30/07/2006

El milagro de la supervivencia

Urogallo, el milagro de la supervivencia

Texto: Alicia Gris
Fotos: Andoni Canela

El urogallo ha cruzado el umbral del nuevo siglo sin la certeza de poder sobrevivirlo. Los Pirineos y la cordillera Cantábrica son sus últimos reductos, y desde hace años, su número no cesa de disminuir: en los Pirineos se ha reducido en más de un 15 por ciento y en la cordillera Cantábrica han desaparecido seis de cada diez aves. El cambio climático, su escasa reproducción y la disputa por uno de sus alimentos básicos, el arándano, son sus más firmes amenazas.


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Exhibición nupcial en el bosque
En un bosque viejo de pino negro, repleto de líquenes y musgo, un urogallo macho lleva a cabo una exhibición nupcial que, acompañada de sonoros cantos territoriales, busca la atracción de la hembras en un valle abrigado del Pirineo central.

El urogallo es un ave extremadamente resistente, pero una mínima variación de las temperaturas, como las inducidas por el cambio climático, puede tener consecuencias nefastas para su supervivencia. La modificación en el régimen de precipitaciones y en la disponibilidad de alimento puede afectar a todo su ritmo vital. Puede que este sea uno de los factores que más incide en su problema más acuciante: un índice de reproducción tan bajo que a menudo no alcanza ni la tasa de sustitución, la de un ejemplar por hembra y año.


Habituado a soportar las bajas temperaturas invernales, a veces a más de 2.000 metros de altitud, el urogallo pasa los meses más fríos subido a los árboles, ingiriendo acículas de pino y hojas de acebo. Pasa largas horas semiinmóvil mientras digiere la celulosa de la que obtiene su energía vital. Todo su cuerpo está adaptado al frío, desde sus patas alfombradas hasta sus orificios nasales, recubiertos también de plumas para proteger las vías respiratorias del aire glacial.


El escaso éxito reproductivo de este gallo de bosque de montaña es consecuencia de varias causas, apunta Jordi Canut, asesor del Ministerio de Medio Ambiente para la estrategia de conservación de la especie en los Pirineos. “Además de los efectos del cambio climático -señala-, incide el estado fisiológico de las hembras, las condiciones climáticas adversas, la depredación sobre huevos y pollos, la reducción y fragmentación de su hábitat y el sobrepastoreo de ciervos y vacas, que compiten con el urogallo por su alimento clave entre mayo y noviembre,
el arándano”.


Pero hay más problemas, porque también su hábitat sufre amenazas en forma de incendios forestales y de pistas de montaña. “La construcción de nuevas infraestructuras, como carreteras, tendidos eléctricos, estaciones de esquí o instalaciones mineras, abre vías de acceso hacia sus últimos reductos y propicia la presencia humana, la de predadores como el zorro, el jabalí o la marta y la de ungulados competidores”, apunta Luis Robles, asesor del ministerio para la población cantábrica junto a Fernando Ballesteros. La selvicultura comercial también puede generar un grave riesgo, pero en principio Ballesteros cree que en la cordillera Cantábrica tiene una baja incidencia. “Poco a poco se adaptan las prácticas forestales a la conservación del urogallo y se respetan fechas sensibles para la especie como la época de cría. Bien practicada, la selvicultura puede ser útil para mejorar y conservar el hábitat”.

Duelo de machos
Los urogallos compiten con sus congéneres en un claro del bosque, en un punto de reunión denominado “lek” (o arena ) donde los exuberantes machos se pavonean. En ocasiones se da un ritualizado combate que puede transformarse en pelea aunque, por lo general, no suele producir heridas. En la fotografía, un par de machos se enfrenta en un área boscosa cercana al parque nacional de Aigüestortes.

Solitario durante todo el año, el urogallo macho sólo se une a la hembra para aparearse. Lo más probable es que sólo prospere un polluelo

Un encuentro fugaz
Mientras, ajenos a los planes que los humanos han pensado para ellos, los urogallos siguen su particular lucha por sobrevivir perseverando en sus hábitos de siempre. Solitarios durante casi todo el año, el macho sólo se une a la hembra para aparearse. Antes competirá con sus congéneres en un claro del bosque, en un punto de reunión denominado “lek” (arena) donde los exuberantes machos se pavonean llevando a cabo una especie de danza que, acompañada de sonoros cantos territoriales, inclinan la elección de la hembra en uno u otro sentido.


Tras el apareamiento, el macho retoma su vida ermitaña y la hembra sigue con su labor para perpetuar la especie. Deposita entre cinco y ocho huevos en un nido en el suelo y los incuba durante casi un mes. Seguramente sólo prosperará un polluelo y, con suerte, dará sus primeros vuelos a partir de los 15 o 20 días de edad.


Ubicados en la cordillera Cantábrica y en los Pirineos, durante años se ha deliberado si los urogallos de un lado y de otro pertenecen o no a la misma subespecie. A día de hoy parece que, a pesar de que ambos se han adaptado a ecosistemas distintos separados desde hace siglos, no existen diferencias genéticas notables. A pesar de ello, las estrategias actuales de conservación de las dos poblaciones han optado por preservar las características genéticas de cada núcleo. Si se inician los programas de cría en cautividad previstos (dos en la cordillera Cantábrica y uno en los Pirineos), no se mezclarán urogallos de un sitio con el de otro. Hasta que se demuestre lo contrario, cada uno mantendrá su taxonomía diferenciada: “Tetrao urogallus aquitanicus” para el pirenaico y “Tetrao
urogallus cantabricus” para el de la cordillera Cantábrica.


Y es que, aunque ambos viven en bosques boreales, las especies que los conforman son distintas. El urogallo pirenaico vive en bosques de coníferas de pino negro, pino silvestre y abeto, mientras que el cantábrico reside en bosques caducifolios, sobre todo en hayedos y abedulares salpicados de robles y acebos. El objetivo del Ministerio de Medio Ambiente es mejorar el hábitat y proteger de forma efectiva la especie a partir de una reducción de la mortalidad y del incremento del nivel reproductivo.


Los ejemplares de gallo pirenaico se reparten por Navarra, Aragón y en un número mucho mayor, en Cataluña. Sólo tres machos sobreviven en el macizo de Larra, en Navarra, y un centenar habita repartido por las cabeceras de los ríos Cinca, Cinqueta y Ésera y en los macizos meridionales de Cotiella y Turbón, en Aragón. En cambio, en las comarcas catalanas de la Val d'Aran, Alta Ribagorça, Pallars Sobirà, Alt Urgell, Pallars Jussà, Ripollès, Cerdanya, Solsonès y Berguedà existe una metapoblación poco fragmentada de unos 1.400 ejemplares. Por ello se ha nombrado un único asesor, el biólogo Jordi Canut, experto en el gallo de monte desde que empezó a seguir sus huellas hace 25 años en el entorno del parque nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici, en Lleida, donde trabaja.


El gallo cantábrico estuvo en su día presente en las cuatro comunidades autónomas de la cordillera. Hoy, la especie se da por desaparecida en Galicia, mientras en Cantabria quedan menos de diez ejemplares.


En Asturias y en Castilla y León, se estima que residen unos 400 urogallos. La mayor parte de la población asturiana está en el parque natural de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias y, en menor grado, en los parques naturales de Redes y Ponga. En lo que respecta a Castilla y León, el grueso de la población se encuentra en el Alto Sil y zonas limítrofes”, señala Ballesteros.

 

Regresión continuada
Según Robles y Ballesteros, las perspectivas del urogallo cantábrico cara al siglo XXI no son muy favorables. "Ciertos factores de amenaza relevantes, como el cambio climático, no son fácilmente corregibles. Si no se invierte la tendencia, es probable que el urogallo cantábrico no llegue al siglo XXII. Sin embargo, las iniciativas tomadas por las administraciones quizá den buenos resultados de aquí a unos años", dice Robles. Según Canut, la situación de la población pirenaica no es tan catastrófica. "Al menos por el momento. El urogallo del Pirineo español está en contacto con el de las poblaciones andorrana y francesa", dice.


La andorrana, en particular, está en muy buen estado. Según Marc Mossoll, responsable del proyecto de galliformes del Ministeri d’Agricultura i Patrimoni Natural del principado, Andorra cuenta con unos sesenta cantaderos (el lugar donde se registran los cantos del ave) donde viven alrededor de 250 machos. Esta población se encuentra comunicada de manera natural con varias comarcas catalanas. La estrecha colaboración entre los dos países ha permitido comprobar que urogallos radiomarcados en Andorra pasan el invierno en el Pirineo catalán, lo que favorece un intercambio de ejemplares que es vital para el futuro de la especie.


“La supervivencia del urogallo pirenaico estará asegurada si delimitamos y contrarrestamos las amenazas, que llevan a una regresión continuada”, concluye Canut. Quién sabe. Parece que el futuro del urogallo en España seguirá siendo una incógnita en los próximos años. Quizá, a mediados de esta centuria, los pronósticos sean más favorables.
 

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14 de marzo
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