07/01/2007

A merced del cambio climático

Perdiz nival

Texto: Javier Ricou
Fotos: Andoni Canela

La perdiz nival vive en las cumbres de las montañas y disfruta de un regalo de la naturaleza: a finales de otoño, su oscuro plumaje se vuelve blanco para ayudarle a  camuflarse en el entorno nevado. Pero en los Pirineos el cambio climático le está jugando una mala pasada, porque la nieve se retrasa cada vez más y ahora el paisaje, en vez de protegerla, la delata.


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Pelaje de primavera

Un hembra de perdiz nival, con el plumaje característico de comienzos de primavera, se desplaza corriendo sobre la nieve. La perdiz nival es un ave más caminadora que voladora y sólo levanta el vuelo en contadas ocasiones.
Sus plumas se aclaran a mediados de noviembre y si entonces no hay nieve, se hace visible a metros de distancia para sus depredadores

La perdiz blanca o nival (lagópodo alpino) llegó al Pirineo hace más de quince mil años con las glaciaciones del cuaternario. Y ahí sigue todavía, aunque ahora la supervivencia de las cerca de tres mil parejas que se calcula quedan en las zonas española, andorrana y francesa de esta cordillera está más amenazada que nunca. El calentamiento del planeta está pasando factura a esta especie ártica que depende, como del aire que respira, del clima que reina en su hábitat. La falta de nieve, las estaciones de esquí o los cambios bruscos de temperatura son sus peores enemigos.


Jordi Canut, biólogo del parque nacional de Aigüestortes y uno de los pioneros en el estudio de la perdiz nival, ha llegado a la conclusión de que la evolución que ha seguido esta especie alpina en el Pirineo es un claro indicador del cambio climático. El más gráfico de esos indicadores y el más letal llega a finales de otoño, cuando la perdiz nival muda su plumaje oscuro hasta quedar totalmente blanca. Es su estrategia para confundirse en la nieve y sobrevivir en los meses más duros del año. Pero como las precipitaciones en forma de copos llegan cada vez más tarde a las montañas, ese cambio -marcado por un reloj biológico que no se atrasa ni adelanta según lo que digan los hombres del tiempo- acaba convirtiendo a la perdiz alpina en una diana perfecta para sus depredadores. Su claro color, que debería servir como camuflaje, la delata en un paisaje donde predominan el gris de las rocas y el verde de la vegetación.


La diferencia a la hora de evaluar este indicador de cambio climático -respecto a otros estudios que ya nadie rebate, como los que revelan un retroceso de los glaciares- es que con la perdiz blanca no se dispone de informes anteriores fiables, más allá de una década, que permitan las comparaciones. Hoy, después de más de quince mil años en estas montañas, todavía no se sabe con certeza ni cuántas parejas de lagópodos alpinos hay en el Pirineo.


Los pasos dados por Jordi Canut y también por Marc Mossoll, técnico del Ministeri d'Agricultura i Patrimoni Natural de Andorra, se han centrado, precisamente, en la elaboración de un censo fiable que permita conocer la población real de esta especie en su hábitat más meridional de Europa. Una tarea complicada ya que, aunque la perdiz blanca todavía no identifica la presencia humana como una amenaza (las altitudes en las que vive, a más de 2.200 metros, la han mantenido muy aislada), avistarla es muy difícil. A la hora de elaborar los censos se trabaja más de oído que con la vista. Este trabajo requiere concentración y tiempo. Hay que estar por encima de los 2.000 metros antes de que se haga de noche -lo que implica dormir ya en la montaña- y sólo se dispone de una hora y media (entre las 4.30 horas y las 6 de la mañana) para hacer el recuento. Abril y mayo son los mejores meses para realizar estos estudios, ya que es la época de celo. El canto de los machos para atraer a las hembras -un sonido gutural parecido a un eructo- sirve a los técnicos para identificar a los ejemplares y diferenciarlos por la dirección de la que viene ese canto. Explica Jordi Canut que la desesperación llega muchas veces con las primeras luces del día, al resultar imposible avistar ni una sola de esas perdices que minutos antes cantaban a sólo unos metros del lugar en el que se apostan los técnicos encargados del censo.

Mimetismo y camuflaje

Como estrategia de supervivencia y gracias a su cambio en el plumaje, el lagópodo alpino logra un perfecto camufl aje. Puede pasar mucho tiempo inmóvil y oculto entre las rocas o pasar inadvertido sobre la nieve.

Como la perdiz blanca es una especie monógama, por cada macho que se detecta se apunta una pareja. Se da por hecho que la hembra o bien está quieta y disfrutando de ese sonido gutural junto a su compañero o acudirá atraída por su canto. Para asegurar la supervivencia de esta especie resulta vital elaborar un censo que se aproxime lo más posible al número real de ejemplares que quedan en el Pirineo. De eso han sido conscientes en el Gobierno de Andorra, que acaba de confeccionar, gracias al trabajo de técnicos como Marc Mossoll y con la colaboración de la Fédération Départamentale des Chasseurs de l'Ariège, un protocolo para realizar esos censos. Para llevar a cabo los recuentos, las áreas marcadas deben tener un mínimo de setenta hectáreas, y cada observador no puede controlar más de diez. De lo que se trata es de calcular, en un área perfectamente delimitada, el índice de densidad de machos a partir de sus cantos. Cuando se hace de día se buscan indicios, en la zona de la que procedían los sonidos, que demuestren la presencia de la perdiz, como pueden ser excrementos, pisadas o plumas.


Marc Mossoll calcula que en el Principado de Andorra y la zona pirenaica francesa limítrofe quedan alrededor de dos mil machos de perdiz blanca. En Catalunya, Jordi Canut habla de unas trescientas parejas, a las que hay que sumar otras ciento cincuenta que se estima quedan en Aragón y cuatro más en Navarra. Después de que esta especie desapareciera en Cantabria, la línea que marca el hábitat de la perdiz nival en España, siempre en la zona orientada hacia el Atlántico, va desde la sierra de Larra (Navarra) hasta el Ripollès (Cataluña).


Estos números no animan al optimismo, asegura Jordi Canut, por tratarse de una especie muy vulnerable a cualquier cambio, intrusión o transformación de su hábitat. Aunque no hay un riesgo inminente de extinción, los expertos alertan de que podría disminuir todavía más el número de ejemplares en pocos años si las condiciones de vida de estas aves no mejoran.


El técnico del Gobierno andorrano y el biólogo del parque nacional de Aigüestortes han constatado que la perdiz se muestra cada vez más desorientada y nerviosa al inicio del invierno. El retraso en la llegada de las primeras nieves acrecienta la vulnerabilidad de esta ave. La perdiz intuye que esa capacidad que la naturaleza le ha concedido para disimularse entre la nieve tiene ahora un efecto contrario. Sus plumas se aclaran hasta quedar blancas a partir de mediados de noviembre (como ha hecho siempre), y las semanas que pasan entre esta metamorfosis y la llegada de las primeras nieves son las peores. El zorro, la marta o el azor -sus principales depredadores- avistan su objetivo desde muchos metros de distancia, y cuando lo tienen a su alcance no suelen fallar.
 

Patas abrigadas

Un macho de perdiz nival con la muda de invierno. La palabra lagópodo, que en griego significa “pata de liebre”, hace referencia a las patas emplumadas, que se asemejan a las de una liebre. Sus patas tiene plumas para aislarse del frío extremo de su hábitat, entre 2.200 y 3.000 metros de altura.
Unas lluvias torrenciales en época de cría, como las del pasado julio pueden acabar con el 90% de los polluelos

Unas tormentas excepcionales en el mes de julio, como sucedió este verano pasado, cuando las hembras están criando a sus polluelos, puede aniquilar hasta al 90% de esas crías. "El plumón de esos polluelos los primeros quince días de vida no les protege del frío, y si hay un descenso por debajo de los cinco grados positivos, mueren de hipotermia", revela Jordi Canut. Pero una subida inesperada de la temperatura en invierno -algo que ocurre cada vez con más frecuencia en la alta montaña- también acaba pasando factura a esta especie. Marc Mossoll explica que la perdiz blanca pasa el 80% del invierno sin moverse. "Hay poca comida, y de lo que se trata es de ahorrar energía". Si tiene mucho calor -su plumaje se hace más espeso para protegerse del frío- o se ve obligada a desplazarse por alteraciones en su entorno, el ave entra en un estado de debilidad que puede acabar costándole la vida. El Pirineo es el límite, mirando al sur, del hábitat de la perdiz alpina, y eso hace pensar a los expertos que si el cambio climático acaba aniquilando esta especie, las parejas que viven en esta cordillera serán las primeras víctimas. El resto de la población de estas aves se reparte por los Alpes, Islandia, norte de Rusia, Finlandia, Suecia, Alaska, Canadá, Japón y norte de Estados Unidos.


Una perdiz blanca pone una media de seis huevos en cada cría, pero si sobreviven dos polluelos se considera un éxito. Al no haber estudios anteriores, resulta imposible saber si ha habido un descenso de crías. Tampoco hay estudios en Europa sobre el tiempo de vida de esta especie, aunque algunos informes aseguran que la perdiz blanca puede llegar hasta los veinte años. Todo lo que se sabe en Catalunya y Andorra sobre esta especie ha sido publicado en una monografía editada por el Ministerio de Medio Ambiente. Ahí están los datos recogidos en los últimos siete años por Jordi Canut y Marc Mossoll. Un primer paso que obliga a continuar con la investigación para conocer la evolución en el siglo XXI de esta perdiz que llegó al Pirineo con la glaciación y que quedó atrapada en esas montañas cuando el hielo se fundió. Son todas las que están, ya que el actual clima impide que entren nuevos ejemplares del norte de Europa y que emigren aquellos que cada día lo tienen más difícil para sobrevivir en la cordillera pirenaica.
 

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12 de octubre
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