Un desierto a escala humana

Más de la mitad de Israel la ocupa un desierto de reminiscencias bíblicas en el que los asentamientos de décadas atrás se han ido convirtiendo en explotaciones agrícolas 'high tech' y una creciente oferta turística.

Desde la piscina del hotel de lujo Beresheet hay unas vistas magníficas del cráter Ramon 

Cuando cae la noche, una enorme luna anaranjada se eleva desde las montañas de Jordania. Un viento fresco hace sentir al visitante que está en un lugar elevado, pero allá abajo sólo se distinguen las luces de los vehículos que van y vienen por la carretera 40, que atraviesa la negrura hasta la ciudad turística de Eliat, en el norte del mar Rojo. Desde la terraza del hotel Beresheet, en Mitzpe Ramon, en el centro geográfico del desierto de Judea, el Neguev, se puede ver, a los pies, el cráter Ramon, una depresión de 500 kilómetros cuadrados, resultado de siglos y siglos de erosión provocada por la lluvia, por el agua, un tesoro en estas tierras.

La escasez de agua y la ausencia de cualquier infraestructura convirtió en una aventura épica el asentamiento de los primeros habitantes de este desierto, judíos procedentes de la díáspora que, según Daniel Korn­mel, propietario de una granja de producción de quesos de cabra, fueron tratados “a lo bolchevique”, sin posibilidad de escoger en qué parte del nuevo Estado de Israel establecerse.

Desde aquellos años cincuenta del siglo pasado, el goteo de nuevos moradores no ha cesado, aunque el Neguev, que representa el 60% del territorio del país, alberga sólo al 8% de la población. David Ben Gurion, el primer ministro que declaró la independencia de Israel en 1948, fue uno de los pioneros que se enamoraron del desierto en construcción. Consideraba que esa enorme extensión de terreno inhóspito, seco y con temperaturas cercanas a los 50 grados, había de poner a prueba la inteligencia de su pueblo. Ben Gurion dio ejemplo y pasó los diez últimos años de vida en una modesta vivienda del kibutz Sde Boker. Los kibutz, una suerte de comunas agrícolas inspiradas por un ideario sionista socialista, han sido el principal responsable de que el hombre haya conseguido domesticar este desierto de reminiscencias ­bíblicas.

David Ben Gurion se enamoró del desierto y promovió los asentamientos en él; consideraba que esa enorme extensión de terreno inhóspito había de poner a prueba la inteligencia de su pueblo

Hoy no es extraño toparse en medio del erial con una piscifactoría, explotaciones ganaderas, viñedos o extensas plantaciones de frutales. Pero ¿de dónde sacan el agua para mantener viva la agricultura y la ganadería? Aparte de las lluvias testimoniales, la consiguen de los depósitos subterráneos de agua fósil salobre y, por otro lado, gracias a un complejo sistema de canalización que conduce el agua desde el norte del país o desde las desalinizadoras del litoral mediterráneo.

De esta manera, todos tienen asignada una cantidad de agua para sus negocios, aunque si abren el grifo más de lo estipulado la penalización es enorme. Si alguien quiere instalarse en el desierto, el gobierno se compromete a llevarle agua y luz, pero no hay subsidios para el sector primario. El poder tecnológico explica que haya en el Neguev cerca de 190.000 hectáreas de regadío. La apuesta por el desarrollo high tech es hoy uno de los rasgos distintivos de una sociedad acostumbrada a vivir en la adversidad.

La vecindad con Gaza y Cisjordania es un añadido a las paradojas que se suceden en el camino. El turismo, cada vez más visible por el atractivo de una naturaleza singular, cohabita con un sistema en tensión militar constante. Alguna reserva natural comparte terreno con prácticas militares y la prueba de armamento de última generación. Un plácido baño levitante en el mar Muerto puede verse sobresaltado por el vuelo estruendoso de los cazas que patrullan la frontera. En Dimona, un zepelín defensivo orbita sobre la única central nuclear del país, que le confiere autonomía energética. En medio de lo que fue un paisaje lunar soleado, se construyen una prisión y una academia del ejército.

Pese a estas disfunciones, la actividad turística crece y ofrece nuevas posibilidades de negocio. Los kibutz tradicionales se reconvierten en hoteles con encanto: en la ladera que desciende hasta el mar Muerto (el punto más bajo de la superficie terrestre, a 400 metros bajo el nivel del mar), el kibutz Ein Gedi alberga un complejo con jardín tropical y habitaciones desde las que se aprecia que ese enigmático mar está cada vez más seco, se dice que por la presión demográfica alrededor de su afluente, el río Jordán.

Los jóvenes también ven en el desierto un lugar al que escapar de la vida cada vez más cara de ciudades como Tel Aviv. Con la idea de echar raíces, Saar Badash y su mujer abrieron un restaurante ecológico con productos de la zona en Mitzpe Ramon. Para explicar su experiencia citan un proverbio: “Si quieres hacerte rico, ves al norte; si quieres ser sabio, ves al sur”.

Un desierto con variadas opciones


hOTEL BERESHEET
MITZPE RAMON 
Uno de los mejores hoteles de Israel. ­Situado en un acantilado sobre el cráter Ramon. Imprescindible un baño en la ­piscina exterior al caer la tarde y con el paisaje lunar de fondo.

 


ALOJARSE EN UN KIBUTZ
KIBUTZ EIN GEDI 
En una ladera sobre el mar Muerto se encuentra este kibutz reconvertido en complejo turístico que incluye un jardín tropical, embotella agua y ofrece bonitas vistas del mar salado.

 


MASADA
Restos arqueológicos en el promontorio de Masada de una antigua población judía que resistió el asedio del ejército romano. Antes de caer derrotada, su población acordó un suicidio colectivo. Es, pues, un lugar destacado para el nacionalismo judío. Mejor subir en el teleférico.

 


MAKHTESH RAMON
El cráter Ramon es una formación geológica única de 40 km de largo y 10 de anchura. Cuesta imaginar que aquí, en la ruta de las caravanas comerciales de camellos durante el dominio nabateo, hubo una vez un océano. Hoy es una reserva natural dura y agreste, donde habitan hienas, lobos y reptiles.