Los supervivientes de las cumbres
Rebecos
Son un modelo de adaptación al terreno. Sus pezuñas parecen diseñadas para no hundirse en la nieve, correr sin dudar por las rocas más afiladas y superficies heladas o saltar de un risco a otro con total elasticidad. Son los rebecos, “isards” o sarrios que habitan la cordillera Cantábrica y los Pirineos, desde Galicia a Cataluña, entre prados, bosques y rocas. Siempre huidizos, hoy es posible verlos en algunas cumbres, pero el encuentro con ellos seguro que será breve.
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Entre peñascos
Un grupo de rebecos pirenaicos con el pelaje de verano, más claro que el invernal, en un rincón del parque natural del Cadí-Moixeró, en el Prepirineo catalán. Su complexión atlética y unas pezuñas altamente especializadas permiten al rebeco moverse por los peñascos con toda tranquilidad.
La primavera avanza, aumentan las horas de sol, y ascienden las temperaturas. Las últimas manchas de nieve del Tossal de Rus, en el parque natural del Cadí-Moixeró, están a punto de desaparecer. En esta cumbre del Pirineo catalán, a dos mil metros de altitud, un grupo de rebecos pirenaicos come la hierba que ha crecido entre los neveros. Desde hace varias semanas lucen el pelaje estival, que es de color pardo anaranjado y bastante distinto al que exhiben en invierno. Cerca de los prados donde pastan estos rebecos, que en Cataluña llaman “isards”, están las rocas de Rus. Es un laberinto pétreo con riscos que quitan el aliento, salpicado de vez en cuando por tímidos ejemplares de pino silvestre. Allí, las hembras refugian a sus cabritos para ponerlos a salvo de zorros y águilas reales.
En este grupo de rebecos del Rus hay algunas crías que ya tienen unas semanas y la suficiente habilidad para seguir a sus madres velozmente a través de los escarpados peñascos. Colocados sobre la cresta de la montaña, su robusta y elegante silueta se recorta sobre el cielo y permite observar una anatomía totalmente adaptada a los desniveles de los roquedos y a la inestabilidad de los cantizales. De su cuerpo compacto, casi atlético, surgen unas extremidades más bien largas, terminadas en pezuñas altamente especializadas. Los pies de estos ungulados se convierten en piolets o crampones cuando la montaña se cubre de hielo y nieve dura, lo que les permite escalar hacia la cima o evitar resbalones y caídas en los descensos. Si la nieve está blanda, una membrana interdigital les ayuda a caminar sin hundirse excesivamente, con lo que consigue mayor celeridad en la marcha y un considerable ahorro de energía. Cuando se desplaza por las rocas, apoya también la parte posterior del pie, que es más blanda y se pega literalmente a la piedra como si fuera una ventosa.
El rebeco, llamado sarrio en Aragón y Navarra, es el mamífero más representativo de las altas cumbres pirenaicas y cantábricas. Aunque pertenece a la subfamilia de los caprinos, el rebeco se distingue bien de la cabra. Tiene una planta más esbelta y una cabeza muy característica, con una marcada forma cónica y de color más claro que el cuerpo. Una franja oscura le atraviesa ambos lados de la cara, creando la ilusión de que lleva un antifaz que le cubre la línea longitudinal que va de la oreja a la boca. Las astas son otro de los rasgos distintivos de este animal; tiene los cuernos muy rectos y con forma de gancho al final. Presentan una especie de muescas que permiten calcular la edad aproximada de cada ejemplar.
En las cimas
Si se quiere observar rebecos, es necesario subir a las cumbres de carácter alpino. Antaño algunos de estos lugares estuvieron cubiertos de bosque, que fue sacrificado con el fin de obtener pastos para el ganado. La presencia de rebaños domésticos durante los meses estivales y el índice de nevadas en el invierno determinan la ubicación de los rebecos. Éstos se moverán en las cimas de las montañas, entre las rocas y en los bordes de los bosques situados a mayor altitud en busca de tranquilidad, brotes tiernos para comer y la ausencia de otros herbívoros, domésticos o no, que puedan convertirse en competencia. Los rebecos prefieren el consumo de plantas herbáceas del tipo de las gramíneas y las leguminosas. El consumo de arbustos u otras plantas leñosas se da especialmente durante el invierno, cuando la nieve cubre los pastos.
En invierno, el frío y la nieve empujan a los rebecos montaña abajo buscando enclaves de clima más amable, a poder ser, alejados del movimiento humano. En poblaciones como Castellar de n’Hug, en las estribaciones del Cadí, es fácil verlos rondar por los alrededores del barrio situado en la parte más alta de la población, a casi 1.500 metros de altitud. Según cuenta Ramon Orriols, presidente de los montes comunales del municipio, hace cuatro o cinco décadas no se veían rebecos por aquí. Las laderas de las montañas que suben más allá de las últimas casas de Castellar de n’Hug estaban repletas de “feixes” (terrazas construidas con paredes de piedra para obtener pequeñas planicies de tierra en la pendiente) donde se cultivaban patatas y hasta trigo en un ciclo mucho más largo que en los cultivos de cotas más bajas. En aquel entonces las nevadas se prolongaban durante gran parte del año, comenzaban en septiembre y duraban hasta mayo. “Todos esos meses la nieve llegaba hasta el pueblo y los ‘isards’ buscaban zonas con mejores condiciones climáticas y menor presencia de gente”, comenta Orriols.

Los técnicos censan la población de sarrios en el circo de Barrosa, al norte del parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca.
En el último tercio del siglo XX, la población de rebecos fue aumentando gradualmente en zonas como la sierra del Cadí y, proporcionalmente, lo hicieron los permisos de caza. Poco a poco, se fueron dejando atrás cifras como la del primer censo hecho en 1968 (con un total de 75 individuos) en la reserva nacional de caza del Cadí, que tiene buena parte de su extensión dentro del área protegida. Jordi Garcia Petit, director del parque natural del Cadí-Moixeró, explica que las causas de esta evolución son el buen estado de los hábitat, la aplicación de planes de aprovechamiento cinegético de forma regulada y la propia dinámica reproductiva. En las zonas donde se caza el rebeco, es siempre más difícil avistarlo, ya que se convierte en un animal temeroso y huidizo. En las áreas protegidas, son más confiados, y los encuentros, más fáciles.
La alta densidad de población es un factor clave a la hora de localizarlos. En sitios como Larra-Belagoa, en el este de Navarra, es difícil observarlos debido al reducido número de ejemplares y a la inaccesibilidad del terreno, pero en la sierra del Cadí siempre ha sido bastante fácil dar con ellos. Si el viento sopla de cara, ascendiendo por la montaña, se llega a percibir un penetrante olor a animal salvaje que impregna bojs y enebros que se encuentran por el camino. Si se aguza la vista, se puede hallar entre las hojas unos pocos pelos de color rojizo. Y, con suerte, en el próximo recodo, estará el propietario de ese rastro esperando. Pero el encuentro apenas durará unos segundos.
Epidemias
En la primavera del 2005, después del censo realizado, se optó por no dar permisos de caza de este ungulado en varias reservas del Pirineo catalán. La causa era un agente infeccioso de origen incierto que afectaba a los rebecos, el pestivirus, que ocasiona verdaderos estragos entre la población. La enfermedad había aparecido anteriormente en la reserva de caza de Alt Pallars-Aran, el noroeste de Cataluña, donde causó unas mil muertes en unos dos años. Más tarde, cuando la población de rebecos de esta zona comenzaba a remontar, el pestivirus se extendió hacia el este.
Estas epidemias (y otras como la de sarna sarcóptica, que en la década de los noventa afectó al rebeco cantábrico) son, sin duda, el mayor enemigo de los rebecos. La explotación cinegética es, según Josep Altemir, responsable de caza mayor de la Federación Catalana de Caza, “un aprovechamiento controlado y renovable”. En las zonas donde convive con grandes depredadores como el lobo o el oso de la cordillera Cantábrica, el rebeco se convierte en un elemento importante de la cadena trófica. Pero, por lo general, un individuo adulto sólo sirve de alimento a animales carnívoros o carroñeros cuando muere, sea a causa de una enfermedad o por un accidente en sus idas y venidas por las más altas cumbres.













