición en el extranjero de aquel joven país. Como sucede con tantos edificios de la medina, puede pasarse ante su puerta sin percibirla. Nadie puede adivinar qué maravillas se esconden detrás de los muros. Hoy convertida en museo, la Legación cuenta con patios, terrazas y más de 40 salas. Exhibe antiguos mapas, la estupenda colección McBey de arte y documenta la relación entre Marruecos y Estados Unidos.

Lo que fue, lo que será Tánger, se merece un rato de reflexión. Siempre ayuda si se acompaña con un té con menta y unos milhojas, merengues o tocinillos de cielo del salón de té La Española. Nadie dará el tiempo por perdido, aunque no se alcance conclusión alguna. Luego se puede alquilar un taxi para acercarse a Arcila, la Arcila de cuando el protectorado español. Conserva murallas y bastiones portugueses sobre el océano Atlántico. Las olas baten los sillares ocres, que contrastan con el blanco encalado de las casas. Dan una nota de color las puertas y ventanas azules y las baldosas que cubren las tumbas del cementerio. También, los amplios paños de pared pintados por distintos artistas.

Arcila se asienta en la costa atlántica de ese cuerno que, desde África, apunta hacia Europa. Tánger creció justo donde se mezclan las aguas del océano y el mar. Y Tetuán, en la otra vertiente, cerca de la costa mediterránea, aunque evita mojar sus pies en el mar. Prefiere envolverse de los afilados montes del Rif.

La historia de Tetuán se ha cincelado según lo que se dictaba en la península Ibérica. Enrique III de Castilla ordenó arrasarla en 1399. La reconstruyeron los musulmanes y judíos expulsados de España. Los españoles la tomaron en 1860. Se convirtió en la capital de su protectorado, y no la restituyeron a Marruecos hasta 1956. En su ensanche dominan los edificios de cuando fue capital. En la medina, la influencia andalusí resulta patente. Su declaración como patrimonio mundial por la unesco la califica como una de las medinas más completas y menos alteradas.

Dentro de sus murallas, los pasajes están encalados y, cada tanto, los cubre un arco. Se tarda poco en perderse. Allí venden especias y aceite de argán. Para descansar, nada como llamar a una puerta gruesa. Detrás, el acceso forma un codo y se descubre un patio. Si dispone de fuente, mejor. A su alrededor, se ha construido el riad, la casa noble. Dos, tres, hasta cuatro pisos se asoman a la galería central. Azulejos en las paredes, sofás y mesas bajas, un té con menta, habitaciones cuidadas con mimo y una azotea que permite otear el puzle de cubos, cúpulas y minaretes de un blanco inmaculado.

Para cuadrar el círculo, falta añadir una medina de montaña. La hay y de excepción, Chauen. Para alcanzarla hay que remontar el fondo de un valle entre vertientes cubiertas de olivos, bajo crestas de roca. La ciudad se pega en la ladera. En su centro, sobre la plaza Utaa al Hammam, se levantan los restos de una fortaleza. Se construyó para defenderse de los repetidos ataques portugueses en la costa norte. Alrededor se apiñaron las casas, en calles empinadas, estrechas, serpenteantes, que durante siglos estuvieron prohibidas a los extranjeros. Chauen era ciudad santa, apenas un puñado de extranjeros se atrevieron a entrar, y alguno recibió un buen escarmiento. Se abrió la ciudad cuando se estableció el protectorado español, fue tomada por Abd el Krim durante la guerra del Rif y retomada por las fuerzas coloniales.

Chauen recibe ahora al extraño con los brazos abiertos, con pasteles de miel y sus calles empedradas y muros pintados de azul. Azul de mar y de cielo en todos los matices. Pueden apreciarse en una droguería: se puede elegir entre siete polvos azules con que pintar la fachada.

Los picos, esos cuernos (ashawen en bereber) que pueden haber dado nombre a la ciudad,  cazan las nubes. El agua resurge fría y cristalina por el manantial de Ras el Maa. Su fuerza mueve molinos de harina y rebosa los lavaderos. Más allá, sobre una colina, los españoles levantaron una mezquita con vistas a la ciudad azul. Al atardecer, mientras las sombras toman montañas y cielo, Chauen se va iluminando. Por mucho que se cierre la noche, quedará siempre un retazo de cielo en la tierra.

El viaje
Hay vuelos directos a Tánger. El transbordador tarda una hora en cruzar el Estrecho entre Algeciras y Tánger.

Cuándo ir
Las temperaturas coinciden con las del sur de la península Ibérica. En invierno puede hacer frío; en verano, calor, aunque el viento ayuda a refrescar en Tánger y Arcila y la altura mitiga un poco la temperatura en Chauen. Como en todo el Mediterráneo, primavera y otoño son  ideales para el viaje.

Cómo desplazarse
Tánger, Arcila, Tetuán y Chauen están conectadas con numerosos autocares. También se puede alquilar un taxi. Dentro de las ciudades, existen distintos medios de transporte, sin embargo, las distancias a menudo se pueden recorrer a pie. 

Dónde dormir
Apartamentos u hoteles, el visitante encontrará el alojamiento que se ajuste a sus gustos y exigencias. Lo mismo puede aplicarse a la restauración, a precios que resultan más que razonables y con tal paleta de gustos que bien puede convertirse en uno de los objetivos del viaje.